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Capítulo 31. Sangre caliente caribeña

last update Data de publicação: 2023-01-08 06:53:57

   — ¡Esto es el colmo! gritó Anabella ya incapaz de contenerse…

   —Anabella —advirtió John en voz baja y ella se sentó, pero continuó hablando.

   —Es que es inaudito, primero Mark me demanda custodia y ahora sus padres también —Anabella respiraba de forma agitada y es que hace un esfuerzo para no bufar como un toro.

   —Mark Nixon fue contrademandado esta mañana, me parece que esta cita está un poco fuera de lugar, ya que quien quiere paz no amanece disparando —acotó Irina.

   —Mark, acaba con esto, te lo suplico —imploró Anabella inclinada en la mesa mirando al hombre que era su luz y que pensó amar para toda la vida y en este momento odia con la misma intensidad.

   —Pienso que Lizzie estará mejor con mis padres que contigo — pronunció Mark por primera vez participando en la reunión.

   —Por supuesto nuestra intención es el bienestar de la niña —puntualizó Irina—, así que ofrezco que la niña esté con sus abuelos y que la madre la tenga fines de semana y vacaciones.

   John se levantó antes de que Anabella brincara por encima de la mesa en contra de Irina y Mark.

   —Nos vemos en el juicio abogada.

   —John —lo llamó Irina—, en cuanto a la contrademanda por manutención.

   John se echó a reír irónico.

   —No quiero reunión, no demorarás el juicio solo para torturar a mi clienta, nos vemos en la corte, esto se acabó.

   John tomó a Anabella por el codo y afirmó su agarre para que ella caminara.

   —Oliver no regresaré en la tarde, quedas al frente.

   —Sí señor…

   John tomó el bolso de Anabella y se lo entregó y siguió con ella directo hasta su vehículo, no quería que se consiguiera con Mark e Irina, ella estaba demasiado furiosa. Anabella en el puesto de copiloto no hablaba, tampoco lloraba, estaba ensimismada con el ceño fruncido.

   —Sé que en tu mente repites todo lo que ocurrió y quisieras regresar en el tiempo y haber dicho cosas que no pudiste o que no se te ocurrieron en el momento. Bienvenida a mi mundo, siento eso muy a menudo, lo mejor es que lo dejes pasar.

   — ¿Por qué no me defendiste? —cuestionó Anabella y John se orilló en la vía de servicio y encendió las luces de servicio para prestarle toda su atención.

   Anabella, te aclaré que en esa reunión no mostraría mis garras, te dije que era solo para mostrar buena fe, que Irina buscaría provocarte y que la atacaras, y casi lo logra.

   — ¡A esa bruja yo le arrancaré las garras y a Mark las pelotas que no tiene! —vociferó Anabella llena de rabia.

   —En definitiva Irina supo encontrar tu punto débil; eres un polvorín. Tienes la sangre caliente caribeña —murmuró John. 

   —Y tú tan frío y desapasionado, metódico e indescifrable como los ingleses —espetó Anabella furiosa—. Esto para mí es lo más importante en la vida, yo no sé de estrategias, solo sé que Irina torció y tergiversó los hechos.

   —Hizo su trabajo —objetó John calmado.

   — ¡¿Su trabajo es arruinarme la vida?! —Chilló Anabella— ¿Qué le hice yo a esa mujer para que me odie tanto?

   John la vio tan afligida y con el mentón temblando y la atrajo a sus brazos, no pudo decirle que para Irina todo era una revancha, ahora a él la competición por el puesto de socio mayoritario le parecía algo infantil y estúpido, quiso disculparse, aunque no fuera directamente culpable, pero un nudo en la garganta le impidió acusarse a sí mismo. No quería dejar de ser el hombro en el que Anabella busca consuelo.

   —Ella es solo maldad pura, pero no me ganará, pero basta de darle motivos para atacarte.

   Anabella se separó de él.

   —Yo no he hecho nada, John…

   —Y las acusaciones que te hizo Irina, ¿amenazaste con matar a Mark delante de muchas personas?

   Anabella desvió la mirada.

   —No me enorgullezco de mi comportamiento, pero lo volvería hacer. Mark me sacó de mis casillas; me dijo que él podría tratar de controlar a Irina si yo lo hacía feliz a él, como se le ocurre utilizar el bienestar de mi hija como moneda de cambio, para que yo me convierta en su amante cuando él creía que yo…

   Anabella paró, estaba tan molesta que se desahogaba, pero John no era para nada la persona más idónea para escuchar sus complejos por ser una mujer frígida, ya demasiado sabía él.

   John tomó su cara y la hizo mirarlo.

   —Anabella, no se trata de lo que sea la verdad, ni siquiera de cómo se vea, se trata de lo plausible ¿recuerdas?

   —Los padres de Mark han querido que yo les dé a mi hija desde que estuvieron seguros era su nieta porque se parece a Mark, creyeron que podían comprarme y como no les resultó ahora me atacan utilizando a Irina Wells. 

   —Hay quienes piensan que el dinero les da el derecho a comprar a las personas.

   Anabella torció el gesto.

   —Es el mal de los millonarios —Anabella desvió la mirada y se quedó mirando por su ventana.

   —Anabella, yo no soy así —contestó John sintiéndose ofendido e incluso atacado.

   — ¿A no?, ¿Cómo le llamas a firmar un contrato con una mujer para que compartan íntimamente?

   —Un acuerdo consensuado entre dos partes que se vinculan y desvinculan por mutuo acuerdo.

   —Quisiera ver que no le dieras una compensación a esas mujeres, a ver cómo reaccionarían en el momento que te aburres —expresó Anabella con ironía.

   Y John se echó atrás en su asiento y la observó con las cejas alzadas.

   — ¿Insinúas que solo puedo conseguir una mujer por la remuneración monetaria?, bueno puede que a ti no te tiente lo suficiente, pero déjame decirte que no es la regla general, que no tengo problemas para encontrar atención femenina…

   —No lo dudo —espetó Anabella aun furiosa—, pues ve con ellas, no sea que se te escape alguna y se pierda de todas las lecciones que puedas darle.

   John cerró los ojos un instante y movió la cabeza como ajustando sus ideas.

   —Yo soy un hombre ecuánime, tanto que me apodaron corazón de hielo, porque nadie podía ver que una emoción me perturbara, pero al parecer tu calentura me derrite, pero no voy a discutir contigo, me lo he propuesto para poder ayudarte.

   Anabella mordió sus labios y sus ojos se anegaron aún más y lo miró negando con la cabeza con una expresión de puro pánico.

   —No te das cuenta que me da pavor estar en los zapatos de la chica a la que dirás: hoy término contigo, porque me interesa otra mujer, toma una compensación y mis mejores deseos.

   John la observó en silencio.

   —No puede ser peor que conseguir a tu esposo con otra mujer desnuda en tu propia casa —comentó con algo de ironía.

   Anabella sonrió y puso una mano en sus ojos.

   — ¿Acaso encontraré la manera de ganarte una discusión?

   —Concentrémonos en ganar ambos —susurró John.

   Anabella lo observó con detenimiento.

   —Yo no he tenido muchas relaciones, un par de novios importantes y me casé con uno de ellos, no sé cómo es salir ganando, pero un fajo de dinero y un gracias por tu servicio no es lo mío.

   John suspiró.

   —Vamos a almorzar.

   —No tengo hambre.

   — ¿Quieres ir con Lizzie?

   Ella está en casa de Viviana, nos quedaremos allí a partir de hoy hasta año nuevo, no quiero que me vea así, volvamos a trabajar —dijo Anabella elevando un hombro.

   —Bueno, son días festivos, no creo que tu jefe se moleste si no regresas a la oficina.

   — ¿Y tu jefa?

   —No le digas a nadie, pero soy el consentido de mi jefa.

   Anabella se echó a reír.

   John volvió a la carretera y condujo en silencio, igual Anabella se abrazaba a sí misma y no hacía falta que dijera nada para saber que estaba preocupada.

   Anabella prestó atención cuando entraron a un estacionamiento subterráneo, John estacionó su auto y ambos bajaron, el pitido de un ascensor sonó y un par de niños y un perro salieron acompañados de sus padres, esto era un edificio de viviendas.

   — ¿A dónde vinimos?

   John dejó salir el aliento y la miró mientras le ofrecía la mano.

   —A mi casa…

   Anabella dejó de caminar.

   —Espera un momento, ¿me trajiste al lugar que pensabas que compartiría contigo al aceptar el contrato? John, entiende de una vez que no me interesa ese bendito contrato —exclamó Anabella mostrando el mal humor que no se le quita.

   —Dios bendito, Anabella, eres imposible…

   —Tú eres imposible, seguro pensaste: “cuando vea el hermoso departamento que le dejaría utilizar y la bese y la vuelva loca con mis caricias caerá redondita” —expresó Anabella elevando el pecho e imitando la manera de hablar de John.

   John mordió sus labios y rascó su nuca.

   — ¿Así de atroz es mi acento? y yo que creí que me daba una aire a lo James Bond —inquirió John mirándola con las manos en los bolsillos.

   A Anabella casi se le sale una sonrisa.

   —Pues no me interesa ser la amante de James Bond.

   —Todas las mujeres sueñan con ser la amante de un temible y valiente espía.

   —Pues yo no, así que no entraré a tu guarida de perversiones por dónde han pasado incontables mujeres que hoy en día ni siquiera tienen un rostro en tu memoria.

   Anabella cruzó sus brazos en el pecho.

   —Señorita Anabella, la traje a mi casa, a mi santuario, mi antro de perversiones es otro, solo quiero tener tiempo para que hagamos un plan de acción y mi casa me pareció un buen lugar, aquí no he traído a ninguna mujer.

   — ¿Es en serio? —preguntó Anabella en voz baja achicando los ojos.

   —Tienes razón, tú y tu drama perturbarán la paz de mi casa —John dio dos pasos hacía el vehículo.

   — ¡No!, si aquí no has traído a tus amantes, sí quiero entrar.

   John puso los ojos en blanco, cuando Anabella le tomó la mano y caminó dispuesta hacia los ascensores ahora arrastrándolo a él.

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