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MALEFICA
MALEFICA
Author: SymplyAbby

HOGAR

Author: SymplyAbby
last update publish date: 2026-09-16 07:49:20

CAPÍTULO 1 — HOGAR

POV de Annabelle

Me limpié el sudor de la frente mientras abría la puerta de nuestro pequeño apartamento en las afueras de la ciudad. El aroma familiar de la pasta del día anterior mezclado con el de la vela de vainilla que siempre dejaba encendida me envolvió de inmediato. No era gran cosa, pero era nuestro hogar. Y esa era una de las razones por las que siempre lo amaría. Hogar.

—¡Anna! ¡Por fin llegaste a casa! —la voz de Daniel resonó desde la diminuta cocina antes de que siquiera tuviera oportunidad de cerrar la puerta.

Una sonrisa se dibujó en mis labios. Mi dulce hermanito, aunque él jamás estaría de acuerdo con que lo llamara pequeño.

—Ya voy —respondí mientras me quitaba mis desgastadas zapatillas.

Dejé mi bolso de la cámara sobre el sofá con un suave golpe mientras estiraba mis doloridos hombros. Después de pasar todo el día persiguiendo entrevistas y haciendo recados para Victor Laurent, cada músculo de mi cuerpo me suplicaba un descanso.

Daniel asomó la cabeza por la puerta de la cocina, con su desordenado cabello castaño levantado en todas direcciones mientras una sonrisa se extendía por su rostro.

—Estaba empezando a pensar que el señor Laurent te había secuestrado.

Solté una carcajada. Aunque el señor Victor Laurent llevaba dos años siendo mi jefe, Daniel seguía sin ser un gran admirador suyo.

—Si lo hubiera hecho, habría escapado hace horas —respondí entre risas.

—Eso es exactamente lo que diría cualquier rehén.

Puse los ojos en blanco y entré en la cocina. El olor a cebolla y ajo llenó inmediatamente mis fosas nasales.

—¿Cocinaste?

—Lo sé, sorprendente, ¿verdad? —levantó dramáticamente la cuchara de madera antes de hacer una reverencia—. Damas y caballeros, el especial de esta noche es el famoso espagueti de Daniel Carter.

Crucé los brazos.

—¿El mismo espagueti que casi quemaste el mes pasado?

Soltó un jadeo y se llevó una mano al pecho.

—¿Puedes dejar de recordarme mis errores del pasado?

—Casi haces saltar la alarma de incendios.

—Pero ¿estaba rico?

Me detuve.

—…En realidad, sí.

Me mostró una sonrisa triunfal.

—¡Exactamente!

Sacudí la cabeza entre risas mientras le revolvía el cabello.

—Te has vuelto demasiado confiado.

—Aprendí de la mejor.

—La mejor no deja los platos sucios en el fregadero.

Daniel apartó la mirada inmediatamente.

—No sé de qué estás hablando.

—Literalmente dejaste las pruebas.

—Las estaba guardando para después.

—Para mí.

Puse los ojos en blanco. El hábito de Daniel de prepararme siempre la comida terminaba invariablemente conmigo lavando los platos sola.

—Prefiero el término… trabajo en equipo.

No pude evitar reírme. Vivir con Daniel significaba que nunca había un momento de silencio. Desde que nuestros padres murieron tres años atrás, solo habíamos estado nosotros dos, intentando descubrir cómo seguir adelante, un día a la vez. No era fácil.

Algunos meses apenas teníamos suficiente. Otros sobrevivíamos a base de fideos instantáneos porque el alquiler era lo primero. Pero, de alguna manera… Daniel siempre encontraba una razón para sonreír.

Nos sentamos en la pequeña mesa junto a la ventana mientras las luces de la ciudad comenzaban a encenderse lentamente afuera.

Él sirvió primero mi plato antes de sentarse frente a mí.

—Pruébalo.

Enrollé la pasta alrededor del tenedor antes de darle un bocado. Mastiqué lentamente. Daniel me observaba con tanta intensidad que me hizo reír.

—¿Qué?

—¿Y bien?

Asentí.

—Está bueno.

Sus hombros se relajaron dramáticamente.

—¡Lo sabía!

—Podría llevar un poco más de sal.

Su sonrisa desapareció.

—Retiro el cumplido.

Solté una risita.

—Es broma.

—Casi me rompes el corazón.

—Te recuperarás.

Comimos en un cómodo silencio durante unos momentos, hasta que Daniel apoyó los codos sobre la mesa.

—Entonces… —empezó—. ¿Cómo estuvo el trabajo?

Suspiré.

—Lo de siempre.

Frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Significa que el señor Laurent de alguna manera encontró suficiente trabajo para tres personas y decidió que yo sería las tres.

Daniel soltó una risita.

—Realmente le caes bien, pero a mí no me gusta.

—Realmente le gusta hacerme trabajar de más.

—No.

Negó con la cabeza.

—Quiero decir que confía en ti, aunque no me siento cómodo con que siempre te esté estresando.

Bajé la mirada hacia mi plato. Quizás tenía razón. Victor siempre había creído en mí más que cualquier otra persona en el trabajo. Cada vez que había una asignación importante, siempre encontraba la manera de incluirme.

—Solo espero que todo este esfuerzo dé frutos algún día.

—Lo hará.

Su respuesta fue tan rápida que levanté la mirada.

—Te convertirás en una de las periodistas más importantes del país.

Solté una carcajada.

—Haces que parezca fácil.

—Lo es.

—¿Ah, sí?

—Paso uno… —señaló con el tenedor hacia mí—. Hazte famosa.

Me reí.

—Claro.

—Paso dos… —se señaló a sí mismo con el tenedor—. Cómprale un auto deportivo a tu increíble hermanito.

Lo miré fijamente.

—¿Un auto deportivo?

Asintió con confianza.

—Rojo.

—Absolutamente no.

—¿Qué tal negro?

—Daniel.

—¿Azul?

Me incliné sobre la mesa y le robé el último trozo de pan de ajo de su plato.

Soltó un jadeo.

—¡Ladrona!

—Considéralo el pago por el auto deportivo imaginario.

Entrecerró los ojos.

—Esta traición no será olvidada.

—Sobrevivirás.

—No sé…

Suspiró dramáticamente.

—Mi propia hermana robándome.

Me reí tan fuerte que casi me atraganté.

—Eres imposible.

—Pero soy tu hermano favorito.

—Mi único hermano.

—Igual cuenta.

La sonrisa en mi rostro se suavizó lentamente mientras lo miraba. Había crecido tanto a lo largo de los años. A veces, cuando se reía… alcanzaba a ver destellos de papá. Otras veces… su sonrisa se parecía tanto a la de mamá que me dolía el pecho.

El apartamento se sintió de repente más silencioso. Mis ojos se desviaron hacia la fotografía familiar enmarcada que descansaba en el estante junto al televisor.

Cuatro sonrisas. Cuatro personas. Ahora… solo dos.

Daniel siguió mi mirada. Por una vez… ninguno de los dos dijo nada. Simplemente extendió la mano sobre la mesa y apretó la mía.

—Estamos bien, Anna.

Sonreí con tristeza.

—Sí. Lo estamos.

Él me devolvió la sonrisa.

—Y algún día… —señaló alrededor del apartamento—. Nos iremos de aquí.

—¿Odias tanto este apartamento?

—Las paredes son demasiado delgadas.

Me reí.

—No. Solo nos recuerdan que seguimos estando sin dinero.

Eso hizo que ambos volviéramos a reír.

Por un momento… todo se sintió normal. Solo dos hermanos intentando construir una vida a partir de lo que quedaba de la anterior.

Más tarde esa noche, lavamos los platos juntos, discutiendo sobre quién estaba haciendo más trabajo mientras nos salpicábamos con burbujas de jabón como niños.

Cuando todo estuvo limpio, estaba agotada. Daniel desapareció en su habitación mientras yo me acurrucaba en el sofá con mi laptop, organizando las fotografías de la asignación del día.

Unos minutos después, mi teléfono vibró.

Victor Laurent.

Fruncí el ceño antes de contestar.

—¿Hola, señor?

—Perdona por llamar tan tarde, Annabelle —su voz tranquila llegó a través del teléfono—. Te necesito en la oficina a primera hora mañana. Tengo algo importante que quiero hablar contigo.

Me incorporé.

—¿Está todo bien?

—Lo está. —Hubo una breve pausa—. Y creo que esto te va a gustar.

Antes de que pudiera hacer otra pregunta, la llamada terminó.

Me quedé mirando la pantalla oscura durante unos segundos.

—¿Qué quería? —preguntó Daniel desde la puerta de su habitación.

Me encogí de hombros.

—Ni idea.

Él sonrió.

—Quizás por fin te van a ascender.

Me reí.

—No nos adelantemos.

Aun así… mientras me dirigía a la cama aquella noche, no podía quitarme de encima la sensación de que el día siguiente iba a cambiar algo.

Jamás imaginé que lo cambiaría todo.

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