FAZER LOGINSiento una sensación fría en el estómago, como un vacío, como caer.
—Rosa… Rosa dos — nadie contesta al otro lado, así que me quito el auricular y lo meto en uno de los bolsillos. Cierro los ojos y respiro. Soy un soldado, me han entrenado toda la vida para situaciones como esta —Físicamente —me digo en voz alta —me han entrenado físicamente, no sé cómo pensar — pienso qué haría Aleck, qué haría mi padre… Ellos no se rendirían, supongo, no sin dar la pelea. Doy media vuelta y comienzo a caminar de nuevo por los pasillos, las bombillas de color blanco le dan un especto claustrofóbico, ¿o soy yo?
Cuando llego de nuevo a la pequeña oficina, el guardia está en la misma posición en que lo dejé. Recuerdo el camino, claro que lo recuerdo, solo tengo que deshacer mis propios pasos y salir a la jungla, y rogar que las máscaras y el oxígeno aún estén ahí. Camino hasta la puerta y tengo el pomo de ella en la mano cuando recuerdo las cámaras de seguridad, tal vez por ahí logre ver por dónde vienen los guardias. Camino hasta los monitores y comienzo a observar las decenas de pantallas en él, en busca de algo, pero no veo nada, en las calles hay mucha gente, demasiada. En uno de los monitores veo una chica gorda que me recuerda a Lúa, y pienso en cómo le estará lleno, si a ella también la habrán abandonado. Cuando observo a la chica morena que la acompaña, me doy cuenta que no es una chica gorda que se parece a Lúa, es Lúa y Jina, y aún tienen sus maleta.
—Diablos —susurro, veo que en la parte inferior del monitor dice Plazoleta Principal. Me retiro de allí y camino hacia el guardia, busco entre su ropa y saco su arma de dotación y una pequeña linterna. Observo el arma, es distinta a las que he conocido, más moderna y con un funcionamiento similar, me servirá. Voy a salir cuando siento voces que se acercan, por suerte la puerta abre hacia adentro y cuando la abren quedo escondido entre ella y la pared. Dos guardias entran y auxilian al que está en el suelo, que me mira con unas enormes ganas de delatarme. Le hago el gesto de silencio con el arma en vez del dedo y me escabullo aprovechando que los otros dos me dan la espalda y salgo corriendo hacia la puerta de la calle que han dejado abierta. Cuando salgo, lo primero que hago es chocarme con una chica, y ambos caemos al suelo. Aprovecho la pequeña confusión de los transeúntes para esconder el arma entre el pantalón.
—¿Estás bien? —le pregunto a la muchacha ayudándola a poner de pie, ella me mira.
—Estoy super bien, ojalá me atropellaras más seguido.
—¿Disculpa?
—Olvídalo —mueve la mano restándole importancia, tiene la piel muy blanca, y sus ojos son intensamente verdes.
—¿Podrías decirme hacia dónde queda la plazoleta principal? —le pregunto evitando que el nerviosismo se me note. Ella sonríe.
—Te lo digo si me das tu número de teléfono.
—¿Tele qué? —sonríe con desgana y señala detrás de mí.
—Sigue por ahí, hombre a la antigua, te darás cuenta cuando llegues. Ni siquiera te voy a preguntar por qué no conoces la plazoleta, eso es raro.
—Claro que la conozco —digo tratando de imitar su acento—solo que estoy un poco perdido, gracias —me alejo dándole la espalda.
—De nada, ¡oye! —la miro —la próxima vez que nos veamos me tienes que dar tu rutina para glúteos.
—Seguro —sigo caminando, esto es peor que Curiara.
En mi camino a la plazoleta me topo con unos cuantos guardias, pero parezco un ciudadano más, así que pasan de mí. Ridículamente siento el arma fría contra mi piel, ¿qué se supone que voy a hacer con ella? Jamás he matado a nadie, no sé si pueda hacerlo.
Las personas son físicamente diferentes, un poco, hay algunos que tienen mis ojos rasgados, cosa que me hace sentir incómodo. Hay tanto ruido y personas que me duele la cabeza.
Sé que llego a la plazoleta cuando un tumulto de personas me estorba el camino como costales que se balancean en una danza que comienza a marearme. Me muevo entre varias personas que cantan una rara y pegajosa canción. En uno de los miles de movimientos, el arma se sale de mis pantalones y cae al suelo, y me gano varios pisotones por tratar de en pretinarla de nuevo en él.
Después de un mundo de personas llego a la gran plazoleta, y logro vislumbrar lo que fue Oz una vez, la primera vez: una caverna enorme, de unas proporciones tan amplias que me cuesta ver el otro lado ¿Cómo voy a encontrar a Lúa y Jina aquí? En el centro hay una enorme tarima de varios metros de altura, en la que un hombre regordete da un discurso de algo que no presto atención. Si logro subir ahí sin llamar mucho la atención, podré tener una mejor vista y tal vez las vea.
Comienzo a avanzar entre la multitud. Pero hay muchas personas, e incluso los edificios que parecen rozar el techo de la caverna, están llenos de personas asomadas por las ventanas, que extienden banderas y vitorean al locutor.
Cuando logro llegar, rodeo la tarima buscando una manera de ganar altura, pero no lo logro, hasta que veo que por una de las esquinas hay una escalera alternativa, seguro para las personas detrás del telón. Camino hasta ella con dificultad, tanto ruido y las cientos de luces que decoran lo edificios y las calles me tienen enceguecido. Subo casi todos lo escalones y comienzo a observar a la multitud, pero no veo nada más que decenas de rostros pálidos, también hay muchos morenos, eso me dificulta para identificar a jina, seguro… de repente las veo, tímidas y abstraídas fingiendo observar cosas de una tienda, como si tuvieran intención de comprarla. Qué malas actrices, no sé cómo no las han descubierto, resaltan a miles de kilómetros.
—¡Jina! —grito —¡Lúa! —no me oyen, el ruido es muy fuerte.
—Bien, comenzaremos a hacer preguntas y a entregar premios —las palabras del hombre del micrófono logran llamar la atención mientras encuentro una manera de que las chicas me vean. El micrófono sería una buena opción, pero no puedo llegar ahí, quitárselo y comenzar a gritar como un loco —¡Tu! —habla el hombre y siento un escalofrío al pensar que se refiere a mí —sube al escenario —varios aplausos y un chico delgado y rubio sube. Me recuerda a Pol, Aleck y él tenían una química extraña, hubieran hecho buena pareja —dime —continua el hombre —¿Cuántas firmas tiene el tratado de la coalición? — el chico finge no saber por un momento, y luego suelta de repente:
—Veinte —el público aplaude y el hombre le entrega un paquete sellado y baja del escenario con la sonrisa de un niño en navidad. Veo de nuevo a las chicas, comienzan a avanzar a pasos largos, van a salir de la plazoleta por una de las calles, las voy a perder.
El hombre del micrófono habla de nuevo
—¿Quién sigue?
—¡Yo! —grito antes de que mi cerebro siquiera lo considere. Comienzo a caminar hasta el centro de la tarima, no puedo creer que esté haciendo esto.
—Ah qué listo —la voz retumba más mientras me acerco —tenemos a un atleta fitness que ama subir por detrás del escenario —cundo llego hasta él noto que es muy pequeño… ¿qué es un atleta fitness? —¿Cuál es tu nombre jovencito? —acerca el micrófono a mí y disimulo para mí mismo el pánico escénico que tengo mirando fija mente la espalda de Lúa que se aleja.
—Edward —digo, y me tiembla la voz —Edward —repito. Lúa frena en seco y Jina choca con su espalda, luego voltea a mirar hacia la tarima y veo en su cara un: “no me jodan”
—Dime Edward, ¿en qué año se firmó el tratado de la coalición? —pone el micrófono de nuevo en mi boca y tartamudeo —la gente parece vitorearme y el hombre se acerca el micrófono para que lo oigan reír —te daré una pista, al menos son muchos años antes de que tú nacieras —la gente ríe del chiste y tomo una milésima de segundo, más todo mi entrenamiento militar en observación, cosa en la que he sido pésimo, para buscar una bandera que creí ver hace unos minutos, y la encuentro “cincuenta años más unidos que nunca” cita con letras multicolores, y hago mi resta.
—Dos mil treinta —las personas aplauden y el hombre me mira.
—Bien hecho, pero los regalos son para los niños pequeños, y tú estás muy grandote —ríe y el público lo acompaña —pero llévate esta – tiende hacia mí un pocillo de porcelana y un bolsito de tela —ahora ve y deja de hacer más ejercicio y leé —le doy una mirada que le borra la sonrisa y me voy. Cuando bajo de la tarima, lanzo el pocillo dentro del bolso que me cuelgo luego en los hombros, veo como lúa y jina corren hasta mí. Las veo tropezar con varias persona hasta que me alcanzan.
—Hola señor don discreto —saluda Jina, pero ignoro su comentario.
—Algo anda mal —replico y Lúa voltea la cabeza.
—Pues claro que algo anda mal, nos mintieron, Edward —Jin me pone el dedo en el pecho — mira a tu alrededor, ¿en serio crees que ésta cuidad quiere nuestra tecnología y recursos?
—Tenemos que salir de aquí —suelta Lúa entrando es una especie de ataque de pánico. Me enseña algo que tiene en su maño y ahogo un grito, es el detonador que traía Almadía.
—¿Cómo?... —
—Se lo quité sin que se diera cuenta, pensábamos huir ya que nos debe estar buscando, pero tu pequeño acto ayudó mucho, ahora ya sabe dónde estamos —jina no dice nada, solo mira alrededor con los ojos vidriosos.
—¿Cómo que huir? ¿y la misión?
—Edward, no seas estúpido, Oz no nos ha atacado, esto está mal. Vámonos de aquí y hablamos en otro lado, ¿te imaginas que nos hará almadía si nos descubre?
—Pues —Jina habla a nuestras espaldas —creo que lo averiguaremos pronto —nos giramos y nos encontramos con una Almadia que jamás creímos ver, sudorosa, con su cuchillo en la mano, con la expresión que ponen los perros cuando tienen un hueso en la boca y otro amenaza con quitarles su comida, su ropa y su cara están llenas de sangre, y en estas cavilaciones me doy cuenta de algo muy importante, ¿qué debo hacer ahora? ¿Confiar en lúa? ¿continuar en una misión que ya se fue a la m****a?
Mando las manos a mi cabeza y me aprieto el cabello, ¿por qué la vida es tan dura cuando solo tratas de vivir un día más? Cada mañana me levanto pensando en cómo sobrevivir a ese día, en cómo hacer que la vida sea más fácil, más llevadera, pero desde que me gradué, cada día me levanto pensado en qué será la nueva desgracia. Aleck tenía razón, soy un pesimista consumado.
Levanto la mirada y me encuentro con unos ojos azules que me miran, directo, son tan profundos, un azul oscuro ennegrecido por una sombra que cubre la faz completa del rostro de Lúa, una faz que se me hace conocida, tan conocida, un rostro que me grita sin palabras: Te necesito. Y tomo mi decisión al tiempo que veo de reojo como almadía lanza su cuchillo, lo veo volar en el aire y la agilidad de la escuela me ayuda a tomar la mano de lúa que tiene la maleta y levantarla; El cuchillo se estrella en ella y cae al suelo justo a la altura de la cara de Lúa. El portafolio se abre y la semilla sale volando y cae entre la multitud. Tomo la muñeca de Lúa y la arrastro tras de mí, jina nos sigue después de intentar en vano clavarle un inmovilizador a Almadía y comenzamos a correr entre la multitud, que se hace espesa como una melaza, es como avanzar en un sueño de esos donde intentas correr y no puedes. Los rostros van y vienen, tantos que parece una danza macabra y perturbadora.
Cuando doblamos en una esquina jina me toma del pelo y me arrastra a una pequeña puerta de madera, que golpea con el pie y se abre con un sonido seco que es ahogado por la barahúnda, nos introducimos y cerramos la puerta. nos quedamos los tres ahí, en silencio, tratando de menguar nuestras respiraciones nerviosas. La habitación parece ser una tienda, hay vitrinas llenas de cosas que no logro ver bien, está llena de colores y las paredes tienen dibujos de personas desnudas teniendo sexo. La única luz que hay viene de una ventana, que está entreabierta, y se escucha a través de ella la voz de Almadía cuando pregunta.
—¿Viste a tres jóvenes correr por aquí? — No se oye respuesta, seguro la persona quedó petrificada por el rostro de la sargento y su ropa manchada de sangre. Lúa cierra los ojos y Jina suspira, se hace un silencio que parece eterno, aunque afuera haya una fiesta, adentro puedo escuchar el corazón acelerado de los tres. Estamos así un momento y luego, de la nada, la ventana explota en cientos de fragmentos al tiempo que Almadía entra volando y cae en posición de ataque, y todo sucede en cámara lenta a partir de allí, casi puedo ver el dardo que vuela de la punta de su pluma y se inserta en la parte derecha de mi cuello, logro sacarlo pero sé que ya es tarde cuando siento el cuerpo más pesado, y una milésima de segundos después, la gravedad me consume como si fuera el objeto inerte más pesado existente, y el golpe con el frio piso de baldosa me saca el aire por un momento. Quedo de lado, con la espalda apoyada en la puerta y la mirada fija en frente, veo como Jina y almadía se enredan en una danza de puños y patadas, ambas desplegando todo el arsenal que solo en sueños pensamos que podemos lograr. Una pelea digna de las mejores mujeres de sus respectivas generaciones, como las películas viejas que nos mostraban en la escuela, hasta que jina se distrae y Almadía le da un golpe en las costillas que la arroja contra un armario alto que hay en una esquina. Cuando Almadía se gira hacia Lúa, ésta le golpea la cabeza con la maleta, esquiva otro golpe de Almadía y de nuevo la golpea con la maleta, pero esta vez, justo en la nariz, y un montón de sangre hace presencia. Lúa intenta arremeter de nuevo, pero almadía agarra la maleta entre el brazo y el torso, y con la palma de la mano propina un golpe seco en la frente de Lúa que hace que sus mejillas tiemblen como gelatina, y mientras cae, Almadía le quita el detonador de la otra mano, y me mira, con la cara roja, con la sangre de su nariz entre los dientes que muestra como un animal, un animal peligroso y salvaje, sin sentimientos, ni corazón. Y oprime el botón.
Lúa salta del suelo y con la maleta golpea su maño, pero ya es tarde, el detonador sale volando y queda sobre el armario. Almadía voltea hacia Lúa y la golpea en el cuello tan fuerte que cae inconsciente. Luego me mira, y camina hacia mí, y solo pienso en ese momento si al fin podré encontrarme con mi padre y pedirle perdón. Veo la muerte en el rostro de la mujer, veo su cuchillo en la mano y la sangre que lo mancha, Lirae y Anah tienen que ser dueños de esa sangre. La mujer se para frente a mí, varias gotas de sangre caen al piso y me salpican la cara, comienzo a respirar fuerte, pero mis pulmones parecen están sujetados por manos de hierro. Cuando Almadía levanta su cuchillo Jina salta desde la parte de atrás y se cuelga de ella como un pequeño gorila colgaría de su madre, le muerde la oreja y le arranca un pedazo que escupe hacia atrás, pero almadía arremete sacando su cuchillo y apuñalando repetidas veces la pierna de Jina, ésta se suelta y cae de nalgas al suelo, al instante manda una patada con su pie bueno en los glúteos de la mujer y la hace avanzar unos cuantos pasos, y luego se pone de pie, almadía le lanza un zarpazo y jina lo esquiva haciendo una pirueta por el suelo que la acerca a mí, me da la espalda para encarar a Almadía cuando siento un golpe en la puerta a mis espaldas acompañado de un grito. Jina desvía la mirada hacia ella en un acto reflejo que aprovecha Almadía… y deseo poder moverme, poder gritarle cuidado, pero mis músculos y mi voz no funcionan, solo puedo escuchar el sonido del cuchillo de Almadía rasgar la carne del cuello de Jina, entrar unos cuantos centímetros y volver a salir. El chorro de sangre que sale de la herida le mancha la ropa en solo un segundo, y jina trata de tapar la herida con la mano. Almadía cierra los ojos y suelta una carcajada salida de ultratumba, como la peor de las locas, como una triunfadora voraz que logra matar a su presa. Pero Jina no se da por vencida, y salta sobre Almadía con toda la fuerza que aún le queda enredando las piernas alrededor de su cuello y haciendo una pirueta en el aire. Escucho como el cuello de la mujer se rompe y ambas caen al suelo. Desde afuera se oye una voz.
—Están rodeados, tienen tres minutos para salir con las manos en alto o entraremos a la fuerza.
¡No! Grito en mi mente, Jina no tiene tres minutos, ¡que entren ya! suplico, pero no pueden oírme. Jina me mira desde el suelo, está tan pálida. Una lagrima se escurre por el rabillo de mi ojo y cae al suelo. Debí haberme escapado con ella, debí haberme ido como ella quería… estaríamos tan lejos ahora. Me sonríe, como la hermana más cariñosa le sonríe a su hermanito, como si me dijera que todo va a estar bien, y yo desearía devolverle esa sonrisa, esa sonrisa de despedida que ella me dedica, un hasta siempre y gracias, pero no puedo.
Cuando ella deja de respirar, la puerta se abre y me hace rodar hasta quedar boca abajo. Y más lagrimas caen al suelo.
El eco de nuestros pasos en las calles vacías es, cuando menos, escalofriante. La coleta que hizo Lúa en su cabello cuelga desperdigada por toda su espalda, y en vano intenta ponerla de nuevo en su sitio. Yo, en cambio, tengo los cordones desamarrados, pero ¿Quién tiene tiempo de amarrarlos? Cuando llegamos a la entrada del gran edificio donde vimos al presidente en la mañana, estoy cansado y pegajoso. —Solo tenemos que contarle al presidente lo que sabemos y decirle que no ataque a los civiles de las arcas —me dice, amarrando de nuevo la coleta con la liga elástica. —¿Crees que funcione? —la liga se rompe al fin después de varios intentos, y ella la desecha sin ningún remordimiento, como el que tira una goma de mascar en cualquier basurero; opta por dejar su cabello caer libre y este se le enreda de inmediato en la cara. —No lo sé, pero hay una gran posibilidad, tu solo dile que lo van a matar si no lo hace. Verás cómo colabora. —¿Yo le diré?
Capítulo 22Nos toman de una manera más delicada de lo que espero y nos guían al ascensor, esposados, solamente dos guardias entran con nosotros, Rombru no sube. Cuando las puertas se cierran observo a los guardias, tienen tan mala postura que podría derribarlos a los dos yo solo en diez segundos, pero también noto que hay una pequeña cámara de seguridad en una esquina, no lograríamos salir del edificio jamás. Observo a Pol, está calmado y respira profundo.—Lo sospechabas ¿cierto? — le digo —Que él era su hijo o algo sí—Él asiente, el silencio.Mis esposas están un poco ajustadas, y cuando bajamos al piso menos seis, ya tengo los dedos entumecidos.Cuando la puerta se abre nos obligan a avanzar un paso para salir del ascensor y cuando las puertas se cierran nos quedamos en una oscuridad que se extingue al final de
Capítulo 21Esta noche no hay sueños, ni pesadillas, solo una oscuridad calmada y pacífica, y cuando despierto estoy acostado de lado sobre el hombro de Pol, su brazo pasa por detrás de mi cabeza y reposa en mi espalda. Está tan tibio, y el ambiente frío del lugar lo hace más reconfortante. Paso mi mano por su pecho desnudo, y de nuevo descubro esa línea de vellos que cubre sus pectorales y hace una línea delgada que se pierde en su ombligo, y lo sigo acariciando con suavidad, perdiéndome en cada sensación, en los abdominales bien definidos, y sus enormes piernas enredadas en las mías. De algo tubo que servir toda una vida de entrenar y formarse.—No sabía que te gustaran velludos —me habla al sentir que llevo buen rato acariciándole el pecho. Me encojo de hombros.—Nunca me había puesto a pensar en eso, solo sé que en t
Siento una sensación fría en el estómago, como un vacío, como caer.—Rosa… Rosa dos — nadie contesta al otro lado, así que me quito el auricular y lo meto en uno de los bolsillos. Cierro los ojos y respiro. Soy un soldado, me han entrenado toda la vida para situaciones como esta —Físicamente —me digo en voz alta —me han entrenado físicamente, no sé cómo pensar — pienso qué haría Aleck, qué haría mi padre… Ellos no se rendirían, supongo, no sin dar la pelea. Doy media vuelta y comienzo a caminar de nuevo por los pasillos, las bombillas de color blanco le dan un especto claustrofóbico, ¿o soy yo?Cuando llego de nuevo a la pequeña oficina, el guardia está en la misma posición en que lo dejé. Recuerdo el camino, claro que lo recuerdo, solo tengo que deshacer mis propios pasos y salir a
Capítulo 19Edward.El rostro del tío de Aleck parece más pálido de lo normal, las ojeras y el cabello canoso le dan un aspecto andrajoso, y lo pixelado de la imagen no ayuda en gran manera a mejorar su imagen. Parece un fantasma que en vez de tener puesta la piel la lleva colgada.Mas temprano de lo que había llegado imaginar, la alarma de emergencia sonó por todo Capricornio, y el megáfono anunció una reunión importante donde el general nos daría una importante información. Uní a mi patético equipo y nos dirigimos allá lo más rápido que pudimos, pero por los pasillos ya se rumoreaba lo que había acontecido. La frase "la hija del general está bien" me calmó más de lo que esperaba, por suerte mi equipo y yo ya habíamos llegado Capricornio cuando atacaron a Emma.Al llegar, la pantall
Marian se levantó temprano esa mañana, hacia días que ya no podía dormir la noche completa, y se limitaba a tararear canciones sin sentido hasta que sentía la calidez del sol calentando el metal de la pared en que su cama estaba recostada. Esa mañana no esperó la salida del sol, se bajó de su pequeña cama y caminó descalza un rato tratando de menguar el dolor en el pecho, hacía unos días que le dolía, desde que Aleck había muerto.Abrió la puerta y ella le respondió con un chirrido aterrador que recorrió todos los pacillos a su alrededor. Salió y la puerta rechinó de nuevo al cerrarla. Caminó por los interminables pasillo como un alma en pena, arrastrando la bata de dormir, con el pelo enmarañado y la mirada ausente.Hablar con su padre había sonado una buena idea cuando salió de su cuarto, pero en cuanto m&aac