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Capítulo 3

작가: Olivia
last update 게시일: 2026-08-24 14:39:09

POV de Emilia

Me quedé helada. Era Adrienne.

¿Acaso me había reconocido? ¿Sospechaba que algo andaba raro? Por un segundo, el corazón se me disparó.

Se acercó más.

—Doctora Emilia, qué gusto al fin conocerla —dijo con una leve sonrisa en los labios.

—También es un gusto al fin conocerlo, doctor Adrienne —respondí, a pesar de cómo me temblaban las manos dentro de la bata.

Me extendió la mano para saludarme, pero solo me le quedé viendo. No podía darle la mano.

—Tengo prisa, doctor —dije, antes de salir hecha una furia de su presencia.

Me detuve en una esquina, intentando recuperar el aliento. ¿Pero qué carajos? No me reconoció, ¿verdad? ¿Por qué siento que sí?

¿Qué m****a hace aquí? Podría haber sido cualquiera en el mundo, menos él.

Me recompuse; me arreglé las mangas y me acomodé el estetoscopio.

Recordé a la pequeña a la que le había dado medicamentos y fui rápidamente a ver cómo seguía.

Llegué justo a tiempo, apenas estaba recuperando el conocimiento. Se frotó los ojos con cansancio y miró a su alrededor intentando procesar dónde estaba y qué pasaba.

Su mirada se posó en mí. Parpadeó un par de veces.

—¿Dónde está mi mami? —preguntó.

A su madre la estaban atendiendo las enfermeras, pero yo no sabía en qué estado se encontraba en ese momento.

—Tu mami está bien, cariño —le dije.

—Quiero ver a mi mami —hizo un berrinche.

Me acerqué a ella y le pasé la mano por el cabello castaño. Me levantó la mirada.

—Quiero ver a mi mami —chilló un poco más fuerte.

—Tu mami está durmiendo, pequeña —dije suavemente.

—¿De verdad? —preguntó.

—¿Quieres ser una niña mala y despertar a mami? —añadí.

Negó con la cabeza. Apreté mi bata con fuerza mientras una sonrisa se me dibujaba en el rostro.

—Bien. ¿Entonces vas a descansar y a esperar a que mami se despierte?

—Sí —dijo.

Era adorable.

—¿Cómo te llamas, linda? —le pregunté.

—Mandy —respondió.

—Adiós, Mandy. La doctora tiene que ir a revisar a los demás.

Asintió levemente. Le dije adiós con la mano y me di la vuelta para irme.

Fui directo a mi oficina.

Cuando terminó el día, estaba hecha una m****a de lo agotada que estaba. Me quité la bata y la cargué en el brazo.

Tomé mi bolso y caminé a paso lento hacia el estacionamiento.

A diferencia de otros lugares, el hospital seguía atestado de gente por la noche. Muchísimos doctores y enfermeras cubrían el turno nocturno, pero mi marido me tenía prohibido hacer turnos de noche.

Decía: «Tienes que estar en casa antes de las 9:00 p.m.». Y pensar que él casi siempre llega después de medianoche.

Solté una risita amarga.

Llegué a mi auto y me acomodé. Puse el bolso y la bata en el asiento del copiloto.

Inserté la llave y le di vuelta. El coche rugió. Pisé el acelerador, pero en lugar de avanzar, solo rugió más fuerte.

—¡Mierda! —maldije.

El motor se había descompuesto.

—Parece que su auto no sirve, doctora. Podría irse conmigo —dijo la misma voz que me había arruinado el día.

¿Por qué carajos sigue apareciendo de la nada?

Caminó hacia mí, con las manos en los bolsillos y una sonrisa diabólica estampada en la cara.

Solté un profundo suspiro.

—Gracias, doctor Adrienne, pero creo que puedo resolverlo sola —dije.

—No le va a pasar nada por irse en mi auto, ¿o sí?

Baje la mirada y rodé los ojos.

—¡Está bien! —murmuré.

Por un segundo, pensé en lo miserable que sería llegar tarde a casa. Richard se enfurecería y podría...

—Estoy esperando, doctora.

Bajé del auto y tomé mi bata y mi bolso.

—Mañana me encargo de esto —murmuré entre dientes.

Adrienne hizo un gesto cortés con la mano mientras me guiaba hacia su auto.

Debería dejarse de hipocresías. De caballero no tenía nada.

Nos detuvimos frente a su auto: un Dodge Durango negro.

Se dio la vuelta para abrirme la puerta. Solté una risa burlona para mis adentros antes de subir. Él también se acomodó y, en un abrir y cerrar de ojos, ya estábamos fuera del hospital.

—Voy a estar por aquí un tiempo, Sra. Emilia; no estaría mal que nos conociéramos mejor —dijo.

Este tipo sabe que soy casada, ¿verdad? ¿Quién carajos le coquetea a una mujer casada?

Me llamó «Sra. Emilia» y no «Doctora Emilia». ¡Claro! Ya estábamos fuera del edificio del hospital.

—Tengo un esposo al que no le gustaría nada saber que su mujer se está "conociendo" con otro hombre.

No respondió; solo soltó una risita burlona sin despegar los ojos de la carretera.

Ojalá el auto fuera el triple de rápido. La tensión era insoportable.

No dijo ni una palabra hasta que llegamos a mi casa. Fue ahí cuando me cayó el veinte. ¿Mi casa? ¿Cómo carajos conocía mi casa?

Antes de bajarme, no pude evitar preguntar:

—¿Cómo sabes dónde vivo?

—Sé muchísimas cosas sobre ti —respondió como si fuera lo más normal del mundo.

Parpadeé unos segundos. ¡Dios! Este tipo está oficialmente loco.

Entré rápidamente a la mansión. No quería que nadie sospechara nada... ni que me vieran bajar del auto de otro hombre.

Los guardias me saludaron y les respondí con una sonrisa cansada.

Fui directo al baño, me desnudé por completo y me di un baño con agua caliente.

Al salir del baño, Richard entró. Traía una sonrisa perversa mientras me devoraba con la mirada.

Llevaba una toalla atada que apenas me cubría el escote y los muslos.

Se frotó las palmas con ganas. De verdad que no estaba de humor para esto.

Se me acercó y me abrazó por detrás, apretándome en un abrazo que yo no quería.

—Richard... no tengo ganas de esto. Estoy cansada —dije.

Me soltó de inmediato.

—Ayer en la noche también te quería poseer, pero según tú también estabas cansada.

Ayer en la noche puede que le haya mentido con que estaba cansada, pero hoy de verdad lo estaba. No me juzguen, el sexo con mi esposo siempre era una porquería.

—Lo siento, Richard... —No me dejó terminar la frase. Me cargó y me aventó a la cama.

Se quitó la camisa y empezó a desabrocharse el cinturón.

¿Otra vez lo iba a hacer? ¿Forzarme? No era la primera vez; siempre me obligaba cuando yo no cedía.

—De verdad estoy muy cansada, mi amor. Por favor, hazlo mañana —le rogué.

No parecía que me fuera a hacer caso.

Había oído de hombres que chantajeaban a sus esposas, pero Richard no era así. Era un maniático del control al que le gustaban las mujeres sumisas.

Se trepó a la cama de un brinco. Lo iba a hacer, y no había nada que yo pudiera hacer para evitarlo.

Me arrancó la toalla del cuerpo. Sin juego previo ni un mínimo rastro de romanticismo, se me metió de golpe.

Cerré los ojos, no por placer, sino por puro dolor y angustia. Siguió embistiendo, sin importarle en lo más mínimo si yo lo estaba disfrutando... jamás le importó.

Solo quería que terminara rápido. Mi mente se quedó en blanco.

Por suerte, esta noche no me tocaba ir al club.

Hoy fue un día mejor que el de ayer. Pensé que no me cruzaría con Adrienne, hasta que entró a mi oficina.

No le pude gritar porque tocó la puerta y fui yo quien le dio permiso de pasar.

Pero, ¿qué carajos hacía en mi oficina? Su presencia me puso incómoda al instante.

—¿En qué le puedo ayudar, doctor Adrienne? —pregunté entre dientes.

No respondió; en su lugar, se sentó frente a mí con una actitud pesada, como si fuera el dueño del lugar.

—En nada en especial, doctora Emilia —cruzó los brazos sobre el pecho.

¿Alguna vez me cansaría de su puta actitud?

—No puede estar aquí por nada, ¿o sí?

—Ya me cansé de tus jueguitos. Quiero un show privado esta noche, otro más. Uno que dure más tiempo —murmuró.

A mi cerebro le tomó unos segundos procesar lo que acababa de decir. Tosí torpemente.

¡Maldita sea! Todo este tiempo supo que era yo; solo estaba jugando conmigo. Estoy jodida, completamente jodida. Ni una sola palabra de esto puede salir a la luz.

—Lo sabías —dije.

—Yo no soy Richard, Lina o Emilia, como sea que te llames —dijo, mientras tomaba una pluma de mi escritorio y jugaba con ella entre sus dedos.

Tragué saliva con la garganta seca.

—¿Y ahora me estás amenazando? ¿No eres demasiado patético para esto, Adrienne Coal?

—¿De verdad quieres que hablemos de vilezas, Emilia Sinclair?

—Bien, te daré un show privado y después de eso le ponemos fin a esto.

—¿Ponerle fin? No, cariño, esto apenas va empezando.

Dios, cómo odiaba su maldita arrogancia.

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