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Capítulo 4

ผู้เขียน: Yamila Rivera
—El análisis del estado financiero debe estar listo antes de salir al mediodía.

Julieta regresó a su asiento.

Aunque había sido relegada a un puesto menor en el departamento de secretaría, Estefanía le asignaba numerosas tareas que no le correspondían.

Y ella las aceptaba todas.

Durante todo ese tiempo en la empresa, siempre había trabajado sin quejarse. Pero, al final, no era más que un autoengaño: Héctor jamás le dedicaría una sola mirada más.

Una vez terminado el análisis del informe financiero, Julieta se lo entregó a Estefanía y luego pidió comida a domicilio.

Aunque la empresa contaba con comedor, ella siempre llevaba su propio almuerzo. No quería ir a lugares concurridos, no quería sentir las miradas ajenas recorriéndola, no quería interactuar con nadie. Solo quería estar sola, en silencio.

Esa mañana no había preparado comida, así que pidió algo para llevar.

Mientras esperaba el pedido, algunos compañeros que ya habían almorzado regresaron a la oficina, conversando mientras caminaban.

—La novia del presidente Héctor es tan joven... ¡ Debe de ser universitaria todavía!

—Seguro que sí. Es demasiado bonita, como una muñeca.

—¿Viste cómo la mira el presidente Héctor? Es tan tierno... nunca pensé que tuviera ese lado. Con ella parece otro: todo un hombre poderoso rendido ante su esposa.

***

Mientras hablaban, se percataron de que Julieta estaba sentada allí, inmóvil, como una escultura.

Desde que la habían trasladado a la oficina de secretaría, fuera del trabajo no se relacionaba con nadie.

Ahora era aún más retraída: pasaba todo el día con mascarilla, como si no pudiera mostrarse en público.

Resultaba difícil imaginar que, apenas medio año atrás, había sido la deslumbrante asistente del presidente.

Tras recibir la llamada del repartidor, Julieta se levantó.

Cuando llegó a la planta baja para recoger su pedido, se encontró justo con dos empleados de un hotel que llevaban comida y preguntaban en recepción.

El personal les entregó la tarjeta del ascensor exclusivo del presidente.

Julieta vio las botellas de vino tinto que cargaban: cada una costaba 200,000 dólares, una suma que, para Héctor, equivalía a lo que podía ganar en apenas un minuto.

Tomó su comida y volvió a subir.

A las dos de la tarde, Estefanía fue a buscarla y dijo:

—El presidente Héctor quiere verte.

Una mala sensación se apoderó del corazón de Julieta.

Y, tal como temía, no se equivocó.

Cuando entró en la oficina del presidente, una presión opresiva la envolvió de inmediato. Caminó hasta el escritorio y lo llamó en voz baja:

—Presidente Héctor.

Héctor la miró con el rostro sombrío y lanzó los documentos que tenía en la mano hacia ella.

—¿ Este es el informe de análisis que hiciste?

Las hojas de papel le rozaron la mejilla a Julieta, como cuchillas, provocándole un dolor punzante. Julieta miró los papeles esparcidos por el suelo: era el informe que había preparado esa misma mañana.

Sosteniéndose el vientre, se inclinó con dificultad para recogerlos.

Héctor la observó con frialdad mientras ella se agachaba, protegiéndose el abdomen.

Al revisar el informe, Julieta notó de inmediato varios errores en las cifras y se defendió:

—Este no es el informe que yo hice.

—Basta. No quiero escuchar tus excusas.

Julieta apretó con fuerza los documentos entre las manos.

Héctor conocía perfectamente su capacidad. No era que no quisiera escucharla; simplemente había optado por dar por hecho que ella era culpable.

Ser despreciada hasta ese punto por el hombre que había amado profundamente...

Era, sin duda, miserable.

Ella respiró hondo. Cuando volvió a abrir los ojos, reunió todo su valor y dijo:

—Conservé una copia de respaldo. Puedo enviártela ahora mismo para que la revises. Después, si quieres reprenderme, no será tarde.

Los ojos negros de Héctor se entrecerraron, y la molestia afloró en su mirada.

Julieta tenía los nervios tensos. En el fondo, la autoridad de Héctor cuando adoptaba ese semblante frío le inspiraba un temor instintivo. Normalmente, ni siquiera se atrevía a replicarle.

Pero en ese momento hizo todo lo posible por mantenerse serena.

De cualquier modo, el divorcio era inminente. Tal como él deseaba, ella ya no volvería a pisar aquel lugar ni tendría ninguna expectativa hacia él. No había nada que temer.

—¿Crees que estás siendo tratada injustamente? — la voz de Héctor sonó como fragmentos de hielo cortante, cargada de burla.

Julieta sostuvo su mirada. Las yemas de sus dedos se hundieron con fuerza en la palma de la mano. Su voz se volvió más firme:

—Si no investigas el motivo y me condenas sin más, ¿acaso no tengo derecho a demostrar mi inocencia?

El rostro de Héctor se endureció por completo:

—Eso también es algo que te mereces.

Julieta sintió un dolor punzante atravesarle el pecho. Su rostro palideció al instante.

En ese momento, la puerta de la sala de descanso se abrió.

Una joven salió al exterior, vestida con un camisón de seda rosa. Tenía el cabello largo y negro, la piel clara y luminosa, y rasgos delicados.

—¡Héctor!

Su voz era suave y cálida, como una lluvia de primavera.

Julieta finalmente pudo ver su rostro con claridad. En efecto, era hermosa.

Pero apenas alcanzó a mirarla cuando escuchó el grito severo de Héctor:

—¡Lárgate!

Julieta apartó la vista. Reprimiendo sus emociones, se dio la vuelta y salió.

Apenas cruzó la puerta de la oficina, oyó la voz dulce de la muchacha, tratando de calmarlo. Héctor se tranquilizó enseguida.

***

Julieta alzó ligeramente la cabeza y obligó a las lágrimas a regresar a sus ojos.

Se dirigió a un rincón desierto de la escalera. Allí, sus emociones finalmente se desbordaron. Las lágrimas cayeron sin control, y el dolor que le oprimía el corazón le revolvió el estómago.

Arrancar de su corazón al hombre que había amado durante ocho años era como arrancarse la carne y los huesos.

Pero no importaba. Lo olvidaría por completo.

No supo cuánto tiempo pasó.

Cuando por fin se calmó y regresaba a su puesto, se encontró de frente con la joven.

Iba vestida de pies a cabeza con marcas de lujo, impecable hasta el último detalle; era evidente que había crecido rodeada de cuidados y mimos.

Miguel, el asistente de Héctor, la acompañaba personalmente.

La joven se acercó a Julieta con una sonrisa y le habló con voz amable:

—Ya no pasa nada. Héctor no volverá a culparte.

Mientras hablaba, sacó una perla de su bolso y la colocó en la palma de la mano de Julieta.

—Esto es para ti. No te pongas triste. Y recuerda tratarte la herida del rostro; a las chicas no nos quedan bien las cicatrices en la cara.

Era una joven hermosa y de buen corazón.

Comparada con la vitalidad que ella irradiaba, Julieta parecía una payasa viviendo en la oscuridad.

Al ver que Julieta no reaccionaba, Miguel frunció el ceño y le recordó con frialdad:

—¿No vas a darle las gracias a la señorita Adriana?

Así que se llamaba Adriana.

Adriana Quintana retiró la mano y dijo con suavidad:

—No pasa nada. Vámonos.

Ambos se marcharon.

Julieta permaneció allí, inmóvil, observando la perla que sostenía en la mano: impecable, pura, tan limpia como aquella joven.

Solo que no sabía si Adriana era consciente de que Héctor estaba casado.

De vuelta en su puesto, volvió a imprimir el documento original y se lo entregó a Estefanía.

Al verlo, Estefanía no mostró ni rastro de culpa; por el contrario, su expresión estaba llena de complacencia:

—Deberías tener claro qué tipo de mujer es la que está a la altura del presidente Héctor.

Julieta lanzó los documentos con fuerza frente a ella:

—Entonces no estoy a su altura, y tú tampoco. Alguien que recurre a artimañas tan bajas no llegará a nada. Ya tienes más de treinta: busca con quién casarte y deja de vivir en fantasías.

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ความคิดเห็น (4)
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Edy Bahena
q feo q denigren a la mujer
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Jesus Castro Montero
Julieta ya no te rebajes akehate de Héctor algún día se dará cuenta li que vales pero será tarde por que tu ya no estarás para escuchar sus malos tratos hacia ti
goodnovel comment avatar
Macrina González
Que horror porque casi en todas las novelas tienden a rebajar a la mujer a su máxima expresión .........
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