LOGINNarrador
Ivanna cumplió su palabra sin dudarlo un segundo. Se detuvieron en un centro comercial a las afueras de la ciudad, donde compraron un teléfono móvil a nombre de nadie, sin contratos, sin huellas digitales ni rastros virtuales. Leona activó la línea con manos temblorosas y la mirada perdida en la pantalla iluminada, mientras Ivanna pagaba el equipo con billetes en efectivo. Su amiga miraba por encima del hombro cada dos por tres, alerta a cualquier movimiento sospechoso, como si temiera que el mismísimo Ignacio Della Rovere pudiera materializarse entre los pasillos del establecimiento solo con desearlo. —Desde ahora, esto es lo único que existe —dijo Ivanna con tono tajante, entregándole el aparato a Leona—. Nada de redes sociales, nada de contactos viejos, ni una sola mirada hacia el pasado. Empezamos de cero, ¿de acuerdo? Leona asintió en silencio, guardando el dispositivo en el bolsillo interior de su abrigo de lana, justo a la altura del corazón, como si aquel gesto bastara para proteger su frágil resolución de todo lo que dejaba atrás. Ya era noche cerrada cuando retomaron la carretera rumbo a la casa de campo del abuelo de Ivanna, un refugio apartado a unas horas de la ciudad. La ruta, angosta, maltrecha y mal iluminada, serpenteaba entre colinas oscuras bajo un cielo sin estrellas. Ivanna conducía manteniendo la música a volumen bajo, tarareando una melodía lenta en un intento desesperado por aligerar la densa atmósfera que se respiraba en el habitáculo. Leona, completamente agotada tras la tormenta emocional de las últimas horas, apoyó la frente contra el cristal frío de la ventanilla y cerró los ojos, dejando que el traqueteo constante del motor la fuera meciendo hacia un sueño ligero y pesado a la vez. Por eso, no llegó a ver los faros amarillos del camión de gran porte que venía de frente, invadiendo el carril contrario justo al borde de una curva cerrada y mal señalizada. Solo alcanzó a escuchar el grito desgarrador de Ivanna, el chillido ensordecedor de los neumáticos al derrapar sobre el asfalto y, un instante después, la nada misma. Un estruendo brutal de metal retorciéndose contra metal retumbó en la noche. El mundo entero empezó a dar vueltas violentas sin control mientras el cinturón de seguridad se le clavaba en el tórax, cortándole de golpe la respiración. El automóvil terminó volcado sobre el techo en una zanja profunda al costado de la ruta, con el capó completamente aplastado y una de las ruedas traseras todavía girando en el vacío. Del motor destrozado comenzó a emerger un hilo denso de humo negro que, en cuestión de breves minutos, se transformó en chispas y llamaradas voraces. Un camionero que circulaba a unos cientos de metros detrás fue el único testigo de la tragedia y el primero en acudir al rescate. Rompió el cristal trasero a golpes desesperados con una palanca de hierro. Logró arrastrar hacia afuera primero a Leona, que se encontraba inconsciente, pero conservaba un pulso débil, y luego a Ivanna, quien sangraba copiosamente de una profunda herida en la sien y no respondía a estímulo alguno. El hombre las alejó de la estructura metálica a duras penas. Tan solo unos instantes después de dejarlas sobre la banquina, el tanque de combustible explotó con furia. La bola de fuego devoró el vehículo por completo en minutos, reduciendo a cenizas lo poco que había en su interior. La ambulancia de emergencia tardó más de veinte minutos en llegar al lugar del desastre. Para cuando los paramédicos aseguraron a ambas mujeres en las camillas, ya no quedaba un solo objeto personal que permitiera identificarlas. Ivanna fue trasladada de urgencia en estado crítico, con un traumatismo craneoencefálico y un pronóstico médico reservado. Leona, que milagrosamente solo presentaba una fractura en el brazo izquierdo y múltiples cortes superficiales, abrió los ojos en mitad del trayecto hacia el centro médico. Sin embargo, cuando la luz del interior de la ambulancia impactó en sus pupilas, su mirada lucía completamente vacía. No reconoció a los socorristas que la atendían, no recordaba la carretera, ni el auto envuelto en llamas, ni a la amiga que luchaba por su vida a su lado. Tampoco recordaba la traición de Ignacio, la boutique de lujo, ni su propio nombre. El hospital regional más cercano se ubicaba a las afueras de la ciudad. En aquel lugar, el único cirujano de guardia esa noche era un hombre de porte elegante, impecable en su trabajo y con la fama de ser uno de los mejores médicos del lugar. Al abrirse las puertas de emergencia con estrépito, el joven doctor corrió hacia la camilla en movimiento. —¿Puedes oírme? —le preguntó a Leona, fijando su linterna médica en sus pupilas dilatadas mientras la revisaba rápidamente—. ¿Cómo te llamas? ¿Sabes dónde estás? En medio de la conmoción, los pitidos acelerados de los monitores y el dolor sordo que le recorría el cuerpo, la joven negó con la cabeza lentamente, al borde del llanto por la desorientación. —No... no lo sé —susurró con la voz rota—. No sé quién soy. El cirujano hizo una pausa microscópica, observando las facciones delicadas de la mujer que yacía frente a él, completamente desprotegida y sin ningún registro que revelara su identidad. —Bien, tranquila. Soy el doctor Luciano Della Rovere —dijo el hombre con un tono de voz sereno, profesional y calculadamente cálido—. Quédate tranquila, estás a salvo. Yo me voy a ocupar de ti.POV LeonaHan pasado dos días. Cuarenta y ocho horas desde que el mundo que creía haber reconstruido con tanto esfuerzo volvió a derrumbarse frente a mis ojos.Ahora me encuentro en mi departamento, envuelta en un silencio espeso que, por momentos, se siente como un alivio y, por otros, como una condena. Mateo me rogó, me insistió casi con autoridad médica, que me quedara bajo supervisión o que al menos aceptara compañía constante tras el colapso. Pero me negué. Necesitaba esto: la soledad absoluta. Cerrar la puerta con doble vuelta de llave, apagar el teléfono para no ver llamadas perdidas ni mensajes cargados de falsas disculpas o promesas vacías, y dejar que mi mente procese los escombros.Aquí, sentada en el sillón con una taza de té frío entre las manos, el eco de aquella noche en el hospital sigue resonando en mi cabeza. Podría jurar que oí las voces de Luciano e Ignacio disputándose mi dolor en el pasillo como si fuera un trofeo, y una amargura sorda me quema la garganta. Ambos
NarradorLuciano salió de la habitación en la que se encontraba Leona con el rostro pálido como un papel. Su mirada errante y profundamente cargada de dolor delataba sin palabras que el encuentro no había dado ninguno de los frutos que él desesperadamente esperaba.Caminó unos pasos por el pasillo aséptico, luego se giró de golpe y dirigió una mirada tan oscura como amenazante hacia Ignacio, quien permanecía recostado contra la pared en completo silencio. Tensó la mandíbula hasta que los músculos se le marcaron y cerró los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en las palmas, como si necesitara descargar allí toda la frustración y el veneno que llevaba dentro.—¡No cantes victoria, hijo de puta! —voceó lleno de una furia ciega, perdiendo por completo el control—. ¡Ni en tus sueños, ¿lo oyes?! ¡Ni en tus sueños voy a permitir que te acerques a Leona! ¡Ella es mía!Ignacio apenas esbozó una sonrisa cínica, inmutable ante su estallido.—¿En serio, Luciano? —replicó sin inmuta
POV LucianoCamino alrededor de la cama despacio, midiendo cada paso, con el firme propósito de no alterarla ni un poco. Siento que camino sobre una superficie de cristal que puede romperse con el más mínimo peso. Leona me sigue con la mirada, con los ojos fijos en cada uno de mis movimientos, pero permanece completamente callada, sin emitir una sola palabra ni hacer un ademán que me indique qué está pasando por su cabeza.El silencio en la habitación se vuelve tan espeso que casi puedo escuchar los latidos acelerados de mi propio corazón.Me detengo al borde de la cama, conteniendo la respiración, y dejo pasar unos segundos eternos antes de atreverme a romper la tensión.—Perdóname... —digo en un susurro apenas audible, con la voz quebrada por el remordimiento—. Discúlpame por haberte dejado sola en esa fiesta, por haberte apartado de mi lado cuando más necesitabas que estuviera ahí. Te juro que jamás quise hacerlo... Te fallé, Leona, y no me lo perdono.Ella me sostiene la mirada en
POV LucianoMateo suspira hondo, retirándose las gafas con cansancio y sosteniéndolas con la carpeta mientras nos clava una mirada severa, una que no admite réplicas.—Físicamente, los estudios no muestran daño orgánico, Luciano —empieza a explicar, con un tono clínico pero tajante que me hiela la sangre—. Estables sus signos vitales, sí. Pero la realidad es otra. Leona no puede seguir soportando más vaivenes emocionales. Su salud mental y emocional, a raíz de todo lo que ha venido arrastrando y de lo que ya sabemos, está en un punto extremadamente frágil. Tú eres médico. No tengo mucho más que explicarte.Hace una pausa, y sus palabras caen sobre nosotros como los golpes de un martillo.—Creen que porque se mantiene en pie o porque no hay una herida abierta ya está todo bien, pero no es así —continúa, mirándonos alternativamente a Ignacio y a mí—. Su mente y sus emociones han colapsado, y ese desgaste acumulado es lo que está repercutiendo directamente en su cuerpo, obligándola a des
POV LucianoApenas pongo un pie en el pasillo de urgencias, el olor a desinfectante y el frío estéril de las paredes blancas me golpean de golpe. Mis ojos recorren el corredor hasta que lo encuentran.Ahí está.Ignacio se encuentra apoyado contra la pared frente a la puerta del consultorio, con los brazos cruzados sobre el pecho y la camisa desabotonada en el cuello. Su rostro es una máscara de sombría fatiga y tensión contenida. Al escuchar nuestros pasos resonando contra el suelo, levanta lentamente la vista y frunce el ceño de inmediato.Sus ojos se clavan en los míos. No hay sorpresa en su mirada, solo una hostilidad silenciosa, pesada y cargada de advertencias mudas que avivan nuestra antigua rivalidad.La sangre me hierve en las sienes, y todo lo que he venido reprimiendo durante este maldito trayecto amenaza con desbordarse. Doy un paso al frente, con los puños tan apretados que los nudillos me duelen, dispuesto a devorarlo vivo.—Tú... —escupo, con la voz temblorosa de rabia,
POV LucianoEl trayecto hasta el hospital es una pesadilla borrosa de luces de la ciudad que se estiran en franjas y bocinazos que apenas registro. Anna va en el asiento del pasajero, dándome instrucciones a los gritos, pero su voz me llega como un eco lejano, opacado por el zumbido constante de la furia en mis oídos.—¡Tienes que calmarte o nos vas a matar a los dos, Luciano! —escucho que me dice, tocándome el brazo con desesperación—. Ya te lo dije, Leona reaccionó bien. Solo que Mateo recomendó que le hicieran una revisión por las dudas. Sabes tan bien como yo que su salud mental y emocional, con todo lo que ha pasado, es muy frágil.Me obligo a levantar un poco el pie del acelerador. Mi prima tiene razón. Pero en este momento, aunque me importa la salud de mi novia, no es lo único que me mueve a acelerar hasta el hospital. Es saber que está al lado de Ignacio. Siento una gran angustia con el solo hecho de pensar que mi lugar está siendo ocupado por un hombre que solo espera un mín







