로그인La casa se estremeció cuando los caballos se detuvieron frente a la entrada.
No fue un ruido fuerte, pero sí distinto. Demasiado ordenado. Demasiado solemne para tratarse de comerciantes o viajeros comunes. Los guardias humanos se enderezaron de inmediato, nerviosos, mientras una figura descendía del caballo negro sin prisa, como si el tiempo le perteneciera. **Rhevan** no alzó la voz. No necesitó hacerlo. —Anuncien mi presencia —ordenó—. Vengo en nombre del Alfa. El nombre no fue pronunciado, pero todos supieron a quién se refería. Dentro de la casa, el patriarca dejó caer su copa. El sonido del vidrio al romperse contra el suelo fue seco, abrupto. Su esposa palideció. —¿El… Alfa? —susurró ella, llevándose una mano al pecho—. ¿Aquí? —Arréglate —ordenó él con urgencia—. Llama a Elara. Rápido. En minutos, la familia estaba reunida en la sala principal. Elara descendió las escaleras con un vestido claro, el cabello cuidadosamente arreglado, el rostro sereno. Sonreía. Siempre sonreía cuando había algo que ganar. Rhevan entró sin inclinar la cabeza, sin mirar a nadie en particular, pero su presencia llenó el espacio como una sombra pesada. —Soy Rhevan —dijo—. Mano derecha del Alfa Supremo. El patriarca hizo una torpe reverencia. —Es… es un honor —balbuceó—. No esperábamos... —Nunca lo hacen —interrumpió Rhevan con calma—. Vengo a comunicar una decisión. No una propuesta. No una negociación. Una decisión. —Mi Alfa ha puesto los ojos en su familia —continuó—. Y ha elegido a una de sus hijas como su futura Luna. El silencio fue absoluto. El corazón del patriarca empezó a latir con fuerza, no de miedo… sino de ambición. —Nuestra hija mayor —dijo de inmediato, adelantando un paso y señalando a Elara— es fuerte, sana, educada. Una Luna perfecta para una alianza de ese nivel. Elara bajó la mirada con falsa modestia. Rhevan no la miró. —No he terminado —dijo. El patriarca tragó saliva. —El Alfa ha elegido a su hija menor —continuó Rhevan—. **Aylén**. La reacción fue inmediata. —¡No! —exclamó la madre, sin ocultar el horror—. Eso no es posible. —Debe haber un error —añadió el padre con rapidez—. Mi señor Alfa no puede referirse a esa niña. Rhevan ladeó levemente la cabeza. —¿Esa niña? —Es… defectuosa —escupió la mujer—. Débil. Enferma. Su Luna nunca despertó. No puede dar herederos fuertes. Sería una vergüenza. Elara frunció apenas el ceño, más por sorpresa que por desacuerdo. —Mi hermana no está preparada para un rol así —añadió con suavidad—. Yo puedo servir mejor al Alfa. Mucho mejor. Rhevan dejó que el silencio se extendiera. —Mi Alfa no pidió una evaluación —dijo al fin—. Dio una orden. El patriarca dio un paso adelante, sudoroso. —Con todo respeto… no podemos entregar a esa hija. Pero estamos dispuestos a ofrecerle a la mayor. Es lo lógico. Lo conveniente. Rhevan los miró entonces. Por primera vez. —¿Saben qué es lo ilógico? —preguntó con voz baja—. Decirle no a un Alfa. La madre apretó los labios. —Aylén no sirve —dijo—. Apenas puede trabajar. Pasa los días limpiando establos como una criada. ¿Cómo podría ser Luna? En ese mismo instante, a varios metros de allí, **Aylén** arrastraba un cubo de agua por el barro. Sus manos estaban enrojecidas, agrietadas por el frío y el trabajo constante. El olor a heno húmedo y estiércol se le había impregnado en la ropa. Cada respiración le dolía, pero seguía avanzando, limpiando, agachándose una y otra vez. Nadie le había dicho que se preparara. Nadie la había llamado. Desde el interior del establo, escuchó vagamente voces elevadas en la casa, pero no prestó atención. Nunca hablaban de ella para algo bueno. —No es digna —continuó la madre—. El Alfa se ofendería si supiera lo que realmente es. Rhevan dio un paso hacia adelante. —Cuidado —advirtió—. Está hablando de la futura Luna del Alfa. Elara abrió los ojos, incrédula. —¿La… futura qué? —Aylén —repitió Rhevan—. Su hija menor. La Luna defectuosa, como la llaman. El patriarca negó con la cabeza, desesperado. —No. No. No podemos permitirlo. Si el Alfa insiste… entonces será mejor que tome a la otra. La que vale la pena. Rhevan los observó durante un largo instante. —Transmitiré su respuesta —dijo finalmente. Se giró sin despedirse. —Pero les aconsejo algo —añadió antes de salir—: no confundan paciencia con debilidad. Cuando la puerta se cerró tras él, el silencio volvió a caer. La madre fue la primera en romperlo. —Esto es culpa suya —dijo, con los ojos encendidos—. Siempre trayendo desgracia. Elara apretó los labios, pensativa. —No importa —respondió—. El Alfa cambiará de opinión cuando vea lo que yo puedo ofrecer. Aylén, ajena a todo, se arrodilló en el barro para recoger la paja sucia. Sin saberlo, su destino ya había sido decidido. Y el mundo estaba a punto de castigar a quienes se atrevieron a rechazarlo.Pasaron los años, y lo que una vez fue un reino dividido por el miedo y la sombra de una bruja, se convirtió en una leyenda de prosperidad y justicia. El castillo de las sombras ya no hacía honor a su nombre; la luz de las antorchas y las risas infantiles llenaban los pasillos que antes guardaban silencios gélidos. El pequeño Valerius creció como un cachorro fuerte, siempre bajo la mirada vigilante de su padre, Kael, y la dulzura inagotable de su madre, Aylén.Una tarde de verano, el reino entero se reunió en el gran claro del bosque sagrado para celebrar el solsticio. Kael, sentado en su trono de piedra junto a Aylén —quien lucía más hermosa que nunca, con su cabello ondeando al viento—, observaba con orgullo cómo su hijo corría entre los hijos de los guerreros y los aldeanos. No había rangos esa tarde, solo manada.Cerca de ellos, bajo la sombra de un roble milenario, Rhevan y Elara observaban la escena. Rhevan, aunque el tiempo había trazado algunas líneas de sabiduría en su rostr
El tiempo en el reino de las sombras parecía haber sanado a la par de la naturaleza. Los campos que rodeaban el castillo estaban en pleno apogeo, pero dentro de los muros de piedra, la tensión era palpable, una mezcla de alegría y ansiedad contenida. Habían pasado nueve meses desde que la Luna y el Alfa unieron sus destinos, y el momento esperado por toda la manada finalmente había llegado.Era una noche de luna llena, una "Luna de Sangre" que teñía el cielo de un carmesí profundo, el color de la fuerza y el linaje de Ares. En los aposentos reales, el aire era pesado y cálido. Aylén estaba reclinada entre montañas de cojines, con el sudor perlado en su frente y las manos apretando con fuerza las sábanas de seda. Una contracción tras otra la sacudía, haciéndola jadear.—¡Kael! —llamó ella con la voz quebrada.Kael no se había movido de su lado en diez horas. El Alfa Supremo, el hombre que no temblaba ante ejércitos, estaba pálido, con los ojos brillando en un dorado eléctrico. Ares es
Aylén llevó a Elara hacia el diván, obligándola a sentarse mientras pedía a una de las doncellas que trajera agua tibia y paños limpios. Kael, aunque su mente estaba en la cacería que se desarrollaba afuera, permaneció en la habitación como una muralla de protección. No podía dejar que Aylén se sintiera desprotegida ni un segundo más.—Limpia esas heridas, Elara —dijo Aylén con suavidad, pasando el paño por las marcas de uñas en las mejillas de su hermana—. No dejes que el rastro de su maldad permanezca en tu piel.Elara se dejó cuidar, aunque su mirada seguía perdida en la puerta. El silencio del castillo era sepulcral, solo interrumpido por el sonido lejano de los caballos galopando hacia los límites del bosque. Cada minuto que pasaba sin noticias de Rhevan era una tortura para ella.—¿Y si ellos le hacen algo? —susurró Elara, con la voz quebrada—. Mi padre es capaz de cualquier bajeza cuando se siente acorralado.Kael se acercó entonces, colocándose detrás de Aylén. Sus manos grand
Al amanecer, una densa bruma cubría los terrenos del castillo, ocultando los movimientos de aquellos que preferían la sombra. Enos, envuelto en una capa andrajosa, se deslizó por el camino que los sirvientes usaban para traer la leche fresca y las provisiones de las granjas cercanas. Su conocimiento de los pasadizos del castillo, de cuando aún ostentaba un título noble, le permitió evadir la patrulla principal que Rhevan comandaba.En las cocinas, el ajetreo matutino comenzaba. Elara ya estaba allí, supervisando la preparación de la infusión de hojas de frambuesa que Aylén tomaba cada mañana para fortalecer el útero.—Ve a buscar un poco más de miel al almacén, Marta —le dijo Elara a una de las criadas—. Esta jarra está casi vacía.En el breve instante en que la cocina quedó en silencio, una figura se materializó en la puerta de servicio. Elara no tuvo tiempo de gritar; una mano callosa y con olor a tabaco rancio le tapó la boca mientras era arrastrada hacia el rincón oscuro de la des
La noche cayó sobre la cabaña como un manto espeso. Enos se levantó de la mesa y se dirigió a un viejo baúl de madera oculto bajo un montón de paja seca en la esquina del cuarto. Con manos temblorosas por la anticipación, extrajo un pequeño frasco de vidrio oscuro, sellado con cera roja. Al agitarlo, el líquido espeso de la raíz negra se adhirió a las paredes del cristal, como una sombra atrapada.—Esto será suficiente —murmuró Enos, mostrando el frasco a su esposa—. Una sola gota en el té de la mañana de Aylén y las contracciones comenzarán antes del mediodía. Ningún médico del castillo podrá detenerlo. Dirán que su cuerpo era demasiado débil para albergar al cachorro de un Alfa Supremo.—Y Elara será la primera sospechosa —añadió su esposa, frotándose las manos con una satisfacción macabra—. Kael sabe que ella prepara la comida de Aylén. Cuando el Alfa vea a su heredero perdido, su furia caerá directamente sobre ella. Rhevan no podrá defenderla, y nuestras dos hijas caerán juntas.M
La primavera avanzaba con paso firme, vistiendo los jardines del castillo con un manto de flores blancas y violetas. Era una tarde inusualmente cálida cuando Aylén decidió que ya no podía soportar estar encerrada entre cuatro paredes.—Por favor, Elara, solo un paseo corto —suplicó Aylén, sosteniendo su abultado vientre con ambas manos mientras miraba a su hermana con ojos de súplica.Elara, que estaba doblando unas sábanas de lino, suspiró con una sonrisa resignada.—Está bien, pero solo por el sendero principal del jardín. Si Kael se entera de que te dejé caminar demasiado, me enviará de vuelta a las cocinas —bromeó Elara, ayudando a su hermana a ponerse en pie.Caminaron despacio por el jardín privado de la Luna. Aylén avanzaba con paso pesado pero seguro, disfrutando del aire fresco y del sol sobre su piel. Mientras tanto, Elara se mantenía a su lado, atenta a cada paso por si Aylén perdía el equilibrio.—Siento que ya casi no tengo espacio en mi propio cuerpo —confesó Aylén, solt







