INICIAR SESIÓNLa noche de nuestro séptimo aniversario, me llamaron para una cesárea de emergencia. Antes de que pudiera entrar a prepararme, el director me sujetó del brazo con firmeza. —Gianna, la paciente de esa mesa está bajo la protección de un hombre con suficiente poder para hundir este hospital antes de que termine el día. No cometas ni un error. Le eché un vistazo al expediente de la paciente y me dejó inquieta. Los hombres de nuestro mundo, sobre todo los de la clase de Enzo, eran posesivos con sus esposas. ¿Cómo podía un hombre así adorar a otra mujer? La cirugía salió bien. Incisión limpia, sutura impecable, sin complicaciones. Apenas exhalé aliviada cuando un grupo de hombres de negro me arrastró y me obligó a arrodillarme afuera de la sala de recuperación.
Ver másDespués de eso, se mantuvo alejado una temporada. Luego empezó a aparecer en los momentos más pequeños de mi vida cotidiana.Nunca entraba a la panadería. Se quedaba de pie al otro lado de la calle, con las manos en los bolsillos del abrigo, mientras yo abría al amanecer; o, cerca de la hora de cerrar, se sentaba en un auto estacionado a media cuadra, buscando una mirada que ya no tenía derecho a esperar.Aunque al principio me incomodaba verlo allí, con el tiempo dejé de sentir casi nada.El día que todo terminó fue un jueves de finales de primavera. La panadería solo tenía unos cuantos pedidos especiales, y les había prometido a los niños de la Casa Hogar Santa Martha una tanda de galletas de miel recién hechas después del almuerzo.Pasé la mañana glaseando tartaletas de fruta, empacando galletas y regañando a Noah por teléfono porque quería comprar bebidas energéticas de camino de la escuela a casa. Al mediodía, la cocina olía a mantequilla y ralladura de naranja, y tenía el delanta
Pasaron tres años hasta que Enzo me encontró.Para entonces, yo tenía una panadería en Santa Mónica con paredes de azulejo blanco, pan caliente al amanecer y una vitrina repleta de postres que, según Noah, eran demasiado bonitos para venderse.Me había casado con Damian en lo que importaba legalmente y en casi nada que tuviera que ver con el romance. El arreglo había sido idea suya. Los rumores empezaron en cuanto quedó claro que me quedaría en su casa y criaría a su hijo junto a él.Una tarde se me acercó con una botella de vino, un montón de documentos legales y una disculpa ensayada.—Podemos hacerlo bien, sin obligaciones ni fingimientos en privado —propuso—, solo por protección.El acuerdo incluía dinero, más que suficiente para comprarme un futuro, pero esa nunca fue la verdadera razón por la que acepté. La verdadera razón era la seguridad. Era Noah. Un nombre discreto en un acta de matrimonio era un blanco más difícil que una mujer desaparecida sin nada que la protegiera.Así fu
El niño se llamaba Noah Sinclair.Su padre era Damian Sinclair, un viudo con una fortuna heredada, poder discreto y esa clase de presencia que hacía que los hombres armados se apartaran sin que nadie se lo ordenara.La noche en que me ayudó a salir del hospital no me hizo preguntas. Vio la sangre en mi ropa, al niño acurrucado contra mi hombro y la forma en que yo seguía de pie porque me negaba a desplomarme frente a un desconocido, y solo dijo:—Sube.Dos días después me instaló en una casa de la costa, lo bastante lejos de Nueva York como para que incluso Enzo tuviera que esforzarse si quería encontrarme.Tras conseguirme documentos nuevos, un médico comenzó a entrar y salir de la propiedad sin pronunciar jamás mi nombre, mientras varios abogados firmaban papeles que nunca vi. Así, para finales de mes, Gianna Romano había desaparecido de todos los lugares que importaban.Noah era la única persona que actuaba como si nada de eso fuera extraño, aferrándose a mí con la seguridad ciega q
El miedo que había mantenido a Rosa en pie por fin se quebró.Se dejó caer en el sofá y lo miró desde abajo, entre las pestañas húmedas, con la furia ardiéndole en los ojos.—¿Entonces qué querías de mí? ¿Que me quedara en las sombras para siempre? ¿Que sonriera cuando venías a mi cama y desapareciera en cuanto volvías con ella? Te di una hija. Te di años. ¿Por qué ella puede estar a tu lado mientras a mí me tocan las sobras que dejas atrás?Enzo no levantó la voz. No lo necesitaba.—Sabías perfectamente lo que eras para mí.—No —respondió Rosa—. Sabía lo que me pediste que fuera. Hay una diferencia.Se puso de pie, sin rastro de dulzura.—Soy más joven que ella, te di una hija y me callé cuando me lo pediste. Me quedé en la sombra mientras ella llevaba puesto tu anillo. ¡Dime por qué ella se queda con todo y a mí no me toca nada!—Porque ella es mi esposa —dijo Enzo.—¿Y yo qué era para ti?La miró con absoluta frialdad.—Un lugar al que iba cuando quería estar en paz, no una vida que


















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