LOGINLo último que me quitó mi hermana adoptiva, Isabella, fue una tumba bajo el sol. Yo ya había pagado el anticipo, pero el cementerio no se atrevió a venderme la parcela porque la Principessa de los Moretti la quería para su perro muerto. A mí me encantaba ese lugar. Así que llamé a mi madre, la Donna de la familia. En cuanto mencioné la tumba, su voz se volvió gélida: —Adriana, ¿sigues con el cuento del cáncer? Isabella acaba de perder a su perro y ya bastante ha sufrido. Deja de buscar la forma de quitarle algo más. Mi padre me rechazó la llamada. Mi hermano, Luca, contestó mientras ayudaba a Isabella a elegir la lápida del perro: —Deja de andar comprando tumbas para asustarnos. ¿Por qué eres tan egoísta? ¿Tanto te molesta que tu hermana tenga algo bueno? Apreté el informe del oncólogo en mis manos y me quedé mirándolo. Me quedaban siete días. Quizá menos. Aun cuando de verdad me estaba muriendo, nadie me creyó. Elegí la única parcela que quedaba en el borde del cementerio, donde la luz del sol jamás llegaba, y firmé el contrato. Luego bloqueé a mi familia uno por uno. Tenían razón. Era hora de dejar de rogarles que se preocuparan por mí y alejarme de ellos para siempre. Siete días después, morí sola. Fue entonces cuando los Moretti por fin me creyeron. Y la culpa los volvió locos.
View MoreNo hubo ningún funeral formal. Solo se le permitió asistir a mi entierro a la señora Evans, la directora del orfanato donde crecí. Ya tenía más de setenta años. Apoyándose con dificultad en su bastón, recorrió el largo camino del norte que llevaba a mi tumba. Luego puso un ramo de margaritas bajo mi nombre.—Adriana, vine a verte —dijo con la voz temblorosa—. Perdóname por no haber podido tenerte conmigo.Mi madre estaba a lo lejos, llorando con tanto dolor que apenas podía mantenerse en pie. Solo entonces se enteró de que yo hacía donaciones anónimas al orfanato todos los años. Había vendido las joyas y los regalos de diseñador de la familia para pagarles los estudios a niños que no tenían a nadie. Nunca quise la fortuna de los Moretti ni el lugar de Isabella; lo único que quería era una madre y un padre. Un hogar que de verdad fuera mío.Después de mi entierro, mi padre canceló el Jardín en Memoria de Caesar. Los fondos restantes se destinaron a un programa que costeaba el tratamient
Luego de salir del hospital, mi familia fue a mi apartamento. Al abrir la puerta, el silencio los estremeció. Sobre la mesa había siete frascos vacíos de medicamentos y en el piso aún quedaban varios analgésicos aplastados.Luca se agachó y reconoció las pastillas que me había tirado al suelo en el forcejeo.Mi padre abrió la nevera, pero no había nada más que media botella de agua. Me había acusado de malgastar dinero en médicos, sin saber jamás que durante mis últimos días apenas me alcanzaba para pagar los calmantes.Mi madre se detuvo junto a las dos cajas de cartón pegadas a la pared. Contenían todo lo que los empleados de la mansión habían sacado de mi habitación. Mi ropa seguía húmeda por la lluvia. Mis certificados y reconocimientos se habían apelmazado y arruinado al secarse. El viejo conejo de peluche, desteñido y con el pelaje lleno de lodo seco, estaba encima de todo. Lo levantó y se lo apretó contra el pecho.Supongo que recordó con qué fuerza me aferraba a él cuando llegu
Mi madre se quedó junto a la gaveta de la morgue, llamándome una y otra vez.—Adriana, aquí estoy. —Me apartó el cabello de la cara—. Abre los ojos y mírame, mi niña.Los dedos le empezaron a temblar al tocar la sangre seca en la comisura de mis labios. Pero una muerta no podía responderle y, por más que me llamara, yo ya no volvería a abrir los ojos.Mi padre, que estaba cerca, leía una a una las páginas de mi historial médico. El primer informe era de hacía seis meses. El día del diagnóstico, les había escrito a los tres. Mi madre me había dicho que dejara de intentar hacerla sentir culpable; Luca lo había llamado “otra ridiculez para llamar la atención” y mi padre ni siquiera había abierto el mensaje.—Adriana aceptó el tratamiento tras el diagnóstico —dijo el doctor Bennett, señalando el historial de pagos—. Pero cuando la administración familiar canceló la autorización y pidió el reembolso, ya no pudo costear los medicamentos. Le insistimos en que contactara a su familia. —Los mir
No desaparecí al morir. Mi alma se quedó suspendida sobre la cama del hospital mientras el médico me cubría el cuerpo con una sábana blanca.Una enfermera encontró mi identificación en el bolso y llamó a mi familia varias veces. Sin embargo, el teléfono de mi madre estaba en silencio por el funeral de Caesar, mi padre rechazó dos llamadas antes de bloquear el número del hospital y Luca respondió con un simple: “Nos encargamos de esto después del funeral”.Al ver que ningún familiar respondía, el hospital se preparó para trasladar mi cuerpo a la morgue.Al otro lado del cementerio Saint Michael, el entierro de Caesar estaba por terminar. Isabella se arrodilló frente a la lápida, llorando con tanta fuerza que apenas podía respirar. Mi madre la abrazó.—No llores, mi niña —le dijo—. Si Caesar pudiera verte, estaría muy triste.Luca sacó la medalla de San Benito de Nonna de la urna y la metió en la fosa.—Esto era de nuestra familia —murmuró—. Ahora protegerá a Caesar por todos nosotros.C
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