LOGINEl coño de Claire era lo único que la mantenía a flote durante la semana.
Esa era la jodida verdad que no podía admitirle a nadie. Ni a su terapeuta, ni a su grupo de chat, y definitivamente no al barista que había empezado a mirarla con preocupación cuando pedía su tercer espresso antes del mediodía. Su cuerpo funcionaba con residuales: cuatro horas de sueño por noche y el constante, abrasador dolor entre sus muslos que ninguna ducha fría podía matar.
Porque cada vez que cerraba los ojos, lo veía a él.
Jake. Empapado en sudor y sin vergüenza, las caderas golpeando, esa sonrisa de lado que se le había grabado en la retina.
Había intentado ser buena. Borró su número del teléfono, tomaba el camino largo al baño para evitar pasar por su puerta cerrada, usaba auriculares constantemente para bloquear los sonidos de él viviendo. Duchándose, cocinando, follándose a otras mujeres en su apartamento mientras ella fingía dormir. Pero su cuerpo no le importaba su moral.
Su cuerpo lo quería a él.
Fue un jueves cuando se quebró. Siete días de tortura, de despertarse con los dedos ya entre las piernas, de tener que cambiarse la ropa interior dos veces antes del almuerzo porque se había empapado pensando en cosas que no debería. Estaba sentada en su cubículo, mirando una hoja de cálculo que no podía leer, el clítoris latiéndole al ritmo de su corazón, cuando se dio cuenta de que lo iba a hacer.
Iba a buscar sus videos.
No solo el recuerdo. La cosa real. El audio lo bastante nítido como para oír cada palabra asquerosa que susurraba.
Claire esperó hasta que Jake salió a una “filmación en locación”, la bolsa de la cámara colgada del hombro, esa misma sonrisa torcida lanzada hacia ella como una granada. —No me esperes despierta, hermanastra. —Entonces se quedó sola. El apartamento era suyo. Su portátil estaba abierto. Las manos le temblaban.
Ni siquiera sabía su nombre de usuario. Solo escribió “amateur male p**n confident abs” como si eso fuera a funcionar, como si el algoritmo supiera exactamente a quién buscaba, exactamente lo que necesitaba.
Lo hizo.
JakeTheSnakeXXX. 2.4 millones de suscriptores.
La boca de Claire se secó. El corazón le golpeaba contra las costillas. Debería cerrar la pestaña. Debería tirar el portátil por la ventana. Debería hacer literalmente cualquier cosa menos hacer clic en la subida más reciente. Blonde Bombshell Gets Ruined in 4K. Subido hace tres días, la miniatura mostrando exactamente lo que había presenciado, exactamente lo que había estado fantaseando, la cara de Jake medio en sombra, la boca abierta de placer.
Hizo clic. El video cargó.
Un video se convirtió en tres. Tres se convirtieron en diez. Se hundió en un agujero de conejo del catálogo de Jake, cada subida más explícita que la anterior, cada una mostrándolo en un apartamento diferente, en una ciudad diferente, con una mujer diferente arqueándose, suplicando y deshaciéndose bajo sus manos. Tenía un sistema. Siempre empezaba lento, con masajes, preguntas susurradas, haciéndolas esperar hasta que estuvieran goteando y desesperadas. Luego cambiaba el interruptor, volviéndose despiadado, embistiéndolas contra el colchón con una resistencia que hacía que los muslos de Claire se apretaran involuntariamente.
Hablaba. Esa era la peor parte. La mejor parte. No solo gruñía como otros tipos en el porno. Daba instrucciones, elogios, observaciones asquerosas con esa misma voz grave que había oído a través de la pared de su habitación.
—Me estás empapando los dedos. Joder, qué golosa.
—Mírame mientras te corres. Los ojos en los míos.
—Buena chica. Así. Tómalo.
Claire lo estaba tomando. Lo estaba tomando todo, la mano dentro de los pantalones antes de que siquiera se diera cuenta de que se había movido, los dedos rodeando su clítoris al mismo ritmo que la mujer en la pantalla, las caderas levantándose de la cama, persiguiendo la fricción que se había negado durante meses. Se corrió tan fuerte que vio estrellas, mordiendo la almohada para ahogar el grito, el coño contrayéndose alrededor de nada mientras Jake se corría sobre las tetas de una extraña en la pantalla de su portátil.
Luego lo hizo otra vez.
Y otra vez.
Se convirtió en su ritual. Su adicción. Su pequeño y sucio secreto que se sentía cada vez menos como un secreto y más como una posesión. Jake apoderándose de ella desde el otro lado del apartamento, desde internet, sin siquiera saberlo. Aprendió su horario, sabía cuándo estaría fuera con “talento”, sincronizaba su placer con su calendario de subidas como una adicta esperando su dosis.
Compró juguetes. Primero un vibrador de bala, luego algo más grande, más grueso, curvado para golpear el punto que nunca lograba encontrar sola. Aprendió los ángulos que la hacían gritar, la presión que le hacía enroscar los dedos de los pies, el momento exacto de presionar fuerte contra su clítoris para que el orgasmo la atravesara como una ola.
Lloraba cada vez. No de tristeza. De la intensidad, de la liberación, del puto alivio de finalmente sentir algo después de años de entumecimiento corporativo. Lágrimas corriendo por su cara, el coño hinchado y sensible, los dedos agarrotados, se corría con los videos de Jake y luego empezaba de inmediato otra vez, persiguiendo el siguiente subidón.
Esta noche era peor que de costumbre.
Claire había pasado el día en reuniones con Richard, sus ojos trepándole por el cuerpo como si fuera un plato del menú, sus toques “accidentales” cada vez más atrevidos, sus insinuaciones sobre el ascenso cada vez menos sutiles. Para cuando llegó a casa tambaleándose, era un cable vivo de frustración. Ni siquiera comió. Simplemente se desnudó en el segundo en que cerró la puerta con llave, se tiró en la cama y abrió el portátil.
La última subida de Jake: Shy Girl Gets Broken In. La ironía no se le escapó.
Abrió las piernas de par en par, el aire fresco golpeando su coño empapado e hinchado, y le dio a play. Jake estaba diferente en este. Más paciente, trabajando a una morena que parecía realmente tímida o realmente estar experimentando esto por primera vez. Se tomó su tiempo. Le besó los muslos. Sopló sobre su clítoris hasta que temblaba. Luego miró directamente a la cámara y la lamió de abajo arriba, lento y asqueroso.
La espalda de Claire se arqueó sobre la cama. Sus dedos encontraron su clítoris, rodeándolo, presionando, igualando el ritmo de la lengua de Jake en la pantalla. Ya estaba tan cerca, todo el cuerpo vibrándole, la respiración saliendo en jadeos entrecortados. La morena gemía, suplicaba, por favor, por favor, me voy a…
—Córrete para mí —ordenó Jake, su voz vibrando a través de los altavoces de Claire, a través de sus huesos, directo a su coño—. Déjame probarlo.
Claire estaba justo ahí. Justo al borde. Los dedos se movían más rápido, más fuerte, las caderas empujando contra su mano, las lágrimas ya picándole los ojos por la intensidad que se acumulaba en su vientre, los muslos temblando, la boca abierta en un grito silencioso…
La puerta de su habitación se abrió.
Los ojos de Claire se abrieron de golpe. Su mano se congeló.
Jake estaba en el umbral, la bolsa de la cámara todavía colgada del hombro, había vuelto temprano de la filmación, sus ojos fijos en su cuerpo desnudo y abierto, en sus dedos enterrados profundamente en su coño goteante e hinchado, en la pantalla del portátil donde su propia cara estaba pausada a mitad de una lamida.
El tiempo se detuvo.
Jake no se movió. Su mirada recorrió su cuerpo: el pecho agitado, los pezones erectos, los muslos temblorosos, la mano todavía presionada contra su clítoris, brillante con su excitación. Lo vio todo.
—Qué demonios… —susurró Claire.
La boca de Jake se abrió. Algo pasó por su cara. Shock, definitivamente, pero debajo, algo más oscuro. Más hambriento. Satisfecho.
—Yo… —empezó, la voz ronca, más grave de lo que nunca la había oído—. Joder. Lo siento. No sabía…
Retrocedió, las manos levantadas, pero sus ojos. Sus ojos no la dejaban. Bajaron otra vez a sus piernas abiertas, a la pantalla detrás de ella donde su propia cara estaba congelada en el acto de comer coño.
—Cancelaron la filmación —murmuró, como si eso explicara algo, como si eso lo hiciera mejor—. Volví temprano. No sabía que estabas…
Claire retiró la mano del coño como si estuviera en llamas, pero el daño ya estaba hecho. Él había visto.
—Sal —logró decir, las lágrimas desbordándose, la humillación quemándole como ácido—. Por favor, solo… sal.
Jake tropezó hacia atrás, golpeando el marco de la puerta, la cara una máscara de conflicto.
—Claire, yo…
—¡Vete!
Se fue. La puerta se cerró con un clic. Claire se desplomó de nuevo en la cama, temblando, sollozando, el orgasmo completamente destrozado pero el cuerpo todavía latiendo.
La respiración de Claire se entrecortó. Su mano volvió a bajar, encontrando otra vez su clítoris.
El pomo de la puerta giró.
La luz se sentía diferente por la mañana.Claire despertó con el gris filtrándose por las persianas que nunca se había molestado en abrir, el cuerpo pesado de esa forma deliciosa y sin huesos que solo venía de haber sido follada a fondo, sin piedad. El brazo de Jake era una marca al rojo vivo sobre su cintura. Apenas respiraba. Solo yacía ahí sintiendo los dolores. Los muslos, las caderas, el lugar tierno e hinchado entre las piernas que latía con un pulso sordo y satisfecho.La noche anterior había reconfigurado algo. La vergüenza que había cargado durante años, el peso secreto de su obsesión, se había quemado en el calor de su boca, de sus manos, de la forma en que la había mirado como si fuera lo único en el mundo que valía la pena tocar.Se sentía nueva.Jake se removió detrás de ella, el brazo apretándose, atrayéndola contra su pecho. Lo sintió duro contra su culo. La deseaba. Incluso inconsciente, su cuerpo sabía del de ella.—Hola —murmuró, la voz ronca de sueño. Sus labios enc
Claire se había puesto pantalones de chándal y una sudadera oversized, pero aún así se sentía desnuda. Su coño seguía hinchado, mojado, latiendo con el orgasmo que él había interrumpido. Miraba la puerta, el corazón golpeándole el pecho, sabiendo exactamente quién estaba al otro lado.—Claire. —La voz de Jake se oía apagada, ronca—. ¿Puedo entrar? ¿Por favor?—Sí —respondió ella. La voz se le quebró.La puerta se abrió lentamente. Jake estaba ahí, el cabello revuelto, los ojos oscuros. Parecía destrozado. Parecía hermoso.—Lo siento —dijo de inmediato, entrando y cerrando la puerta detrás de él—. Debería haber tocado. Debería haber… joder, no debería haber mirado. Debería haberme ido enseguida.—Para. —Claire levantó la mano. Los dedos todavía le pegaban. Se los metió en el bolsillo de la sudadera, las mejillas ardiéndole—. No tienes que disculparte. La jodida soy yo aquí. No tú.La expresión de Jake cambió. Cruzó la habitación en tres zancadas.—No estás jodida —dijo en voz baja. Su
El coño de Claire era lo único que la mantenía a flote durante la semana.Esa era la jodida verdad que no podía admitirle a nadie. Ni a su terapeuta, ni a su grupo de chat, y definitivamente no al barista que había empezado a mirarla con preocupación cuando pedía su tercer espresso antes del mediodía. Su cuerpo funcionaba con residuales: cuatro horas de sueño por noche y el constante, abrasador dolor entre sus muslos que ninguna ducha fría podía matar.Porque cada vez que cerraba los ojos, lo veía a él.Jake. Empapado en sudor y sin vergüenza, las caderas golpeando, esa sonrisa de lado que se le había grabado en la retina.Había intentado ser buena. Borró su número del teléfono, tomaba el camino largo al baño para evitar pasar por su puerta cerrada, usaba auriculares constantemente para bloquear los sonidos de él viviendo. Duchándose, cocinando, follándose a otras mujeres en su apartamento mientras ella fingía dormir. Pero su cuerpo no le importaba su moral.Su cuerpo lo quería a él.
La mano de Richard se había demorado en su muslo debajo de la mesa de conferencias, sus dedos rozando cerca de donde ella goteaba, su aliento caliente contra su oído susurrando sobre ascensos y acomodaciones, y su cuerpo la había traicionado por completo.Se había puesto más mojada. No por él. Nunca por ese cerdo hinchado y empapado en colonia, sino por la pura necesidad. Por ser tocada después de meses de hambruna. Sus pezones estaban duros contra la blusa, visibles si alguien se molestaba en mirar, frotándose contra la tela con cada respiración, enviando chispas hasta su coño vacío y contraído.Estaba hecha un desastre, un charco de deseo insatisfecho metido en ropa corporativa, y las luces del ascensor zumbaban como zumbaba su clítoris si alguna vez conseguía cinco minutos a solas.Claire Chen estaba a una respiración de gritar o de llorar. Honestamente no sabía cuál vendría primero. Probablemente llorar. Ya lo había hecho en el baño del piso diecisiete después de que la mano de Ri







