FAZER LOGINUna semana después, el secuestro de Amanda Ríos continuaba ocupando los titulares de todos los medios de Miami.La policía capturó a dos de los hombres contratados por Héctor en un motel a las afueras de Orlando. Uno de ellos intentó utilizar una identidad falsa; el otro aceptó colaborar en cuanto comprendió la gravedad de los cargos que enfrentaba.Ambos señalaron a Héctor como la persona que los contrató para secuestrar a la menor y declararon que fue él quien les proporcionó las fotografías de Amanda, los horarios del colegio y las instrucciones necesarias para llevarla hasta el sitio donde permaneció retenida. Los registros telefónicos, las transferencias y los mensajes entregados por Sebastián confirmaron gran parte de sus declaraciones.Héctor continuaba detenido.Su abogado intentó conseguir la libertad bajo fianza, pero la fiscalía argumentó que poseía los recursos suficientes para abandonar el país, influir sobre los testigos o destruir cualquier prueba que todavía no hubiera
—Tiene derecho a permanecer en silencio. Cualquier cosa que diga podrá ser utilizada en su contra ante un tribunal. Tiene derecho a consultar con un abogado y a contar con su presencia durante cualquier interrogatorio.Héctor mantuvo la espalda erguida mientras uno de los agentes colocaba las esposas alrededor de sus muñecas.—No responderé ninguna pregunta sin mi abogado.—Está en su derecho.Rafael avanzó varios pasos.—¿Qué demonios está pasando?—Comunícate con Robles —ordenó Héctor sin mirarlo—. Dile que vaya directamente a la estación y que no hable con nadie antes de reunirse conmigo.Los agentes comenzaron a conducirlo hacia la entrada. Luciana permaneció inmóvil junto a las escaleras, con una mano apoyada sobre el pecho y la mirada fija en las esposas que rodeaban las muñecas de su esposo.—Héctor —lo llamó.Él se detuvo, pero no la miró.Luciana abrió la boca sin saber qué preguntar. Quería exigirle que negara la acusación, que asegurara que todo era una equivocación y que j
—¿Él lo admitió? —preguntó Matthew.Juliana entró en el ascensor y presionó el botón de la planta baja.—Sí.—¿Dónde estás?—En el edificio donde trabaja el abogado de la familia.—Send me the address.—Matthew...—Juliana, acabas de descubrir que tu esposo encubrió el secuestro de tu hermana. No deberías conducir en ese estado. Envíame la ubicación y espérame dentro del edificio.La firmeza de su voz consiguió atravesar el caos de sus pensamientos.—Está bien.Envió la dirección antes de que las puertas se abrieran.La recepcionista intentó preguntarle si necesitaba ayuda, pero Juliana negó con la cabeza y caminó hasta uno de los sillones del vestíbulo. Se sentó con el bol
Juliana permaneció inmóvil. Durante varios segundos, las palabras de Sebastián no consiguieron adquirir ningún significado dentro de su mente. Las había escuchado con claridad, pero resultaban demasiado monstruosas para aceptarlas.—¿Qué dijiste?Sebastián sintió que la garganta se le cerraba.—Sí. Mi padre fue quien planeó el secuestro y...—No.—Juliana...—No.Ella retrocedió hasta golpearse con una de las sillas. Se sostuvo del respaldo sin apartar la mirada de él.—Acabas de decir que lo has sabido durante todo este tiempo.—Sí.La bofetada le giró el rostro.El sonido atravesó la sala de reuniones y dejó un silencio brutal detrás.Sebastián no intentó defenderse. Permaneció con el rostro vuelto hacia un lado, sintiendo el ardor extenderse por su mejilla.Juliana contempló su propia mano, horrorizada por lo que acababa de hacer y, al mismo tiempo, deseando haber conseguido causarle una mínima parte del dolor que él le provocó.Recordó aquella noche. La desesperación, el plazo de
Juliana llegó al despacho del licenciado Salvatierra cinco minutos antes de las ocho. La recepcionista la reconoció de inmediato.—Buenos días, señora Echeverría. El licenciado Salvatierra la está esperando.El apellido consiguió producirle una sensación extraña.Continuaba siendo la señora Echeverría, aunque no sabía por cuánto tiempo.Siguió a la mujer a través del pasillo. Al llegar frente a la sala de reuniones, la recepcionista abrió la puerta y le permitió entrar.Sebastián ya se encontraba allí.Estaba de pie junto a uno de los ventanales, con las manos dentro de los bolsillos y la mirada fija en la ciudad. Llevaba un traje oscuro, pero no parecía el hombre impecable que acostumbraba presentarse ante abogados y empresarios. Tenía el cabello ligeramente desordenado y el rostro cansado.Se volvió al escuchar la puerta y las miradas de ambos se encontraron. Durante algunos segundos, ninguno consiguió hablar.Juliana sintió el impulso absurdo de acercarse. Quiso preguntarle por qué
Amanda la observaba a pocos pasos, con una mezcla de culpa y preocupación. Antes de que pudiera formular alguna pregunta, Juliana le devolvió el teléfono.—No vuelvas a llamarlo a escondidas de mí.—Estaba preocupado.—Eso no significa que debas involucrarte en nuestros problemas.—También son mis problemas si tengo que mudarme sin saber por qué.La respuesta la dejó sin argumentos.Amanda tenía razón. Había intentado mantenerla fuera del conflicto, pero la obligó a abandonar el apartamento, alejarse de Sebastián y comenzar una nueva vida sin ofrecerle ninguna explicación.—Te contaré todo —prometió—. Solo necesito tiempo para saber cómo hacerlo.—Eso dijiste ayer.—Ha pasado un solo día, Amanda.—Para mí también ha sido un







