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La Última Noche de mi Hermana
La Última Noche de mi Hermana
Autor: Cocojam

Capítulo 1

Autor: Cocojam
Me sentí ligera. Comencé a flotar. Atravesé la puerta de roble y me acerqué a la luz de los candelabros de cristal. Observé a los aliados poderosos y a los jefes rivales con los ojos fijos en el contador que consumía la vida de Vivian.

Cuenta regresiva: 03:15:22.

Todos creían que mi hermana gemela, Vivian, estaría muerta para el final de la noche.

Mi padre, Marcello, y mi madre, Valeria, la abrazaban con fuerza. Vivian lucía aquel vestido cubierto de diamantes. El dobladillo destellaba bajo las luces.

Tosió un par de veces; un sonido seco que desnudó su debilidad. Su rostro lucía pálido.

—Mamá, papá, ¿mi hermana está bien de verdad? —La voz de Vivian destilaba dulzura, pero ocultaba una queja en el timbre—. Creo que la escuché llorar por un dolor de cabeza... Hace mucho frío en el sótano. ¿Estará bien?

—Olvídate de ella —sentenció mamá. Le acarició el rostro y le apartó un mechón de cabello rubio de la frente.

—Exacto. No está enferma —gruñó papá con una voz rasposa, como si alguien pisara vidrio molido—. Solo busca llamar la atención. A ti solo te quedan unas cuantas horas...

No logró terminar. Se atragantó con sus propias palabras. Los ojos se le inyectaron en sangre.

—Concéntrate en tu fiesta de cumpleaños. No dejes que ella la arruine.

Vivian se mordió el labio y guardó silencio. Entonces, frunció el ceño aún más.

Yo lo sabía. Estaba montando otro teatro. Jugaba el papel de la hermana afligida. La misma mirada de siempre. Enferma, pero cargada de lástima hacia mí, como si me debiera algo.

Desde que tengo memoria, toda la atención de la familia le pertenecía a ella. Yo ni siquiera contaba con protección. Cuando una familia enemiga intentó secuestrarme en la calle, Vivian me «regaló» dos de sus guardias. Un gran gesto de caridad suyo. ¿Joyas y lujos? Ni soñarlo.

Sin embargo, Vivian siempre armaba un espectáculo cuando menos lo esperaba. Me pasaba sus postres a escondidas frente a todos. Fingía ofrecerme un vestido de alta costura que ella había usado una sola vez. Cuando papá se enfurecía conmigo, ella era la primera en saltar para escudarme.

Siempre me miraba con los ojos anegados en lágrimas.

—Sienna, lo siento mucho. Todo es por mi culpa. Has sufrido demasiado —lloriqueaba.

En cambio, nuestros padres jamás lo vieron de esa forma. Mamá soltó un suspiro, con los ojos repletos de lástima por Vivian.

—No la defiendas siempre. Esa niña te ha tenido envidia desde el primer día que naciste. No soporta verte feliz. ¿Recuerdas tu cumpleaños número dieciséis?

El cumpleaños dieciséis de Vivian. Esa había sido la primera y única vez que intenté luchar contra este maldito destino.

Era nuestro cumpleaños y, como de costumbre, a mí me tenían prohibido tocar el pastel. Ese día, papá hizo una excepción con Vivian: le entregó un arma personalizada como herencia y coronó el festejo con un pastel extravagante de varios pisos.

Él y mamá la abrazaron. Luego, encendieron las velas con una delicadeza absoluta.

Me escondí detrás de un pilar. Observé el reflejo de las llamas en su rostro. La vi sostener el revólver con el que yo siempre había soñado. La miré cerrar los ojos para pedir un deseo y contemplé las lágrimas que se acumulaban en los ojos de mis padres.

Me abalancé contra ella. Quizás fue envidia. Tal vez no soporté la mirada petulante que me lanzó desde los brazos de nuestros padres.

La empujé. La preciada arma cayó en la fuente del patio. El pastel se vino abajo y los sirvientes corrieron a atraparme.

Yo solo grité. Grité como un animal enjaulado.

—¡No quiero ver cómo le entregan todo a ella! —estallé.

Todavía recuerdo la mirada de mi padre. En ese momento, sacó el látigo. No me inmuté.

Una vez. Dos veces. Tres veces...

Mi madre se quedó a un lado y me observó con frialdad. Nunca lo detuvo. Fue Vivian quien se arrojó sobre mí para escudarme con su «frágil» cuerpo.

—¡Detente, papá! ¡Déjala! —suplicó.

La voz le temblaba cuando me abrazó con fuerza. Sin embargo, me clavó los dedos en los hombros con saña.

—Es mi culpa. Todo es mi culpa...

El dolor me obligó a apartarla de un empujón. Eso solo enfureció más a mi padre. Estaba tan decepcionado que ordenó encerrarme en mi cuarto, sin derecho a cenar.

Esa noche, Vivian se coló en mi habitación. Su máscara de preocupación se había esfumado. Me dedicó una sonrisa cruel y radiante que le retorcía los labios. Se inclinó hacia mí y dejó escapar un susurro tóxico contra mi oído.

—Ay, Sienna. Lo lamento tanto —se mofó. Sus dedos fríos se hundieron en los cortes de mi espalda—. Sabes que el reloj muestra cuánto tiempo me queda, así que ellos solo me amarán mientras viva. Eres mi sombra, Sienna. Naciste para vivir y morir bajo mi oscuridad —sentenció.

Ahora, de vuelta en el gran salón, mamá le acariciaba el rostro a Vivian.

—Solo ignora a Sienna... —pidió mamá, con la voz cargada de agotamiento—. Ya sabes que esa niña te tiene envidia desde que tiene uso de razón.

Me quedé atónita.

Sí, yo le tenía envidia a Vivian. Estaba celosa porque ella acaparaba todo el afecto de la familia. Envidiaba que recibiera la escasa ternura de papá. Me llenaba de rencor saber que, a pesar de tener solo unas horas de vida, seguía siendo la joya más preciada ante los ojos de nuestros padres.

Floté hacia Vivian. Quería destrozarle esa máscara de la cara y contarle la verdad a todo el mundo. Pero mi mano le atravesó el cuerpo de lado a lado, como si me moviera a través de una neblina. Me quedé suspendida en el aire, con la vista clavada en mis dedos translúcidos.

Miré hacia la puerta cerrada del sótano. Una franja de oscuridad se asomaba por el umbral. Floté hasta allí y atravesé la madera. Encontré mi cuerpo acurrucado sobre la piedra fría.

Ya estaba muerta... Mi reloj había llegado a su límite antes de que el de Vivian marcara el cero.

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