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Capítulo 7 Cuidaré de ti

ผู้เขียน: Julia River
last update วันที่เผยแพร่: 2026-08-14 10:46:09

Narrador

Ivanna cumplió su palabra sin dudarlo un segundo. Se detuvieron en un centro comercial a las afueras de la ciudad, donde compraron un teléfono móvil a nombre de nadie, sin contratos, sin huellas digitales ni rastros virtuales. Leona activó la línea con manos temblorosas y la mirada perdida en la pantalla iluminada, mientras Ivanna pagaba el equipo con billetes en efectivo. Su amiga miraba por encima del hombro cada dos por tres, alerta a cualquier movimiento sospechoso, como si temiera que el mismísimo Ignacio Della Rovere pudiera materializarse entre los pasillos del establecimiento solo con desearlo.

—Desde ahora, esto es lo único que existe —dijo Ivanna con tono tajante, entregándole el aparato a Leona—. Nada de redes sociales, nada de contactos viejos, ni una sola mirada hacia el pasado. Empezamos de cero, ¿de acuerdo?

Leona asintió en silencio, guardando el dispositivo en el bolsillo interior de su abrigo de lana, justo a la altura del corazón, como si aquel gesto bastara para proteger su frágil resolución de todo lo que dejaba atrás.

Ya era noche cerrada cuando retomaron la carretera rumbo a la casa de campo del abuelo de Ivanna, un refugio apartado a unas horas de la ciudad. La ruta, angosta, maltrecha y mal iluminada, serpenteaba entre colinas oscuras bajo un cielo sin estrellas. Ivanna conducía manteniendo la música a volumen bajo, tarareando una melodía lenta en un intento desesperado por aligerar la densa atmósfera que se respiraba en el habitáculo. Leona, completamente agotada tras la tormenta emocional de las últimas horas, apoyó la frente contra el cristal frío de la ventanilla y cerró los ojos, dejando que el traqueteo constante del motor la fuera meciendo hacia un sueño ligero y pesado a la vez.

Por eso, no llegó a ver los faros amarillos del camión de gran porte que venía de frente, invadiendo el carril contrario justo al borde de una curva cerrada y mal señalizada.

Solo alcanzó a escuchar el grito desgarrador de Ivanna, el chillido ensordecedor de los neumáticos al derrapar sobre el asfalto y, un instante después, la nada misma. Un estruendo brutal de metal retorciéndose contra metal retumbó en la noche. El mundo entero empezó a dar vueltas violentas sin control mientras el cinturón de seguridad se le clavaba en el tórax, cortándole de golpe la respiración.

El automóvil terminó volcado sobre el techo en una zanja profunda al costado de la ruta, con el capó completamente aplastado y una de las ruedas traseras todavía girando en el vacío. Del motor destrozado comenzó a emerger un hilo denso de humo negro que, en cuestión de breves minutos, se transformó en chispas y llamaradas voraces.

Un camionero que circulaba a unos cientos de metros detrás fue el único testigo de la tragedia y el primero en acudir al rescate. Rompió el cristal trasero a golpes desesperados con una palanca de hierro. Logró arrastrar hacia afuera primero a Leona, que se encontraba inconsciente, pero conservaba un pulso débil, y luego a Ivanna, quien sangraba copiosamente de una profunda herida en la sien y no respondía a estímulo alguno. El hombre las alejó de la estructura metálica a duras penas. Tan solo unos instantes después de dejarlas sobre la banquina, el tanque de combustible explotó con furia. La bola de fuego devoró el vehículo por completo en minutos, reduciendo a cenizas lo poco que había en su interior.

La ambulancia de emergencia tardó más de veinte minutos en llegar al lugar del desastre. Para cuando los paramédicos aseguraron a ambas mujeres en las camillas, ya no quedaba un solo objeto personal que permitiera identificarlas.

Ivanna fue trasladada de urgencia en estado crítico, con un traumatismo craneoencefálico y un pronóstico médico reservado. Leona, que milagrosamente solo presentaba una fractura en el brazo izquierdo y múltiples cortes superficiales, abrió los ojos en mitad del trayecto hacia el centro médico.

Sin embargo, cuando la luz del interior de la ambulancia impactó en sus pupilas, su mirada lucía completamente vacía. No reconoció a los socorristas que la atendían, no recordaba la carretera, ni el auto envuelto en llamas, ni a la amiga que luchaba por su vida a su lado. Tampoco recordaba la traición de Ignacio, la boutique de lujo, ni su propio nombre.

El hospital regional más cercano se ubicaba a las afueras de la ciudad. En aquel lugar, el único cirujano de guardia esa noche era un hombre de porte elegante, impecable en su trabajo y con la fama de ser uno de los mejores médicos del lugar.

Al abrirse las puertas de emergencia con estrépito, el joven doctor corrió hacia la camilla en movimiento.

—¿Puedes oírme? —le preguntó a Leona, fijando su linterna médica en sus pupilas dilatadas mientras la revisaba rápidamente—. ¿Cómo te llamas? ¿Sabes dónde estás?

En medio de la conmoción, los pitidos acelerados de los monitores y el dolor sordo que le recorría el cuerpo, la joven negó con la cabeza lentamente, al borde del llanto por la desorientación.

—No... no lo sé —susurró con la voz rota—. No sé quién soy.

El cirujano hizo una pausa microscópica, observando las facciones delicadas de la mujer que yacía frente a él, completamente desprotegida y sin ningún registro que revelara su identidad.

—Bien, tranquila. Soy el doctor Luciano Della Rovere —dijo el hombre con un tono de voz sereno, profesional y calculadamente cálido—. Quédate tranquila, estás a salvo. Yo me voy a ocupar de ti.

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ความคิดเห็น (1)
goodnovel comment avatar
Jesica Gauna
me saltas jodiendo dalla rovere jaja
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