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La emboscada en el cruce

Penulis: Iría Nixe
last update Tanggal publikasi: 2026-10-24 03:30:48

El protocolo no admitía concesiones, pero la política del sindicato era una bestia aún más peligrosa que las balas.

La confirmación llegó dos horas después del encierro de Chiara; las cámaras del distrito financiero situaban a Julian De Santis en una reunión con tres banqueros suizos desde primera hora. Su coartada era perfecta. Dante tuvo que permitir que Chiara abandonara la villa escoltada por dos patrullas, aunque la desconfianza flotaba entre nosotros como pólvora rancia.

El compromiso de
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  • La esposa maldita del Don   Vuelta a las cenizas

    El sueño no fue un descanso; fue una caída libre hacia el infierno del pasado.En la penumbra de mi mente, el olor a gasolina quemada y pino húmedo me llenó los pulmones. La lluvia golpeaba el parabrisas de un sedán que derrapaba en plena curva de montaña. Por el retrovisor vi las luces de tres todoterrenos negros acortando distancia; los proyectiles de nueve milímetros perforaban la chapa con chasquidos ensordecedores.Al volante, una mujer de cabello oscuro y ojos idénticos a los míos sangraba por una herida que tenía en el hombro. En cuanto el vehículo perdió el control y rodó por el terraplén quebrando ramas, estiró el brazo y me cubrió en su regazo con fuerza desesperada.El coche quedó volcado en el barranco, crujiendo bajo el peso del hierro retorcido mientras el fuego lamía el motor.Atrapada entre el asiento y el chasis, mi madre me empujó a través del hueco de la luneta rota hacia la maleza empapada. Con sus últimos estertores, mientras las llamas iluminaban sus lágrimas y e

  • La esposa maldita del Don   El juicio silencioso

    El fuego crepitaba en la chimenea de la suite principal, lanzando reflejos cobrizos sobre las molduras del techo y las alfombras oscuras. Afuera, el viento azotaba los acantilados de la fortaleza, pero dentro de la estancia el aire resultaba aún más gélido.Estaba sentada frente al tocador de caoba, retirándome los pendientes con movimientos medidos. En el espejo, mi reflejo devolvía una serenidad de mármol; ni un solo músculo delataba el tumulto que hervía bajo mi piel, ni el poder liberado horas antes frente a Ginevra Barone.La puerta de roble se abrió sin llamar.Dante entró despojándose de los guantes de cuero. Aún conservaba en la ropa el salitre de los muelles y la sequedad metálica de la pólvora. Venía con el semblante ensombrecido, con esa tensión animal que precedía a sus decisiones más sangrientas. Los informes de la Casa Bonnet ya habían llegado a sus oídos; los Barone habían recibido el mensaje sin un solo disparo, pero el despliegue de autoridad no lo tranquilizaba. Lo i

  • La esposa maldita del Don   Seda, veneno y sombras

    El salón privado de la Casa Bonnet, en la zona alta de la ciudad, respiraba un lujo silencioso y asfixiante. Las paredes enteladas en damasco perla amortiguaban el rumor de la calle, mientras maniquíes de terciopelo exhibían abrigos de piel, vestidos a medida y joyas dispuestas sobre bandejas de plata.Chiara caminaba a mi lado con la barbilla en alto y satisfacción evidente; se había asegurado de reservar la sala entera para nosotras y un selecto grupo de herederas de las dinastías comerciales del consejo. Para mi hermana era un acto de orgullo demostrar que la señora de los Moretti no era un mito recluido tras los muros del acantilado, sino una mujer de su propia estirpe.Yo vestía un conjunto sobrio de lana fina color carbón, cerrado hasta el cuello, con el zafiro latiendo como un pulso dormido bajo la tela.En la estancia aguardaban tres jóvenes sentadas en un diván. Dos nos recibieron con sonrisas calculadas y saludos corteses; la tercera ni se molestó en disimular el desdén que

  • La esposa maldita del Don   Secretos en la biblioteca y un nuevo círculo

    La luz de media mañana entraba tamizada por los altos ventanales del salón de té, proyectando rectángulos dorados sobre la mesa de caoba. Frente a mí, varios manuales de comercio marítimo y balances de aduanas permanecían abiertos. Sin embargo, mi atención no estaba fija en los números; en el ambiente flotaba una corriente invisible, densa y cargada de una electricidad ajena a cualquier amenaza armada.Lucas estaba sentado cerca de la chimenea, fingiendo limpiar los mecanismos de un reloj de bolsillo de plata. Se había asignado la custodia de la estancia con la excusa de no dejar sola a la cuñada convaleciente, pero su rigidez lo delataba. No apartaba la vista del metal pulido, aunque sus hombros se tensaban cada vez que el aroma a flores silvestres y cítricos de Chiara cruzaba la habitación.Chiara, en cambio, rebosaba una energía radiante y descarada.Repasaba un esquema de rutas logísticas con la punta de una estilográfica, luciendo un vestido verde esmeralda de corte impecable y u

  • La esposa maldita del Don   Calor de ceniza y agua tíbia

    El regreso a la fortaleza de los Moretti tuvo el peso de un cortejo fúnebre.El portón de hierro forjado se cerró tras la caravana con un chirrido pesado que cayó sobre mí como una losa. Aunque las heridas del abdomen habían cerrado gracias a la transfusión, el cuerpo me pesaba; los músculos de la espalda y los muslos estaban agarrotados por el latigazo contra el hormigón, y cada respiración profunda arrastraba el recuerdo áspero del humo y la llovizna helada.En el vestíbulo, la servidumbre permanecía alineada contra los zócalos de madera oscura, con la vista baja y los uniformes almidonados sin una arruga. Nadie se atrevía a levantar los ojos. Tras la purga en los sótanos y la ejecución de Gia, el terror en la casa era un veneno espeso; todos me miraban como al motivo por el que los hombres de Dante bajaban al patio cargando bolsas de cal viva. Para ellos, yo era una sentencia de muerte con vestido de terciopelo.Excepto para una persona.Cuando Dante me ayudaba a despojarme del abr

  • La esposa maldita del Don   El silencio de Dante

    La lluvia repiqueteaba como plomo fundido contra las vidrieras emplomadas del despacho de Don Roberto. El aroma a tabaco de pipa, cuero viejo y cera de abejas no lograba enmascarar el hedor invisible de la culpa que saturaba el aire.La puerta de roble macizo se abrió de golpe sin previo aviso.Dante entró en la estancia con el abrigo largo empapado de aguanieve, arrastrando una frialdad que hizo bailar las llamas de la chimenea. Su rostro estaba desencajado, con la mandíbula pétrea y los ojos grises reducidos a dos brasas de ceniza viva. No se quitó los guantes de cuero; bajo el brazo izquierdo sostenía la carpeta carmesí extraída del búnker subterráneo.Don Roberto, sentado tras su imponente escritorio de caoba, levantó la vista de unos balances aduaneros con el ceño fruncido.—Hay formas de entrar al despacho de tu padre, muchacho. Te enseñé modales antes de enseñarte a disparar.Dante no respondió. Caminó tres zancadas pesadas y arrojó el expediente abierto sobre la mesa.El papel

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