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Capítulo 105

Penulis: Amaya Evans
last update Tanggal publikasi: 2026-11-05 19:00:19

Andrea se sentó frente al escritorio.

—No te estoy diciendo que debas obligarla. Podrías preguntarle y dejar que decida.

—Ya ha tenido que defender nuestro matrimonio ante esa gente. No voy a pedirle que vuelva a hacerlo porque yo no quiero perder.

—Podría aceptar.

—Y podría sentirse responsable si se niega. No quiero ponerla en esa situación.

Santiago se pasó una mano por la mandíbula.

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  • La Virgen Del CEO Implacable   Capítulo 105

    Andrea se sentó frente al escritorio.—No te estoy diciendo que debas obligarla. Podrías preguntarle y dejar que decida.—Ya ha tenido que defender nuestro matrimonio ante esa gente. No voy a pedirle que vuelva a hacerlo porque yo no quiero perder.—Podría aceptar.—Y podría sentirse responsable si se niega. No quiero ponerla en esa situación.Santiago se pasó una mano por la mandíbula. Miró un momento al techo.—Eres el cliente más complicado que he tenido. Y he tenido clientes malos.—No recuerdo haberte pedido que trabajaras conmigo.—Ese es precisamente el problema.Andrea no sonrió. Recogió la carpeta y la cerró.—Entonces prepararé la estrategia para la votación sin contar con esa defensa. Pero quiero que tengas claro que estamos renunciando a una posibilidad real.

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    Valentina tomó el bolígrafo y lo hizo girar entre los dedos. No quería convertir aquella conversación en una defensa de Sebastián. Tampoco podía negar que algo había cambiado desde la llamada. Él había escuchado, había aceptado que Patricia se encargara de las pruebas y, cuando estuvo en la cafetería, no intentó utilizar la llave para conseguir una respuesta.—¿Crees que está cambiando de verdad? —preguntó Camila.La pregunta la tomó desprevenida. Valentina miró hacia la entrada, donde un cliente acababa de marcharse sin terminar su café. Camila siguió su mirada, pero no dijo nada.—Creo que está intentando hacer las cosas de otra manera —respondió al fin.—Eso no es exactamente lo mismo.—Ya lo sé.—¿Y le crees?Valentina tardó

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    Sebastián bajó la vista hacia la llave. Había preparado varias maneras de explicarlo durante el trayecto hasta la cafetería, y ninguna le pareció adecuada ahora que la tenía delante.—La casa está vacía casi todo el tiempo. Si necesitas descansar, estar lejos de aquí unos días o simplemente no escuchar a nadie, puedes ir. No tienes que avisarme ni esperar a que yo esté allí.Valentina no tocó la llave.—¿Y qué esperas que haga con ella?—Nada. No tienes que ir si no quieres.—Sebastián, ¿esperas que regrese?Él levantó la mirada. No iba a mentirle para hacer que la respuesta pareciera más generosa.—Sí. Quiero que vuelvas. Pero no te estoy dando la llave para que te sientas obligada a hacerlo.Ella observó el pequeño objeto entre ambos. Rec

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    Él oyó el cambio en su voz, pero no preguntó qué le ocurría. Quería saber si había comido, si estaba durmiendo, si se había quedado sola con demasiadas cosas encima. Las preguntas se le amontonaron en la lengua. No hizo ninguna.—Podríamos hablar en persona —dijo—. Cuando te parezca bien.Valentina miró hacia la ventana. Afuera, el cielo empezaba a oscurecer y alguien cruzó la calle cargando una bolsa de pan. La vida de los demás seguía con una normalidad que a ella todavía le parecía sospechosa.—Sí. Creo que tenemos que hablar.Sebastián se enderezó, pero no se atrevió a preguntarle si aquello significaba que había una oportunidad para ellos.—Dime cuándo.—Te avisaré dónde y cuándo.—Está bien.Él quer&ia

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    Había imaginado muchas veces que ella volvería a llamarlo. En algunas versiones de esa fantasía, Valentina estaba furiosa; en otras, le pedía que fuera a buscarla. Nunca había imaginado que contestaría sin saber qué decir.—Hola —dijo ella.Sebastián cerró los ojos un instante. Qué absurdo que una sola palabra pudiera hacerle eso después de treinta días sin escucharla.—Hola.Valentina esperó algo más. Una pregunta, quizá. Un comentario que le permitiera saber si

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    Aquello le dolió más de lo que Valentina esperaba.Porque podía reconocer esa dificultad. La había visto en Sebastián, aunque nunca había sabido interpretarla. Lo que no entendía era por qué había sido capaz de mostrarle a su madre una preocupación que con ella tantas veces había convertido en silencio, control o decisiones tomadas a sus espaldas.—¿Y tú confiabas en él?—No inmediatamente. La confianza no aparece porque un hombre lleve café los martes.—Eso suena a ti.—Porque soy yo.Valentina soltó una risa pequeña, que se apagó cuando Elena volvió a hablar.—Mariana me pidió que, si Sebastián se acercaba a ti con intenciones serias, no lo juzgara solamente por lo que otros pudieran decir de él. Yo no sabía entonces cómo terminarí

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