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Capítulo 4

Author: Olivia
last update publish date: 2026-08-24 14:39:44

POV de Emilia

—¿Qué quieres exactamente, Adrienne? —pregunté. Mis dedos arañaban la parte inferior de mi escritorio.

—A ti.

—No puedes quererme. Estoy casada. ¿Por qué no puedes entenderlo?

—No pareces casada. Richard se pasa el tiempo rodeado de mujeres, tú te desnudas y, por lo que veo, los dos solo intentan aparentar algo frente a las cámaras.

Seguía haciendo girar el bolígrafo entre sus dedos.

—Nuestra vida privada no es asunto tuyo.

—¡Exacto! No estoy intentando meterme en ella. Solo asegúrate de darme buenos espectáculos cuando yo quiera y estaremos bien.

Golpeé el puño contra el escritorio con violencia. Él arqueó las cejas.

—Me desnudaré para ti —acepté.

—Una hora.

¿Una hora? No podía hacer eso.

—Treinta minutos —intenté negociar.

—Oh, Lina… Tienes que cumplir mis reglas.

—Adrienne, no puedo estar fuera demasiado tiempo. Richard podría darse cuenta.

Él soltó un bufido.

—Treinta minutos, entonces.

Se puso de pie y salió de mi despacho mientras yo lo fulminaba con la mirada. Ojalá pudiera arrancarle los ojos.

Era un maldito psicópata.

Me pasé las manos por el cabello.

¡Joder! Acababa de hacer la peor negociación de mi vida.

Pensé que el día sería bueno, pero terminó siendo uno de los peores de mi vida.

Adrienne no volvió a perseguirme durante el resto del día. O quizá simplemente hice un buen trabajo evitándolo.

Richard no estaba en casa cuando regresé. Esperé a que volviera, como lo haría cualquier esposa amorosa. Pero, en mi caso, no estaba esperando que volviera por amor. Quería que llegara para poder drogarlo y hacerle creer que yo había regresado temprano.

Cuando llegó, era casi medianoche y yo me había quedado dormida. Me despertó el ruido de la puerta del armario al cerrarse de golpe.

—Ya llegaste —dije con voz dulce.

—Sí —respondió secamente.

Probablemente había estado con sus amigos, y seguramente habían estado «rodeados de otras mujeres», tal como había dicho Adrienne.

Sabía que Richard me era infiel. Había olido innumerables perfumes en él y había visto distintos tonos de lápiz labial en sus camisas, pero no me molestaba.

Nunca, ni una sola vez, lo había confrontado.

Esperé a que se cambiara y tomara sus «medicamentos».

Se sentó a mi lado en la cama mientras yo le administraba las medicinas. Richard era asmático y yo era su médica personal, así que tenía el privilegio de encargarme de su medicación.

Se lo tomó todo de un solo trago con un gran vaso de agua, mientras yo sonreía para mis adentros.

Se quedó dormido en diez minutos.

Me vestí rápidamente y salí de la casa a escondidas.

Se había convertido en una rutina. Casi podía hacerlo con los ojos cerrados.

…

Me cambié y me puse un conjunto de lencería roja. La maquilladora se encargó de mi rostro.

Me miré en el espejo. Estaba bastante satisfecha.

Ser stripper era mucho mejor que ser la señora Sinclair.

Me puse una máscara roja a juego y salí.

El ruido de la multitud casi me reventó los tímpanos, pero ya estaba acostumbrada.

Subí al escenario sujetando la barra. Los hombres descarados vitorearon.

Comencé a bailar, bajando hasta quedar de rodillas y tratando de hacerlo de la manera más provocativa posible.

Pero no estaba sintiéndolo. No conseguía entrar en el ritmo que quería. Sentía como si me estuvieran obligando.

Quería aquellos ojos ardientes sobre mí.

Quería sentir su mirada recorriendo mi cuerpo como si yo le perteneciera.

Quería bailar para Adrienne.

Por mucho que lo odiara, no entendía por qué me sentía así.

Los minutos que pasé sobre el escenario parecieron horas, hasta que finalmente bajé y una dulce sensación de alivio me recorrió.

Regresé a mi camerino sintiéndome un poco ansiosa. Ansiosa por desnudarme para él.

Un mensaje apareció en la pantalla de mi teléfono. Lo miré.

Número desconocido: Ven a la primera habitación privada del último piso.

No podía ser otro que Adrienne.

Me levanté, me arreglé el cabello y la máscara, y me dirigí a la habitación privada.

Cuando llegué, llamé a la puerta.

—Adelante —resonó su voz profunda, aunque tranquila.

Abrí la puerta.

Estaba sentado en una esquina de la habitación. No llevaba camisa y la luz resplandeciente bañaba su piel perfectamente tonificada.

¡Joder!

Yo había venido para seducirlo, pero estaba siendo seducida por él.

Caminé hacia la barra con un movimiento provocativo. Sus ojos siguieron cada uno de mis movimientos.

Eso era exactamente lo que quería: el escalofrío que me recorría cada vez que fijaba su mirada en mí.

Comencé bajando lentamente.

Mis curvas siempre habían sido mi mayor atractivo, porque sabía que podían volver loco a cualquier hombre.

Deslicé los dedos por mi cuerpo, desde la zona pélvica hasta el centro de mis senos.

Me giré y llevé las manos por la barra, arqueando la espalda y sacando el trasero.

Él sonrió…

Peligrosamente.

Me encantó.

Se puso de pie. Sabía que lo haría.

Se acercó a mí sin apartar ni por un instante los ojos de mi cuerpo.

—Richard tiene muy mala suerte —dijo.

Pensé que iba a susurrarme algo seductor.

¿Por qué tenía que mencionar a Richard?

Al diablo con Richard de todos modos.

Levantó las manos para tocarme los muslos.

Esta vez no lo detuve. Dejé que sus dedos cálidos rozaran mi piel.

Se sentía bien…

Realmente bien.

El contacto de Richard nunca había sido así. Con él no sentía ni una chispa.

¿Acaso se molestaba siquiera en tocarme?

Estás casada, Emilia. No deberías permitir que otro hombre te toque, me recordó mi conciencia.

—Estás cruzando los límites, señor Adrienne —dije, recuperando finalmente el control sobre mí misma.

Apartó la mano de mi cuerpo y, al instante, lo eché de menos.

Retrocedió un poco y yo continué bailando, aprovechando que estaba cerca para provocarlo. Probablemente se excitaría.

—Quítate la máscara —dijo.

—No puedo —respondí.

No podía arriesgarme. Podía haber instalado una cámara oculta o cualquier otra cosa.

No podía confiar en él.

—No voy a delatarte. Me eres demasiado útil.

No me quedó más remedio que confiar en su palabra.

Me quité la máscara.

Sonrió. Esta vez, su sonrisa parecía genuina.

—Es un placer tener a la hermosa señora Sinclair desnudándose para mí —dijo con picardía.

—Y es aún mejor ver al todopoderoso Adrienne Coal disfrutando gracias a mí.

Lo miré fijamente a los ojos. Brillaban bajo la tenue luz.

—¿Y si quiero follarte, Emilia? —susurró en mi oído.

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