LOGINJuliana se dejó caer en el suelo y se abrazó a sí misma, mientras las lágrimas salían a raudales de sus ojos. Porque no era solo lo que él había dicho. Sino porque, de nuevo, Sebastián había encontrado una forma de lastimarla.
Los recuerdos llegaron sin avisar. Las risas, las miradas, la forma en que él la tocaba, los besos... El primero, torpe, escondido, como si el mundo no existiera, las palabras suaves que le hicieron creer que, por primera vez, no había algo mal en ella, que su cuerpo no era imposible de desear, que alguien podía mirarla… y elegirla.
Juliana cerró los ojos con fuerza y el recuerdo se torció.
Las carcajadas de Cristóbal y Tomás retumbaron en su mente con crueldad, las palabras burlonas, la verdad cayendo encima de ella como un golpe.
No había sido amor. Había sido un juego. Una apuesta. Y lo peor no era solo eso. Era que ella le había creído ciegamente, se había entregado por completo, incluso cuando se lo dijo, cuando le comentó lo importante que era para ella guardarse virgen hasta el matrimonio... y él le había prometido que sería especial, que la cuidaría...
Juliana apretó los labios, intentando detener el temblor.
Qué ingenua había sido.
Qué ridícula.
Qué fácil había sido para él hacerle creer que alguien como Sebastián Echeverría podía mirarla de verdad. Él, que siempre estaba rodeado de chicas hermosas, de cuerpos perfectos.
¿En qué momento había pensado que ella tenía derecho a ser amada por él? El dolor se mezcló con la rabia, pero no hacia él, sino hacia sí misma, por haberlo permitido, por haberle creído.
Y ahora, luego de tanto tiempo, Sebastián aparecía, pidiéndole que se casara con él, como si ella fuera solo un trámite.
Juliana soltó una risa breve entre lágrimas, sin humor, sin aire.
«Qué absurdo».
Y aun así… no podia odiarlo, porque lo amaba con toda su alma.
Juliana se llevó las manos al rostro y respiró hondo una vez, luego otra. No podía quedarse ahí, pues tenía que seguir con sus labores así que se limpió las lágrimas y se obligó a ponerse de pie.
Abrió la puerta y tomó su delantal.
Al llegar a la cocina, vio a Carmen bastante concentrada preparando la cena. Era la primera vez, en muchos años, que todos los miembros de la familia Echeverría comerían bajo el mismo techo. Bueno, todos menos Don Santiago.
Juliana tomó una de las cucharas de palo, como si ese gesto pudiera anclarla al presente.
—Deja, yo te ayudo —dijo.
Carmen levantó la mirada de inmediato.
—Ah, Juliana… allí estás. ¿Dónde te habías metido?
—Fui a cambiarme rapidito —respondió ella mientras comenzaba a mover el guiso con movimientos firmes—. Mojé el uniforme sin querer.
Carmen la observó con esa mezcla de experiencia y costumbre que tienen quienes han visto demasiadas historias repetirse en una misma casa.
—Tranquila, tengo todo bajo control. Siéntate.
—No, no, necesito hacer algo —insistió Juliana sin dejar de mover la cuchara.
Carmen la miró mejor entonces, y fue imposible no notar el leve enrojecimiento en sus ojos.
—¿Tú estás bien?
Juliana asintió casi de inmediato.
—Sí, estoy bien.
Pero la respuesta no convenció a nadie.
—No parece —murmuró Carmen—. Si no te conociera, diría que estuviste llorando.
Juliana soltó una pequeña risa, breve, casi automática.
—¿Llorar? ¿Por qué?
El silencio que siguió fue corto, pero incómodo.
»Bueno… quizás sí hay una buena razón para hacerlo —admitió, bajando un poco la mirada.
Carmen suspiró suavemente mientras seguían cocinando.
—Con el tiempo será más fácil. Siempre es más duro al principio.
Juliana no respondió. Solo siguió moviendo el guiso, como si el movimiento constante pudiera evitar que algo dentro de ella colapsara otra vez.
»Sé cuánto querías a Don Santiago —continuó Carmen con voz más baja—. Y él también te quiso mucho a ti.
Juliana asintió despacio.
—Es injusto que las buenas personas sean las que se van primero —murmuró.
Carmen frunció ligeramente el ceño, como si esa frase le dejara una sombra incómoda.
—Uy, Juliana… suenas como si quisieras que alguien se hubiera ido antes que Don Santiago.
Juliana levantó la vista de inmediato, como avergonzada.
—Por Dios, claro que no.
La cocina siguió su ritmo hasta que la cena estuvo lista. Platos, guisos, olores cálidos que contrastaban con la frialdad que parecía haberse instalado en toda la casa desde la muerte del patriarca.
—¿Te molestaría llevar los platos a la mesa? —preguntó Carmen.
—Claro, tranquila. Yo me encargo.
Juliana tomó la bandeja y salió hacia el comedor.
Lo primero que hizo al entrar fue buscarlo a él, pero Sebastián no estaba.
Respiró apenas, sin saber si eso le generaba alivio o una inquietud extraña que no quería analizar.
Comenzó a servir los platos uno a uno, moviéndose con precisión automática, mientras la conversación de los Echeverría llenaba el ambiente.
—¿Entonces eso significa que no vamos a heredar nada? —preguntó Cristóbal, con una mezcla de incredulidad y rabia.
—No —respondió la señora Renata, la viuda de Don Santiago, con calma—. Significa que Sebastián debe repartir la fortuna de forma equitativa.
Marta, la madre de Sebastián, sentada a un lado, asintió apenas, como si intentara mantenerse al margen de un incendio que estaba a punto de descontrolarse.
—Eso es lo correcto —añadió con voz baja.
—Yo lo único que quiero es el cincuenta por ciento de la empresa —soltó Rafael, sin rodeos.
Isabella giró hacia él de inmediato, incrédula.
—¿El cincuenta por ciento? ¿Te volviste loco? Con el veinte deberías darte por satisfecho.
—Yo me conformo con el penthouse de Nueva York, la boutique de la Gran Avenida y el Porsche —intervino Camila, con una naturalidad casi ofensiva.
—A mí pueden darme el townhouse en Santa Mónica, la colección de relojes del abuelo y uno de los yates —añadió Tomás, sin siquiera levantar la voz.
Juliana seguía sirviendo platos mientras escuchaba cada frase, cada fragmento de ambición sin filtros, como si la muerte reciente de Don Santiago no hubiera dejado más que una excusa para repartirse todo.
Parecían buitrez, repartiéndose los pedazos de un cadáver.
La escena le pareció repugnante.
¿Cómo podian ser tan desalmados?
El ambiente cambió de golpe cuando el murmullo se cortó.
Juliana levantó la mirada y se encontró con los ojos azules de Sebastián, quien acababa de llegar, junto a su padre, quien lo miró a él y luego a ella.
Juliana bajó la vista de inmediato y continuó sirviendo, desplazándose hacia un lado, escabulléndose.
Sebastián tomó asiento.
Héctor ocupó la cabecera de la mesa, el lugar que antes pertenecía a Don Santiago y en cuanto todos estuvieron sentados, las voces volvieron a encenderse.
Preguntas iban y venían. Todos exigían que les respondieran, que les dijeran que iba a pasar con la herencia de Don Santiago, hasta que éctor levantó una mano y habló con firmeza:
—Se acabó —dijo—. Esta mesa no es para hablar de herencias. Coman. Mañana habrá tiempo suficiente para discutir lo que quieran.
El silencio se impuso a regañadientes.
Juliana, desde su posición, observaba la mesa sin querer hacerlo demasiado evidente.
Y entonces lo vio.
A Sebastián.
No al heredero ni al hombre que acababa de recibir una gran responsabilidad, sino a alguien que parecía sostener el peso de algo más grande que la casa entera.
Vio cansancio en él, también algo parecido a la tristeza.
Juliana apartó la mirada un segundo… pero volvió a él.
Sin querer.
Y fue en ese instante cuando el pensamiento apareció, claro, incómodo, pero imposible de ignorar.
Tal vez casarse con él no fuera tan descabellado.
Tal vez aceptar aquella locura no era tan mala idea.
Casarse con Sebastián la ayudaría a salir de casa de su tía, a darle una mejor vida a su hermanita.
Y entonces otra idea pasó por su mente...
¿Y que tal si con el paso del tiempo, Sebastián se enamoraba de ella? ¿si por fin la veía de verdad, si por fin lograba ver su belleza interior y amarla como ella lo amaba a él?
Cuatro días después, Camila se encerró en su habitación cuando Isabela le recordó que el abogado las esperaba para ir a la estación de policía.—No voy a ir.Su madre sostuvo la puerta antes de que pudiera cerrársela en la cara.—Ya quedamos con él.—¡Te dije que no voy!Camila seguía en pijama. Tenía el cabello recogido de cualquier manera y el teléfono en la mano, lleno de llamadas que no quería contestar.—No pueden obligarme a presentarme solo porque mi auto aparece en una grabación.—Si que pueden hacerlo, por eso contratamos a un abogado.—Pues que vaya él. Para eso le pagas.Isabela entró y cerró la puerta.—Escúchame bien. No vas a seguir escondiéndote aquí esperando que se olviden de ti.—¿Y tú qué quieres? ¿Que vaya y me entregue? ¿Que les haga el trabajo más fácil?—Quiero que dejes de comportarte como una estúpida.Camila arrojó el teléfono sobre la cama.—Todo esto es por culpa de esa maldita mujer.—No. Esto es porque tú no pudiste mantener el control.La respuesta la de
Juliana miró el nombre en la pantalla y contestó sin pensarlo.—¿Qué quiere?—Necesito hablar contigo sobre lo de ayer.Juliana apoyó la espalda contra el respaldo.—¿Sobre lo que hizo su hija?Isabela tardó apenas un segundo en responder.—Camila está muy afectada.—¡Ay! Pobrecita, debe sentirse muy mal por casi haberme matado —la frase salió de su boca sin poder evitarlo.Juliana apretó el teléfono. Había esperado sentirse aliviada al confirmar su sospecha, pero escuchar a Isabela hablar de su hija con ese descaro, como si la única que importara fuese ella, le produjo una rabia tan intensa que tuvo que se vio obligada contener, antes de comenzar a decir improperios.—Aunque no lo crea, de verdad, ella se siente muy mal. Fue un arrebato. —¿Un arrebato? Tú estas tomándome el pelo, ¿verdad?—No, Juliana, mi llamdada es muy seria.—Su hija casi me mata, a mí y a un amigo mío, porque, ¿según quién... usted o ella, tuvo un arrebato?—Entiendo tu molestia —dijo Isabela.—No, señora Echeve
Juliana dejó el teléfono sobre sus piernas. Sebastián permanecía junto al sofá, pendiente de ella.—Matthew va a denunciar —dijo.—Lo escuché.Ella se frotó la frente. Le molestaba cómo terminó la conversación, aunque comprendía que su amigo también estaba alterado. Recordó el golpe que se dio en la rodilla al apartarla y lo cerca que ambos estuvieron del automóvil.—Tiene razón. No puedo pedirle que se quede callado por mí.Sebastián se sentó a su lado.—¿Le dijiste que sospechas de Camila?—Le dije que creo saber quién fue, pero no mencioné su nombre.Juliana tomó nuevamente el teléfono y le escribió. Le explicó que recordaba un Porsche blanco muy parecido al de Camila, aunque no alcanzó a distinguir a quien conducía. Era una sospecha y así quería dejarlo claro.La respuesta llegó unos minutos después.«Ya hice la denuncia. Cuando presente mi declaración les diré lo que recuerdas. La grabación puede aclararlo».Juliana dejó el teléfono sobre la mesa y se acomodó junto a Sebastián cu
—No quiero ir a la cárcel, mamá. Tienes que ayudarme.Camila caminaba de un extremo a otro de la sala. Cada vez que escuchaba un automóvil acercarse a la casa, se asomaba por la ventana.—Deja de hacer eso. No vas a conseguir nada poniéndote así.—¿Y cómo quieres que me ponga? Juliana conoce mi auto. Tú misma lo dijiste. ¿Y si me reconoció? ¿Y si ya fue a la policía?—Baja la voz. No estamos solas.Camila se volvió hacia ella, furiosa.—¡Me da igual que me escuchen! Estamos hablando de que puedo terminar presa. Primero el tío Héctor y ahora yo. Todo se va a ir a la mierda.Isabela la sujetó por los brazos.—Deja de gritar y escúchame. Tenemos que pensar qué hacer.—Pues piensa, mamá. Porque yo no puedo. Cada vez que cierro los ojos veo a esa mujer delante de mi carro.Su madre la soltó. Todavía le costaba mirar a su hija sin recordar lo que acababa de confesarle. Estaba furiosa con ella, pero verla tan asustada también la desesperaba.—Te dije que te mantuvieras lejos de Juliana. No t
Sebastián se apartó para mirarla otra vez. Sonrió y después se rio suavemente, todavía sorprendido.—No puedo creerlo.Juliana le acarició la mano que seguía apoyada sobre su vientre.—Yo llevo desde ayer intentando creerlo.—¿Amanda lo sabe?—No. Nadie sabe, aparte de los médicos y ahora tú.Sebastián asintió. La imaginó esperando a que la atendieran, preocupada por el bebé y sin poder explicarle a su amigo lo que sentía.—Gracias a que Matthew estaba contigo, no…Sebastián no terminó la frase.Y entonces, Juliana volvió a recordar el brazo de Matthew sujetándola y el sonido del motor.El automóvil apareció de nuevo en su memoria, demasiado cerca. Vio por un instante su parte delantera, el movimiento al desviarse y luego la parte trasera mientras se alejaba. Era de color blanco. De eso sí estaba segura.Frunció el ceño.—¿Qué pasa? —preguntó Sebastián.Ella retiró la mano de su vientre.—Estaba recordando lo de esta mañana.Sebastián se acomodó junto a ella.Juliana ya no estaba pens
Isabela soltó los brazos de su hija y retrocedió un paso.—¿Qué hiciste, Camila?Ella se secó las mejillas con las manos.—La vi cruzando la calle. Estaba con un hombre y… aceleré.Su madre la miró sin comprender durante unos segundos.—¿Le echaste el automóvil encima?Camila empezó a llorar.—Quería asustarla. Después intenté apartarme, pero iba demasiado rápido. El hombre la quitó del medio.—¿La golpeaste?—No. Creo que no.—¿Cómo que crees que no?—¡No me detuve, mamá! Me asusté y seguí conduciendo.Isabela miró hacia el pasillo y la llevó hasta la habitación que compartían. Cerró la puerta antes de volverse hacia ella.—Siéntate.Camila obedeció, todavía temblando. Su madre permaneció de pie.—¿Tienes idea de lo que acabas de hacer? Podrías haberla matado.—Ya lo sé.—No, no creo que lo sepas. Tu tío está preso por lo que le hizo a su hermana y tú decides intentar atropellarla.Camila levantó el rostro.—No salí de aquí pensando en hacer eso. Simplemente la vi y perdí el control.







