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Profundo dolor

مؤلف: Paola Ramírez
last update تاريخ النشر: 2025-12-11 09:17:55

Leonardo apenas llevaba minutos en la biblioteca cuando uno de los guardias golpeó la puerta, nervioso, casi sin aliento.

—Señor presidente… —la voz tembló—. La señora Ariana… acaba de llegar.

El corazón de Leonardo se detuvo un segundo.

Luego latió con tanta fuerza que sintió que podía atravesarle las costillas.

No esperó explicación.

No pensó.

Simplemente salió corriendo.

Atravesó el pasillo como un hombre al que por fin le devolvían el alma después de días de infierno.

Su respiración era du
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  • La esposa virgen del presidente   Final

    LeonardoNunca fui un hombre de ceremonias.He estado en demasiados funerales, demasiadas despedidas, demasiadas salas donde el silencio pesaba más que las palabras. Por años creí que la vida se trataba de resistir, de proteger, de mantenerse firme aun cuando todo alrededor se rompía.Y, sin embargo, aquí estoy.De pie, con un traje impecable que Ariana eligió porque siempre ha sabido leerme mejor que nadie observando cómo mis hijos se preparan para dar el paso que yo mismo di hace muchos años… con ella.La iglesia está llena.Pero yo solo veo a mi familia.Veo a Alex, inquieto, intentando disimular los nervios con esa sonrisa ladeada que heredó de mí. Lo veo mirar hacia el altar como si aún no creyera que Zoe realmente está a punto de caminar hacia él, libre, sonriente, viva. Después de todo lo que pasó… verla así es un milagro silencioso.Veo a Maximiliano.Mi otro hijoMi reflejo.Está sereno. No rígido, no frío. Sereno. Como alguien que ya tomó todas las decisiones importantes de

  • La esposa virgen del presidente   Promesa

    MaximilianoNunca pensé que el silencio pudiera decir tanto.La oficina está en calma. Demasiado, incluso. Los ventanales dejan entrar la luz de la tarde, el mismo sol que durante años vio firmarse contratos, cerrarse alianzas y romperse imperios. Siempre creí que este lugar era solo eso: poder, números, decisiones frías.Hasta que ella llegó.Elizabeth Lennox está sentada frente a mí, concentrada, con el ceño levemente fruncido mientras revisa una carpeta. Mi carpeta. La forma en que sostiene el bolígrafo, la precisión con la que pasa las hojas… todo en ella sigue siendo exactamente igual.Y, al mismo tiempo, completamente distinto.Sigue siendo mi secretaria.Sigue llamándome señor Moratti cuando hay terceros presentes.Sigue organizando mi agenda con una eficiencia impecable.Pero ahora sé cómo sonríe cuando se relaja.Cómo respira cuando se ríe de verdad.Cómo tiende a morderse el labio cuando está nerviosa, aunque intente disimularlo.Y eso cambia todo.—Tiene una llamada en vein

  • La esposa virgen del presidente   Solo ella

    AlexQuién iba a decir que un beso.Un beso improvisado, torpe, desesperado…iba a llevarme hasta aquí.A veces me despierto antes que Zoe, la observo dormir y todavía me cuesta creerlo. No porque no la ame porque la amo con una intensidad que a veces asusta, sino porque todo comenzó de la forma más absurda posible.Una noche cualquiera.Una calle iluminada a medias.Yo saliendo de una cena de negocios con ese vestido elegante que no combinaba en absoluto con el miedo que llevaba en los ojos.Yo no era su refugio.Ni su plan.Ni su salvación.Yo solo estaba ahí.Recuerdo perfectamente su mirada buscando algo, a alguien. La forma en que aceleró el paso. La tensión en sus hombros. Y luego… sus manos agarrándome del saco sin pedirme permiso.Antes de que pudiera decir una sola palabra, Zoe me besó.Así.Sin aviso.Sin contexto.Un beso real. Apresurado. Tembloroso.Yo me quedé inmóvil, más por sorpresa que por otra cosa, mientras ella apoyaba la frente en mi pecho y susurraba:—No te mue

  • La esposa virgen del presidente   Termino todo

    El vecindario de la infancia de Zoe siempre le había parecido una maqueta perfecta de felicidad, pero hoy, las casas de paredes blancas y jardines podados se sentían como celdas de una prisión de alta seguridad.Zoe apretaba el volante con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. A su lado, Alex tarareaba una canción para tranquilizarla, moviendo los dedos sobre el tablero, aunque sus ojos, agudos y vigilantes, no dejaban de observar el perfil tenso de ella.—Zoe, si sigues apretando así el volante, vas a arrancar todo y tendremos que irnos a pie. Y te aviso: estos zapatos no están diseñados para caminar tanto —dijo Alex, rompiendo el hielo con su habitual tono burlón.Zoe soltó un suspiro tembloroso.—Es que no la conoces, Alex. Ella tiene una forma de… de empequeñecerme. Me hace sentir que todavía tengo diez años y que no valgo nada.—Hoy no —Alex se puso serio por un segundo, ajustándose las gafas de sol—. Hoy no permito que nadie te haga sentir menos.Entraron en la casa. El

  • La esposa virgen del presidente   Calma

    Eduardo no llegó lejos.Creyó que la oscuridad lo protegería. Que el caos le daría ventaja. Que aún tenía tiempo.No contó con Martín.El golpe llegó desde atrás, seco, preciso. Eduardo apenas alcanzó a gruñir cuando fue empujado contra el pavimento. El arma salió despedida unos metros. Martín le presionó la rodilla en la espalda sin esfuerzo, inmovilizándolo.—Se acabó —dijo con voz fría—. Ya no corres más.Eduardo escupió sangre y rió con amargura.—¿Crees que ganaron?Martín no respondió. Sacó el teléfono.—Leonardo —dijo—. Lo tengo.Hubo una pausa breve al otro lado.—Llama a Marco —ordenó Leonardo—. Que venga con los suyos.Minutos después, las luces azules y rojas inundaron el callejón. No era una patrulla común. Eran hombres que no hacían preguntas innecesarias.Eduardo levantó la cabeza cuando vio bajar a Marco, viejo amigo de Leonardo, ahora alto mando de la policía.—No… —murmuró—. No a ellos.Marco lo miró sin emoción.—Eduardo Montenegro, queda detenido.—Esto es un error

  • La esposa virgen del presidente   Polvo y sudor

    El impacto fue brutal.La camioneta de Max y Elizabeth giró sobre sí misma tras esquivar un disparo, chocó contra un vehículo estacionado y terminó estrellándose contra un poste. El sonido del metal retorciéndose se mezcló con los gritos de la gente y el chillido de los frenos.—¡Mierda! —gruñó Max, golpeando el volante.Pues ellos habían cambiado de puesto.Los vidrios estallaron.Elizabeth se cubrió la cabeza por instinto mientras fragmentos caían sobre sus hombros.—¡Sal, sal, sal! —ordenó Max.No esperó respuesta. Abrió la puerta de una patada, tomó a Elizabeth del brazo y la sacó casi arrastrándola. Detrás de ellos, las camionetas de Montenegro frenaron en seco.Las puertas se abrieron de golpe.Eduardo Montenegro bajó con el arma en la mano, el rostro desencajado por la furia.—¡No corran! —rugió—. ¡No van a llegar lejos!Max no respondió. Echó a correr.Elizabeth apenas podía seguirle el paso, la carpeta enorme colgándole del hombro como un peso muerto, pero no la soltó. No pod

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