INICIAR SESIÓNElena
Me giré lentamente, empujada por el whisky y por ese deseo de acabar con mi problema. Cuando me paré y lo miré detenidamente a sus ojos, me hipnotizó, eran grises con un brillo tan especial que no podía explicarlo. Yo era como una polilla frente a una lámpara. ¡Madre mía! Cada vez que lo miraba me parecía más guapo. Tenía que decir algo. Algo inteligente. Algo seductor. Algo que no me hiciera parecer una adolescente en su primer intento de flirteo. Pero mi cerebro, en ese momento, decidió abandonarme por completo. —¿Tú… tú crees en el destino? —solté. ¿El destino? ¿En serio, Elena? ¿Qué sigue, preguntarle su signo zodiacal y si cree en las almas gemelas que se reencuentran en bares con olor a tabaco? Él me miró. No dijo nada. Solo levantó una ceja. Una ceja perfectamente arqueada, por cierto. ¿Cómo se consigue eso? ¿Genética? ¿Magia? ¿Cera caliente? —Porque yo creo que… que el universo nos pone en el mismo lugar por una razón —continué. Silencio. Me reí. Un sonido nervioso, como el de una cabra que intenta parecer sofisticada. Él seguía sin decir nada. Solo me miraba. Con esa expresión que no decía “me interesa” ni “me repeles”. Más bien decía “¿estás bien, señorita?” —¿Sabes qué? Olvida lo del destino. Yo solo quería decir que… que tienes unos brazos muy… tatuados. ¡Bravo, Elena! ¡Qué observación tan profunda! ¿Qué será lo siguiente? ¿Comentarle que tiene nariz? —Quiero decir… bonitos. Los tatuajes. No los brazos. Bueno, sí los brazos también. Pero no en plan “quiero tocarlos”, sino en plan “me gustan visualmente”. Como arte. En tu piel. Que es… pielosa —sin darme cuenta me levanté de la silla avergonzada. Definitivamente, no sabia ligar. Tragué saliva. Me estaba hundiendo. Y él lo sabía. Lo veía en mis ojos, en mi sudor. En mi alma. —Es mejor que te sientes. —¿Yo? ¿Sentarme? Sí. Claro. Sentarse es… lo que hacen las personas normales. Me senté con elegancia, o eso intenté. Porque el taburete giró un poco y casi me voy de lado. Me agarré a la barra como si fuera mi salvavidas. —Estoy bien —dije, como si eso fuera necesario aclararlo. Él sonrió, apenas. Pero lo hizo. Y eso me dio valor. —Mira, voy a ser honesta. Estoy aquí porque quiero tomar una decisión importante. Y tú… tú pareces alguien que podría ayudarme a tomarla o a olvidarla. O a convertirla en una anécdota que contarle a mis nietos. Bueno, no a mis nietos. A mis plantas. Porque no tengo hijos. Ni pareja. Ni… ¿ves por qué necesito ayuda? Él se inclinó un poco hacia mí. —¿Y cuál es esa decisión? —Quiero acostarme con alguien esta noche —solté, como quien lanza una bomba y espera que el humo la cubra. Él no se inmutó. Ni un parpadeo. Solo esa mirada que parecía decir “interesante elección de palabras”. —Y pensé que… que si iba a hacerlo, al menos que fuera con alguien que me hiciera sentir algo. Aunque sea vergüenza, o calor, o ganas de huir. Y tú… tú me haces sentir todo eso. En orden inverso. Silencio. —¿Quieres pasar la noche conmigo? —pregunté, con voz temblorosa. ¡Ay, Dios! Se lo pregunté, ya que no fui capaz de seducirlo.... No obtuve respuesta. Levanté la mano, haciendo un leve gesto al camarero. —Otra copa, por favor —dije, esta vez sin titubeos. El camarero asintió, pero justo cuando extendía la mano hacia la botella, el hombre a mi lado elevó apenas los dedos en el aire. Pero la intención fue clara. El camarero se detuvo, perplejo, con los ojos saltando entre nosotros como buscando una orden definitiva. Tardé menos de un segundo en entender lo que acababa de ocurrir. Y la rabia me subió como una llamarada, directa a la garganta. —¿Perdón? —me giré hacia él con la mirada echando humo—. Yo puedo beber lo que quiera. No puedes decirme lo que puedo hacer. —No era una orden —murmuró—. Era una advertencia. —¿Advertencia? ¿De qué tipo? —Ese whisky... —dijo sin apartar los ojos de los míos— te hará olvidar las cosas que te voy a hacer esta noche y no quiero que las olvides. Bajé ligeramente la mirada, avergonzada. No por lo que había dicho, sino por lo que había despertado en mí. ¿Había conseguido seducirlo? ¡Ay, madre! Dio un paso, muy lento, acercándose lo suficiente para que pudiera percibir su olor. Y por primera vez en mucho tiempo, eso me hizo temblar más que el whisky. Después, sin decir palabra, pidió una botella de agua. Como si supiera exactamente lo que necesitaba sin necesidad de preguntarlo. La colocó frente a mí. Lo miré, confundida. El whisky ya había comenzado a hacer efecto. Me zumbaban las sienes, las luces del bar parecían más rojas que antes, y los rostros en las mesas lejanas estaban distorsionadas. Me giré hacia el camarero con torpeza. —¿Cuánto es...? —pregunté, sacando unos billetes arrugados del bolsillo lateral del bolso. El camarero negó con una leve sonrisa. —Fue una invitación —dijo, señalando sutilmente al hombre que seguía junto a mí, inmóvil, observándome. Me giré hacia él. —Gracias, pero yo pagaré mis copas. Te espero fuera. Dejé un par de billetes sobre la barra y comencé a caminar hacia la puerta. Necesitaba aire, mucho aire. Mi cerebro estaba en modo pánico. Solo podía pensar en sexo igual posible desastre. Viendo las cosas que había dicho dentro del bar, y el ridículo que había hecho... Y entonces lo escuché. Mi apellido. —...Valcázar. Me detuve en seco. A pocos metros, dos hombres conversaban junto a la entrada de un edificio cerrado. Estaban borrachos. Vestían desaliñados. Uno sostenía un cigarro entre los dedos, pero no lo encendía y el otro miraba su reloj con impaciencia. Me quedé inmóvil escuchando la conversación. —Gregorio Valcázar me ha llamado —dijo el del cigarro—. Me ofreció la posibilidad de comprar a su hija. Virgen, dijo. Como si eso fuera parte del trato. Sentí cómo el mundo se desmoronaba bajo mis pies. Lo que había temido, estaba ocurriendo. Y lo estaban diciendo en voz alta. Como si fuera una transacción cualquiera. —He pensado que no es mala idea —añadió—. Mi mate murió hace tres años. Y desde entonces… no he tenido sexo. Será perfecta para tenerla como sirvienta y para que caliente mi cama todas las noches. El segundo hombre soltó una carcajada. —¿Y crees que una humana puede satisfacer tus necesidades? —No es una humana cualquiera —respondió el del cigarro—. Es sangre Valcázar. Y si Gregorio la entrega, es porque sabe lo que significa. Retrocedí un paso, sin hacer ruido. Mi corazón golpeaba con fuerza por la rabia. Era traición. Y entonces lo sentí. Detrás de mí. Me giré lentamente. Estaba ahí. El hombre del bar. Estaba inmóvil, serio, pero sus ojos ardían. —¿Como te llamas? —susurré. No respondió. Solo extendió la mano y por primera vez, no dudé. La tomé.LYCAN Estoy tirado en la hamaca, con el sol dándome en la cara y el culo medio dormido de estar tanto rato aquí, pero no me pienso mover. Porque lo que tengo delante es jodidamente perfecto. Elena está sentada en el césped, con nuestro hijo de tres años jugando con sus rizos, riéndose como si el mundo fuera suyo. Y lo es. Porque si alguien merece toda la felicidad del puto universo, es ella. Y él. Y esa barriga que crece cada día más. Dos meses. Solo dos malditos meses para ver la carita de nuestra niña. Y sé, lo sé con cada fibra de mi cuerpo, que va a ser igual de fuerte, igual de valiente, igual de increíble que su madre. Me duele el pecho. Como si el corazón se me estuviera estirando de tanto amor. Y no me lo creo. No me creo que esto sea mío. Que ella sea mía. Que este pequeño terremoto que corre por el jardín sea mi hijo. Que esa niña que aún no ha nacido ya me tenga completamente rendido. Porque yo no me merezco tanto. No después de todo lo que hice, de todo lo que oculté, de
ELENA Lycan caminó hacia mí. Hasta que estuvo tan cerca que pude sentir su respiración. Levantó la mano despacio, como si temiera que fuera a apartarme. Pero no lo hice. Sus dedos rozaron mi mejilla. Y en cuanto me tocó… todo cambió.Vi un destello y de pronto, imágenes. Como si alguien hubiera abierto una puerta en mi cabeza.Me agarré a sus brazos, porque sentí que me iba a caer. Él me sostuvo. Y entonces lo vi todo.Lo vi solo, en su habitación, con la mirada perdida y llorando en silencio mientras sostenía una de mis camisetas. Lo vi hablar con Liora, con miedo, con culpa, con desesperación, le suplicaba que no me hiciera daño. Lo vi protegerme, incluso cuando yo creía que me estaba traicionando. Y sentí su amor, su miedo, su dolor y la verdad.No había mentiras en lo que vi, solo heridas y amor. Un amor tan profundo, tan salvaje, tan real… que me atravesó el pecho. Mis piernas flaquearon. Pero él me sostuvo más fuerte.—Elena —susurró, con la voz rota—. ¿Lo ves?Asentí, con lág
ELENA A lo lejos escuché rugidos de motores. Me giré de golpe y vi que venían más coches. Se acercaban por el camino de tierra, levantando una nube de polvo tras ellos.Mi cuerpo se tensó. El corazón me dio un vuelco. Sabía perfectamente lo que significaba. La manada de Lycan estaba aquí.Los coches se detuvieron en fila, como si estuvieran preparados para entrar en combate. Las puertas se abrieron. Y uno a uno, empezaron a bajar.—¿Por qué están aquí? —le solté a Lycan, sin bajar la mano—. ¿Qué se supone que vas a hacer?Lycan se acercó un paso, solo uno. Y lo miré como si la visita de la manada fuera una traición.—No están aquí para hacerte daño —dijo, con la voz baja—. Están aquí porque yo les pedí que vinieran. Para protegerte.—¿Protegerme? —me reí—. ¿De qué? ¿De ti?—¡Elena! —exclamó, con los ojos brillando—. Yo te amo. Jamás he pensado en quitarte a nuestro bebé. Jamás.—¿Ah, no? —le solté, cruzándome de brazos—. ¿Y entonces por qué hablabas con Liora? ¿Por qué te fuiste
ELENA Solo podía pensar en Lycan. En su dolor. En su maldita soledad. Parecía que una maldición lo envolvía, como si la Diosa Luna se divirtiera con él. Le mostraba a su compañera de vida… y luego se la arrancaba de las manos, una y otra vez. Como si le dijera: “No mereces amor.”Y él… se lo creía. Creía que algo malo había en él. Que era su culpa. Que su amor traía muerte.Pero no. Y Lycan no era el culpable de las muertes. Era Liora, una asesina.Y eso me rompía. Porque pensé que tal vez jugó conmigo, porque su deseo era tener un cachorro y ya cansado de tantas muertes... Pensó en quitarme a mí bebé.Jamás había pensado en castigar a alguien. Nunca. No estaba hecha para eso. Pero en ese momento… La idea se me cruzó por la cabeza. Y no se fue.Liora me estaba haciendo la vida imposible. A mí, a Lycan, a mis hermanas e incluso a mí hijo.Y sí, se merecía un castigo. Uno que le doliera. Uno que no pudiera borrar con una sonrisa falsa ni con sus trucos.Pero entonces apareció
ELENA No sé cómo, pero lo sentí. Liora estaba cerca. Aquí, en la entrada de Moonveil.No me lo pensé. No me puse a analizar si era seguro, si debía esperar, si alguien más debía ir primero. Me levanté, salí del dormitorio y empecé a caminar directa hacia la entrada. Con el corazón latiendo fuerte, pero sin miedo.Sabía que Lycan también estaba en camino. Lo sentía en el aire, en la forma en que el viento se movía, en cómo el medallón vibraba contra mi pecho. Pero me daba igual todo.No pensaba huir. Ya había huido demasiado. Había corrido, me había escondido, me había callado y ya estaba cansada de esconderme como si fuera débil. Si ellos pensaban que se iban a encontrar a la misma mujer que conocieron… Estaban muy equivocados.Ya no era Elena la miedosa. Era Briselle, la bruja. Y si alguien iba a por mi hijo, a por mí, a por lo que amo… Iban a tener que enfrentarse a todo lo que era.Vi a Seraphine a lo lejos pero no me detuvo. Solo me miró y asintió. Porque ella también sab
ELENA Después de la cena, en el salón fue quedando en silencio. Las conversaciones se apagaban poco a poco, y todos se retiraban a sus casas.Pero Natalia y yo no queríamos dormir aún. Necesitábamos aire.Así que salimos y comenzamos a caminar por las calles de Moonveil. El pueblo estaba tranquilo. Solo caminábamos. Pero entonces… el medallón sobre mi pecho comenzó a brillar. Pero esta vez, la luz era más intensa. Me detuve. El mundo a mi alrededor se desapareció. Ya no estaba en Moonveil. Mi mente había viajado. Y la visión me golpeó con brutalidad.Lycan estaba de pie en medio de su habitación destrozada. Sus ojos estaban rojos, llenos de lágrimas. Su pecho subía y bajaba y su voz… sonaba desgarradora.—¡Elena! —gritaba—. ¡Elena!Su cuerpo temblaba. Golpeaba las paredes. Se arrodillaba. Lloraba como si el mundo se le hubiera roto. Como si no pudiera respirar sin mí.Y yo… lo sentía. Sentía su sufrimiento como si fuera mío. Lo amaba tanto que me dolía. Poco después, la visión se de







