INICIAR SESIÓNElena
Me dejé guiar. No pregunté a dónde íbamos. Solo caminé detrás de él. Yo no sentía miedo, ni siquiera duda. Si ese hombre me llevaba a la muerte, también sería una forma de acabar con mi sufrimiento. Si me arrastraba a su mundo, también sería una solución. Porque lo que me había traído hasta ese bar no era el whisky. Era el deseo de terminar, de cerrar, de romper con todo. —¿Falta mucho? —pregunté, sin esperar respuesta. Él se detuvo. —Ya estamos cerca. Asentí. No pregunté más. Caminamos unos metros más, hasta que se detuvo frente a una puerta de hierro. La empujó con la palma abierta, y esta se abrió. Entré detrás de él. Él se giró hacia mí. Se acercó muy despacio. Hasta que nuestros rostros quedaron a centímetros. —Sé lo que quieres de mí. Sostuve su mirada. —Y si sabes lo que quiero… entonces entiendo que estás dispuesto. —Estoy más que dispuesto —dijo al fin. —Entonces hazlo —susurré—. Haz lo que viniste a hacer. Se acercó aún más, hasta que el aliento de ambos se mezcló en el aire. Pero no me tocó. Solo me miró detenidamente. —No voy a hacerte daño. Después se alejó sin decir más. Caminó hacia una mesa de madera oscura, donde reposaba una botella sin etiqueta. Sirvió dos copas. Regresó con ambas copas. Me entregó una sin tocar mi mano. Acepté la copa. Me guió hacia un sofá de cuero negro, amplio, hundido en el centro. Me senté sin decir palabra. Él tomó asiento frente a mí, en una silla recta, de respaldo alto. La distancia entre nosotros era mínima. Me puse nerviosa. No por lo que iba a decir, sino por cómo me miraba. Esa mirada me ponía los pelos de punta. Y sin embargo, no podía dejar de mirarlo. Me parecía el hombre más hermoso que jamás había visto. Tenía una cicatriz que cruzaba su ceja izquierda y rozaba el borde del ojo. Pero esa cicatriz no le restaba belleza. —Vamos, habla —me ordenó —¿Qué quieres saber? —pregunté, con la copa aún en la mano. —Todo —dijo al fin—. Desde el principio. Desde antes de que decidieras terminar con tu problema e intentar ligar de forma desastrosa. Hay una razón y quiero saberla. Creo que en ese momento me morí de la vergüenza. Mi alma abandonó mi cuerpo, se fue a dar una vuelta por Lunaria y volvió solo para decirme: “¿En serio intenté ligar como lo hice? ¡Calor! Sentí mucho calor. No el tipo de calor sexy que una espera cuando intenta ligar con un hombre misterioso y musculoso. No. Era el calor de la vergüenza. El que te sube por el cuello, te sonroja las orejas y te hace sudar como si estuvieras en una sauna. Mi intento de flirteo fue tan torpe... En serio, creo que me vendría bien una clase intensiva de ligoteo. Algo tipo “Flirteo para principiantes que no quieren parecer que están vendiendo seguros”. Y lo peor es que él… ¡él no dijo nada! Solo me miraba. Con esa cara de “¿Está bien esta chica?” mezclada con “¿Me está ligando o me está entrevistando para un documental sobre hombres lobo?” En fin. Tengo que borrar ese recuerdo de mi cabeza para siempre. Bajé la mirada. El líquido en la copa temblaba ligeramente. Como yo. —Te lo contaré —susurré—. Pero por favor no me juzgues y no te eches para atrás, eres la única solución a mi problema. Lamento el bochornoso espectáculo que has presenciado en ese bar, pero estoy desesperada. No sé si era el alcohol o que necesitaba contarle a alguien todo lo que me estaba pasando, que sin darme cuenta empecé a contarle todo, sin omitir nada. Cuando terminé, me sentí mejor, más ligera. Quizás el podría darme su opinión o su consejo, porque yo estaba perdida, dando tumbos y haciendo el ridículo. Él me escuchó sin interrumpirme. Al final, solo dijo: —Tu padre es un miserable. Y voy a ayudarte. No estaba segura, pero creo que mis palabras le afectaron, vi como apretaba la copa y sus nudillos se volvían blancos. —Sabes cómo puedes ayudarme. Por eso estoy aquí. Pero antes... necesito saber tu nombre. —Me llamo Lycan —dijo al fin, con una voz más suave de lo que esperaba. —¿Eres un hombre lobo, verdad? No aparté la mirada, aunque mi corazón latía con fuerza. Lycan no se inmutó. —Sí. ¿Hay algún problema? —Ninguno. Nunca había conocido a un hombre lobo. Sabía que existían, que entre humanos y licántropos había acuerdos antiguos. Pero en mi pueblo, esa convivencia era más teoría que práctica. No había ninguno que yo supiera. O quizás sí, y simplemente no se mostraban. La idea me inquietó. Lycan seguía observándome con calma, sin moverse, como si esperara que yo decidiera el ritmo de la conversación. Pero sentía que aquello se estaba alargando demasiado. Quería acabar ya. Me levanté del sofá con un movimiento rápido, casi brusco. Lycan no reaccionó. Solo me siguió con la mirada. —Gracias por ayudarme. Lycan inclinó ligeramente la cabeza. —¿Dónde está el dormitorio? Lycan señaló con la mano una puerta. Asentí.bCaminé hacia ella. Al apoyar la mano en el pomo, me detuve. Algo dentro de mí me decía que estaba a tiempo de huir. Pero otra parte, más fuerte, gritaba que me quedara. —¿Estás segura de esto? Porque no creo que pueda parar una que vaya entrado en tí —preguntó Lycan, sin moverse de su sitio. Giré apenas el rostro, sin mirarlo directamente. —Estoy segura de que no quiero seguir siendo la Elena que todos conocen —susurré, mientras mis dedos, temblorosos comenzaron a desabrochar mi vestido. Sentí cómo la tela se aflojaba y se deslizaba por mis hombros, poco después el vestido cayó al suelo. Y allí estaba yo. De pie. Desnuda. Mientras Lycan me devoraba con la mirada.LYCAN Estoy tirado en la hamaca, con el sol dándome en la cara y el culo medio dormido de estar tanto rato aquí, pero no me pienso mover. Porque lo que tengo delante es jodidamente perfecto. Elena está sentada en el césped, con nuestro hijo de tres años jugando con sus rizos, riéndose como si el mundo fuera suyo. Y lo es. Porque si alguien merece toda la felicidad del puto universo, es ella. Y él. Y esa barriga que crece cada día más. Dos meses. Solo dos malditos meses para ver la carita de nuestra niña. Y sé, lo sé con cada fibra de mi cuerpo, que va a ser igual de fuerte, igual de valiente, igual de increíble que su madre. Me duele el pecho. Como si el corazón se me estuviera estirando de tanto amor. Y no me lo creo. No me creo que esto sea mío. Que ella sea mía. Que este pequeño terremoto que corre por el jardín sea mi hijo. Que esa niña que aún no ha nacido ya me tenga completamente rendido. Porque yo no me merezco tanto. No después de todo lo que hice, de todo lo que oculté, de
ELENA Lycan caminó hacia mí. Hasta que estuvo tan cerca que pude sentir su respiración. Levantó la mano despacio, como si temiera que fuera a apartarme. Pero no lo hice. Sus dedos rozaron mi mejilla. Y en cuanto me tocó… todo cambió.Vi un destello y de pronto, imágenes. Como si alguien hubiera abierto una puerta en mi cabeza.Me agarré a sus brazos, porque sentí que me iba a caer. Él me sostuvo. Y entonces lo vi todo.Lo vi solo, en su habitación, con la mirada perdida y llorando en silencio mientras sostenía una de mis camisetas. Lo vi hablar con Liora, con miedo, con culpa, con desesperación, le suplicaba que no me hiciera daño. Lo vi protegerme, incluso cuando yo creía que me estaba traicionando. Y sentí su amor, su miedo, su dolor y la verdad.No había mentiras en lo que vi, solo heridas y amor. Un amor tan profundo, tan salvaje, tan real… que me atravesó el pecho. Mis piernas flaquearon. Pero él me sostuvo más fuerte.—Elena —susurró, con la voz rota—. ¿Lo ves?Asentí, con lág
ELENA A lo lejos escuché rugidos de motores. Me giré de golpe y vi que venían más coches. Se acercaban por el camino de tierra, levantando una nube de polvo tras ellos.Mi cuerpo se tensó. El corazón me dio un vuelco. Sabía perfectamente lo que significaba. La manada de Lycan estaba aquí.Los coches se detuvieron en fila, como si estuvieran preparados para entrar en combate. Las puertas se abrieron. Y uno a uno, empezaron a bajar.—¿Por qué están aquí? —le solté a Lycan, sin bajar la mano—. ¿Qué se supone que vas a hacer?Lycan se acercó un paso, solo uno. Y lo miré como si la visita de la manada fuera una traición.—No están aquí para hacerte daño —dijo, con la voz baja—. Están aquí porque yo les pedí que vinieran. Para protegerte.—¿Protegerme? —me reí—. ¿De qué? ¿De ti?—¡Elena! —exclamó, con los ojos brillando—. Yo te amo. Jamás he pensado en quitarte a nuestro bebé. Jamás.—¿Ah, no? —le solté, cruzándome de brazos—. ¿Y entonces por qué hablabas con Liora? ¿Por qué te fuiste
ELENA Solo podía pensar en Lycan. En su dolor. En su maldita soledad. Parecía que una maldición lo envolvía, como si la Diosa Luna se divirtiera con él. Le mostraba a su compañera de vida… y luego se la arrancaba de las manos, una y otra vez. Como si le dijera: “No mereces amor.”Y él… se lo creía. Creía que algo malo había en él. Que era su culpa. Que su amor traía muerte.Pero no. Y Lycan no era el culpable de las muertes. Era Liora, una asesina.Y eso me rompía. Porque pensé que tal vez jugó conmigo, porque su deseo era tener un cachorro y ya cansado de tantas muertes... Pensó en quitarme a mí bebé.Jamás había pensado en castigar a alguien. Nunca. No estaba hecha para eso. Pero en ese momento… La idea se me cruzó por la cabeza. Y no se fue.Liora me estaba haciendo la vida imposible. A mí, a Lycan, a mis hermanas e incluso a mí hijo.Y sí, se merecía un castigo. Uno que le doliera. Uno que no pudiera borrar con una sonrisa falsa ni con sus trucos.Pero entonces apareció
ELENA No sé cómo, pero lo sentí. Liora estaba cerca. Aquí, en la entrada de Moonveil.No me lo pensé. No me puse a analizar si era seguro, si debía esperar, si alguien más debía ir primero. Me levanté, salí del dormitorio y empecé a caminar directa hacia la entrada. Con el corazón latiendo fuerte, pero sin miedo.Sabía que Lycan también estaba en camino. Lo sentía en el aire, en la forma en que el viento se movía, en cómo el medallón vibraba contra mi pecho. Pero me daba igual todo.No pensaba huir. Ya había huido demasiado. Había corrido, me había escondido, me había callado y ya estaba cansada de esconderme como si fuera débil. Si ellos pensaban que se iban a encontrar a la misma mujer que conocieron… Estaban muy equivocados.Ya no era Elena la miedosa. Era Briselle, la bruja. Y si alguien iba a por mi hijo, a por mí, a por lo que amo… Iban a tener que enfrentarse a todo lo que era.Vi a Seraphine a lo lejos pero no me detuvo. Solo me miró y asintió. Porque ella también sab
ELENA Después de la cena, en el salón fue quedando en silencio. Las conversaciones se apagaban poco a poco, y todos se retiraban a sus casas.Pero Natalia y yo no queríamos dormir aún. Necesitábamos aire.Así que salimos y comenzamos a caminar por las calles de Moonveil. El pueblo estaba tranquilo. Solo caminábamos. Pero entonces… el medallón sobre mi pecho comenzó a brillar. Pero esta vez, la luz era más intensa. Me detuve. El mundo a mi alrededor se desapareció. Ya no estaba en Moonveil. Mi mente había viajado. Y la visión me golpeó con brutalidad.Lycan estaba de pie en medio de su habitación destrozada. Sus ojos estaban rojos, llenos de lágrimas. Su pecho subía y bajaba y su voz… sonaba desgarradora.—¡Elena! —gritaba—. ¡Elena!Su cuerpo temblaba. Golpeaba las paredes. Se arrodillaba. Lloraba como si el mundo se le hubiera roto. Como si no pudiera respirar sin mí.Y yo… lo sentía. Sentía su sufrimiento como si fuera mío. Lo amaba tanto que me dolía. Poco después, la visión se de







