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Capítulo 7

Autor: Victoria
last update Data de publicação: 2026-09-21 10:45:42

sofia —¿Me prometes que te vas a comportar? —¿Qué soy? ¿Un perro o un niño? —me mofé. —sofia, los perros y los niños no son tan bordes como tú. Solté una sonora carcajada y dejé sobre el lavabo el pintalabios rojo que acababa de usar. —De verdad que todavía no sé por qué te he vuelto a decir que sí —musité ceñuda. paola cerró el rímel y lo dejó junto a mi pintalabios, contemplándonos en el espejo que teníamos en frente con una sonrisa. —Venga, vamos, que ya estamos guapísimas —declaró con su habitual tono alegre, agarrándome de la mano para tirar de mí y sacarnos de mi baño. —Estoy muy cansada, Bell. Llevo de pie desde las seis de la mañana y he salido del trabajo hace menos de dos horas —le recordé, viéndome tentada a quitarme el maquillaje y meterme en la cama para no salir hasta mi próximo turno de trabajo. —¿Tú, negándote a salir un viernes por la noche? —paola me miró como si hubiera perdido la cabeza. —Me gusta salir solo contigo, Bell; no contigo, con tu novio y su estúpido mejor amigo —me quejé. —¡Venga ya, pero si Juan matias es encantador! —exclamó arrastrándome escaleras abajo hacia el salón para despedirnos de mi madre y abuela. —Qué guapas os habéis puesto, chicas —dijo mi madre asomándose por la puerta del salón al escucharnos bajar las escaleras. Mi abuela venía detrás de ella. —¡Esta noche vas a encontrar a un buen muchacho, ya verás, niña! —Me guiñó un ojo y a mí me entró la risa. —Con que tenga una buena... —¡sofia! —me interrumpió mi madre censurándome con la mirada—. ¿A dónde habéis quedado con esos chicos? —Diego vendrá a recogernos en... —«¡Pi, pi!». paola sonrió de oreja a oreja—. Justo ahora. Tiró de mí de nuevo, esta vez hacia la puerta, y yo crucé una mirada exasperada con mi madre y mi abuela, que se estaban riendo abiertamente de mi expresión de hastío. —No me gusta nada que les hayas dicho dónde vivo, Bell —me quejé mientras me arrastraba hacia la calle. paola arqueó una ceja con diversión. —sofia, son ricos: no van a venir a robarte. Puse los ojos en blanco y me dejé arrastrar hasta el ridículamente bonito coche de Diego, un BMW de un blanco inmaculado. Hice una mueca al ver que paola se dirigía al asiento de copiloto, por lo que me tocaba compartir el asiento trasero con Juan matias. —¡Pasadlo bien! —exclamó mi madre desde el umbral de la puerta junto a mi abuela, que sonreía con picardía. Vaya par de dos. Les encantaba verme fastidiada. Abrí una de las puertas de atrás, solté un seco «hola» y me acomodé en el asiento procurando dejar bastante espacio libre entre Juan matias y yo. —¿Qué tal, ojazos? —preguntó en voz baja inclinando su cabeza hacia mí, para dejarme claro que el comentario iba exclusivamente para mi persona. Lo miré con aburrimiento como toda respuesta y luego giré la cabeza hacia la ventana para ver pasar las calles. Ya había anochecido y como buena noche de viernes la ciudad estaba llena de gente joven con ganas de fiesta. 

Después de varios días en los que paola había intentado convencerme para otra quedada tras la primera fallida, había terminado cediendo ante su insistencia, así que ahora íbamos a ir los cuatro a cenar y después a alguna discoteca. 

paola y Diego se pasaron todo el trayecto hasta el restaurante parloteando sin parar, intentando incluirnos a Juan matias y a mí en la conversación, pero ninguno de los dos estaba demasiado por la labor. Por suerte, no tardamos demasiado en llegar a la pizzería en la que habíamos acordado cenar. 

—Bueno, ¡ya estamos aquí! ¿Dónde queréis que nos sentemos? —preguntó Bell con su entusiasmo habitual. 

—Cerca de la puerta, por si hay que salir corriendo. 

Los tres se rieron de mi comentario antes de escoger una mesa junto a la entrada. El camarero, un hombre de unos cuarenta años con bigote y acento extranjero, no tardó en venir a tomarnos nota. Cada uno pidió una pizza individual de diferentes ingredientes, pero la que pidió Juan matias me provocó una mueca de asco. 

—¿Qué pasa, ojazos? No me digas que eres de las que odia la piña. 

—La piña no, la pizza con piña sí —respondí fingiendo que me recorría un escalofrío, lo que hizo reír a la parejita. 

—Apuesto a que nunca la has probado —dijo Juan matias con su sonrisilla engreída. 

—Ni la pienso probar —le aseguré mirándolo con aburrimiento. 

—Si la pruebas, te doy lo que quieras a cambio. —Y el muy imbécil me guiñó un ojo. 

—¿Qué te hace pensar que quiero algo de ti? —inquirí ceñuda, haciéndolo reír. 

—sofia, sé amable —me recordó paola dándome un codazo. 

—Estoy siendo amable —repliqué con mi mayor sonrisa falsa. 

Juan matias se rio de nuevo y bebió un trago del vino que nos había traído el camarero, sin quitarme los ojos de encima porque, para colmo, lo tenía sentado enfrente. Mentiría si dijera que sus ojos marrones fijos en los míos no me ponían nerviosa. 

—Déjala, paola. A mí ya me cae bien sofia —intervino Juan matias divertido. Mis cejas se dispararon hacia arriba, incrédula, y él volvió a partirse de risa—. ¿Qué pasa? ¿Te sorprende, ojazos? 

—¿Cuántas veces te he dicho ya que no me llames así, Nicholas? —gruñí. 

—Juan matias, tío —le llamó la atención Diego. 

Me sentía como si fuéramos dos niños que no se llevaban bien pero sus padres querían que fueran amigos. 

—¿Por qué no te gusta que te llame así? Si es la verdad: tienes unos ojazos —dijo Juan matias, ignorando la llamada de atención de su mejor amigo. 

—Lo sé, pero no me gustan los apodos. Y menos viniendo de personas a las que acabo de conocer. 

Juan matias alzó las cejas con gesto divertido, pero por suerte llegó una camarera con nuestras pizzas, así que no le dio tiempo a responder ninguna barbaridad. 

paola y Diego volvieron a llevar la voz cantante de la conversación, dirigiéndola hacia temas de conversación seguros como el clima o lo buena que estaba la comida. Mientras cenábamos, no dejé de sentir la mirada de Juan matias sobre mí, y he de confesar que me estaba poniendo histérica. 

Una vez cenamos, Diego insistió en pagar la cuenta a pesar de mis protestas y las de paola. 

—Chicas, dejad que pague, el cabrón está forrado —dijo Juan matias con su sonrisilla de capullo. 

—Habló el mudo y dijo lo que pudo —se mofó Diego. 

paola y yo cruzamos una mirada y yo articulé con los labios—: Malditos pijos. 

Bell me censuró con la mirada y yo me reí. Al final dejamos que pagara Diego porque a ver, una es orgullosa pero no tonta. Si el chaval quería pagar, pues yo no iba a ser la que se lo impidiera. paola parecía apurada porque no quería que él pensara que era una aprovechada, así que la tomé de la mano y la acompañé afuera para tranquilizarla. 

—Bell, deja de preocuparte por cosas que no son verdad. Está claro que Diego no piensa eso de ti y que está enamorado hasta las trancas, así que basta ya de preocuparte.  

Mi amiga me miró con cara de circunstancias. 

—¿Estás segura? 

—Pues claro que sí, tía. 

—¿Nos vamos, señoritas? —Juan matias apareció detrás de nosotras con su sonrisa imborrable—. ¿Todo bien, chicas? —preguntó poniéndose serio al ver lo preocupada que parecía paola. 

—Todo genial, Nicholas —respondí sonriéndole de oreja a oreja. 

Juan matias arqueó una ceja, su sonrisa apareciendo de nuevo como si nunca se hubiera ido. 

—¿Segura, ojazos?  

—¿No te acabo de decir que sí? 

—¿paola? —preguntó mirando a mi mejor amiga, serio de nuevo. 

paola salió de su letargo y sonrió enseguida. 

—Todo estupendo, Juan matias. ¡Vamos, Diego! —exclamó dando un par de brincos y colgándose del brazo de su novio, que la recibió encantado. Se dieron un beso y, muy juntitos, se encaminaron hacia el coche de Diego, dejándonos atrás. 

Juan matias me sonrió de forma pícara y yo puse los ojos en blanco porque era sumamente irritante. 

—Las damas primero, ojazos. 

—Y los imbéciles después —mascullé echando a andar detrás de la pareja. 

—¿Cómo dices? 

—Que muchas gracias, Nicholas —respondí con mi sonrisa más desquiciada. 

Aquella noche pintaba mal... 

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