MasukKael.
El bosque quedó atrás, pero su olor no. Viajó conmigo como una marca invisible, adherida a la piel, al pelaje, a algo más profundo que la carne. Cuando crucé los límites del territorio y los muros de piedra negra se alzaron ante mí, su presencia seguía ahí, persistente, ajena al mundo que me pertenecía. Mi hogar. El palacio se alzaba silencioso bajo la noche, vasto, antiguo, construido para imponer respeto. Los guardias se tensaron al sentirme llegar. No me anunciaron. No lo necesitaba. El territorio sabía cuándo su Alfa regresaba. Crucé los corredores sin pronunciar palabra, apoyándome apenas en el bastón que usaba solo cuando otros estaban presentes. No porque lo necesitara… sino porque el mundo debía creer lo que yo permitía que creyera. —Alfa. La voz de **Rhevan**, mi mano derecha, sonó firme, respetuosa. Caminó a mi lado, adaptando su paso al mío, como siempre. —¿Cuánto tiempo estuve fuera? —pregunté. —Más del que acostumbra —respondió—. El consejo preguntó por usted. No me detuve. —Que sigan preguntando. Subimos los escalones hacia la sala interior. El fuego ardía bajo, constante. El aire olía a piedra, a poder… y aun así, nada de eso lograba arrancarme de la mente la imagen de unos ojos humanos, cansados, demasiado grandes para un rostro tan pálido. Frágil. Pero no débil. —Necesito información —dije al fin—. De inmediato. Rhevan se tensó apenas. Me conocía lo suficiente para saber que ese tono no admitía demora. —¿Sobre quién? Me detuve. El lobo dentro de mí se agitó, inquieto, como si la hubiera sentido incluso allí, tan lejos del bosque. —Sobre la familia humana que vive en el límite oriental —respondí—. Cerca del bosque antiguo. Rhevan guardó silencio un segundo de más. Eso fue suficiente. —¿Ya los conoces? —Sí, Alfa —admitió—. Los conocemos. Giré levemente el rostro hacia él. —Habla. —Esa familia... El hombre que lo dejó ciego señor intentando cazarlo —comenzó—. Tiene dos hijas. Sentí al lobo erizarse. —La mayor es fuerte —continuó—. Sana. Bella. Bien considerada por los ancianos. La menor… Se interrumpió. —Continúa —ordené. —La menor nació con una marca lunar incompleta —dijo finalmente—. Su energía es inestable. Su lobo nunca despertó. En la manada la llaman… una Luna defectuosa. El aire se volvió pesado. Mis dedos se cerraron lentamente alrededor del bastón. Defectuosa. La imagen volvió con una claridad brutal: su respiración entrecortada, las manos temblorosas, el cuerpo frágil inclinado sobre el mío mientras limpiaba una herida que habría matado a cualquier otro. El miedo en su voz… y aun así, no huyó. —¿Cómo la tratan? —pregunté. Rhevan dudó. —Mal, Alfa. No necesitaba más detalles. El lobo gruñó bajo mi piel, una vibración profunda, peligrosa. —Nombre —dije. —**Aylén**. El nombre se asentó en mí como si siempre hubiera estado ahí. —Quiero a esa hija —afirmé. Rhevan se detuvo en seco. —¿Alfa…? —Quiero casarme con la hija menor de esa familia. El silencio fue absoluto. —La defectuosa —añadí, sin suavizarlo. Rhevan respiró hondo. —Eso causará resistencia —dijo con cuidado—. El patriarca lleva años intentando casar a la hija mayor con alguien de poder. —No me importa. —Intentarán ofrecerle a la otra —insistió—. Dirán que es más fuerte. Más digna. Sonreí apenas. —Entonces diles —respondí— que no estoy pidiendo. Rhevan inclinó la cabeza. —¿Desea que vaya personalmente? —Sí. Avancé un paso más, dejando que mi presencia llenara la sala. —Diles que su Alfa ha puesto los ojos en su hija menor. Que la quiere como Luna. Y que esta no es una alianza negociable. El lobo dentro de mí se calmó un poco, como si esa decisión hubiera sido inevitable desde el momento en que ella apoyó su mano sobre mi pelaje ensangrentado. —¿Y si se niegan? —preguntó Rhevan. Mi voz bajó. —Entonces aprenderán lo que significa despreciar una orden mía. Me giré, dispuesto a retirarme. —Una cosa más —añadí—. Nadie debe saber por qué la quiero. No la quiero lastimar, pero haré pagar a ese hombre lo que me hizo, Rhevan. Rhevan asintió. —Como ordene, Alfa. Cuando quedé solo, apoyé una mano contra la pared fría. Cerré los ojos. No veía su rostro. Pero no lo necesitaba. El lobo ya la había elegido. Y el mundo, le gustara o no, se adaptaría a esa verdad.Pasaron los años, y lo que una vez fue un reino dividido por el miedo y la sombra de una bruja, se convirtió en una leyenda de prosperidad y justicia. El castillo de las sombras ya no hacía honor a su nombre; la luz de las antorchas y las risas infantiles llenaban los pasillos que antes guardaban silencios gélidos. El pequeño Valerius creció como un cachorro fuerte, siempre bajo la mirada vigilante de su padre, Kael, y la dulzura inagotable de su madre, Aylén.Una tarde de verano, el reino entero se reunió en el gran claro del bosque sagrado para celebrar el solsticio. Kael, sentado en su trono de piedra junto a Aylén —quien lucía más hermosa que nunca, con su cabello ondeando al viento—, observaba con orgullo cómo su hijo corría entre los hijos de los guerreros y los aldeanos. No había rangos esa tarde, solo manada.Cerca de ellos, bajo la sombra de un roble milenario, Rhevan y Elara observaban la escena. Rhevan, aunque el tiempo había trazado algunas líneas de sabiduría en su rostr
El tiempo en el reino de las sombras parecía haber sanado a la par de la naturaleza. Los campos que rodeaban el castillo estaban en pleno apogeo, pero dentro de los muros de piedra, la tensión era palpable, una mezcla de alegría y ansiedad contenida. Habían pasado nueve meses desde que la Luna y el Alfa unieron sus destinos, y el momento esperado por toda la manada finalmente había llegado.Era una noche de luna llena, una "Luna de Sangre" que teñía el cielo de un carmesí profundo, el color de la fuerza y el linaje de Ares. En los aposentos reales, el aire era pesado y cálido. Aylén estaba reclinada entre montañas de cojines, con el sudor perlado en su frente y las manos apretando con fuerza las sábanas de seda. Una contracción tras otra la sacudía, haciéndola jadear.—¡Kael! —llamó ella con la voz quebrada.Kael no se había movido de su lado en diez horas. El Alfa Supremo, el hombre que no temblaba ante ejércitos, estaba pálido, con los ojos brillando en un dorado eléctrico. Ares es
Aylén llevó a Elara hacia el diván, obligándola a sentarse mientras pedía a una de las doncellas que trajera agua tibia y paños limpios. Kael, aunque su mente estaba en la cacería que se desarrollaba afuera, permaneció en la habitación como una muralla de protección. No podía dejar que Aylén se sintiera desprotegida ni un segundo más.—Limpia esas heridas, Elara —dijo Aylén con suavidad, pasando el paño por las marcas de uñas en las mejillas de su hermana—. No dejes que el rastro de su maldad permanezca en tu piel.Elara se dejó cuidar, aunque su mirada seguía perdida en la puerta. El silencio del castillo era sepulcral, solo interrumpido por el sonido lejano de los caballos galopando hacia los límites del bosque. Cada minuto que pasaba sin noticias de Rhevan era una tortura para ella.—¿Y si ellos le hacen algo? —susurró Elara, con la voz quebrada—. Mi padre es capaz de cualquier bajeza cuando se siente acorralado.Kael se acercó entonces, colocándose detrás de Aylén. Sus manos grand
Al amanecer, una densa bruma cubría los terrenos del castillo, ocultando los movimientos de aquellos que preferían la sombra. Enos, envuelto en una capa andrajosa, se deslizó por el camino que los sirvientes usaban para traer la leche fresca y las provisiones de las granjas cercanas. Su conocimiento de los pasadizos del castillo, de cuando aún ostentaba un título noble, le permitió evadir la patrulla principal que Rhevan comandaba.En las cocinas, el ajetreo matutino comenzaba. Elara ya estaba allí, supervisando la preparación de la infusión de hojas de frambuesa que Aylén tomaba cada mañana para fortalecer el útero.—Ve a buscar un poco más de miel al almacén, Marta —le dijo Elara a una de las criadas—. Esta jarra está casi vacía.En el breve instante en que la cocina quedó en silencio, una figura se materializó en la puerta de servicio. Elara no tuvo tiempo de gritar; una mano callosa y con olor a tabaco rancio le tapó la boca mientras era arrastrada hacia el rincón oscuro de la des
La noche cayó sobre la cabaña como un manto espeso. Enos se levantó de la mesa y se dirigió a un viejo baúl de madera oculto bajo un montón de paja seca en la esquina del cuarto. Con manos temblorosas por la anticipación, extrajo un pequeño frasco de vidrio oscuro, sellado con cera roja. Al agitarlo, el líquido espeso de la raíz negra se adhirió a las paredes del cristal, como una sombra atrapada.—Esto será suficiente —murmuró Enos, mostrando el frasco a su esposa—. Una sola gota en el té de la mañana de Aylén y las contracciones comenzarán antes del mediodía. Ningún médico del castillo podrá detenerlo. Dirán que su cuerpo era demasiado débil para albergar al cachorro de un Alfa Supremo.—Y Elara será la primera sospechosa —añadió su esposa, frotándose las manos con una satisfacción macabra—. Kael sabe que ella prepara la comida de Aylén. Cuando el Alfa vea a su heredero perdido, su furia caerá directamente sobre ella. Rhevan no podrá defenderla, y nuestras dos hijas caerán juntas.M
La primavera avanzaba con paso firme, vistiendo los jardines del castillo con un manto de flores blancas y violetas. Era una tarde inusualmente cálida cuando Aylén decidió que ya no podía soportar estar encerrada entre cuatro paredes.—Por favor, Elara, solo un paseo corto —suplicó Aylén, sosteniendo su abultado vientre con ambas manos mientras miraba a su hermana con ojos de súplica.Elara, que estaba doblando unas sábanas de lino, suspiró con una sonrisa resignada.—Está bien, pero solo por el sendero principal del jardín. Si Kael se entera de que te dejé caminar demasiado, me enviará de vuelta a las cocinas —bromeó Elara, ayudando a su hermana a ponerse en pie.Caminaron despacio por el jardín privado de la Luna. Aylén avanzaba con paso pesado pero seguro, disfrutando del aire fresco y del sol sobre su piel. Mientras tanto, Elara se mantenía a su lado, atenta a cada paso por si Aylén perdía el equilibrio.—Siento que ya casi no tengo espacio en mi propio cuerpo —confesó Aylén, solt







