Mag-log inSebastián caminaba deprisa por el pasillo, mientras la frase seguía clavada en su cabeza. «Debo casarme con Juliana». Apretó la mandíbula sin darse cuenta. No tenía tiempo para pensar. Solo para resolver...
Giró en el pasillo sin mirar y chocó con alguien.
El impacto fue seco.
Y la otra persona cayó al suelo con fuerza, junto con pañuelos y un balde a medio llenar...
Sebastián se detuvo y, cuando bajó la mirada, vio a Juliana tirada en el suelo, quien lo miraba sorprendida, como si no entendiera lo que acababa de pasar. Él sintió algo incómodo en el pecho.
La condición del testamento volvió a su mente como un golpe.
“Debes casarte con Juliana Ríos, si no, todo pasará a nombre de ella”.
Su mirada se endureció debido a la rabia que se apoderó de él.
¿Por qué ella? ¿Por qué esa mujer que no le despertaba ni un mal pensamiento?
Juliana intentó incorporarse, apoyando una mano en el suelo.
—¿Está bien? —preguntó ella, con voz baja.
El semblante de Sebastián cambió y los recuerdos del pasado llegaron a su mente como ráfagas. Él había sido un completo idiota con ella, un malvado completo al acceder a la tonta apuesta que hizo con sus primos, de enamorarla en el menor tiempo posible. Ella cayó en el juego y le entregó todo su ser, a cambio de mentiras y engaños...
Sacudió la cabeza con fuerza para enfocarse en el presente, y sin embargo no logró entender cómo es que ella aún se mostraba amable con él al preguntarle si estaba bien, cuando la que estaba en el suelo era ella.
La miró con detenimiento y Juliana le sostuvo la mirada.
No había odio en esos ojos, tal como él esperaba. Había incomodidad y mucho cansancio. Sebastián tragó saliva y por un segundo dudó:
“Quizás no me desprecia tanto como lo imaginé”.
Entonces le extendió la mano para ayudarla a levantarse. No por ternura ni como disculpa. Fue una decisión consciente, pues debía comenzar a tratarla bien si no quería perder toda la fortuna Echeverría.
No obstante, Juliana miró su mano, luego lo miró a él y no la tomó.
Se levantó sola. Con esfuerzo, pero sin ayuda.
El silencio entre los dos se volvió espeso, irrespirable.
Juliana recogió lo que pudo del suelo, sin prisa y sin mirarlo.
Y entonces él habló:
—Yo estoy bien, ¿y tú? —indagó él.
Juliana levantó la mirada y lo vio como si él hubiera perdido la cabeza.
“¿Por qué me está hablando? ¿Qué le pasa? Desde lo que pasó, él nunca más fue amable conmigo...”, pensó Juliana.
—Estoy bien —respondió ella, incorporándose—. Deberías tener más cuidado al caminar.
Su tono fue frío… distante.
Sebastián frunció ligeramente el ceño.
Juliana simplemente se fue, desapareciendo por el pasillo como si el encuentro nunca hubiera ocurrido.
Sebastián se quedó quieto.
Mirando el espacio vacío, con la mano aún suspendida en el aire por un segundo… antes de bajarla lentamente.
—Si me desprecia… —musitó—. Me odia de verdad. Joder, esto va a ser más difícil de lo que pensé
Mientras tanto, Juliana caminaba a toda prisa. Necesitaba alejarse de él, de lo que le hacía sentir, de esa cruel realidad que la golpeaba día tras día. Lo amaba, ¡Oh Dios! Lo adoraba con todo su ser, pero lo que él le había hecho era imperdonable.
El pasillo que conducía a la zona del servicio se sentía más frío de lo habitual. Más largo también, con las paredes blancas, los cuadros perfectamente alineados, las puertas cerradas de las habitaciones del personal.
Juliana caminaba en silencio, pero su mente no se detenía.
El recuerdo del señor Santiago seguía presente, como una presencia constante. Las tardes en las que la llamaba solo para leerle, su voz pausada contando historias de su juventud, sus manos temblorosas sosteniendo una taza de té mientras insistía en que se sentara a su lado.
Era solo un hombre viejo, cansado, enfermo, decepcionado, que a pesar de vivir rodeado de su familia, se sentía terriblemente solo.
Juliana también conocía la soledad, pero de una forma distinta.
Su madre había muerto hacía siete años, víctima de un cáncer que avanzó demasiado rápido. Desde entonces, Juliana quedó a sola con su hermana menor. Y lo peor fue que ambas terminaron bajo el cuidado de su tía Carla, una mujer rígida, amargada, de carácter duro y afecto inexistente, que las recibió más por obligación que por compasión.
Cuando Juliana cumplió la mayoría de edad, pensó en independizarse y llevarse a su hermana a vivir con ella. Sin embargo, la realidad fue otra. El dinero no alcanzaba. El sueldo que recibía como trabajadora de los Echeverría apenas cubría lo básico. Fue entonces cuando aceptó convertirse en la cuidadora personal del señor Santiago, pues el salario era mucho mejor, aunque seguía siendo insuficiente para salir de casa de su tía.
Con el tiempo, Don Santiago se encariñó muchísimo con ella, y ella con él, porque por primera vez, alguien dentro de ese mundo de lujos y vanalidades, la miraba sin aires de superioridad.
Llegó a la pequeña habitación de servicio y sin perder tiempo comenzó a cambiarse el uniforme mojado. Mientras lo hacía, los recuerdos de cuando aún eran adolescentes, se apoderaron de su mente...
Hubo un tiempo en el que Sebastián también la trató de forma diferente al resto de la familia, la hizo sentir especial. Él fue su primer beso, su primera vez, quien la hizo sentir mujer, amada, deseada...
Para ella fue real.
Pero para él, todo fue un juego... una vil apuesta ganada.
Ella tuvo que aprender a sostener su rostro frente a la familia, frente al propio Don Santiago, porque Sebastián seguía existiendo, porque él se comportaba como si nada hubiera pasado. Tuvo que callar, tragarse su dolor, mirar hacia otro lado y convertirse en una sirvienta más
De repente, tres golpes en la puerta la sacaron de sus pensamientos.
Ella abrió la puerta sin dilatación y el corazón se le detuvo en el pecho.
—¿Sebastián? —dijo ella, incrédula—. ¿Qué… haces aquí? —preguntó ella, con la voz más baja de lo que esperaba.
Sebastián no respondió de inmediato. La observó en silencio un par de segudos, como si la analizara, como si intentara decidir algo que no le resultaba sencillo, y entonces habló.
—Necesitamos hablar, Juliana.
Cuatro días después, Camila se encerró en su habitación cuando Isabela le recordó que el abogado las esperaba para ir a la estación de policía.—No voy a ir.Su madre sostuvo la puerta antes de que pudiera cerrársela en la cara.—Ya quedamos con él.—¡Te dije que no voy!Camila seguía en pijama. Tenía el cabello recogido de cualquier manera y el teléfono en la mano, lleno de llamadas que no quería contestar.—No pueden obligarme a presentarme solo porque mi auto aparece en una grabación.—Si que pueden hacerlo, por eso contratamos a un abogado.—Pues que vaya él. Para eso le pagas.Isabela entró y cerró la puerta.—Escúchame bien. No vas a seguir escondiéndote aquí esperando que se olviden de ti.—¿Y tú qué quieres? ¿Que vaya y me entregue? ¿Que les haga el trabajo más fácil?—Quiero que dejes de comportarte como una estúpida.Camila arrojó el teléfono sobre la cama.—Todo esto es por culpa de esa maldita mujer.—No. Esto es porque tú no pudiste mantener el control.La respuesta la de
Juliana miró el nombre en la pantalla y contestó sin pensarlo.—¿Qué quiere?—Necesito hablar contigo sobre lo de ayer.Juliana apoyó la espalda contra el respaldo.—¿Sobre lo que hizo su hija?Isabela tardó apenas un segundo en responder.—Camila está muy afectada.—¡Ay! Pobrecita, debe sentirse muy mal por casi haberme matado —la frase salió de su boca sin poder evitarlo.Juliana apretó el teléfono. Había esperado sentirse aliviada al confirmar su sospecha, pero escuchar a Isabela hablar de su hija con ese descaro, como si la única que importara fuese ella, le produjo una rabia tan intensa que tuvo que se vio obligada contener, antes de comenzar a decir improperios.—Aunque no lo crea, de verdad, ella se siente muy mal. Fue un arrebato. —¿Un arrebato? Tú estas tomándome el pelo, ¿verdad?—No, Juliana, mi llamdada es muy seria.—Su hija casi me mata, a mí y a un amigo mío, porque, ¿según quién... usted o ella, tuvo un arrebato?—Entiendo tu molestia —dijo Isabela.—No, señora Echeve
Juliana dejó el teléfono sobre sus piernas. Sebastián permanecía junto al sofá, pendiente de ella.—Matthew va a denunciar —dijo.—Lo escuché.Ella se frotó la frente. Le molestaba cómo terminó la conversación, aunque comprendía que su amigo también estaba alterado. Recordó el golpe que se dio en la rodilla al apartarla y lo cerca que ambos estuvieron del automóvil.—Tiene razón. No puedo pedirle que se quede callado por mí.Sebastián se sentó a su lado.—¿Le dijiste que sospechas de Camila?—Le dije que creo saber quién fue, pero no mencioné su nombre.Juliana tomó nuevamente el teléfono y le escribió. Le explicó que recordaba un Porsche blanco muy parecido al de Camila, aunque no alcanzó a distinguir a quien conducía. Era una sospecha y así quería dejarlo claro.La respuesta llegó unos minutos después.«Ya hice la denuncia. Cuando presente mi declaración les diré lo que recuerdas. La grabación puede aclararlo».Juliana dejó el teléfono sobre la mesa y se acomodó junto a Sebastián cu
—No quiero ir a la cárcel, mamá. Tienes que ayudarme.Camila caminaba de un extremo a otro de la sala. Cada vez que escuchaba un automóvil acercarse a la casa, se asomaba por la ventana.—Deja de hacer eso. No vas a conseguir nada poniéndote así.—¿Y cómo quieres que me ponga? Juliana conoce mi auto. Tú misma lo dijiste. ¿Y si me reconoció? ¿Y si ya fue a la policía?—Baja la voz. No estamos solas.Camila se volvió hacia ella, furiosa.—¡Me da igual que me escuchen! Estamos hablando de que puedo terminar presa. Primero el tío Héctor y ahora yo. Todo se va a ir a la mierda.Isabela la sujetó por los brazos.—Deja de gritar y escúchame. Tenemos que pensar qué hacer.—Pues piensa, mamá. Porque yo no puedo. Cada vez que cierro los ojos veo a esa mujer delante de mi carro.Su madre la soltó. Todavía le costaba mirar a su hija sin recordar lo que acababa de confesarle. Estaba furiosa con ella, pero verla tan asustada también la desesperaba.—Te dije que te mantuvieras lejos de Juliana. No t
Sebastián se apartó para mirarla otra vez. Sonrió y después se rio suavemente, todavía sorprendido.—No puedo creerlo.Juliana le acarició la mano que seguía apoyada sobre su vientre.—Yo llevo desde ayer intentando creerlo.—¿Amanda lo sabe?—No. Nadie sabe, aparte de los médicos y ahora tú.Sebastián asintió. La imaginó esperando a que la atendieran, preocupada por el bebé y sin poder explicarle a su amigo lo que sentía.—Gracias a que Matthew estaba contigo, no…Sebastián no terminó la frase.Y entonces, Juliana volvió a recordar el brazo de Matthew sujetándola y el sonido del motor.El automóvil apareció de nuevo en su memoria, demasiado cerca. Vio por un instante su parte delantera, el movimiento al desviarse y luego la parte trasera mientras se alejaba. Era de color blanco. De eso sí estaba segura.Frunció el ceño.—¿Qué pasa? —preguntó Sebastián.Ella retiró la mano de su vientre.—Estaba recordando lo de esta mañana.Sebastián se acomodó junto a ella.Juliana ya no estaba pens
Isabela soltó los brazos de su hija y retrocedió un paso.—¿Qué hiciste, Camila?Ella se secó las mejillas con las manos.—La vi cruzando la calle. Estaba con un hombre y… aceleré.Su madre la miró sin comprender durante unos segundos.—¿Le echaste el automóvil encima?Camila empezó a llorar.—Quería asustarla. Después intenté apartarme, pero iba demasiado rápido. El hombre la quitó del medio.—¿La golpeaste?—No. Creo que no.—¿Cómo que crees que no?—¡No me detuve, mamá! Me asusté y seguí conduciendo.Isabela miró hacia el pasillo y la llevó hasta la habitación que compartían. Cerró la puerta antes de volverse hacia ella.—Siéntate.Camila obedeció, todavía temblando. Su madre permaneció de pie.—¿Tienes idea de lo que acabas de hacer? Podrías haberla matado.—Ya lo sé.—No, no creo que lo sepas. Tu tío está preso por lo que le hizo a su hermana y tú decides intentar atropellarla.Camila levantó el rostro.—No salí de aquí pensando en hacer eso. Simplemente la vi y perdí el control.







