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Capítulo 7

last update Data de publicação: 2026-07-16 14:15:49

—Aún quedan bastantes humanos —gruñó el rey.

Kaelen recorrió con la mirada al grupo que permanecíamos inmóviles frente al trono.

Su voz no era alta, pero el salón entero guardó silencio.

—Formen una fila.

Nadie se movió.

Él esperó apenas un segundo. Se encogió ligeramente de hombros.

—Cada una tendrá aproximadamente un minuto para decirme de qué forma puede ser útil para este castillo. Si poseen una habilidad que realmente valga la pena, se quedarán. Si no... Las llevarán hasta la frontera del reino humano antes del anochecer.

Ninguna quiso ser la primera en hablar.

Yo tampoco avancé.

No por miedo. Sentía curiosidad. Quería saber qué clase de entrenamiento habían recibido las demás.

¿Éramos todas simples adornos para un rey pervertido... o algunos Alfas también habían preparado a sus esclavas para algo más?

Una mujer dio un paso al frente. Era una de las antiguas amantes del rey.

Sus manos temblaban.

—Yo... sé cocinar.

Kaelen la observó sin expresión.

—¿Lo suficientemente bien como para no matar a nadie?

La mujer abrió mucho los ojos.

—Sí... bueno... yo le preparaba postres al rey.

Titubeó un instante antes de añadir con una sonrisa nerviosa:

—Y... esa no fue la causa de su muerte.

Algunos lobos soltaron una risa breve.

Kaelen no.

—Tendrás una semana para demostrarlo.

Miró a uno de sus hombres y este de inmediato se scercó a la mujer.

—Si al séptimo día alguien enferma por su comida, saldrás de mi reino.

El guardia simplemente asintió.

La mujer tragó saliva y fue escoltada fuera del salón.

—Siguiente.

Pasó quizá una media hora. Tres mujeres más aseguraron saber cocinar. Otra dijo que podía encargarse de la limpieza. Dos afirmaron que cosían ropa. Una sabía bordar. Otra lavar.

No había demasiada variedad de talentos útiles.

Parecía que los Alfas no habían considerado necesario que una humana aprendiera algo más allá de servir en la cama.

Entonces la chica del territorio de Erik dio un paso al frente.

Levantó el rostro con tranquilidad.

—Mi padre era herrero, su alteza. Si me permite trabajar en la herrería, le serviré con todo mi corazón.

La estudié con discreción.

Estuve a punto de arquear una ceja.

Tenía los brazos delgados. Las manos suaves. No parecían las manos de alguien que hubiera pasado años golpeando hierro al rojo vivo.

Mentía.

O, al menos, no era muy convincente.

Quizá Kaelen pensó exactamente lo mismo.

La observó unos segundos antes de responder.

—Un día.

Ella permaneció inmóvil.

—Tienes un solo día para demostrar que puedes estar a la altura de los herreros reales.

Su voz se volvió todavía más fría.

—Si fracasas...

Hizo una pequeña pausa.

—Serás decapitada.

El silencio que siguió fue absoluto.

Hasta ese momento no había amenazado a ninguna otra.

La joven simplemente inclinó la cabeza.

—Entendido, su alteza.

Después siguió al guardia que la escoltó fuera del salón.

Quedábamos pocas.

Y, siendo sincera, ya no me interesaba averiguar cuántas sabían barrer pisos o preparar postres.

Di un paso al frente.

Me sostuvo la mirada mientras esperaba mi respuesta.

—¿Qué puedes hacer por el castillo? —gruñó.

—Nada, Su Majestad.

El silencio cayó de golpe.

Las pocas mujeres que aún permanecían en la fila giraron hacia mí con los ojos como platos. Algunas parecían convencidas de que acababa de firmar mi sentencia de muerte.

Kaelen ni siquiera reaccionó. Solo hizo un leve movimiento con la cabeza.

—Llévensela a...

—Nada por el castillo —lo interrumpí—. Pero puedo serle de utilidad a usted, Majestad.

Las palabras hicieron que levantara una ceja.

Sus ojos se clavaron en los míos.

—No necesito ninguna amante.

Me encogí de hombros.

—Una pena... Pero no es lo que estoy ofreciendo.

Entonces levanté una mano y señalé a Zero, que permanecía unos pasos detrás de él con aquella expresión cansada que parecía haberse quedado pegada a su rostro.

—Él tampoco necesita una amante —Bufó el rey visiblemente molesto.

Las cejas de Zero se elevaron apenas.

—Concuerdo —respondí con sencillez—. Lo que necesita son algunas horas de sueño... y un asistente.

Por un instante, nadie dijo absolutamente nada.

Las mujeres me observaban como si hubiera perdido la razón.

Las ignoré.

No había llegado hasta allí para competir por quién sabía bordar mejor o quién cocinaba el mejor estofado.

Había observado.

Y era evidente que aquel hombre llevaba sobre los hombros mucho más trabajo del que una sola persona podía manejar.

Lo único que importaba era la fugaz chispa que apareció en los ojos del rey: Interés.

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