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Capítulo 5

Author: Yamila Rivera
El rostro de Estefanía cambió de inmediato. Dio un golpe sobre la mesa y se puso de pie:

—¿Pero qué estás diciendo?

A Julieta no le molestó responderle. Se dio la vuelta y se marchó.

De regreso a su asiento, sacó un espejo y observó la leve herida sangrante en su mejilla. Se pasó una servilleta por encima; no hacía falta limpiarla con más cuidado.

De todos modos, con un rostro como el suyo, una cicatriz más o una menos no hacía ninguna diferencia.

Al pensar en Adriana, sintió de pronto que su apariencia le resultaba extrañamente familiar.

Se acercaba la hora de salir del trabajo.

Julieta recibió una llamada de su padre, Mauricio García: Rafael Rivas había regresado y quería que volviera a casa para cenar.

Julieta se sorprendió gratamente:

—¿Regresó antes de lo previsto? ¿No iba a volver hasta el día quince?

Mauricio respondió:

—Terminó de resolver sus asuntos y regresó antes.

—De acuerdo, entonces volveré a casa después del trabajo.

Julieta condujo hasta la Casa García.

Se encontraba en un complejo residencial de nivel medio en la zona oeste de la ciudad; era un amplio departamento adquirido ese mismo año.

Mauricio dirigía una empresa inmobiliaria.

Aunque no pertenecían a una familia de gran poder, su situación económica siempre había sido holgada, por lo que Julieta creció en un entorno acomodado.

Sin embargo, con la recesión del sector inmobiliario, hacía más de medio año que la empresa había sufrido graves problemas financieros debido a una inversión fallida y había estado al borde de la quiebra.

Cuando Mauricio supo que ella estaba embarazada de Héctor, nunca la obligó a pedirle ayuda.

Al ver a Mauricio cada vez más envejecido, hasta el punto de tener que vender propiedades para saldar deudas, Julieta finalmente fue a buscar a Héctor.

En aquel momento, ocultaba motivos egoístas: no lo hacía solo por Mauricio, sino también por ella misma.

Consiguió lo que quería. Gracias a la cuantiosa dote que Héctor entregó, Mauricio pudo saldar todas sus deudas.

Y Julieta pagó el precio que le correspondía.

El sufrimiento que ahora padecía no era más que la consecuencia de sus propias decisiones. No podía culpar a nadie más.

Al llegar a la Casa García, Jimena Rivas salió de la cocina.

—Julieta, ya regresaste.

Cuando Julieta tenía nueve años, sus padres se divorciaron. Su madre se llevó a su hermano y la dejó a ella atrás.

Más tarde, Jimena conoció a Mauricio. Nunca llegaron a casarse legalmente; vivían juntos como pareja.

Al principio, Julieta no la aceptaba, pero con el tiempo fue percibiendo su bondad.

Rafael también la trataba muy bien. Tras perder a su hermano, había ganado uno nuevo.

—Jimena, ¿dónde están mi papá y los demás?

—Deben de venir en camino. Llegarán pronto. Ve a descansar un poco.

—Está bien.

***

Julieta regresó a su recámara.

Aunque ya estaba casada, Mauricio siempre le había reservado un dormitorio, decorado según sus gustos.

Al volver a su hogar, todo el cansancio y la sensación de injusticia se disiparon al instante.

Vio el álbum de fotos sobre la mesa de noche. Lo tomó y lo abrió. La primera imagen era una fotografía familiar incompleta.

La foto estaba muy desgastada.

Ese año, ella apenas tenía ocho años.

Su padre, joven y apuesto, la sostenía en brazos. A su lado estaba su hermano mayor, de catorce años. Del otro lado, su madre.

La fotografía había sido rota por ella misma.

Odiaba que su madre se hubiera llevado a su hermano, abandonándolos a ella y a su padre. Con el paso del tiempo, aquel dolor ya no existía.

En la siguiente foto, ella tenía poco más de diez años. Joven y hermosa, vestía un vestido blanco y llevaba un sombrero marrón, de pie bajo un árbol. La luz del sol caía justo sobre su sonrisa radiante.

Cabello largo y negro, rasgos luminosos, una belleza serena como la luna, con ojos brillantes como estrellas.

Pero después enfermó gravemente y tuvo que tomar medicamentos hormonales.

Su cuerpo comenzó a engordar poco a poco, sin importar cuánto intentara adelgazar.

Solo podía recurrir al hambre y al ejercicio para evitar seguir aumentando de peso.

De pronto, Julieta pensó en Adriana.

Sus rasgos se parecían en varios aspectos a los de la joven de la fotografía, especialmente esos ojos.

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Edy Bahena
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