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Capítulo 32. Raíces humildes

last update Petsa ng paglalathala: 2023-01-08 07:00:39

   John presionó el botón del Penthouse, en cuanto llegaron una señora con un moño severo con canas se sorprendió al verlos.

   —Señor John, que raro que usted esté de vuelta tan temprano.

   John se acercó a ella y le dio un beso en la frente, eso impresionó a Anabella que de inmediato sonrió, la anciana la observó y también sonrió.

   —Son días festivos después de todo nana —expuso John elevando los hombros.

   —Buenas tardes —saludó Anabella.

   —Ella es una amiga— dijo señalando a Anabella.

   —Mucho gusto señora, mi nombre es Anabella.

   La doña vio la palma de la linda joven extendida y por un momento se quedó perpleja, pero se recuperó rápido y le dio la mano a Anabella que seguía sonriendo.

   —Mucho gusto, Paula —contestó la doña en voz baja y aún sorprendida porque las pocas novias de John que conoció antes no eran tan amenas, porque aunque John la ama ella es parte del servicio. 

   —En realidad soy secretaria del señor John.

   —Y mi clienta, pero en general es mi amiga —dijo John quitándose el saco y colocándolo en el espaldar de una silla en la barra del mesón frente a la cocina, fue a la nevera y se sirvió un vaso de agua.

   La doña los miraba a ambos como quién observa un atractivo espécimen de circo en una feria, solo le faltaba tener la boca abierta.

   — ¿Están trabajando entonces? —indagó la anciana.

   —Más o menos, más bien saqué a Anabella del bufete antes de que le arrancara la piel a Irina.

   La doña abrió los ojos como platos.

   —No concibo que una chica tan dulce como ella pueda hacer semejante cosa.

   —Es que esa mujer es una víbora ponzoñosa y… —respondió Anabella con rabia y entonces cerró la boca de forma abrupta—, ¡uy!, perdón, olvidé que Irina Wells es prima de John.

   —Adelante, insúltala —indicó John ahora mordiendo una manzana, se veía muy cómodo, claro, estaba en su hogar.

   —Es que esa mujer es el demonio, y me perdona si la conoce y le cae bien señora…

   —La señorita Irina no es fácil de querer, en realidad es una criatura que terminará sola si no aprende a dar valor a lo que realmente es importante en la vida —reflexionó Paula y observó a John—, es lo que siempre le repito a John.

   Ahora fue la anciana la que se puso muy roja por tutearlo delante de la visita.

   —No te preocupes, delante de Anabella puedes tratarme sin el tratamiento formal, no es nada, ni le doy importancia.

   —Es que John es como otro de mis hijos, lo he cuidado desde que era un bebé —contestó Paula—, fui su niñera, después ama de llaves de casa de sus padres y finalmente lo vine a cuidar cuando se mudó, vengo de lunes a viernes medio día.

   Anabella sonrió.

   —Debe saber muchas cosas de él entonces —dijo como quién dice una confidencia, pero en voz alta para que todos entendieran que bromeaba, Paula se echó a reír.

   —Así es, pero respeto la confidencialidad nana-cliente.

   —La he entrenado bien —objetó John riendo.

   —Bueno les prepararé el almuerzo —acotó Paula y de nuevo se sorprendió cuando Anabella puso su cartera en el mesón y se acercó a ella.

   — ¿En qué la ayudo?

   —No señorita, usted es invitada del señor de la casa.

   —Señora Paula, si supiera el día que he tenido hoy no me negaría la posibilidad de distraerme preparando un almuerzo —manifestó Anabella con solemnidad.

   —De que parte de Latinoamérica son tus raíces muchacha —preguntó Paula.

   —Mis padres son venezolanos, aunque muy diferentes y no conozco el país, pero sé las recetas.

   —Ah, yo soy de Puerto Rico, pero a John no le gusta que sea creativa con la comida, él es muy exigente con él mismo y siempre come dizque sano y balanceado.

   —No la deja cocinar comida latina, pero no sabe lo que se pierde.

   —Lo mismo le digo…

   Anabella parloteaba con Paula como si se conocieran de toda la vida, John al ver que estaba excluido de la conversación las dejó solas.

   «Qué fue lo que hice» Fue el pensamiento de John al entrar a su oficina en casa, pero no podía evitar sonreír cuando escuchaba la risa escandalosa de ambas mujeres.

   En cuanto el almuerzo estuvo listo Anabella no permitió que Paula se fuera, se sentaron los tres a comer. Paula le contó de sus nietos y que sus hijos la pasarían con ella en año nuevo, Anabella le contó de Lizzie. En cuanto terminaron de comer Paula iba a levantar la mesa.

   —Deje eso Señora Paula, yo lavo los trastes.

   —Señorita Anabella este es mi trabajo, usted no debe...

   —No, usted ya terminó su trabajo, no le permito que haga más nada.

   Paula sonrió y miró a John con una súplica muda, él se hizo el desentendido, su nana también se pondría en plan casamentero, pues conforme con su suerte ya que él mismo se lo buscó le tocó hacerse el tonto.

   —Está bien, pero para la próxima me dices si vas a venir para hacerte una comida especial.

   — ¿Y no me va a dejar ver cómo la prepara?, ni se le ocurra.

   Paula le dio un beso a John en la cabeza.

   —Me iré porque hoy llegan mis hijos y estoy loca por ver a mis nietos, Anabella, quedamos pendientes para conocer a Lizzie.

   Paula le dio un beso en la mejilla a Anabella y salió del departamento.

   Anabella se levantó y recogió parte de la vajilla.

   —Ayúdame a traer lo demás.

   John unió sus cejas y la vio ir al fregadero.

   — ¿Pretendes que yo lave trastes?

   Anabella se echó a reír.

   —No se te caerán las manos por hacerlo alguna vez.

   —No dejaste que mi nana lo hiciera para ponerme a mí.

   John llevó el resto de los platos, tomó el paño y empezó a secar lo que lavaba Anabella.

   —Sospecho que no es la primera vez que haces esto.

   —Claro que no, no soy un consentido, ¿quién crees que lava los trastes de la cena?

   —No eres de esas personas que dejan los platos de la noche para que en la mañana los lave el servicio.

   — ¡No!, yo detesto el desorden, si dejo platos sucios pronto tendré ratones y cucarachas.

   Anabella sonrió y se quedó callada un minuto.

   —Cuando empecé a estudiar medicina no conseguí lugar ni fraternidad para quedarme, tampoco quería dejar a mi madre y estaba enamorada del hijo mayor de los patrones, mi madre y yo éramos servicio en la casa de Mark, yo muy seguido regresaba a medianoche a casa y siempre habían trastes en la cocina, mi madre se encargaba del resto y no le quedaba tiempo, para los Nixon el único esfuerzo posible era levantar el vaso a su boca.

   —Mark te ayudaba a lavar trastes —completó John y Anabella lo miró con ojos tristes.

   —No, él se quedaba sentado en una silla mirándome y contándome las estupideces que hacía durante el día porque ni siquiera quiso ir a la universidad, yo justificaba su comportamiento, aun cuando sabía que era un sinvergüenza —John se concentró en el plato en sus manos y continuó en silencio—. Se lo que piensas, también sé que fui una idiota, pero no puedo arrepentirme, porque tengo a Lizzie y ella es mi mayor tesoro en el mundo; los Nixon no saben amar, Lizzie sufriría con ellos y yo simplemente moriría de pena.

   — ¿Cómo se casaron?, huyeron a Las Vegas, supongo.

   —Claro que huimos a Las Vegas, ¿y de qué otra manera podríamos complicar nuestra vida?, pues espera, nos casamos y no le dijimos a nadie. Mark me pedía tiempo para ablandar a su padre y mi madre ni siquiera sabía que yo era su novia, mucho menos que estaba casada, eso me detenía, mi madre tiene fuertes conceptos sobre los millonarios como pareja.

   —Mark le dijo a su padre y le dio la espalda.

   Anabella rio con ironía.

   —Peor, comencé a vomitar y a sentir que me moría día con día, me llevaron al médico y pues estaba embarazada, mi madre casi se muere cuando le dije que Mark era el padre, pero que todo estaba bien, porque él era mi esposo —Anabella negó con la cabeza—. Era una niña tonta, bruta, que veía el mundo color de rosa y que creía que con mucha fuerza de voluntad y amor todo era posible.

   —Fuiste bastante imprudente al no prevenir quedar embarazada en esas condiciones.

   —Fui imprudente al creerle a Mark —aseveró Anabella—, yo no quería un hijo en ese momento, apenas empezaba a estudiar, Mark me prometía que su padre le daría un negocio de importaciones, Mark decía protegerse, pero luego entendí que él lo planeó.

   — ¡¿Qué?! Él planeó que quedarás embarazada.

   Anabella afirmó con la cabeza.

   —Mi madre parecía una fiera y contó todo a los padres de Mark, estos de inmediato me acusaron de trepadora, manipuladora y ramera, que solo quería acomodar mi vida y que Mark no era el padre de la criatura. Mark fue con su padre y yo me sentí muy orgullosa de él, pero al siguiente día todos estábamos en la calle.

   —Mi madre consiguió empleo en la fábrica donde aún hoy en día trabaja, la patrona es muy buena y le consiguió el arriendo de la casita de ella, Mark vendió las prendas que tenía encima y alquilamos el departamento donde vivo, Mark consiguió varios trabajos dónde no duraba; él no sabía trabajar, hasta que uno de sus amigos parranderos le consiguió trabajo como chofer de limusinas de fiesta, allí las cosas se encaminaron yo daba clases particulares a unas niñas y regaron la voz, por supuesto Viviana siempre ha sido mi hermana y me ayudaba como podía, sus padres aún vivían y ella igual que yo era muy joven. Cuando Lizzie tuvo un año de nacida, un día Mark dijo que daría un paseo con ella, se la llevó a sus padres y yo no supe, hasta días después que encontré a Jack Nixon en la universidad, me ofrecía dinero a cambio de divorciarme de su hijo y renunciar a mi hija.

   —Lo mandaste al diablo.

   —De manera tajante y a mi estilo muy caribeño, a todo pulmón.

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