LOGINPUNTO DE VISTA DE DAISY
No podía dejar de mirar la foto.
No era solo el cabello ni los ojos. Era la forma en que sostenía el sombrero, exactamente como lo habría hecho yo. Era la sonrisa medio sorprendida, como si no hubiera esperado que nadie la estuviera mirando. Esa es mi sonrisa. Un escalofrío frío me recorrió los brazos.
Dejé el marco sobre el escritorio con cuidado, como si pudiera romperse.
—Se parece a mí —susurré.
—Sí. —Damien tomó la foto y la devolvió al cajón, y noté que su mano no estaba del todo firme. No la miró por mucho tiempo—. Nos conocimos en la universidad. Estuvimos casados un año.
Me senté despacio. Mi rabia de hacía un minuto había desaparecido, reemplazada por algo pesado e incómodo que se instaló en mi pecho como una piedra.
—Lamento que haya muerto —dije en voz baja—. Mia no me dijo que había estado casado.
—Mia no lo sabía. —Se inclinó hacia adelante con las manos entrelazadas. Para un hombre que siempre parecía tener el control, de pronto se veía cansado, con unas leves ojeras que antes no había notado—. Fue un accidente de auto, hace dos años. Llovía, y el otro conductor estaba ebrio.
—Qué terrible. —Me llevé los dedos a la boca.
Asintió una sola vez, con rigidez. Era evidente que odiaba decirlo en voz alta.
—Estaba embarazada en ese momento. De cuatro meses.
El aire me abandonó los pulmones.
—Ay, Damien...
—Después de eso, no pensé que volvería a casarme. No quería hacerlo. —Se giró hacia los ventanales, y vi cómo se le tensaba la mandíbula—. Mi padre escribió esa cláusula en su testamento antes de que ella muriera. Creía que una familia me mantendría estable. Ahora la junta la está usando en mi contra. Saben que no estoy casado. Están esperando a mi cumpleaños para tomar el control.
De pronto lo entendí.
—Por eso necesita a alguien que se parezca a ella —dije con suavidad—. Para que nadie cuestione lo rápido que siguió adelante.
—Si llevo a una mujer que no se parece en nada a ella, sabrán que es una puesta en escena. Si la llevo a usted, pensarán que simplemente es mi tipo.
Simplemente mi tipo. Tenía sentido de una manera fría y empresarial. Pero también se sentía mal, como si me entregaran el abrigo de una mujer muerta y me dijeran que me lo abotonara.
—Necesito pensarlo —dije, poniéndome de pie. Me temblaban las piernas—. Es demasiado. Vine por una cosa, y usted me pide otra.
—Por supuesto. —Presionó un botón en su escritorio, y una puerta lateral se deslizó con un suave siseo—. Mi chofer la llevará a casa. Tiene veinticuatro horas.
Caminé hacia la salida, pero giré en la dirección equivocada. Su oficina tenía dos puertas, y tomé la izquierda, que daba a un pasillo silencioso en lugar de al ascensor.
—Perdón, yo... —Empecé a dar la vuelta, y fue entonces cuando lo vi.
Al final del pasillo, una puerta estaba entreabierta unos centímetros. Adentro alcancé a ver paredes de un amarillo suave, una pequeña cuna blanca y un móvil de diminutas estrellas colgando sobre ella. En la esquina había una mecedora con una manta doblada.
Un cuarto de bebé.
Había oído que el último piso de la Torre Sterling también albergaba el apartamento privado de Damien, donde se quedaba en sus noches tardías. Pero ¿un cuarto de bebé, en el apartamento donde casi no vivía?
Estaba impecable. Sin juguetes en el suelo, sin una mota de polvo. El colchón de la cuna aún tenía la etiqueta de plástico. Nunca se había usado.
Mis pies me llevaron un paso más cerca. No quería quedarme mirando. Simplemente no podía parar.
—¿Quién...?
—No debió venir aquí.
Su voz fría llegó desde justo detrás de mí. Salté y giré en seco, con la mano volando a mi pecho. Estaba tan cerca que no lo había oído acercarse, y su rostro había cambiado por completo. Tenía la mandíbula apretada, los ojos duros como el vidrio, y un músculo le saltaba en la mejilla.
—Me perdí. No quería...
—No debió venir aquí —repitió, y estiró el brazo por encima de mí para cerrar la puerta. El clic resonó por todo el pasillo.
Miré su mano sobre el pomo. Estaba blanca en los nudillos.
—¿Era para el bebé de ella?
No respondió.
—¿Qué le pasó al bebé? ¿En el accidente? —La pregunta se me escapó antes de que pudiera detenerla.
Por un segundo pensé que gritaría. Todo su cuerpo se puso rígido. Pero solo me miró, y sus ojos estaban vacíos, como una casa con todas las luces apagadas.
—Eso no forma parte de nuestro acuerdo —dijo en voz baja—. No necesita saberlo todo para hacer este trabajo, señorita Parker.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Está ocultando algo. Lo sentía, con tanta claridad como sentiría una fiebre bajo la palma de mi mano. Había partes de esta historia que me estaba ocultando a propósito.
—Necesito irme —susurré.
Asintió y llamó a su chofer sin decir otra palabra.
El camino de regreso fue silencioso. Apoyé la frente contra la ventana fría y no dejaba de ver aquel cuarto amarillo. Las pequeñas estrellas que nunca habían girado.
Cuando llegamos a mi clínica, algo andaba mal.
Un papel blanco nuevo estaba pegado en la puerta principal, tapando el viejo letrero pintado a mano de mis padres que decía CLÍNICA FAMILIAR PARKER. Tenía el mismo logotipo del banco de antes.
El corazón empezó a latirme con fuerza. Empujé la puerta del auto y corrí.
Era un nuevo aviso.
«DEBIDO A LA FALTA DE UN PLAN DE PAGOS VIABLE, EL PLAZO DEL EMBARGO HA SIDO ADELANTADO. USTED TIENE CATORCE DÍAS A PARTIR DE ESTE AVISO PARA DESALOJAR EL LOCAL.»
Catorce días. Habían recortado el plazo a la mitad.
Me apoyé contra la puerta porque las piernas no me sostenían. La madera estaba fría contra mi espalda. En catorce días todo se habría ido, subastado a alguien que lo convertiría en una cafetería o en un estacionamiento.
Entonces un pensamiento se coló y me puso la piel de gallina. El banco nunca había dicho que se requiriera un plan de pagos. Yo había suplicado uno y me lo habían negado. Entonces, ¿por qué habían adelantado el plazo justo el mismo día en que entré a la oficina de Damien Sterling?
Eso no puede ser una coincidencia.
Mi teléfono vibró en el bolsillo, y casi se me cae.
Un correo electrónico de una dirección desconocida.
Lo abrí con el pulgar temblando. Era un contrato.
«ACUERDO DE MATRIMONIO Y APARICIÓN PÚBLICA ENTRE DAMIEN STERLING Y DAISY PARKER.»
Y al final, en letras negritas:
«Compensación: Una suma generosa al firmar, suficiente para saldar la deuda por completo. Un pago final al cumplirse un año.»
PUNTO DE VISTA DE DAISYAl día siguiente de mudarme, la señora Ellis tocó a mi puerta y entró con una caja. Dentro había una gruesa carpeta con un solo nombre impreso en la portada: SERAPHINA.—El señor Sterling dijo que debería revisar esto antes de la gala benéfica del viernes —dijo, mirando un punto justo más allá de mi hombro.Claro que lo dijo.Llevé la caja abajo y la abrí en la gran mesa de la cocina. El sol entraba a raudales por los altos ventanales e iluminaba las encimeras pulidas, y toda la habitación olía levemente a limón y a pan recién hecho. Debería haberse sentido cálido. En cambio, sentí que leía el historial médico de una desconocida, uno que ya había sido cerrado. No era una carpeta. Eran al menos diez.Sus comidas favoritas: pasta blanca sin ajo, té verde sin azúcar, fresas, pero solo por la mañana. Sus gestos: cómo sostenía su copa de vino, cómo se reía de los chistes, cómo saludaba a los fotógrafos. Su agenda: yoga los lunes, la galería los miércoles, brunch con
PUNTO DE VISTA DE DAISYMe senté en el suelo de la oficina de mis padres durante una hora, con el aviso del banco en una mano y mi teléfono en la otra. Catorce días. Los números daban vueltas en mi cabeza como buitres.El contrato brillaba en mi pantalla. Un pago generoso en el momento en que firmara. Suficiente para saldar el préstamo por completo, con un poco de sobra. Casi exactamente lo justo, me di cuenta, y un extraño escalofrío me recorrió. ¿Cómo supo Damien la cifra al centavo?No dejaba de pensar en él, todavía viviendo dentro de su duelo. Y quería que yo entrara en él porque me parecía a su esposa muerta.Eso debió haberme hecho decir que no.Pero levanté la vista hacia el suéter de papá sobre su silla, y hacia la planta de mamá que seguía viva porque yo la regaba todos los días, y pensé en Leo y en todos los niños que no tenían a dónde más ir.Perdóname, mamá. Perdóname, papá. Antes de que pudiera cambiar de opinión, presioné llamar.Damien contestó al segundo timbre.—Lo h
PUNTO DE VISTA DE DAISYNo podía dejar de mirar la foto.No era solo el cabello ni los ojos. Era la forma en que sostenía el sombrero, exactamente como lo habría hecho yo. Era la sonrisa medio sorprendida, como si no hubiera esperado que nadie la estuviera mirando. Esa es mi sonrisa. Un escalofrío frío me recorrió los brazos.Dejé el marco sobre el escritorio con cuidado, como si pudiera romperse.—Se parece a mí —susurré.—Sí. —Damien tomó la foto y la devolvió al cajón, y noté que su mano no estaba del todo firme. No la miró por mucho tiempo—. Nos conocimos en la universidad. Estuvimos casados un año.Me senté despacio. Mi rabia de hacía un minuto había desaparecido, reemplazada por algo pesado e incómodo que se instaló en mi pecho como una piedra.—Lamento que haya muerto —dije en voz baja—. Mia no me dijo que había estado casado.—Mia no lo sabía. —Se inclinó hacia adelante con las manos entrelazadas. Para un hombre que siempre parecía tener el control, de pronto se veía cansado,
PUNTO DE VISTA DE DAISYNunca había entrado en un edificio como Sterling International. El vestíbulo era todo de cristal y mármol, tan pulido que podía ver mi propio rostro nervioso en el suelo. La gente pasaba a toda prisa en trajes caros, hablando rápido, sin mirar a nadie. Yo llevaba mi sencillo vestido azul y no dejaba de jalar el dobladillo hacia abajo, como si pudiera hacerlo parecer más caro a la fuerza.La mujer de la recepción me recorrió de arriba abajo. Despacio. —¿Nombre?—Daisy Parker. Tengo una cita con el señor Sterling a las diez.Tecleó algo, y sus cejas se alzaron apenas un poco. —Último piso. Él la está esperando.Me está esperando. Tragué saliva con dificultad.El viaje en el ascensor se sintió interminable. Me sudaban las palmas, y me las limpié en el vestido dos veces. No dejaba de repetir las mismas palabras en mi cabeza como una oración. Siempre puedes decir que no. Solo estás aquí por la clínica, no por él.Las puertas se deslizaron y dieron paso a una oficina
CAPÍTULO 1: EL EMBARGOPUNTO DE VISTA DE DAISY—Tranquilo, Leo, solo respira para mí —susurré, apoyando el estetoscopio en su pequeño pecho. Su madre rondaba junto a mi hombro, retorciendo un pañuelo hasta que se deshizo entre sus dedos. Tenía los ojos rojos e hinchados.—Lleva así dos días, Daisy. No supe a dónde más traerlo.*Claro que no.* Nuestra clínica era la única de esta parte de la ciudad que no pedía dinero primero. Mis padres la crearon así. Papá solía golpear el mostrador de recepción con los nudillos y decir: «Si un niño está enfermo, primero se atiende al niño y después se preocupa uno por la cuenta».Le sonreí a Leo, aunque tenía la garganta apretada. —Vas a estar bien. Es solo una infección fuerte. Para eso tenemos medicina, ¿de acuerdo, superhéroe?Me dio un débil asentimiento, y sus deditos se enroscaron en mi manga y se aferraron a ella. Cubrí su mano con la mía y seguí escuchando el ritmo suave y crepitante de su pecho. *Una respiración. Dos. Vamos, campeón.*Fue e







