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CAPÍTULO 2: SEDUCE AL DIABLO

Autor: Melami
last update Data de publicação: 2026-08-15 15:39:16

CAITLIN

Lárgate. Las palabras resonaron una y otra vez en mi cabeza. Me quedé allí, con los ojos de par en par, incapaz de creer que este fuera Colton.

—Colton, tú…

—¿Qué sigues haciendo aquí? ¿Qué parte de «lárgate» no entendiste, Caitlin? —me miró con las fosas nasales dilatadas, como si yo fuera una molestia, una basura.

Abrí la boca para hablar, pero lo único que salió fue un aliento tembloroso. Abrazándome a mí misma, busqué un valor que sabía que no tenía.

—Terminamos, Colton —logré articular. Mantuve la cabeza en alto; no iba a permitir que sus acciones me destruyeran.

—Como si él hubiera querido a una perra gorda y limpiabolsillos como tú —soltó la mujer, Bella.

Mis ojos se desviaron hacia Colton. A pesar de la traición, en el fondo esperaba que dijera algo en mi defensa. Pero no. Se quedó allí tumbado, sonriendo, con una mirada cargada de algo que no podía explicar. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal. Apreté los puños a los costados, conteniéndome para no reaccionar.

—¿Así que todo fue una mentira?

Nunca te importé, ¿verdad? No dije esas palabras en voz alta; no hacía falta. Sus ojos se oscurecieron y frunció el ceño con fuerza, una expresión que nunca le había visto, y mucho menos dirigida a mí.

Colton se levantó de la cama, tomó sus pantalones y se los puso a toda prisa. Intenté moverme, pero sentía las rodillas como jalea. Él acortó la distancia entre nosotros con un paso firme. Sus dedos se clavaron en mis brazos mientras me arrastraba fuera de la habitación, escalera abajo y hacia la puerta principal.

—¡Suéltame! —grité, intentando zafarme de su agarre—. ¡Puedo caminar sola!

—Te di tiempo para que te fueras por tu cuenta, ¿lo hiciste?

Tenía razón.

Justo antes de que abriera la puerta, le hice la única pregunta que me quemaba en el pecho:

—¿Por qué? —mi voz sonó suave, débil, como si hubiera perdido todas mis fuerzas.

Él se detuvo. Su mirada se suavizó por un segundo, y luego una sonrisa burlona curveó sus labios.

—Porque ya no me sirves.

¿No le sirvo? No entiendo.

—¿Qué quieres decir?

—¿No es obvio, querida Caitlin? —la voz de Bella cortó el aire. Se escucharon sus pasos suaves mientras bajaba las escaleras, vestida solo con lencería roja—. Eres buena para trabajar como una negra, te lo reconozco —se detuvo justo frente a mí—. Gracias por ayudarlo a mantenerse a flote.

Miré fijamente a los ojos de Colton, recordando cada promesa que me hizo mientras yo daba todo de mí para asegurarme de que él llegara a donde estaba. Ahora que tenía suficiente, me desechaba por la misma mujer que le había dado la espalda cuando más la necesitaba.

Para él, solo fui una idiota enamorada que hizo hasta lo imposible por conservar a un hombre que nunca la quiso. Qué manera de darme cuenta.

—Después de todo lo que hice por ti, Colton —susurré, tragándome un sollozo—. Espero que no te arrepientas de esto.

—¿Arrepentirme de qué? ¿De no tener un tronco fofo en mi cama? —soltó con desdén.

Esas palabras dolieron como el demonio.

—No te preocupes, acabo de cerrar un buen negocio. Voy a pagar todo lo que…

—Empieza por pagar tus propios préstamos —le espeté, con el pecho agitado por la rabia.

De un movimiento rápido, me empujó hacia afuera. Perdí el equilibrio y caí de nalgas contra el suelo duro.

—¿Ni siquiera puedes pagar la renta y quieres venir a insultarme en mi propia casa?

Sin esperar respuesta, cerró la puerta de un portazo. Me quedé allí en el suelo, sola, con el corazón roto y dolida tanto física como emocionalmente.

Estaba oscureciendo y todavía no tenía idea de a dónde ir. El frío de la noche se había triplicado. Arrastré los pies, caminando sin rumbo, sin la menor idea de mi destino.

Una camioneta SUV negra pasó a mi lado y se estacionó a unos metros. No le di importancia. Sumergida en mis pensamientos, pasé de largo. La puerta se abrió de golpe y, antes de que pudiera darme la vuelta, me presionaron un trapo blanco contra la boca y la nariz, dejándome inconsciente al instante.

¿Es que el día no podía ponerse peor?

Minutos después, sentí que me arrojaban líquido en el rostro. El agua estaba helada, devolviéndome a la realidad. Abrí los ojos en una habitación oscura, iluminada solo por una pequeña luz en el centro. Escuché pasos alejándose. Mi visión estaba un poco borrosa. Cerré los ojos y los volví a abrir, luchando contra el sopor inducido por la droga. Al recordar lo sucedido —el secuestro—, supe que estaba en peligro. Intenté moverme, pero tenía las manos fuertemente atadas a los brazos de la silla en la que estaba sentada.

—¿Dónde estoy? —me pregunté en voz alta, tirando con fuerza hasta que las cuerdas alrededor de mis muñecas me escocieron. Se me estaban clavando en la piel.

—Esa es una pregunta irrelevante —una voz grave resonó desde un rincón de la habitación. Sonaba un poco apagada en mi cabeza, pero aun así familiar—. Lo que deberías preguntarte es por qué. ¿Por qué estás aquí y cómo vas a salir?

—¿Por… por qué me trajiste aquí? —tartamudeé.

—Bueno, yo no te traje exactamente aquí… Hice que mi gente te trajera.

¿Qué diferencia hay?

Podía escuchar sus pasos acercándose. Mi corazón empezó a martillarme el pecho. Sus palabras «cómo vas a salir» sonaban como una amenaza. Era peligroso, podía olerlo, pero ¿por qué yo?

De pronto, su rostro apareció justo frente al mío, cubierto a la mitad por una máscara. El corazón se me subió a la garganta. Lo único que pude hacer fue gritar.

—¡Cállate!

Fue una orden, una que más me valía obedecer. Apreté los labios con fuerza, conteniendo los gritos. Aún quería pedir ayuda a gritos, pero ¿qué tan segura estaba de que realmente la recibiría?

—Perdona mis modales —murmuró con suavidad. Sus dedos enguantados trazaron el costado de mi rostro, acomodando un mechón de cabello detrás de mi oreja. Un nudo nauseabundo se me asentó en el estómago, pero no me atreví a moverme. Sus labios se curvaron en una sonrisa—. Perfecto.

—¿Qué quieres? —susurré, cerrando los ojos por si mi pregunta traía consecuencias.

Él se echó hacia atrás.

—Tengo un trabajo para ti.

—¿Qué… qué trabajo?

—Seduce a alguien por mí.

Lo miré fijamente durante unos largos segundos. Incapaz de contenerte, me solté a reír, olvidándome por completo de mi seguridad. Pero es que, ¿seducir? Me reí aún más fuerte, buscando aire mientras se me escapaban las lágrimas por la risa.

—Lamento preguntar, pero ¿tienes problemas de la vista?

No podía ser posible que pensara que yo era la persona indicada para ese tipo de trabajo.

—Veo bastante bien, y por eso te elegí a ti —su voz era rasposa y carraspera. En ese momento recordé dónde había escuchado esa voz antes—. Eres tú, ¿verdad? El hombre del hospital.

—Buena memoria, exactamente lo que necesito —se aclaró la garganta y continuó—: Créeme, eres justo su tipo. Le fascinan las rubias exuberantes.

Esbozó una sonrisa maliciosa. Había algo en sus ojos y en la forma en que dijo esas palabras que delataba que estaba mintiendo o que no me estaba diciendo toda la verdad.

No dije nada. Ni me negué ni acepté. Él tomó mi silencio como interés.

—Lo único que tienes que hacer es seducirlo. Acércate lo suficiente para averiguar lo necesario y me informas. Te daré dos millones como recompensa.

¿Dos putos millones?

No, sonaba demasiado bueno para ser verdad.

—¿Quién es ese «él» del que hablas? —pregunté, mirándolo fijamente a la cara, atenta a cada gesto y expresión.

—El Don Diablo —sonrió.

Al escuchar ese nombre, se me heló la sangre. Me retorcí las muñecas, intentando liberarme.

—Si quieres matarme, prefiero que lo hagas ahora, aquí y rápido.

Él dejó escapar una risita, apoyando los brazos a cada lado de mi silla.

—Si aceptas, tienes muchísimas probabilidades de tener éxito, de que un Don de la mafia te llene de lujos y de llevarte los otros 2 millones de dólares de mi parte, además de los 200.000 dólares por adelantado. Pero…

Metiós una mano en el bolsillo, sacó su arma y deslizó el acero frío a lo largo de mi mejilla. Contuve la respiración, demasiado asustada incluso para respirar; el corazón me retumbaba en los oídos.

—Si te niegas, Caitlin, el único resultado es la muerte. Ayúdame a destruir al Don o muere. Tú decides.

Yo ya sabía cuál era mi elección. Y él también lo sabía. Se le iluminaron los ojos. De repente, mi miedo empezó a desvanecerse lentamente. El enemigo de mi enemigo es mi amigo… técnicamente.

Le sonreí, asintiendo levemente. Supongo que el universo estaba de mi lado. Podía destruir al Diablo o morir en el intento.

—Buena chica.

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