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—¿Cómo está Louis? ¡Te lo juro que intenté ayudarlo, ellos querían llevárselo quien sabe para qué cosa! —habló Bastian muy alterado sin levantase del piso
—Él está bien, mira, pude ponerlo en su cama. Lo siento mucho Bastian, no esperaba que tuvieras que pasar una situación así, no tan pronto—. El joven se asomó a la ventana y vio que efectivamente ya no había nadie por los alrededores. Bastian gateó hasta la cama de Louis y lo vio profundo al parecer no se había dado cuenta de lo mal que estuvo a punto de pasarla. No quiso despertarlo y se sentó de nuevo en el piso tomando con fuerza su cabeza intentando entender todo lo que estaba pasando.
—Querían llevárselo —dijo apenas en un susurro.
—No imaginas cuánto te agradezco que lo hubieras ayudado. Él aún no es capaz de defenderse solo. La verdad casi ninguno acá puede hacerlo.
—Yo no lo creo así, uno de ellos me saltó encima y tenía los dientes muy afilados y sus dedos los erguía como garras, parecía un maldito loco…
—¡¿Pero qué estás diciendo?! ¡¿Viste a alguien así?! —El chico pareció alterarse muchísimo. Se agachó donde estaba Bastian y lo tomó por los hombros con fuerza preguntando si había logrado ver algo más. El asustado Bastian le dijo lo que vio una y otra vez hasta que el otro quedara convencido. —No pensé que tuviéramos que hacerlo de nuevo, maldito Andreé.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó Bastian por fin desde el piso, sin levantar la cabeza.
—Soy Jan Francis. Puedes llamarme con cualquiera de mis dos nombres. Lamento no haberme presentado antes y lamento también mucho este recibimiento. Por favor no salgas de tu cuarto esta noche. Solo descansa.
—Dime, Jan —volvió a hablar Bastian sin levantar la cabeza —este lugar ¿es un manicomio verdad? Mi padre me trajo a una institución mental, ¿No es así? —El chico se acercó a Bastian y de nuevo se arrodilló frente a él tomándolo de una mano.
—Oh no Bastian, no, este lugar no es un manicomio: Este lugar es un cementerio.
Y ese de ojos grises y cabellos negros alborotados, levantó la mirada encontrándose con los sinceros ojos castaños de Jan. Lo que acababa de escuchar no podía procesarlo por completo en su cabeza y no dijo ni una palabra mientras veía como su salvador se levantaba y se iba. Afuera los curiosos también se habían retirado.
Se quedó junto a la cama de Louis sentado en el piso por largo tiempo. Pensaba que ya era hora de despertar del sueño y se golpeó la cabeza con la palma de su mano insistente, pero seguía ahí en el mismo espantoso sitio. Entendió que estaba solo, total y absolutamente; que debió enfrentarse a su padre, que debió escapar de su casa antes de haber accedido a ir a un internado. Ahí sentado sin una explicación, imaginó lo mucho que pudo hacer para haber evitado llegar a ese lugar y no hizo nada, porque estaba ya acostumbrado que los otros hicieran y pensaran por él. Porque creyó que el internado quizás lo alejaría de su padre estricto un tiempo, pero no que el internado lo mataría. Dos gruesas lágrimas se le escaparon de los ojos, las limpió lo más rápido que pudo y recordando a su compañero de habitación, se incorporó un tanto y lo sacudió para despertarlo y saber cómo se encontraba, por fin Louis abrió los ojos y le sonrió.
—¡Dios mío Louis! ¿Estás bien? ¿Te hicieron daño?
—¿Quiénes? —Preguntó el chico levantándose sobre sus codos un poco, sin dejar de sonreír. Bastian ya no tuvo qué decirle, él era una más de las rarezas de ese sitio. Se sentó a su lado y lo tomó por un hombro como si lo consolara. Como si con ese gesto le dijera que todo estaba bien y que salió bien librado de algo de lo que Louis ni siquiera se dio cuenta.
—No sé ni qué decirte Louis, pero me alegro que no estés lastimado, te diste un golpe tremendo, ya luego te contaré todo —le dijo Bastian mientras se levantaba de esa cama para dirigirse a la suya. Louis entonces pareció esperar a que el chico de cabello negro estuviera recostado para hablarle.
—Dime Bastian ¿Deseas que siga durmiendo? —Bastian se turbó con esa respuesta. Era preciso que escapara de ese manicomio, antes que muriera.
***
Sabía que lo estaban persiguiendo. Sentía esa presencia que le vigilaba, esas pisadas sobre las hojas secas, el leve sonido de una respiración. Estaba abrumado, cansado y decepcionado. Había corrido por horas en medio de la más espantosa oscuridad, apenas viendo los árboles frente a sí, con los cuales, por fortuna, no había tropezado. Su corazón estaba por estallar, temblaba de miedo y furia. Odiaba cada instante de aquel día desde que abrió los ojos y se fue con su padre a ese internado, y que en ese momento corriera buscando una salida que parecía estar muy lejos, muy escondida tal vez, o quizás, inexistente.
Sacando fortaleza desde lo más profundo de sus entrañas, se detuvo en seco con los puños cerrados, dispuesto a enfrentar a quien fuera. Si eran los chicos de esa tarde que intentaron lastimar a Louis, estaría en problemas, pero a lo mejor que lo mataran no era tan mala idea. Se paró desafiante y altanero, postura que había aprendido para confrontar a su padre. Sin ver nada en medio de una densa niebla que empezaba a levantarse, dio un golpe seco a un árbol para hacer saber su ubicación exacta.
—¡Voy a defenderme si es necesario! —gritó a la nada, esperando que lo escucharan, rogando para sus adentros que fuera uno solo.
—¿Por qué corrías? —De un brinco Bastian volteó a ver a su costado derecho, donde una figura atravesaba la neblina y se le acercaba. Cerró los puños pues el temblor en sus manos era demasiado evidente. —¿Y de quién vas a defenderte? ¿De mí? Yo no voy a hacerte daño.
Cuando el desconocido estuvo tan cerca como para escucharle con claridad, Bastian lo reconoció, y no había duda alguna, estaba seguro que se trataba de ese mismo chico que lo observó tan fijo desde el jardín aquella tarde. Ese mismo que despedía fuego de su mirada incitante, segura y casi calculadora. Él estaba ahí vestido como todos los de ese lugar, de negro absoluto como si siempre se estuviera de duelo, como si siempre se llorara a alguien. No pudo soportar la fuerza de aquellos ojos y esquivo la mirada.
—Te he visto correr horas, y confieso que se me hizo curioso que lo hicieras en tan tremenda oscuridad. ¿Qué pretendías? —preguntó el extraño esbozando una sonrisa.
—¿Es evidente, no? Quiero irme de aquí.
—Como todos nosotros; pero tus razones son muy diferente y tienes mucho miedo a algo que aún no pasa.
El extraño llevaba en su mano una lámpara apagada, al parecer muy antigua, que seguro funcionaba con algún combustible, y que hacía juego con todo lo de ese sitio. El chico la encendió poco a poco y con paciencia, cuando alumbró lo necesario, la levantó casi justo al lado de su rostro y, ahí Bastian, lo vio con claridad. Su mirada era igual de profunda y segura, desafiante. Parecía que en ese momento aquel chico no solo lo veía, si no que le inspeccionaba el alma fisura por fisura. No pudo determinar bien el color de sus ojos, quizás castaños quizás un poco como los de Louis. Su rostro perfecto, sus labios pálidos y húmedos, su cabello cobrizo que caía cubriendo parte de su frente. Bastian dejó por instantes de sentir terror, él no transmitía eso, él parecía de aquellos que todo lo sabían y que todo lo podían.
—Si gustas puedo acompañarte a buscar, pero creo que el resultado será el mismo. ¿Tan terrible es para ti estar con nosotros? Danos una oportunidad de odiarnos con motivos, Bastian.
—¿Cómo sabes mi nombre? —Preguntó alterado.
—Por favor, todos sabemos ya tu nombre. Eres nuestra novedad. —El chico sonrió y Bastian sintió que ese gesto no le disgustaba. Se recostó luego a un árbol mirando al cielo, sin soltar la lámpara un segundo. —Bastian en este mismo momento, en este mismo instante fuera de aquí, hay miles de personas amándose, odiándose, jugando y riendo, otras más llorando, quizás cenando, otras más gozando del día, o refugiándose en la noche para hacer daño o para acariciarse sin detenerse. Todos están donde deben estar. Es como si estuviese escrito en un libro todo a capricho del autor. Tú y yo teníamos que estar acá, esta noche, en este momento suspendido, tal vez, por mucho tiempo. No fue tu libre albedrío venir, pero quizás puedas usar la libertad que te queda para compartir con nosotros, o puedes usarla para encerrarte en tu habitación y no salir ya nunca más. Respetaremos lo que decidas. Sin embargo, entiende, por favor, que tu miedo a estar acá lo vas a replicar en cualquier otro sitio que no se acomode a tu diminuto y perfecto universo. Ya te lo dije, danos la oportunidad de odiarnos un poco más.
Bastian bajó la mirada. Él tenía razón. Antes de huir, debía entender muy bien de qué lo hacía.
***
Fin capítulo 4
IXX Elis caminaba de puntillas, mientras dirigía a ese que le había descubierto en su misión de robar pan. Llegaron a una parte muy alejada de la mansión, más allá de las habitaciones, los salones y los cuartos de trebejos. Un lugar muy apartado donde casi nadie iba, más por el susto de encontrarse un bicho enorme, o de ver los huesos de algún desafortunado que haya vivido ahí, y no hubiese tenido forma de salir. Esa edificación, se decía, escondía muchos secreto. Por fin la caminata los llevó a unas escaleras viejas, en la cima ya de estas había un estrecho corredor y luego otras elegantes escalinatas en madera que llevaban a lo que parecía un ático. Ese era el sitio al que por fin le dirigía Elis, algo exagerado el tener que caminar tan lejos para comer pan. Sebastián lo miró mientras el chico se acomodaba en una enorme ventana circular por donde se filtraba la luna. Al parecer le gustaba mucho esa ubicación en particular. No se podía estar de pie en en esa habitación, así que gat
XVIII La alarma muy escandalosa empezó a resonar por todo el internado, era hora de abrir los ojos para comenzar el día, uno normal, aburrido y sin mayores expectativas, más que las de sobrevivir y llegar a la cama en la tarde, otra vez. Mientras todos entraban y salían del baño, él no parecía querer despertar para ir a las clases. Con la delicadeza de una enorme roca en pendiente, una almohada le cayó en el rostro, dándole el susto de su vida, tanto así que saltó de la cama de forma estrepitosa. —¿Pero es que te volviste loco? ¡Me hubieras podido matar de un maldito susto! —reclamó el recién levantado tomándose la espalda, había dolido en verdad la caída. —Mira, Sebastián, no me importa que anoche te hayas ido de juerga con tus amiguitos, ahora tienes responsabilidades y debes cumplirlas, o serás expulsado, así de fácil. El supervisor de piso, que era otro estudiante tan joven como él, dio la vuelta y salió de la habitación que compartía el bello durmiente con otros tres compañer
XVII Sin saber aún que hora de la madrugada era, los amantes dormían abrazados, cubiertos por sus gabanes como una manera de retener el frío. Seguían desnudos, la ropa estaba demasiado mojada, y así seguiría un buen tiempo. Fausto abrió los ojos primero, ya afuera de la cueva no se escuchaba el sonido de la lluvia, ni las luces de los relámpagos con sus ruidos aterradores. Supo que era momento de salir de ahí, a un lugar más cómodo para dormir y evitar enfermar. Al mover un poco su cabeza, se encontró con ese cabello tan negro, que ahora amaba. Lo acarició un poco con la intención de despertarlo y pareció funcionar, el muchacho perezoso empezó a estirarse, pero al dejar un brazo al descubierto lo cubrió de inmediato y se aferró más al cuerpo del Fausto. Este se alegró mucho, sin embargo, debió insistir en que despertara, era ya la hora, el fuego estaba casi extinto y no deseaba un resfriado. —Por favor, abre un poco tus ojos, nos pondremos la ropa que se pueda e iremos a descansar.
XVIBastian había salido corriendo al llamado silencioso de Fausto. Ese brillo en sus ojos cuando la luz de aquella lámpara alumbró su rostro, fue todo lo que necesitó para saber que le había lanzado una cuerda y de esta halaba con fuerza. El muchacho anduvo todo lo que sus piernas pudieron, pero el otro parecía haber desaparecido. Todo fue peor, cuando empezaron a caer gotas que se hacían más fuertes cada segundo. Venía entonces una tormenta.—Ah, maldita sea… —murmuró Bastian fastidiado con aquella situación. Creía que su día iba a terminar mejor que como empezó, y tendría la oportunidad de verse con Fausto, sin peleas de por medio que ni siquiera eran suyas. Se quedó un rato inmóvil, sin embargó, la lluvia arreció a tal punto que no podía ver con claridad a dónde ir para buscar algo de refugio. El ruido de los truenos estaba cada vez más aterrador. Bastian caminaba sin sentido, ya estaba empapado de pies a cabeza y algo asustado, en uno de esos estruendos del cielo tuvo que recoger
XV Bastian estaba luchando por encajar y lograr ganarse la confianza de esos chicos, que a su vez, se encontraban desesperados por acercarse a él. La primera gran interacción se dio en el pequeño curso de dibujo, al que solo asistió el primer día Francis y Antonio, luego unos más curiosos, y después ya no había espacio en aquel salón. Todos aún le temían mucho al de ojos grises, pero él los desarmaba con su sonrisa y calidez. Bastian, se estaba convirtiendo en ese amigo que hubieran querido conocer fuera de ese sitio, el aire fresco que afuera, las cosas no era tan horribles si había seres humanos como él. Francis siempre estaba a su lado, siempre apoyándolo, cosa que solo hacía que los celos de Fausto, muy infundados, aumentaran y lo desencajaran, porque era un hombre al que apreciaba en lo más profundo. Pero con Bastian, no podía controlar bien esos sentimientos que crecían en oleadas. Sus encuentros, se estaban convirtiendo en apasionados besos furtivos, como si en verdad en ese s
XIV Quien más estaba disfrutado del juego del gato y el ratón era Fausto. Le hacía una gracia enorme ver cómo Bastian hacía lo posible para rehuirlo, jugando él también, sorprendiéndolo en sitios que el de cabellos de noche no se esperaba y ver cómo se aferraba con angustia a Francis para que lo sacara de aquellos sitios donde ese de cabellos cobrizos llegaba como un relámpago. Bastian, en cambio, ya estaba fastidiado con la situación, tenía que enfrentar a Fausto, esa noche todos estaban alterados y ese beso fue producto de todo aquello. Pero ahí radicaba el problema. Ni para Fausto ni para el asustado recién llegado, aquello había sido producto de la exaltación. No obstante, si Bastian seguía escondiéndose, no podrían llegar a tener ambos una conversación seria, pero Fausto no forzaría nada, no deseaba que pensara que solo por ser el nuevo, sentía cosas por él. —Bueno, Bastian, te prometí que tendrías un lugar en el que podrías dibujar y enseñar a los chicos, ya te lo conseguí. Es







