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Parte cuatro: La caída del halcón. Capítulo 18

Autor: DiegoAlmary
last update Data de publicação: 2021-08-07 09:07:31

Marian se levantó temprano esa mañana, hacia días que ya no podía dormir la noche completa, y se limitaba a tararear canciones sin sentido hasta que sentía la calidez del sol calentando el metal de la pared en que su cama estaba recostada. Esa mañana no esperó la salida del sol, se bajó de su pequeña cama y caminó descalza un rato tratando de menguar el dolor en el pecho, hacía unos días que le dolía, desde que Aleck había muerto.

Abrió la puerta y ella le respondió con un chirrido aterrador que recorrió todos los pacillos a su alrededor. Salió y la puerta rechinó de nuevo al cerrarla. Caminó por los interminables pasillo como un alma en pena, arrastrando la bata de dormir, con el pelo enmarañado y la mirada ausente.

Hablar con su padre había sonado una buena idea cuando salió de su cuarto, pero en cuanto más se acercaba al de su padre, más pensaba que no era la mejor decisión, pero... ¿qué más podía hacer? se sentía sola, vacía, necesitaba hablar con su padre, gritarle, decirle que la dejaba mucho tiempo sola, que lo necesitaba; quería decirle todo lo que lo extrañaba y llorar en su pecho, mientras la abrazaba, como hacia Aleck.

Cuando le dijeron que Aleck había muerto la habían comenzado a tratar diferente, y comenzaba a odiar eso, las personas que sabían la miraban con una lástima que la intimidaba, los adultos le acariciaban la cabeza y el psicólogo le decía diez veces por sesión que todo iba a estar bien, ¿pero cómo podría todo estar bien si su primo se había ido, se había ido para siempre, no había podido cumplir su promesa y eso le rompía el corazón. El tiempo libre que tenía se la pasaba en la pequeña banca frente a la puerta de la habitación de Aleck, que ahora pertenece a otro rostro más, como si en cualquier momento saliera de allí y la abrazara, y le dijera cuanto la quería y la había extrañado, y que esta vez nunca se iría de nuevo.

Hacía frio por los pasillos, y su bata de dormir no ayudaba mucho, Antes de doblar a la derecha y encontrarse con la habitación de su padre escuchó una voz a sus espaldas.

— ¿Marian? — era él— ¿qué haces aquí?, deberías estar durmiendo.

— Quería hablar contigo.

— Tal vez luego, debo reunirme con el presidente.

— Pero, papá...

—No, Marian — el General se agachó hasta quedar a la altura de su hija — Ve a tu habitación, no me reproches, espera allí, alguien va a ir por ti y te llevará... nos vamos a encontrar en otra parte y hablaremos, ¿sí? —ella asintió de mala gana y él la dejó allí, con las lágrimas contenidas.

El presidente, ese hombre calvo y regordete, él era el culpable; siempre estaba ocupando a su padre, por él ella no podía verle a diario.

frunció el ceño y caminó tras su padre, ocultándose en las esquinas y detrás de los basureros, tratando de hacer el menor ruido mientras lo perseguía hasta el área donde él trabajaba. Al cabo de unos quince minutos, la puerta de la oficina del presidente, al final del pasillo, se cerró tras la entrada de su padre. Esperó con paciencia, tras el basurero de aluminio grande y redondeado que le servía de escondite; vio que el sol comenzaba a despuntar a través de la ventana del pasillo. ¿cuándo había sido lo última vez que había visto el amanecer? Aleck, fue la respuesta que llegó a su pequeña cabeza, estaba con él la última vez que vio el amanecer, ¿cuánto ha pasado desde ese día?, en tiempo, no mucho, pero todos los acontecimientos venidos tras ese día, son tantos y tan dolorosos que parece que hace más de un año que hubiera sido. su padre era lo único que le quedaba ahora, y sentía que se alejaba, lenta y silenciosamente, se alejaba; por eso estaba allí, escondida tras un basurero, esperando la oportunidad para hablar con el presidente. Le pediría que le diera unas vacaciones, unas largas, que se lo merece, lloraría si fuera necesario, sabía llorar para convencer a la gente, así como lloraba para que su cuidadora la dejara salir sola a merodear por el arca.

Pasaron unos cuantos minutos y su padre no salía, ¿por qué no salía? se acercó silenciosamente a la puerta y colocó el oído en ella. Discutían, estaban discutiendo, ¿Por qué? trató de entender las palabras, pero eran confusas, lo único seguro era que discutían, sus gritos se comenzaron a escuchar hasta el otro lado del pasillo. de repente se detuvo la algarabía, y escuchó pasos que se acercaban a la puerta. corrió a su escondite que no quedaba a más de dos metros y se metió allí. su padre salió, y Marian lo vio por el lado opuesto del basurero, cerró de un portazo, su cara estaba roja, se ponía siempre roja cuando estaba enojado, se parecía en eso a Aleck. El general suspiró, y luego dio media vuelta, mirando hacia la puerta, Marian creyó que entraría de nuevo, pero en vez de eso, lo vio hacer algo a la chapa. volteó de nuevo y caminó por el pasillo con su postura fuerte y decidida, ignorando el basurero y pasando sin ver a marinan acurrucada, con el cabello cubriéndole el rostro como si así se hiciera más invisible. sonrió cuando su padre dobló la esquina y caminó hasta la puerta, tomó la perilla en la mano. era la primera vez que hablaría sola con el presidente. pero lo haría, por su padre, por ella. giró la perilla, pero no cedió, lo intento una vez más, pero el mismo resultado. la puerta estaba cerrada. ¿su padre habría cerrado la puerta con llave? Pensó en tocar, pero se metería en muchos problemas si la descubrían allí.

Dio media vuelta y caminó de nuevo a su habitación, ya era tarde y tenía que arreglarse para ir a la escuela, tenía examen de navegación, y la brújula no había sido su fuerte.

Las personas ya comenzaban a hormiguear por toda el arca cuando ella alcanzó la sala de ocio que quedaba cerca de la habitación de Aleck. se sentó en uno de los incomodos muebles con un libro que ya había leído entre las manos. Si no iba a estudiar llamarían a su padre, e irremediablemente tendría que ir a buscarla, entonces allí podría hablar con él.

pasó una hora allí sentada esperando a que alguien notara su ausencia, releyendo las partes que más le gustaban y tratando de descifrar los grafitis que hacían los inadaptados que habían rayado la mayoría de las páginas, cuando pasó. Toda la calma que había en el momento se esfumó tan rápido que parecía que nunca hubiese existido. Fue una explosión fuerte, tan fuerte que le hizo soltar el libro, el arca se balanceo, y ella ahogó un grito al escuchar uno de los cables golpear el techo.

—Solo es un cable que se soltó — se dijo así misma, pero en el fondo sabía que no era normal escuchar primero una explosión. toda la nave dejó de sacudirse y entró en una especie de paz sosegada. se quedó unos minutos más allí, tratando de calmar su respiración cuando otra explosión sacudió de nuevo todo su hogar, esta vez más lejana, como si hubiera sido al otro lado del arca.

Saltó del mueble y corrió, descalza, despeinada y con lágrimas, tropezando con la horda de personas que corrían despavoridas por todas partes. tendría que encontrar a su padre, él sabría qué pasaba y la podría proteger.

Dobló la última esquina y cuando llegó abrió la puerta del cuarto de su padre con el corazón palpitándole en los oídos, entró, y no había nadie allí, la cama estaba deshecha y el armario completamente vacío. Otra explosión, esta vez el arca se sacudió tan fuerte que la hizo caer de bruces contra la cama. Se aferró al colchón mientras esperaba que el balanceo terminara. ¿qué haría ahora, a donde tenía que ir? llegó a ella como una premonición.

"en caso de cualquier emergencia que solicite desalojo inmediato del arca, todos los ciudadanos deberán acudir a la zona de desembarco para su traslado"

La voz de su maestra sonó más clara de lo que la recordaba. después de todo la escuela si servía de algo.

Meditó en la posibilidad de ir primero a su habitación, estaba descalza y en pijama, pero otra explosión la hizo retroceder. salió de la habitación sin esperar que el balanceo terminase y corrió con todas sus fuerzas al área de desembarco, de algo tenía que servir tanto entrenamiento en la escuela, ya que estaba cansada, pero sentía que tenía fuerzas para correr otra hora.

Los corredores estaban vacíos, cuando, a medio camino, chocó con fuerza en una esquina con alguien. ambos cayeron al suelo.

—Marian — le dijo la persona, y ella se incorporó para ver quién era. era un muchacho joven, de unos veinte, alto y musculoso como todos los de esa edad, y lo recordaba, se había graduado con Aleck. el muchacho se incorporó y la sacudió por los hombros —¿dónde has estado? te he buscado por más de una hora.

— Yo.

—Tenemos que irnos, ¡Ahora!

se echaron a correr, la mano del joven se afianzaba con fuerza a su brazo. Corrían por los pasillos que estaban muy solos, y cuando estaban a punto de llegar, una nueva explosión más fuerte que todas las anteriores, por estar mucho más cerca hizo derrumbar parte de la montaña, que rompió el casco de la nave y les obstaculizó el camino.

habían caído, y el muchacho se había echado sobre ella para protegerla, el balanceo estaba cediendo y el joven ya se estaba poniendo de pie cuando el caos se volvió un infierno. la nave se sacudió con una fuerza descomunal, luego, el ruido del metal al doblarse les aturdió, Marian tuvo que poner las manos en sus oídos para protegerlos del ruido hiriente, y gritó, pero su grito no se oía. Todo se movía, todo se sacudía y los lanzaba contra la pared y el suelo. Aunque el hombre la tuviera abrazada los golpes contra las paredes le dolían como el demonio. de repente, la nave se descolgó unos metros, tan rápido que ellos quedaron en el aire un instante. Marian sintió un vació en el estómago, como si las tripas se le voltearan al revés,  para luego ser golpeados contra el piso, en un movimiento violento. Marian escucho al joven gritar, y fue lo último que escuchó.

Hacia un silencio tan... terrorífico, no había otra manera de expresarlo. abrió los ojos y todo estaba en calma, hacía tanta luz que le costaba abrir los y una brisa fresca le movía el cabello. se incorporó, su salvador yacía en el suelo a unos metros de ella, le sangraba la cara, y una de las piedras que habían taponado el camino habría rodado y había caído sobre su pierna izquierda, estaba rota, lo sabía, ya lo había visto antes, un niño de su clase se había caído de un obstáculo y su pierna lucía así mismo. sacudió al muchacho, que reaccionó después de unos minutos con una enorme mueca de dolor.

—¿Estás bien? — le preguntó ella —te sangra la cara

— Tenemos que salir de aquí, ahora — su voz sonaba apagada. se puso en pie y se apoyó en Marian — camina, por ahí — le señaló el pasillo de donde venia la luz, y cuando doblaron la esquina la boca de la niña se abrió inconscientemente, y el dolor que tenía en el cuerpo y la cabeza fue sustituido por un gran miedo. Toda la parte trasera del arca se había desprendido, más de la mitad yacía ahora en el fondo del acantilado. intentó mirar hacia abajo, pero el joven la apartó, y la miró a la cara, tenía unos raspones y un golpe en el pómulo que proto se convertiría en un morado.

—Te sacaré de aquí, te lo prometo.

Mas promesas.

Marian asintió, al tiempo que el chico le tomaba por la mano y la arrastraba por el pasillo. el muchacho cojeaba, demasiado, y cada pequeño paso le hacía poner una mueca de dolor que trataba de disimular. ella pensó en ayudar, pero no sabía cómo así que se limitó a caminar lentamente, soportando sus propios dolores.

doblaron por un par de pasillos más, hasta que Marian reconoció hacia donde se dirigían: el comedor. Cuando entraron le costó reconocer lo que veía; las mesas estaban tiradas por todas partes, las charolas, platos y cubiertos entorpecían el ya lento paso de su improvisado guia, cuando, de repente, se detuvo y le señaló la cocina.

— Están evacuando la nave — le dijo — si subimos por la chimenea a la cubierta, nos podrá recoger un aéreo deslizador. lo harán, eres una prioridad. sígueme y no... — Una explosión, tan fuerte y tan cercana, le provocó un tremendo chillido en los oídos.

el joven la jaló de nuevo, y al llegar a la altura de la cocina la metió por la ventana. Marian aterrizó de bruces, y no tardó más que un momento ponerse de pie.

el chico corrió hasta la estufa y comenzó a romper a golpes el artefacto que funcionaba para atrapar el aire caliente y sacarlo al exterior, que cayó al suelo con un ruido sordo que hizo que marina se sobresaltara. el muchacho le tendió la mano y cuando la iba a tomar, otra explosión hizo que el arca se tambaleara, o lo que quedaba de ella. Marian cayó al suelo, y sintió tanto miedo y terror, que casi no podía recordar lo que había pasado a continuación.

No supo cómo el muchacho se las arregló para sacarla por el hueco de la chimenea, pero recuerda la sensación de la brisa fresca a esa hora de la mañana que le revoloteó el cabello. Él subió por el agujero y sacó algo del pantalón, algo que golpeo en el techo metálico y que luego comenzó a despedir un humo intensamente rojo, Marian no recordó cómo se llamaba. Recuerda que otra sacudida enorme los lanzó al suelo, pero esta vez no hubo explosión. Pudo ver como los pocos cables restantes que sostenían la pequeña parte de lo que alguna vez fue su hogar, se desprendían de la pared de roca en un efecto dominó rápido y violento.  El viento del aéreo deslizador dispersó el humo rojo, y ella estiró los brazos hacia él, en un acto instintivo de ayuda. sintió el frío en el estómago al sentir que la nave se desprendía por completo del barranco, y ahogó un grito al sentir unos brazos fuertes que la agarraban por la cintura y la elevaban en el aire. Se sintió desprotegida y vulnerable, las tripas volvieron a voltearse y antes de casi morir del terror unas manos la agarraron de los brazos, y miró hacia abajo, justo a tiempo para ver como Emma caía al vacío, seguida por el muchacho que se perdió entre el humo y el polvo. El muchacho sonreía.

El muchacho.

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