INICIAR SESIÓNAl día siguiente pasó lo mismo. Y al otro. Sebastián dejó de comentarlo porque cada comentario era una conversación con el chef, y el chef, que sabía fingir mejor que nadie en esa casa, fingía que no pasaba nada con una dignidad insoportable.
El cuarto día había un solo plato.
Lo miró un segundo de más.
—He pensado que ya era hora —dijo Renaud, sin girarse.
—Perfecto.
Hubo un silencio. Andrea miraba el techo. Patricia apuntó algo en su libreta con mucha parsimonia.—Es decir, el documento que desmonta la versión de Rodrigo Sotomayor lo tiene el hombre del que acaba de separarse. Y usted lo dejó en su escritorio sin leerlo.—Sí.—Perfecto.Valentina se quedó quieta. Esa palabra era suya, y la había dicho otra persona en el mismo tono exacto, el que significaba lo contrario. Notó que se le encendía algo detrás de las orejas y miró hacia la barra para que nadie le viera la cara.—¿Y si se lo pide? —preguntó Andrea, despacio.—No me lo daría. Me lo daría sin preguntarme nada. —Valentina apretó las manos bajo la mesa—. Aparecería con la carpeta bajo el brazo y el café en la otra mano, sin decir una palabra de más, y yo tendría que d
El artículo salió a las seis y cuarenta de la mañana. Camila lo tenía abierto en el teléfono antes de que Valentina terminara de subir la persiana.—No lo leas de pie.—¿Qué hora es?—Las siete menos diez. Yo nunca vengo antes de las cuatro. Deduce.Valentina cogió el móvil. El titular era de una sola línea: “Los socios que arruinó un importador: la familia Cruz guardó silencio dieciséis años”. Debajo, la foto de la fachada de La Canela tomada desde la acera de enfrente, con el cartel de cerrado colgando del lado equivocado. Alguien había estado ahí, plantado con una cámara, mientras ella servía cafés.Leyó el texto de arriba abajo, sin saltarse nada. Fuentes cercanas al caso. Varios socios perjudicados. Una deuda que nunca se saldó, un hombre que desapareció sin dar
Valentina se miró las manos sobre la libreta. Ásperas, con una uña mordida, y en el anular izquierdo ese aro de piel más pálida que el resto, que le tiraba por las mañanas como un diente que falta. Se acordó del clic de dos anillos chocando bajo la luna y de unos dedos abiertos sobre su cadera, esperando. La palma se le quedó helada y el cuello, no. Escondió la mano bajo la mesa.Camila no dijo nada. Se limitó a mirar un punto por encima de su hombro con una fijeza heroica.—¿Le estás poniendo nota? —dijo Valentina, y le salió de dentro una sonrisa de verdad, chica y torcida, la primera en nueve días.—Le estoy poniendo nota.—Qué horror.—Es un proceso muy riguroso.—Tiene derecho a recurrir.—Ya ha recurrido. Con la coma.Valentina soltó una carcajada corta y se tapó
La reunión preliminar fue el lunes siguiente, a las diez, en la sala pequeña del cuarto piso, la que usaban cuando no querían testigos. Seis personas. Santiago, con tres carpetas y una expresión de piedra. Dos directivos que habían votado a favor de Sebastián en la junta anterior y que hoy evitaban su mirada con una pericia sospechosa. Un secretario con el portátil. Y Andrea Fuentes, en el extremo de la mesa, con los brazos cruzados y los ojos clavados en el papel del orden del día.Llegó la última, como siempre, con la compostura de quien ha decidido estar presente sin que nadie se lo haya pedido. Sebastián la había mirado un segundo al entrar. Ella había asentido apenas. Era la única persona de la sala que no parecía tener miedo.El secretario leyó el texto de la moción. Inestabilidad de gestión, artículo 14, apartado c. Sonaba má
Al día siguiente pasó lo mismo. Y al otro. Sebastián dejó de comentarlo porque cada comentario era una conversación con el chef, y el chef, que sabía fingir mejor que nadie en esa casa, fingía que no pasaba nada con una dignidad insoportable.El cuarto día había un solo plato.Lo miró un segundo de más.—He pensado que ya era hora —dijo Renaud, sin girarse.—Perfecto.Renaud giró despacio la cabeza. Había oído a Valentina decir esa palabra en el mismo tono, con esa misma entonación, cuarenta veces. Sabía exactamente lo que significaba.—Entendido, señor. Mañana pongo dos.—No hace falta.—Por si acaso.Contrato dormía frente a la puerta de la habitación de Valentina. Arsenio lo había movido dos veces a su cojín del pasillo y las dos v
Camila asintió y le pasó una empanada. Siguieron así un rato largo, sin hablar, con la máquina de fondo. Era la mejor compañía posible y Valentina se lo agradeció de una manera que no se podía decir en voz alta.Pasadas las cinco, cuando el local se vació, Camila sacó de su bolso un sobre de la firma de Santiago y lo dejó sobre la mesa de las cuentas.—Me lo dio con cara de entierro. Le dije que no se había muerto nadie y se me quedó mirando.—¿Qué es?—La separación. De común acuerdo, no un divorcio. Dice que esa diferencia es la razón por la que la cláusula de tu madre no entra en revisión. —Camila hizo una mueca—. Lo repitió tres veces. Creo que la tercera era para sí mismo.—¿Quién lo redactó?—Sebastián, esta ma&ntil







