LOGINLa tarde caía perezosamente sobre la costa.El sol, ya más bajo, doraba la superficie de la piscina y hacía que el mar, al fondo, pareciera un espejo infinito.Eloise estaba sentada al borde del agua, con los pies sumergidos, trazando círculos lentos con los dedos.La suave brisa jugaba con los mechones sueltos de su cabello y el murmullo de las olas completaba aquel escenario de paz.Augusto apareció detrás de ella, descalzo, con la camisa abierta y una mirada que mezclaba ternura y fascinación.Permaneció un instante observándola, como quien intenta grabar una escena en la memoria para no olvidarla jamás.— Podría acostumbrarme a estas vistas —dijo con voz baja, ronca de admiración.Eloise sonrió sin volverse.— ¿Al mar?— No exactamente —respondió él, arrodillándose detrás de ella y rodeándole los hombros con las manos—. Hablaba de ti.Ella rio, sintiendo que el corazón se le aceleraba con aquel contacto familiar.— Augusto Monteiro, el hombre que decía no tener tiempo para el roma
La habitación de la suite presidencial era un refugio de silencio y calma.Las maletas descansaban en un rincón y la ventana abierta dejaba entrar el sonido lejano del mar.Eloise dio una vuelta en medio de la habitación, con los ojos brillantes, como si quisiera grabar cada detalle en su memoria.— Es… perfecto —murmuró, encantada.Augusto la observaba en silencio.Su mirada, antes siempre contenida y calculadora, ahora era puro sentimiento: amor, orgullo y algo todavía más profundo: paz.Aquella mujer frente a él era el hogar que nunca había sabido que buscaba.Se acercó lentamente y la rodeó por la cintura.— Perfecto es tenerte aquí.Eloise levantó el rostro, sonriendo.El beso llegó antes que cualquier palabra. Lento, tierno y lleno de aquello que los dos ya no necesitaban ocultar.La noche los envolvió como una promesa silenciosa.Entre risas, caricias y susurros, el tiempo dejó de existir.Lo que ocurrió después no necesitaba testigos. Bastaban el contacto, las miradas y el amo
El avión privado de Augusto surcaba suavemente el cielo nocturno. Dentro de la cabina, el ambiente era de lujo discreto y promesas.Augusto, con una sonrisa de medio lado, tomó la botella de champán que descansaba en una cubitera con hielo. La bebida fría y burbujeante prometía una celebración. El suave estallido del corcho resonó en el lujoso silencio. Sirvió dos copas de cristal y le entregó una a Eloise antes de tomar la suya.Después de un sorbo lento, saboreando el complejo sabor y la efervescencia, Augusto dejó la copa sobre una mesita auxiliar. Se volvió hacia Eloise y, con un movimiento decidido, la atrajo hasta sentarla en su regazo, acomodándola entre sus brazos. Ella soltó una risita, encantada con su actitud posesiva.El suave perfume de Eloise se mezclaba con el aroma de la bebida y la embriagadora cercanía de Augusto.— Te amo —susurró él, con voz ronca—. Y no pienso dejar de amarte.Eloise apenas tuvo tiempo de responder. La atracción entre ellos era un imán irresistibl
La sala ahora parecía sacada de un sueño: luz, risas y perfumes mezclados en un mismo suspiro.Las luces suaves se reflejaban en las paredes blancas y una mesa bellamente decorada ocupaba el centro del espacio: copas, dulces, pasteles y una botella de espumoso que Thiago insistía en intentar abrir antes de tiempo.Augusto rodeó la cintura de Eloise con un brazo, todavía sonriendo, como si el corazón no le cupiera en el pecho.Miró a su alrededor y, con voz suave, dijo:— Si después quieres cambiar algo, hazlo con toda libertad.Esta casa es tuya, mi amor.Eloise lo miró, emocionada.— Nuestra casa —lo corrigió con una sonrisa tierna.Las chicas se acercaron, emocionadas, riendo y llorando, todo al mismo tiempo.Cláudia, con los ojos llenos de lágrimas, abrazó a Eloise con cariño.— Mereces este amor, querida. Y tú, Augusto —dijo, mirándolo—, cuida bien la joya que la vida te ha dado.Carlos, por su parte, estaba visiblemente emocionado.— No soy hombre de discursos —comenzó, con la vo
El GPS anunció la siguiente curva con su voz robótica y tranquila, como si nada extraordinario estuviera a punto de suceder.Eloise miró por la ventanilla, confundida.— Emma… —comenzó, frunciendo el ceño—. ¿Estás segura de que este es el camino correcto?— Absolutamente —respondió Emma, concentrada en el volante—. El GPS dice que sigamos adelante.El auto giró hacia una calle amplia, flanqueada por árboles antiguos y elegantes portones.Eloise reconoció el barrio de inmediato.— Espera un momento… Esto es una urbanización privada.— Lo sé —respondió Emma, fingiendo sorpresa—. Esa es la dirección del teatro. Quién lo entiende, ¿verdad?Sofia soltó una risita nerviosa.— Sí, bueno… Quizá el evento no sea en el teatro y nos hayamos confundido.— Puede ser —murmuró Nathalia, mirando a su alrededor de manera teatral—. Lo bueno es que vamos con tiempo.El auto pasó por la entrada de seguridad y el guardia abrió el portón con una sonrisa discreta.Eloise, intrigada, observó la pantalla parp
El reloj marcaba casi el mediodía cuando el conductor estacionó frente al Spa Le Jardin.El edificio de cristal reflejaba el sol de otoño, y Eloise bajó del auto con aquella mezcla de sorpresa y curiosidad, todavía sin entender cómo había resultado «ganadora» de un día de puro lujo.En cuanto entró, la recibieron con una sonrisa amable y el suave sonido de unos violines de fondo.El ambiente desprendía tranquilidad: velas aromáticas, flores blancas y el aroma de la lavanda llenaban el aire.La tarde transcurrió lentamente, como si el tiempo hubiera aprendido a respirar.Masajes con aceites orientales, exfoliación con sales importadas del Mar Muerto, baño de hidromasaje con pétalos frescos, manicura y un peinado impecable.Cada detalle parecía haber sido planeado con cariño, como si el universo entero hubiera decidido que Eloise merecía una pausa.Cuando salió de allí, el reloj marcaba las cuatro de la tarde.El sol doraba las fachadas de los edificios, el viento otoñal danzaba entre l







