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Capítulo 3

Penulis: Tamara Jiménez
Tres días después de que mi padre cancelara los pagos de mi tratamiento, congeló mi acceso a la cuenta médica de la familia Moretti. Lo descubrí en la farmacia del hospital, cuando la tarjeta rebotó dos veces.

Después de pagar mi entierro y mi cremación, el dinero de mi cuenta personal solo alcanzaba para cuatro días de analgésicos.

La farmacéutica examinó la receta.

—¿Quiere que le guarde el resto?

Negué.

—Así está bien.

Después de eso ya no me harían falta.

En el televisor de la sala de espera estaban pasando una entrevista con mi padre. Matteo Moretti, magnate inmobiliario y presidente de la fundación familiar, anunciaba frente a un montón de cámaras que donaría tres millones de dólares para construir el Jardín en Memoria de Caesar Moretti en el hospital veterinario más grande de Manhattan.

—Un animal también es parte de la familia —les dijo a los reporteros—. Su amor merece ser recordado con dignidad.

Una enfermera a mi lado suspiró.

—El señor Moretti debe tener un corazón enorme —dijo. Luego se fijó en el nombre impreso en mi bolsa de la farmacia—. ¿Moretti? ¿Son familia?

Apreté la bolsa con fuerza.

—No.

Ya no. Hubo un tiempo en que mi padre había puesto la ciudad patas arriba para encontrarme, pero ahora prefería honrar en público a un perro muerto antes que a su propia hija moribunda.

Esa noche, Luca llegó a mi apartamento. Como el edificio pertenecía a una inmobiliaria de los Moretti, en la entrada lo dejaron subir sin avisarme. Apenas entró, arrugó la nariz y sacudió la mano para disipar el olor rancio a medicina. Había pañuelos manchados de sangre en la papelera y mi testamento a medio terminar estaba abierto sobre la mesa del comedor, junto al contrato de la funeraria. No prestó atención a nada.

—¿Dónde está la medalla de San Benito que te dio Nonna?

Me llevé la mano al cuello por instinto.

Antes de morir, Nonna me había puesto la pequeña medalla de oro en el cuello. Me dijo que yo había pasado demasiados años perdida y sola, y que San Benito me protegería y me guiaría de vuelta a casa, sin importar qué tan lejos fuera. Nonna era la única Moretti que nunca me había pedido que sacrificara nada por Isabella.

—¿Para qué la quieres?

—Isabella quiere meter la medalla de Nonna en la urna de Caesar —dijo Luca—. Nonna siempre decía que cuidaría a cualquiera que la llevara consigo, y ella quiere que Caesar tenga esa protección.

Claro. La medalla que Nonna me había dado para protegerme, ahora le hacía más falta al perro de Isabella. Hasta muerto, ese animal importaba más que yo.

Luca extendió la mano.

—Dámela —insistió.

—Nonna me la dio a mí. A Isabella también le dio una —repliqué.

Era verdad. Cuando volví a casa a los doce años, Nonna mandó hacer dos medallas idénticas, una para cada nieta, y las hizo bendecir. Dos semanas después, Isabella dijo que se le había perdido la suya, pero yo la había visto tirarla al lago porque no quería nada que nos hiciera ver como iguales.

—¡Sabes muy bien que la suya se le perdió! Caesar estuvo diez años con ella; lo único que quiere es saber que va a estar protegido. —Su expresión se volvió severa—. ¿Por qué eres tan fría? ¡¿También le tienes que arruinar esto?!

Diez años. Yo también llevaba diez años en casa. Hubo una época en que mi padre nos había presentado a las dos como sus hijas, pero en algún momento Isabella se convirtió en la única Principessa de los Moretti y a mí me obligaron a esconderme. Ahora, hasta mi tumba se encontraba en un rincón donde no daba el sol.

Retrocedí.

—No.

La mandíbula se le tensó.

—Primero intentaste quedarte con la parcela de Caesar y ahora peleas por una medalla.

—Ya no estoy peleando —dije con la voz temblorosa a pesar de mi esfuerzo por mantenerla firme—. Ya eligieron a su perro por encima de mí. ¿Por qué otra cosa voy a pelear?

Luca estiró la mano hacia la cadena. Lo agarré de la muñeca, pero ya no me quedaban fuerzas para detenerlo. En el forcejeo, mis medicinas cayeron de la bolsa de la farmacia y las pastillas blancas se esparcieron por el suelo. Luca miró la etiqueta.

—¿Oxicodona?

—Es para el dolor.

—¿Qué dolor?

—El cáncer de estómago.

Me soltó por medio segundo, pero enseguida torció los labios en una sonrisa fría.

—No salgas otra vez con lo mismo.

El teléfono sobre la mesa empezó a sonar con el nombre de Isabella en la pantalla. Luca contestó enseguida y sus sollozos se oyeron en todo el cuarto.

—¿Encontraste la medalla de Nonna?

—La encontré —respondió con dulzura.

Antes de que pudiera reaccionar, tiró con fuerza de la cadena. El broche se partió. El metal me raspó el cuello y me dejó un fino hilo de sangre. Luca se guardó la medalla en el bolsillo.

—Después del funeral de Caesar, voy a hacer que te revise el médico de la familia. —Miró las pastillas regadas por el suelo—. Hasta entonces, deja de tomar esas porquerías.

Salió y cerró la puerta de golpe. Me arrodillé despacio y fui juntando las pastillas una por una. Eran las únicas medicinas que podía pagar. Varias habían rodado bajo el fregadero y se habían disuelto en el agua sucia que goteaba de una tubería. Esas tuve que tirarlas.

Esa noche el dolor me sacó de la cama. Me golpeé contra el piso tan fuerte que me quedé sin aire. Mi teléfono estaba en la mesita de noche y traté de alcanzarlo. La garganta me ardió de golpe. Me apreté el pañuelo contra la boca y tosí para no ahogarme; la tela se empapó de sangre oscura.

Busqué entre mis contactos de todos modos: mamá, papá, Luca… Pero al llegar al final de la lista, entendí que no había nadie a quien pudiera llamar que fuera a creerme.

Me quedé en el suelo hasta que el dolor por fin cedió. Cerca del amanecer llegó un mensaje del cementerio Saint Michael. Ya habían puesto mi lápida.

En la fotografía había una sencilla losa gris bajo ramas secas. Adriana Moretti. Me quedé mirando la imagen un rato. Era dolorosamente simple. No tenía el escudo de los Moretti ni decía “hija amada” o “hermana querida”. No había nada que indicara que alguna vez tuve una familia.

Durante diez años había esperado a que la familia que alguna vez me quiso regresara por mí. Me cansé de esperar. Me quedaran cuatro días de vida o solo cuatro horas, jamás volvería a rogarles a los Moretti que me eligieran.

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