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Capítulo 005 - Resignación

last update publish date: 2026-07-03 12:55:53

Juliana se dejó caer en el suelo y se abrazó a sí misma, mientras las lágrimas salían a raudales de sus ojos. Porque no era solo lo que él había dicho. Sino porque, de nuevo, Sebastián había encontrado una forma de lastimarla.

Los recuerdos llegaron sin avisar. Las risas, las miradas, la forma en que él la tocaba, los besos... El primero, torpe, escondido, como si el mundo no existiera, las palabras suaves que le hicieron creer que, por primera vez, no había algo mal en ella, que su cuerpo no era imposible de desear, que alguien podía mirarla… y elegirla.

Juliana cerró los ojos con fuerza y el recuerdo se torció.

Las carcajadas de Cristóbal y Tomás retumbaron en su mente con crueldad, las palabras burlonas, la verdad cayendo encima de ella como un golpe.

No había sido amor. Había sido un juego. Una apuesta. Y lo peor no era solo eso. Era que ella le había creído ciegamente, se había entregado por completo, incluso cuando se lo dijo, cuando le comentó lo importante que era para ella guardarse virgen hasta el matrimonio... y él le había prometido que sería especial, que la cuidaría...

Juliana apretó los labios, intentando detener el temblor.

Qué ingenua había sido.

Qué ridícula.

Qué fácil había sido para él hacerle creer que alguien como Sebastián Echeverría podía mirarla de verdad. Él, que siempre estaba rodeado de chicas hermosas, de cuerpos perfectos.

¿En qué momento había pensado que ella tenía derecho a ser amada por él? El dolor se mezcló con la rabia, pero no hacia él, sino hacia sí misma, por haberlo permitido, por haberle creído.

Y ahora, luego de tanto tiempo, Sebastián aparecía, pidiéndole que se casara con él, como si ella fuera solo un trámite.

Juliana soltó una risa breve entre lágrimas, sin humor, sin aire.

«Qué absurdo».

Y aun así… no podia odiarlo, porque lo amaba con toda su alma.

Juliana se llevó las manos al rostro y respiró hondo una vez, luego otra. No podía quedarse ahí, pues tenía que seguir con sus labores así que se limpió las lágrimas y se obligó a ponerse de pie.

Abrió la puerta y tomó su delantal.

Al llegar a la cocina, vio a Carmen bastante concentrada preparando la cena. Era la primera vez, en muchos años, que todos los miembros de la familia Echeverría comerían bajo el mismo techo. Bueno, todos menos Don Santiago.

Juliana tomó una de las cucharas de palo, como si ese gesto pudiera anclarla al presente.

—Deja, yo te ayudo —dijo.

Carmen levantó la mirada de inmediato.

—Ah, Juliana… allí estás. ¿Dónde te habías metido?

—Fui a cambiarme rapidito —respondió ella mientras comenzaba a mover el guiso con movimientos firmes—. Mojé el uniforme sin querer.

Carmen la observó con esa mezcla de experiencia y costumbre que tienen quienes han visto demasiadas historias repetirse en una misma casa.

—Tranquila, tengo todo bajo control. Siéntate.

—No, no, necesito hacer algo —insistió Juliana sin dejar de mover la cuchara.

Carmen la miró mejor entonces, y fue imposible no notar el leve enrojecimiento en sus ojos.

—¿Tú estás bien?

Juliana asintió casi de inmediato.

—Sí, estoy bien.

Pero la respuesta no convenció a nadie.

—No parece —murmuró Carmen—. Si no te conociera, diría que estuviste llorando.

Juliana soltó una pequeña risa, breve, casi automática.

—¿Llorar? ¿Por qué?

El silencio que siguió fue corto, pero incómodo.

»Bueno… quizás sí hay una buena razón para hacerlo —admitió, bajando un poco la mirada.

Carmen suspiró suavemente mientras seguían cocinando.

—Con el tiempo será más fácil. Siempre es más duro al principio.

Juliana no respondió. Solo siguió moviendo el guiso, como si el movimiento constante pudiera evitar que algo dentro de ella colapsara otra vez.

»Sé cuánto querías a Don Santiago —continuó Carmen con voz más baja—. Y él también te quiso mucho a ti.

Juliana asintió despacio.

—Es injusto que las buenas personas sean las que se van primero —murmuró.

Carmen frunció ligeramente el ceño, como si esa frase le dejara una sombra incómoda.

—Uy, Juliana… suenas como si quisieras que alguien se hubiera ido antes que Don Santiago.

Juliana levantó la vista de inmediato, como avergonzada.

—Por Dios, claro que no.

La cocina siguió su ritmo hasta que la cena estuvo lista. Platos, guisos, olores cálidos que contrastaban con la frialdad que parecía haberse instalado en toda la casa desde la muerte del patriarca.

—¿Te molestaría llevar los platos a la mesa? —preguntó Carmen.

—Claro, tranquila. Yo me encargo.

Juliana tomó la bandeja y salió hacia el comedor.

Lo primero que hizo al entrar fue buscarlo a él, pero Sebastián no estaba.

Respiró apenas, sin saber si eso le generaba alivio o una inquietud extraña que no quería analizar.

Comenzó a servir los platos uno a uno, moviéndose con precisión automática, mientras la conversación de los Echeverría llenaba el ambiente.

—¿Entonces eso significa que no vamos a heredar nada? —preguntó Cristóbal, con una mezcla de incredulidad y rabia.

—No —respondió la señora Renata, la viuda de Don Santiago, con calma—. Significa que Sebastián debe repartir la fortuna de forma equitativa.

Marta, la madre de Sebastián, sentada a un lado, asintió apenas, como si intentara mantenerse al margen de un incendio que estaba a punto de descontrolarse.

—Eso es lo correcto —añadió con voz baja.

—Yo lo único que quiero es el cincuenta por ciento de la empresa —soltó Rafael, sin rodeos.

Isabella giró hacia él de inmediato, incrédula.

—¿El cincuenta por ciento? ¿Te volviste loco? Con el veinte deberías darte por satisfecho.

—Yo me conformo con el penthouse de Nueva York, la boutique de la Gran Avenida y el Porsche —intervino Camila, con una naturalidad casi ofensiva.

—A mí pueden darme el townhouse en Santa Mónica, la colección de relojes del abuelo y uno de los yates —añadió Tomás, sin siquiera levantar la voz.

Juliana seguía sirviendo platos mientras escuchaba cada frase, cada fragmento de ambición sin filtros, como si la muerte reciente de Don Santiago no hubiera dejado más que una excusa para repartirse todo.

Parecían buitrez, repartiéndose los pedazos de un cadáver.

La escena le pareció repugnante.

¿Cómo podian ser tan desalmados?

El ambiente cambió de golpe cuando el murmullo se cortó.

Juliana levantó la mirada y se encontró con los ojos azules de Sebastián, quien acababa de llegar, junto a su padre, quien lo miró a él y luego a ella.

Juliana bajó la vista de inmediato y continuó sirviendo, desplazándose hacia un lado, escabulléndose.

Sebastián tomó asiento.

Héctor ocupó la cabecera de la mesa, el lugar que antes pertenecía a Don Santiago y en cuanto todos estuvieron sentados, las voces volvieron a encenderse.

Preguntas iban y venían. Todos exigían que les respondieran, que les dijeran que iba a pasar con la herencia de Don Santiago, hasta que éctor levantó una mano y habló con firmeza:

—Se acabó —dijo—. Esta mesa no es para hablar de herencias. Coman. Mañana habrá tiempo suficiente para discutir lo que quieran.

El silencio se impuso a regañadientes.

Juliana, desde su posición, observaba la mesa sin querer hacerlo demasiado evidente.

Y entonces lo vio.

A Sebastián.

No al heredero ni al hombre que acababa de recibir una gran responsabilidad, sino a alguien que parecía sostener el peso de algo más grande que la casa entera.

Vio cansancio en él, también algo parecido a la tristeza.

Juliana apartó la mirada un segundo… pero volvió a él.

Sin querer.

Y fue en ese instante cuando el pensamiento apareció, claro, incómodo, pero imposible de ignorar.

Tal vez casarse con él no fuera tan descabellado.

Tal vez aceptar aquella locura no era tan mala idea.

Casarse con Sebastián la ayudaría a salir de casa de su tía, a darle una mejor vida a su hermanita.

Y entonces otra idea pasó por su mente...

¿Y que tal si con el paso del tiempo, Sebastián se enamoraba de ella? ¿si por fin la veía de verdad, si por fin lograba ver su belleza interior y amarla como ella lo amaba a él?

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