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Capítulo: Ante mi verdugo

ผู้เขียน: J.D Anderson
last update วันที่เผยแพร่: 2026-04-10 17:03:37

POV Gianna

—¡¿Despedida?! ¡Eso no puede ser! ¡No hice nada malo! ¿Cuál es el motivo de mi despido?

Mi propia voz me sonó ajena, demasiado alta, demasiado desesperada, como si no fuera yo quien hablaba, sino alguien al borde del abismo.

Sentí el corazón golpeándome con fuerza contra el pecho, como si quisiera escapar, y un vacío helado comenzó a abrirse paso dentro de mí.

Ese trabajo… lo era todo. No era solo un sueldo perfecto, era estabilidad, era futuro… era la única forma de mantener a mi hermano con vida.

Me había matado por conseguirlo.

Había sacrificado horas, sueño, incluso mi propia salud. Y ahora, en cuestión de segundos, todo se desmoronaba frente a mí.

—Lo siento, Gianna… no sé qué pasó, en realidad… —la gerente titubeó, evitando mi mirada por un instante, como si también le costara decirlo—. Gianna, la orden viene de muy arriba. Es el jefe… el señor Dixon pidió tu baja.

Mis ojos se abrieron de golpe. El mundo pareció inclinarse.

Un zumbido llenó mis oídos y, por un momento, creí que iba a desmayarme. Sentí cómo mis manos comenzaban a temblar sin control, cómo el aire se volvía pesado, difícil de respirar.

La gerente lo notó de inmediato.

—Tranquila… siéntate —dijo, acercándome un vaso con agua.

Lo tomé con manos inestables. Apenas logré dar un pequeño sorbo antes de que mi garganta se cerrara. Mis ojos comenzaron a arder, y no tardaron en llenarse de lágrimas.

—Es que… —mi voz se rompió—. ¡No hice nada malo! Necesito este trabajo… lo sabes… lo sabes muy bien.

Ella suspiró, y entonces tomó mis manos con suavidad, intentando transmitirme algo de consuelo.

—Lo sé… créeme que lo sé —respondió con sinceridad—. Hice lo que pude… al menos logré que te mantuvieran en el seguro médico por un mes más.

Un mes. ¿De qué servía un mes cuando mi hermano luchaba contra el cáncer como si cada día fuera el último?

Una lágrima se escapó sin permiso y rodó por mi mejilla. La limpié con rapidez, pero no sirvió de nada.

Ya no podía contener lo que sentía.

Ella sacó una hoja y la colocó frente a mí.

—Te ofrecieron una liquidación tres veces mayor a la que te corresponde como compensación… —explicó—. Y yo misma voy a recomendarte en otras empresas, Gianna. No estás sola.

Bajé la mirada. El número estaba ahí, claro, tentador incluso para cualquiera que no estuviera en mi situación.

Pero para mí… Era una miseria.

Una cantidad que, en otras circunstancias, habría celebrado… pero que ahora no era suficiente ni para comprar tranquilidad, ni para comprar tiempo, ni para comprar la vida de mi hermano.

Sentí una punzada en el pecho.

Pero esa tristeza… no se quedó sola. La rabia llegó después.

Silenciosa al inicio, pero creciendo con fuerza, como una llama que no podía apagar.

Apreté los labios, tomé la pluma y firmé.

—¿Puedes depositarlo ya mismo? —pregunté, con una frialdad que ni yo reconocí.

Ella asintió.

—Claro.

No pasó mucho tiempo antes de que mi celular vibrara. El dinero ya estaba en mi cuenta.

No dudé. Abrí la aplicación bancaria y transferí todo a otra cuenta en cuestión de segundos.

No iba a permitir que nadie usara ese dinero para manipularme. Ni siquiera él.

—¿Podría ir por mis cosas a la oficina? —pregunté después—. Tengo fotos… algunos floreros… amuletos.

Ella me miró con cierta tristeza.

—Puedes hacerlo… y de verdad, lo siento mucho, Gianna.

No respondí. No tenía nada más que decir.

Solo asentí y salí de esa oficina con paso firme, aunque por dentro… algo estaba hirviendo.

Una ira contenida, intensa, casi peligrosa.

***

Subí al ascensor sin pensar demasiado.

El trayecto se sintió eterno, aunque sabía que solo eran unos segundos.

Mi reflejo en el espejo del elevador me devolvía una imagen que apenas reconocía: ojos rojos, mandíbula tensa, una determinación que no había estado ahí antes.

Cuando las puertas se abrieron, avancé sin dudar.

Y la vi. Rafaella, mi colega, la otra asistente del CEO.

Estaba cerca de la oficina, como si ya supiera que algo iba a pasar.

—¿Él está aquí? —pregunté, directa.

Ella me miró, claramente nerviosa. Titubeó.

Pero al final… asintió.

Eso fue suficiente. No lo pensé dos veces.

Caminé hasta la puerta, la abrí con decisión y entré sin pedir permiso. Antes de que alguien pudiera detenerme, giré la perrilla.

Entré y cerré con seguro. El sonido fue seco.

—¡Gianna! ¿Qué haces? —gritó Rafaella desde afuera, golpeando la puerta.

Pero ya no importaba.

Todo a mi alrededor quedó en silencio, un silencio pesado.

Fue entonces cuando lo sentí; su presencia. Giré lentamente y ahí estaba.

El imponente señor Kyllian Dixon.

De pie, detrás de su escritorio, con esa postura impecable, con esa aura que imponía sin necesidad de decir una palabra.

Cuando levantó la mirada y sus ojos se clavaron en los míos… algo dentro de mí se tambaleó.

Por un instante, toda la seguridad que había traído conmigo, desapareció.

Sentí una debilidad inesperada, como si su sola presencia pudiera desarmarme. Mi garganta se secó.

Mi respiración se volvió irregular.

Y aun así… no retrocedí.

—¿Qué quieres? —preguntó él, con una voz baja, controlada, que me atravesó de inmediato.

Sentí cómo el aire escapaba de mis pulmones.

Pero esta vez… No iba a quedarme callada.

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