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Capítulo 3

last update publish date: 2026-10-31 23:35:42

Roman

Lo primero que apareció al volver en mí fue el dolor. Un dolor sordo que parecía pesar sobre todo mi cuerpo.

No era un dolor desconocido para mí. Me había acompañado en todas las misiones. Me había entrenado y unido a este mundo para soportarlo.

Por mi vida, no conseguía recordar por qué lo estaba sintiendo AHORA.

Entrecerré los ojos y me encontré con una visión dolorosamente cegadora. Persistí, parpadeando hasta que mi vista se adaptó y el resplandor se despejó lo suficiente para revelar un techo.

Era marrón, de madera y pulido, con un brillo que parecía emanar del sol.

Y definitivamente NO era el mío.

¿Dónde estaba? ¿Cómo…?

Mis propios pensamientos se apagaron cuando los recuerdos me golpearon todos de una vez. Los disparos, la huida y el momento en que me dispararon.

Y entonces… ELLA. Lo último que había visto antes de perder el conocimiento.

Las alarmas resonaron en mi mente y rápidamente intenté incorporarme, solo para que un dolor sordo palpitara por mi brazo izquierdo. Gemí por el dolor y miré a un lado para descubrir que tenía el brazo izquierdo cubierto de vendas.

Una mancha de sangre teñía la gasa blanca, sin duda justo donde estaba la herida principal, pero el resto estaba afortunadamente limpio. No me estaba desangrando.

Había sido ella, comprendí. Me había atendido.

Quizá mis sentidos estaban completamente hechos m****a en aquel momento. El sonido de unos pasos seguido de una fuerte maldición apenas llegó a mi mente antes de que, de repente, me empujaran de nuevo contra la cama.

—Joder, por Dios, túmbate. Me has dado más de un ataque al corazón; lo mínimo que puedes hacer es quedarte quieto.

Me quedé inmóvil al ver a la mujer sobre mí mientras acomodaba las sábanas.

No me estaba mirando directamente, pero su expresión estaba en algún punto entre la irritación y el agotamiento.

Y durante un momento completamente inapropiado, solo pude quedarme mirándola.

La última vez que la había visto había sido justo antes de desmayarme. Apenas había conseguido distinguir su rostro entre la tenue iluminación y mi propio estado. Ahora podía verlo todo.

Piel oscura que parecía brillar con un tono dorado bajo la luz. Unas gafas enmarcaban su rostro, junto con los rizos sueltos que escapaban de su moño.

Levantó la mirada, entrecerrando los ojos detrás de las gafas, antes de retroceder y acomodarse en una silla junto a la cama que no había notado.

—Hola, desconocido —dijo—. Qué alegría verte despierto. Ahora ten cuidado antes de hablar o moverte. He tenido demasiada emoción para una sola noche gracias a ti.

Tragué saliva con dificultad y aparté la mirada. Que una mujer fuera hermosa no era algo extraño para mí. Había visto a muchas.

—Me salvaste la vida —las palabras me rasparon la garganta.

—Bueno, no podía dejar que murieras dentro de mi edificio —resopló.

Fruncí el ceño, pero no le di demasiada importancia. Esta vez miré a mi alrededor correctamente, procesando lo que me rodeaba.

Estábamos en un dormitorio, el suyo, por lo que parecía. Era lo bastante espacioso, con luz llenando toda la habitación y muebles que realmente parecían utilizados y vividos.

Sin duda, aquella era su casa. Pero la última vez que había estado en su tienda, lo que significaba que…

Apreté la mandíbula e intenté incorporarme de inmediato.

—Cuidado —advirtió, pero no hizo ningún movimiento.

Esta vez fui más cuidadoso, apoyándome sobre la mano ilesa antes de girarme hacia ella.

—¿Cómo he llegado hasta aquí? —pregunté, sintiendo que se me contraía el estómago.

—¿Qué? —preguntó, incrédula, pero yo no podía pensar con claridad.

—¿Cómo me trajiste hasta aquí? ¿Quién te vio traerme? ¿Alguien te siguió? —las preguntas salieron de mí con brusquedad.

—Yo… ¿De qué demonios estás hablando?

Su expresión cambió ligeramente hacia algo parecido a la irritación.

—Respóndeme —exigí—. Si alguien te vio, el casero, un transeúnte cualquiera o alguien que te ayudó, eso deja un rastro. Ya es bastante malo que me hayas visto, y ocuparme de ti…

—¿Ocuparte de mí? ¿ME ESTÁS AMENAZANDO? —estalló, obligándome a quedarme inmóvil.

—Cabronazo. Después de irrumpir en mi tienda, sangrar y hacer que te cubriera y te mantuviera con vida, ¿TÚ eres quien me está interrogando a mí? Eres un puto pieza. Si tenías tantas ganas de que no te atraparan, quizá podrías haber considerado no entrar en MI propiedad y no DESANGRARTE.

El impacto de sus palabras me dejó completamente sin habla. Soltó el aire, sacudió la cabeza y se levantó de la silla antes de señalarme.

—Déjame explicártelo para que lo entiendas. La librería que forzaste con ganzúa —ni se te ocurra discutirlo. SÉ perfectamente que la había cerrado— y en la que irrumpiste es MÍA, y está al otro lado de esta habitación, que TAMBIÉN es mía porque SOY DUEÑA DE TODO EL EDIFICIO —resopló indignada—. No necesitaba «llevarte» a ningún sitio y nadie te vio, paranoico de m****a. LO QUE SÍ tuve que hacer fue cargar con tu pesado culo por mis escaleras YO SOLA. Tuve que pasarme la noche sacándote la bala YO SOLA y tratándote la herida con ayuda de cada puto vídeo que pude encontrar en internet sin que me perfilaran como una asesina en serie, y casi me dejo las articulaciones y la cordura haciéndolo, así que de nada, gilipollas.

Sus palabras me golpearon como una bofetada. Mirando su expresión indignada, solo una idea quedó grabada en mi mente.

La había cagado. Y mucho.

Bajé la mirada, sintiéndome completamente reprendido de una forma que jamás habría esperado de una mujer de la mitad de mi tamaño.

Si había algo que había aprendido por experiencia, era saber cuándo admitir los errores.

—Te pido sinceramente disculpas por mi error de juicio —cedí—. Me equivoqué en lo que dije y te estoy agradecido por haberme salvado. No habría sobrevivido sin ti.

Me resultaba extraño disculparme con una desconocida, mucho menos con una mujer que acababa de conocer. Probablemente era lo más que había hablado con una desconocida en mucho tiempo.

Aun así, ella no cedió, fulminándome con la mirada como si esperara algo.

Muy bien. Al menos podía ofrecerle un poco de honestidad.

—Permíteme presentarme como es debido —ofrecí mi mano derecha, ignorando el dolor provocado por la tensión de la postura incómoda—. Soy Roman Ricci. Gracias por salvarme la vida.

La miró durante unos segundos y por un momento esperé que la apartara de un manotazo o siguiera mirándome hasta hacerle agujeros.

No hizo ninguna de las dos cosas.

No la tomó. En cambio, me indicó que la bajara.

—Eva Johnson —respondió—. No diré que es un placer, porque no lo es. Pero… me alegra que estés bien.

Sus ojos se desviaron de mi rostro hacia abajo antes de apartarse de golpe. Fruncí el ceño, confundido, y miré hacia abajo.

Ah.

Ya no tenía camisa y, debajo del edredón, sabía que no llevaba pantalones. Ropa interior aparte, estaba completamente desnudo.

Antes de que pudiera reaccionar, ella ya se había alejado hacia la puerta, donde había una gran bolsa de supermercado.

—Tu ropa estaba más allá de cualquier posibilidad de salvación con toda la sangre y… cosas —hizo un gesto vago mientras sacaba unas prendas y las lanzaba sobre la silla de al lado—. La quemaré en cuanto pueda. Conseguí algo de ropa en una tienda de segunda mano que debería ser de tu talla. Pero ni se te ocurra ponértela todavía. Se supone que tienes que descansar.

Cuando volvió la mirada hacia mí, sus ojos rebotaron de una esquina a otra, intentando no mirarme. Una punzada de diversión me recorrió cuando finalmente se concentró en mi rostro. De no ser por su piel más oscura, sabía que estaría completamente sonrojada. Prácticamente podía verlo.

Volví a la realidad. ¿Por qué demonios estaba pensando en el color de su piel?

—Gracias —dije, obligándome a apartar aquellos pensamientos traicioneros.

Asintió, cuando de repente su expresión se volvió más seria.

—¿Tienes algún sitio al que ir? —preguntó.

La confusión me invadió, pero asentí.

—Bien —sonrió—. Entonces, en cuanto estés lo bastante recuperado, ponte en contacto con quien sea y márchate.

Parpadeé, sorprendido.

—No me malinterpretes. No es todos los días que una ve a un hombre cualquiera sin camisa en su habitación. Disfruté de las vistas —soltó apresuradamente y se encogió de hombros—, pero eres CLARAMENTE peligroso y, sea lo que sea en lo que estés metido, no quiero tener nada que ver. Ya es bastante malo tenerte en mi casa sin saber quién eres o en qué clase de cosas turbias andas metido, pero hasta aquí llega mi amabilidad. Ya tengo suficientes problemas como para preocuparme por un delincuente de mala calaña.

Delincuente de mala calaña. Eso era algo que no había oído antes.

—Lo entiendo —dije—. Saldré de tu vida en cuanto pueda, señorita Johnson.

—Entonces no tendremos problemas —asintió con decisión—. En ese caso, te dejaré solo para que te recuperes. Tu teléfono está a tu lado, completamente cargado. Debes de haber recibido algunas llamadas, pero no lo revisé. En cuanto a tu p… la pistola, te diré dónde está justo ANTES de que te marches.

Había un brillo cauteloso en sus ojos que me decía todo lo que necesitaba saber. Por supuesto que no iba a entregar un arma peligrosa a un desconocido.

Inteligente, cautelosa y decidida. Eso era… admirable, y una muestra de sentido común que había visto en muy pocas personas.

Parecía esperar que me ofendiera, pero lejos de eso.

Asentí y eso fue todo lo que necesitaba. En un instante, se dio la vuelta, levantó la bolsa y salió de la habitación. La puerta se cerró de golpe.

Respiré profundamente y dejé que la sensación me recorriera.

Mi día había resultado ser mucho más agitado de lo que jamás habría imaginado.

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