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Capítulo 4

Autor: Cocojam
Al instante, el semblante de mamá cambió.

—Está... en el club ecuestre —mintió.

Miró hacia otro lado y bajó la vista para fijarse en el vestido.

La abuela no pronunció una sola palabra. Se limitó a fulminarla con una mirada asesina.

—¿En el club ecuestre? —indagó.

—Iré a buscarla —se apresuró a ofrecer mamá.

—¡Valeria!

Mamá se levantó de un salto.

—Sienna... armó un berrinche —explicó con la voz temblorosa—. La encerré en el sótano para que reflexione sobre sus actos.

Mi abuela se quedó sin palabras.

—¿Qué acabas de decir? —pronunció cada palabra con una lentitud intencional—. ¿Encerraste a Sienna en el sótano?

—Pero sabes que hoy es el... —La voz de mamá se desvaneció hasta convertirse en un susurro culposo.

El rostro de la matriarca se ensombreció. Se levantó, aunque un tambaleo delató su fragilidad. Mamá intentó sostenerla, pero ella la apartó de un manotazo.

—¡Valeria! —tronó la abuela con voz trémula—. ¡Sienna también es tu hija!

Mamá abrió la boca para justificarse, pero la abuela la interrumpió de tajo.

—Sí, ya sé que el destino de Vivian es una tragedia. Nacer con la certeza de que no vivirás para ver tus diecinueve años. Sé que le tienes lástima y que deseas darle una despedida perfecta. —El tono de mi abuela se elevó mientras sus ojos se anegaban en lágrimas—. ¿Pero qué hay de Sienna? ¿Acaso su vida no es una tragedia? ¿Qué ha tenido ella que no sean sobras? La ropa vieja de su hermana. Las joyas usadas de su hermana. ¡Incluso le entregaste a su hermana los hombres que debían cuidarla!

—Mamá, yo no... —intentó rebatir, pero su voz carecía de fuerza.

—Las dos son buenas chicas, ambas lo son... ¿Pero tú? Como padres, ¿acaso no están en deuda con Sienna? ¿No merece ella un poco de amor?

Mamá se desplomó en una silla y se cubrió el rostro. Los hombros le temblaban con violencia.

—Y ahora, ¿ni siquiera vas a permitir que se vean por última vez? —continuó la abuela con la garganta ronca—. Vivian ya... ya no estará mañana. Sienna es su única hermana. ¡La hermana a la que protegió desde que eran pequeñas! ¿Cómo puedes dejar que Vivian se vaya de esta forma? ¿Quieres que parta llena de remordimientos?

—Yo... yo no quería... —El llanto de mamá se filtró entre sus dedos—. Solo deseaba que Vivian fuera feliz en su último día. No quería que Sienna la alterara...

La noche avanzó. La puerta de Vivian permaneció cerrada a cal y canto.

—Vayan a dormir —ordenó mi abuela con voz áspera—. Mañana... tendrán que levantarse temprano.

Mamá hizo el ademán de responder, pero se limitó a negar con la cabeza.

—No puedo dormir.

Papá tampoco se movió. La abuela soltó un suspiro y no insistió más. Se puso de pie, caminó hacia la puerta del sótano y se arrodilló. Habló en voz baja a través de la rendija.

—Sienna, la abuela está aquí contigo. No tengas miedo.

Mis lágrimas comenzaron a caer de nuevo.

El tiempo siguió su marcha. Los rayos del amanecer se filtraron por las ventanas e iluminaron el pasillo. La abuela se levantó y se acercó a la recámara.

—Vivian, sal de ahí.

La puerta se abrió. Vivian salió con un aspecto radiante. No había ni un solo rastro de preocupación por la muerte en su semblante.

—Abuela, papá, mamá —saludó con dulzura.

Mamá saltó de su asiento y corrió a abrazarla. La apretó con tanta fuerza que parecía querer fusionar sus cuerpos. Papá se acercó y le acarició el cabello con una mano temblorosa.

—Vivian... —sollozó mamá.

La abuela los contempló como quien mira un objeto sin valor. Los observó por un largo rato. Luego, pareció recordar algo y giró sobre sus talones hacia el sótano.

—¡Sienna! —Su grito cortó el silencio del alba—. ¡Rápido, saquen a Sienna de ahí!

Solo en ese instante mis padres recordaron mi encierro. Se rieron de alivio entre lágrimas.

—¡Sí, sí, saquen a Sienna! ¡Sienna sigue en el sótano! —celebraron—. ¡Su hermana está bien! ¡Son noticias maravillosas!

Mamá arrastró a Vivian del brazo, mientras papá lideraba la marcha. Los tres corrieron hacia el sótano con los rostros iluminados por la alegría. Pero, en el momento en que la mano de mi padre rozó el candado de hierro, una alarma ensordecedora estalló en el biorreloj de la muñeca de Vivian:

¡ALERTA! ¡ALERTA! ESTADO TERMINAL CONFIRMADO. LA CUENTA REGRESIVA HA LLEGADO A CERO...

La cabeza de papá giró de golpe. Tenía los ojos desorbitados por la conmoción y se centró en Vivian, quien seguía allí, como si nada, llena de vida. El color desapareció de su rostro. Apartó la mano del candado como si el hierro lo hubiera quemado.

—No —masculló, y negó con la cabeza—. El chip está equivocado... Tiene que ser un error.
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