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Capítulo 2

Autor: Cocojam
El olor a moho del sótano me trajo una avalancha de recuerdos. Creo que, de niña, odiaba a Vivian con todas mis fuerzas.

Mis padres contrataron al mejor equipo médico para estar disponible las veinticuatro horas y, por supuesto, era para ella. El collar familiar, que solo era legítimo para los herederos, terminó en su cuello. Cuando llegaban autos nuevos, mi gemela siempre los estrenaba mientras a mí me arrinconaban en el asiento trasero del sedán de los escoltas. Los cuentos antes de dormir también eran exclusivos para ella. La voz de papá Marcello adoptaba una dulzura impresionante al narrar las crónicas sobre el ascenso de la familia siciliana. Eran historias de honor y de sangre, pero esas leyendas estaban reservadas solo para sus oídos. Por mi parte, me acuclillaba fuera de la puerta y escuchaba a través de la rendija.

—Vivian, ¿qué deseas escuchar esta noche? —susurraba mi padre.

—Cuéntame cómo el bisabuelo conquistó Nueva York —pedía ella.

Y papá comenzaba su relato con un tono que resonaba como un violonchelo en una noche calmada. Procuraba narrar a un ritmo lento y pausado. Yo me quedaba sentada en el pasillo y abrazaba mis rodillas al escuchar las glorias de nuestro linaje. En el interior, una mano gigante aprisionaba mi corazón. ¿Por qué no podía contármelas a mí también?

Aquel verano, cuando tenía diez años, una familia aliada nos envió dos cachorros dóberman de raza pura. Durante la cena, mamá Valeria se los entregó a Vivian con sus correas de paseo.

—Juega con ellos, Vivian. Pueden protegerte —indicó.

Miré mis manos vacías y las lágrimas comenzaron a brotar.

—¡¿Por qué ella se queda con los dos?! —reclamé—. ¡Yo quiero uno! ¡Yo también quiero uno!

Papá estrelló el tenedor contra la mesa.

—¡Sienna! ¡¿Por qué eres tan egoísta?! —bramó, y se puso de pie. Su semblante se ensombreció—. ¿Acaso ignoras que tu hermana está enferma? ¿No comprendes que podría correr peligro en cualquier instante...?

No continuó. Yo no tenía idea. Solo tenía claro que el rostro de Vivian siempre lucía pálido, que a veces ella tosía y que mis padres la contemplaban a diario con una tristeza profunda. A pesar de eso, ignoraba el significado de todo aquello.

—¡¿Por qué?! ¡¿Por qué ella recibe todo?! —chillé. Salté de la silla y señalé a mi hermana desde el otro lado de la mesa—. ¡¿Por qué no te mueres de una vez por todas?! ¡Así todas tus cosas serían mías!

El rostro de Vivian se descompuso y unas lágrimas pesadas cayeron sobre la alfombra persa. Abrió la boca sin decir palabra, aterrada por mi actitud. Mamá se levantó de un salto y me dio una cachetada. Esa fue la primera vez que recibí un golpe con la fuerza suficiente para reventarme el labio. Vivian corrió a protegerme, pero mamá la retuvo.

—¡Déjala! ¡Ya es hora de que aprenda lo que puede y no puede decir en esta casa! —ordenó.

A la mañana siguiente, los escuché conversar en el despacho.

—Solo le quedan ocho años al chip —sollozó mamá.

—Lo sé —concedió papá con la garganta rasposa—. Ocho años... apenas ocho años...

En ese instante lo comprendí. Vivian iba a morir. Los números rojos de su biorreloj, en constante descenso, eran reales y marcaban la cuenta regresiva de su vida.

De vuelta en el pasillo, mis padres acompañaron a Vivian a su habitación con sumo cuidado y los ojos enrojecidos. Al observarlos, una sensación amarga me invadió el pecho.

—Quizás... tal vez deberíamos dejar salir a Sienna —murmuró papá.

Mamá guardó silencio por un largo rato.

—Deja que sufra un poco más —sentenció al fin, con un tono que delataba su cansancio, como si se hubiera rendido—. Al menos... permite que Vivian disfrute de un cumpleaños perfecto. Solo por hoy. Su último día.

Vi a mamá levantar la mano para secarse las lágrimas.

—Sienna lo superará —aseguró, más para convencerse a sí misma que a mi padre—. Cuando Vivian ya no esté... la compensaremos por todo. Le entregaremos el mundo entero.

Papá no pronunció ni una palabra más. Avanzó hasta la mesa larga, tomó un chocolate artesanal de la fiesta y se dirigió rumbo al sótano.
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