INICIAR SESIÓNEl domingo no tenía nada.
Nada en la agenda, ningún evento en el calendario, ninguna reunión de Santiago, ningún mensaje de Camila que requiriera atención urgente. Solo la mansión y dos personas que se conocían suficientemente bien como para que el silencio entre ellas tuviera textura.
Valentina fue al estudio a hablar de trabajo.
Llevaba unos documentos que necesitaban revisión y era un pretexto tan ra
Comieron. La empanada de Valentina tenía demasiado comino y estaba perfecta.—¿Cómo va lo tuyo? —dijo Valentina, cuando terminó.—¿Lo mío.—Santiago. El sistema de notas.Camila bebió de su vaso de sirena verde con el gesto de una profesora a quien le hacen una pregunta que se había prometido no contestar hasta tener todos los datos.—Me escribió ayer.—¿Cuántas palabras?—Sesenta y tres. Lo sé porque las conté dos veces.—¿Qué decía?—Que si podía acompañarme a una cosa el sábado. No decía qué cosa. Sesenta y tres palabras para no decir qué cosa.—¿Y tú?—Le dije que sí, pero que tendría que decirme a qué antes del viernes para que yo pudiera calcular el n
En el rincón, junto al secador, una señora de unos setenta años, con rebeca lila y un bolso enorme sobre las rodillas, la miraba desde un taburete de plástico.—Se te nota que estás teniendo un día muy difícil.—Sí, señora.—A mí me ayuda comer algo dulce.Hurgó en el bolso con una paciencia monumental. Sacó un envoltorio arrugado y lo tendió con dos dedos temblorosos. Una galleta de mantequilla, un poco rota por el borde.Valentina la miró. Después a la señora.—No puedo aceptarla.—Claro que puedes. Tengo catorce más.Se la comió allí mismo, con las manos todavía mojadas. Sabía a mantequilla, a bolso, a una cocina de hace cuarenta años. Se le humedecieron los ojos justo ahora y se rio al mismo tiempo, con una risa corta y rara.&mda
Vio a un hombre de traje con una sonrisa extraña que decía—...pura formalidad, licenciado. El acuerdo de financiamiento queda, digamos, en revisión mientras el Fondo evalúa ciertos antecedentes que han trascendido públicamente.—Pero la intervención está programada para el lunes —dijo Lara, con voz flaca.—Pues se reprograma. Una semana, dos. Lo que tarde el comité.Valentina se detuvo a tres pasos.—Buenos días —dijo.Los dos se giraron. Lara abrió la boca con gesto de alivio y de culpa a la vez. El del traje gris reaccionó más despacio y se tomó un segundo para reajustar la sonrisa.—Señora Cruz. Ignacio Prada, representante legal. Un gusto.—¿De quién?—De la entidad que gestiona la revisión del Fondo.—Dígame el nombre de la entidad.
Hubo un silencio. Andrea miraba el techo. Patricia apuntó algo en su libreta con mucha parsimonia.—Es decir, el documento que desmonta la versión de Rodrigo Sotomayor lo tiene el hombre del que acaba de separarse. Y usted lo dejó en su escritorio sin leerlo.—Sí.—Perfecto.Valentina se quedó quieta. Esa palabra era suya, y la había dicho otra persona en el mismo tono exacto, el que significaba lo contrario. Notó que se le encendía algo detrás de las orejas y miró hacia la barra para que nadie le viera la cara.—¿Y si se lo pide? —preguntó Andrea, despacio.—No me lo daría. Me lo daría sin preguntarme nada. —Valentina apretó las manos bajo la mesa—. Aparecería con la carpeta bajo el brazo y el café en la otra mano, sin decir una palabra de más, y yo tendría que d
El artículo salió a las seis y cuarenta de la mañana. Camila lo tenía abierto en el teléfono antes de que Valentina terminara de subir la persiana.—No lo leas de pie.—¿Qué hora es?—Las siete menos diez. Yo nunca vengo antes de las cuatro. Deduce.Valentina cogió el móvil. El titular era de una sola línea: “Los socios que arruinó un importador: la familia Cruz guardó silencio dieciséis años”. Debajo, la foto de la fachada de La Canela tomada desde la acera de enfrente, con el cartel de cerrado colgando del lado equivocado. Alguien había estado ahí, plantado con una cámara, mientras ella servía cafés.Leyó el texto de arriba abajo, sin saltarse nada. Fuentes cercanas al caso. Varios socios perjudicados. Una deuda que nunca se saldó, un hombre que desapareció sin dar
Valentina se miró las manos sobre la libreta. Ásperas, con una uña mordida, y en el anular izquierdo ese aro de piel más pálida que el resto, que le tiraba por las mañanas como un diente que falta. Se acordó del clic de dos anillos chocando bajo la luna y de unos dedos abiertos sobre su cadera, esperando. La palma se le quedó helada y el cuello, no. Escondió la mano bajo la mesa.Camila no dijo nada. Se limitó a mirar un punto por encima de su hombro con una fijeza heroica.—¿Le estás poniendo nota? —dijo Valentina, y le salió de dentro una sonrisa de verdad, chica y torcida, la primera en nueve días.—Le estoy poniendo nota.—Qué horror.—Es un proceso muy riguroso.—Tiene derecho a recurrir.—Ya ha recurrido. Con la coma.Valentina soltó una carcajada corta y se tapó







