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Capítulo 4

ผู้เขียน: Victoria
last update วันที่เผยแพร่: 2026-09-20 14:31:46

Tío, ¿me vas a explicar qué cojones ha sido eso? —¿El qué? —me hice el desentendido. —Nicholas, no te hagas el tonto conmigo —protestó Diego—. Sabes que me refiero a todo ese rollo raro con la amiga de paola . Una sonrisa tiró de mis labios hacia arriba al recordar la conversación con la morena. —Yo creo que le he caído bien, ¿no crees? —inquirí con una sonrisilla. Diego alzó las cejas en un gesto incrédulo y se subió las gafas. —Bromeas, ¿verdad? A mí se me escapó la risa y me encogí de hombros mientras atravesábamos el parque de álamos que había antes de llegar a nuestro piso. —Hemos tenido una conversación interesante. —¿Interesante? Juan Matias, a paola casi le da algo con vuestra «conversación» —me recriminó—. Le hacía mucha ilusión que os conocierais. —Diego, tu novia es un encanto, de verdad, pero yo no tengo la culpa de no haberle caído bien a su mejor amiga. Diego me miró con suspicacia. —¿No será que ya os conocíais? Qué listo era el condenado. —Nah, no la había visto en mi vida —mentí descaradamente, soltando una risa. ¿Que por qué mentí? Pues la verdad es que ni yo lo sabía. A ver, ya nos habíamos hecho los desconocidos cuando paola nos presentó, ¿para qué admitir ahora que sí que nos conocíamos de antes? Suponía que a Sofia no le haría ninguna gracia, y lo cierto es que a mí tampoco me hacía sentir especialmente orgulloso la forma en la que nos habíamos conocido, justo después de que mi ex me dejara por uno de mis amigos y yo me fuera a una discoteca a emborracharme y liarme con cualquiera por despecho. Que no es que Diego no supiera ya que había hecho tal cosa, pero no tenía por qué saber que había sido con la mejor amiga de su novia. Seguro que sería raro para ellos saber que nosotros nos habíamos acostado una noche de fiesta. Diego me parecía poco convencido, pero decidió dejar el tema y seguir caminando en silencio rumbo a nuestro piso. Ambos éramos de la ciudad, pero como nuestras familias eran adineradas nos habían permitido alquilarnos un piso para vivir fuera de casa más cerca de donde estudiábamos, aunque yo estaba haciendo una carrera universitaria y Diego un grado superior habíamos conseguido encontrar un piso bien ubicado para ambos. —¿Y a qué se dedica la tal Sofia? —pregunté como quien no quiere la cosa, porque lo cierto que sentía gran curiosidad por ella. La morena había conseguido captar mi atención sin pretenderlo y sus ojazos no parecían querer salir de mi mente. Diego entrecerró los ojos en mi dirección. —Trabaja en un supermercado, ¿por qué preguntas? Me encogí de hombros con fingida indiferencia. —Simple curiosidad. —Mmm... —Diego no se lo había tragado ni de coña. —¿Y está soltera? —¡Juan Matias! —¿Qué pasa? —pregunté con sorna—. Joder, tío, la chavala está buenísima. —¿Qué te dije sobre ligar con ella, Nicholas Hamilton? —dijo mirándome mal, recolocándose sus gafas de nuevo. —No me dijiste que estaba tan buena.

Ni que ya había echado un polvo tremendo con ella. Claro que eso él tampoco lo sabía... 

—¡Juan Matias! 

—Ay, Diego, pareces mi padre. —Me reí, divertido ante su tono escandalizado—. Tranquilo, no va a pasar nada con ella. De todas formas, tampoco creo que quiera que volvamos a quedar los cuatro si le he parecido tan capullo como decía —dije divertido. 

—La chavala tiene buen ojo, desde luego —se mofó mi mejor amigo. 

—Venga ya, tampoco soy tan capullo —me defendí divertido. 

—Nooo, que va. Si tú eres un angelito —ironizó riéndose. 

—Ella tampoco parecía precisamente una santa —dije recordando cómo salió de aquel baño después de bajarse el vestido sin siquiera despedirse de mí, que todavía estaba con los pantalones a medio subir mirándola con cara de tonto. 

—¿Por qué lo dices? —inquirió Diego alzando una ceja. 

—Tío, que me ha llamado «capullo» y ni siquiera me conoce, joder —le recordé soltando una risa porque me hacía gracia el atrevimiento de aquella chica. 

Diego torció el gesto mientras rebuscaba en su bolsillo la llave del portal, pues ya habíamos llegado a nuestro edificio. 

—Vale, ahí llevas razón.  

Entramos en el edificio, saludamos al buen hombre del conserje, un señor en sus cincuenta, medio calvo y con una barriga cervecera, que siempre estaba dispuesto a cambiarte una bombilla fundida o a arreglarte un grifo, y llamamos al ascensor porque vivíamos en un quinto. Esperamos unos minutos y luego entramos en el amplio espacio, quedando de frente al espejo que había en su interior. Olía a friegasuelos porque siempre lo limpiaban a media tarde. 

—La verdad es que una tía bastante borde —comenté pulsando el botón correspondiente para que el ascensor subiera—. Se notaba que tenía cero ganas de estar ahí.  

—¿Tú crees? A mí me pareció maja cuando la conocí. 

—Diego, venga ya, a ti todo el mundo te parece majo —me mofé—. Además, me contaste que te amenazó. 

—Tampoco fue una amenaza, solo me dijo que ni se me ocurriera hacerle daño a su mejor amiga. A mí eso me parece algo normal. —Se encogió de hombros. 

—Sí, y que te ibas a acordar de ella como lo hicieras —le recordé con sorna—. Eso es una amenaza, tío. 

—Me sigue pareciendo maja, simplemente es una chica que no se anda con tonterías —opinó el bueno de mi amigo. 

—Me ha dado la impresión de que no se parece en nada a paola —dije mientras salíamos del ascensor. 

—¿Es que tú y yo nos parecemos en algo? —se mofó él. 

—Nuestras familias son ricas —contesté divertido. 

—Ya, y ahí se acaban nuestras similitudes. 

Los dos nos reímos y entramos en el piso una vez que abrió la puerta. Recorrimos los escasos metros que separaban la entrada de la puerta del amplio salón. El piso tenía un aire entre minimalista y pisito de soltero, con las paredes blancas y los muebles necesarios en tonos oscuros. También había una amplia cristalera por la que entraba la luz del día y desde la que se observaban las vistas de la ciudad. 

Me dejé caer en el largo sofá negro y Diego me regañó por poner los pies sobre la mesita de centro. 

—Joder, tío, eres una mezcla entre mi madre y mi padre —me quejé bajando los pies. 

—No jodas, Juan Matias, yo nunca te he comparado con tu hermano —se mofó. 

Solté una risa y tuve que darle la razón. 

—Vale, no te pareces tanto. 

Diego sonrió y se dejó caer a mi lado, cogiendo el mando de la tele para encenderla. 

—Estás muy enamorado de paola , ¿verdad? —comenté tras un rato en silencio, en el que se había dedicado a cambiar de canal sin encontrar nada interesante que ver. 

—Sí —admitió mientras sus mejillas se ponían coloradas. 

—No me puedo creer que tengas una novia formal —repliqué todavía incrédulo, pues no superaba que mi mejor amigo tuviera una novia en plan serio. 

—Ya, yo tampoco —admitió con una sonrisa de enamorado—. Por eso paola quería que os llevarais bien. Tenía la ilusión de que los cuatro formáramos un grupo de amigos. 

Solté una carcajada. 

—Ya, pues tendrá que discutirlo con su mejor amiga, porque está claro que no comparten esa ilusión. 

Noche apareció por el pasillo maullando y vino corriendo hasta subirse al sofá para acurrucarse en mi regazo. 

—Hola, preciosa —le dije acariciándole la cabecita, a lo que ella maulló de nuevo—. ¿Verdad que no me quieres solo porque te doy comida, cariño? 

—Miau —maulló frotando su cabecita contra mi camiseta, llenándomela de pelos negros que siempre sacaban de quicio a mi madre antes de que me mudara, pero lo cierto es que a mí me importaban entre poco y nada. Adoraba tanto a aquel animal que podría llenarme de pelos toda la ropa que poseía y a mí seguiría sin importarme. 

—Puede que no te conozca, pero no se ha equivocado con eso de que no te pega tener una gata —se mofó Diego. 

—Joder, ¿por qué no? Noche, ¿a qué ellos no saben nada? 

—Miauuu. —Y se tumbó boca arriba ronroneando para que le acariciara la tripa. 

—Esa es mi chica —la arrullé acariciándola. 

Mi amigo se rio y negó con la cabeza. 

—Desde luego que eres una caja de sorpresas, Juan Matias. 

Sorpresa la que se me venía a mí encima sin yo tener ni idea... 

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