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Así que mi presentimiento era acertado.
Joder.
Comenzaron más disparos, claramente dirigidos contra nuestro coche. Uno impactó contra la ventanilla que había cerrado apenas unos segundos antes. No se rompió, pero ya me había agachado dentro del coche junto con Reggio y Dominic.
—Muévete —ordené. El motor rugió, pero un áspero chirrido nos recibió.
—Los neumáticos. Les han disparado —escupió Reggio, soltando varias maldiciones justo cuando el parabrisas se agrietó.
Por supuesto. Apreté la mandíbula.
Era obvio quién era el responsable. Ya había previsto un ataque, pero estaba llegando antes de lo esperado.
Marco también lo había organizado todo. Debían de habernos seguido hasta allí utilizando otra ruta —no había coches en los alrededores— y haberse apostado allí. Bajo la cobertura de la oscuridad y con las farolas iluminándonos, éramos carne de cañón.
No había otra opción que salir.
Esto era lo que obtenía por permitirme un momento para mí mismo.
Unos chasquidos secos llenaron el espacio mientras las farolas de los alrededores se apagaban una tras otra. Por mensaje, ya había ordenado a Alessio y a sus hombres del otro coche que dispararan contra las farolas. Quizá había sido demasiado tarde para prepararlo, pero había funcionado.
Querían atacarnos entre las sombras. Si íbamos a luchar, lo haríamos en igualdad de condiciones.
Deslicé entre mis dedos el metal frío y familiar de mi pistola y alcancé el otro lado de la puerta.
—Fuera —ordené en italiano, indicándoles que abrieran la puerta al mismo tiempo que giraba el seguro. Agachado, disparé contra la última farola, sumiendo el lugar en una oscuridad absoluta.
Los disparos cesaron y reinó el silencio, pero no era una victoria. Cualesquiera que fueran sus planes, no terminarían por un pequeño contratiempo. No me hacía ninguna gracia descubrir los trucos que se habían guardado bajo la manga.
Miré detrás de nosotros y vi las siluetas de Alessio y otros dos hombres, aparentemente ilesos.
—Dispersaos —ordené—. Escondeos, haced lo que podáis para encontrar la salida y regresar a la base.
—Pero, jefe —susurró Alessio a modo de protesta—, tú eres el objetivo principal. Si te hacen daño…
—No hay tiempo para pensar —lo interrumpí—. Nos dispersamos y nos reagrupamos al amanecer. Entonces nos pondremos en contacto. ¿Entendido?
No hubo respuesta. No hacía falta.
Con movimientos rápidos, nos desplazamos en distintas direcciones a través de la oscuridad de la zona, mientras yo corría por el callejón central.
Al amparo de la oscuridad y con muy pocos lugares abiertos, no había forma de seguirles el rastro.
Los disparos comenzaron de nuevo, lejanos y espaciados. La distracción había funcionado. Separados, no podrían localizarme.
Pero algunos estaban cerca. Demasiado cerca para mi gusto.
Un repentino destello de dolor ardiente y cegador me atravesó el brazo izquierdo, obligándome a tropezar contra la pared. Apreté los dientes con tanta fuerza que saboreé la sangre para contener el gemido gutural que amenazaba con escapar.
Me habían disparado.
Me giré, entre la neblina del dolor, y mi mirada se enfocó hasta distinguir la silueta de un hombre en un tejado, lo bastante iluminado como para verlo mientras buscaba un dispositivo de comunicación.
Intentaba alejarse, alertado, pero el techo era demasiado bajo y estaba dentro de mi alcance.
Apunté con la pistola usando la mano derecha y apreté el gatillo, ignorando el tirón metálico en mi garganta cuando cayó.
Se escucharon pasos lejanos. Se acercaban. La sangre me rugió en los oídos por el pánico. No podía seguir huyendo en aquel estado. Necesitaba un lugar donde esconderme.
Un edificio redondeado, en el extremo más alejado de la calle, captó mi atención. La puerta era vieja, fácil de forzar.
Si había alguna habilidad en la que destacara, era abrir cerraduras.
Ignorando el dolor, corrí hacia allí y saqué una horquilla modificada que siempre llevaba en el bolsillo, introduciéndola rápidamente entre los pasadores. Mis dedos permanecieron firmes a pesar del dolor que irradiaba desde mi brazo. Los años de experiencia tomaron el control allí donde el pensamiento claro fallaba.
Justo antes de que los pasos se acercaran, sonó un clic familiar.
Victoria.
Sin dudarlo, giré el pomo y irrumpí en la habitación, cerrando la puerta detrás de mí y agachándome detrás del mostrador.
Caí con más fuerza de la que pretendía. El dolor explotó en mis hombros. Esta vez no pude contener el gemido mientras apoyaba la espalda contra el mostrador y cerraba los ojos con fuerza. Obligándome a abrirlos pese al dolor, miré hacia abajo y vi el tono rojizo que manchaba mi camisa negra desde el punto donde se había rasgado, extendiéndose por el resto de mi brazo.
Sangre, y no una cantidad insignificante.
El dolor comenzaba a transformarse en algo peor. Un latido ardiente y feroz que parecía pulsar con cada latido de mi corazón.
Me estaba desangrando. RÁPIDO. La adrenalina era lo único que me mantenía en pie. Cuando desapareciera, estaba acabado.
No había forma de sacar la bala sin provocar una cantidad considerable de dolor o un shock. La única otra solución era detener primero la hemorragia y ocuparse del resto después.
Tenía que actuar rápido.
Mi mirada recorrió todo lo que podía utilizar para contener la herida.
Por alguna vuelta del destino, una iluminación tenue y cálida llenaba la habitación. Desde fuera, destacaba en medio del mar de comercios oscuros. El dueño debía de haberse olvidado de apagar las luces. ¿No tenía miedo de que robaran?
Sin duda era un descuido por parte de un propietario imprudente, pero no me quejaba.
Mirando a mi alrededor desde donde estaba, no vi nada de utilidad. Había estanterías, libros y lo que parecían recibos, pero nada que sirviera de verdad.
¿Dónde demonios estaba?
Forzando el cuello para mirar más allá de la mesa, distinguí varias filas de libros, algunas sillas, estanterías y carteles.
Entonces lo comprendí. De todos los lugares en los que podría haber irrumpido, había elegido una jodida LIBRERÍA.
Fantástico.
Murmuré varias maldiciones entre dientes y metí a ciegas la mano libre en los cajones más cercanos. Tenía que haber ALGO útil.
Los objetos cayeron al suelo con estrépito, y ninguno servía. Aparte de recibos y algunos artículos de papelería desperdigados por el suelo, no había nada.
La desesperanza que había estado rondando en el límite de mi mente comenzó a acercarse. Un disparo lejano hizo que se me contrajera el estómago.
Seguían fuera. Puede que hubiera conseguido escapar, pero si se acercaban más…
Gruñí, usando la mano libre para desabrochar frenéticamente mi camisa y quitármela con cuidado. Metí parte de la tela en la boca para amortiguar los sonidos, me preparé y hundí la tela en lo más profundo de la entrada de la herida. Cerré los ojos de agonía sin dejar de presionar.
Tenía que seguir moviéndome sin dejar un rastro. Solo así podría escapar.
Solo un poco más…
Me dolía la mandíbula de apretarla con tanta fuerza mientras me obligaba a mantenerme alerta ante cualquier paso o disparo cercano.
En medio de aquella neblina de dolor, el corazón me martilleaba en los oídos con golpes profundos, cada vez más rápidos y fuertes, hasta detenerse de repente. Casi como unos pasos.
Espera… ¿PASOS?
—¿Qué demonios?
Oh.
Abrí los ojos de golpe. Giré la cabeza en aquella dirección y me encontré con un par de ojos oscuros que me observaban.
En aquel momento comprendí dos cosas. La primera era que, a diferencia de lo que había pensado al principio, la dueña no se había olvidado de apagar las luces antes de marcharse.
La segunda era que dicha dueña, presumiblemente la mujer que tenía delante, no se había marchado. Seguía AQUÍ, mirándome.
Entre la neblina del dolor, pude distinguir sus facciones bajo la tenue luz. Desde su piel aceitunada hasta su cabello recogido en un moño. Tenía los ojos muy abiertos, paralizada por el estupor, antes de desviarlos lentamente.
Seguí su mirada hacia un lado, donde estaba mi pistola, cuyo brillo metálico resultaba incriminatorio.
Joder.
Ni siquiera me di cuenta de cuándo la tela que había utilizado para amortiguar mis gemidos cayó de mi boca. Su mirada volvió a encontrarse con la mía en silencio, pero ya sabía que estaba acabado. No había otra manera de explicar la presencia de un hombre sangrando al azar y armado.
Solo podía rezarle a la Madonna para que me perdonara. No había otra salida que atravesar aquello de frente.
Con la mano ilesa, alcancé la pistola, dispuesto a obligarla a guardar silencio cuando el sonido de una puerta al abrirse de golpe me hizo detenerme. Ella levantó la mirada, completamente sobresaltada, y cada músculo de mi cuerpo se quedó rígido.
Eran ellos.
—Buenas noches, señora.
Tal como esperaba, la voz del hombre me resultó completamente desconocida, con un deje de acento extranjero y un tono de sorpresa.
—Usted es…
—¿Sí?
Parpadeé al oír su voz, seca e inexpresiva hasta el punto de resultar abiertamente hostil.
—Bienvenido a mi librería. Aprecio el… entusiasmo, pero ya pasó la hora de cierre. Tendrá que volver mañana para buscar los libros que necesite.
¿Qué estaba haciendo?
Contuve la respiración, obligándome a permanecer en silencio.
—Ese no es el caso —arrastró las palabras el hombre—. En realidad, iba a preguntarle si ha visto a alguien por aquí. Un hombre extraño vestido de oscuro. Puede que haya corrido por esta zona o quizá… se haya colado dentro.
Apreté la mandíbula. Agarré la pistola con cuidado. El dolor había empezado a volverse lejano y unas manchas negras giraban en mi campo de visión. Estaba perdiendo fuerzas.
Si decía algo y me delataba, estaría acabado.
Apartando a la fuerza la oscuridad que amenazaba con cubrirme, aferré la pistola y me preparé cuando su voz resonó.
—No puedo ayudarle. Mi tienda es inexpugnable y he estado aquí todo este tiempo. Nadie ha entrado, hasta usted, que aparentemente decidió comprobar la resistencia de mi puerta —dijo, haciendo que el corazón me diera un vuelco—. Ahora, si no le importa, cierre la puerta al salir.
—¿No le importaría que echara un vistazo? Podría haber pasado cualquier cosa…
—ME IMPORTA, y una m****a, quién quiera que esté en mi tienda.
Su voz salió mucho más agresiva, sobresaltándome.
—¿Quiénes son ustedes, de todos modos? No parecen clientes habituales.
—Solo estaba haciendo una pregunta…
—Mire —suspiró exasperada—. No estoy de humor para esto. La librería está cerrada, estoy muerta de cansancio y no tengo fuerzas ni paciencia para aguantar todo esto. Un momento… ¿AGUANTAR…?
Fruncí el ceño hasta que ella se alejó de mi campo de visión. La tensión me invadió antes de que sacudiera la cabeza.
—¿Es usted un trabajador sexual?
¿Qué?
—¿Qué? —el hombre de fuera parecía igual de confundido, pero de ella solo salió una sarta de palabrotas.
—M****a. Cabronazo. Ahora lo entiendo. Si eres uno de esos «hombres de la noche» que me recomendó la tía Linda, estoy AÚN MENOS interesada. Joder, ESO explica ese estúpido atuendo completamente negro. ¿Es otro de esos putos juegos de rol de policías que ustedes intentan hacer? Porque juro que el primero no me hizo ninguna gracia. Debí haberme dado cuenta por esas preguntas tan raras y absurdas. ¿Qué sigue? ¿Vas a hablar de «castigarme» por ocultar a un criminal y empezar a desnudarte como hizo el último? ¿Ni siquiera tienen guiones diferentes? Por el amor de Dios…
No sabía si reír o llorar. La incredulidad se apoderó de mí mientras ella seguía despotricando indignada, apenas dejándole pronunciar palabra mientras hablaba de desnudarse, dignidad y… ¿TANGAS?
¿Cómo demonios había llegado hasta ahí?
Oí claramente el sonido de alguien dando un paso atrás. No necesitaba verlo para saber que el hombre intentaba comprender qué había salido mal, igual de desconcertado por cómo ella había conseguido darle la vuelta a la situación.
Pero todo aquello se reducía a un único hecho.
Había mentido. Y SEGUÍA mintiendo por mí.
Podría haberme delatado fácilmente sin hacer preguntas. Las circunstancias eran bastante malas, teniendo en cuenta que yo era el intruso, estaba sin camisa, sangrando y con una pistola que había considerado usar para amenazarla.
Pero no lo había hecho.
¿Por qué?
El dolor parecía más apagado, pero mis sentidos también. Parpadeé frenéticamente, intentando sacudirme aquella sensación, pero mi cuerpo y mis ojos se volvían más pesados con cada segundo.
El miedo se filtró por mi interior.
No iba a lograrlo.
—Maldita loca —oí a una voz, la del hombre, maldecir en el límite de mi visión cada vez más reducida, seguido del portazo.
Más pasos resonaron, seguidos de un suave clic.
Se había ido. Estaba a salvo.
Aquella certeza agotó involuntariamente mis últimas reservas de lucidez. Al instante, la tensión a la que me había aferrado se desmoronó y me hundí cada vez más rápido.
La oscuridad se apoderaba de mí justo cuando algo cruzó mi campo de visión. Parpadeé para verlo con claridad y sentí que el pecho se me oprimía.
Un par de ojos… su rostro, perfectamente enfocado sobre mí.
Era… bonita.
Fue lo último que vi antes de caer en la oscuridad.
RomanLo primero que apareció al volver en mí fue el dolor. Un dolor sordo que parecía pesar sobre todo mi cuerpo.No era un dolor desconocido para mí. Me había acompañado en todas las misiones. Me había entrenado y unido a este mundo para soportarlo.Por mi vida, no conseguía recordar por qué lo estaba sintiendo AHORA.Entrecerré los ojos y me encontré con una visión dolorosamente cegadora. Persistí, parpadeando hasta que mi vista se adaptó y el resplandor se despejó lo suficiente para revelar un techo.Era marrón, de madera y pulido, con un brillo que parecía emanar del sol.Y definitivamente NO era el mío.¿Dónde estaba? ¿Cómo…?Mis propios pensamientos se apagaron cuando los recuerdos me golpearon todos de una vez. Los disparos, la huida y el momento en que me dispararon.Y entonces… ELLA. Lo último que había visto antes de perder el conocimiento.Las alarmas resonaron en mi mente y rápidamente intenté incorporarme, solo para que un dolor sordo palpitara por mi brazo izquierdo. Ge
RomanAsí que mi presentimiento era acertado.Joder.Comenzaron más disparos, claramente dirigidos contra nuestro coche. Uno impactó contra la ventanilla que había cerrado apenas unos segundos antes. No se rompió, pero ya me había agachado dentro del coche junto con Reggio y Dominic.—Muévete —ordené. El motor rugió, pero un áspero chirrido nos recibió.—Los neumáticos. Les han disparado —escupió Reggio, soltando varias maldiciones justo cuando el parabrisas se agrietó.Por supuesto. Apreté la mandíbula.Era obvio quién era el responsable. Ya había previsto un ataque, pero estaba llegando antes de lo esperado.Marco también lo había organizado todo. Debían de habernos seguido hasta allí utilizando otra ruta —no había coches en los alrededores— y haberse apostado allí. Bajo la cobertura de la oscuridad y con las farolas iluminándonos, éramos carne de cañón.No había otra opción que salir.Esto era lo que obtenía por permitirme un momento para mí mismo.Unos chasquidos secos llenaron el
Roman—Entonces, lo que me estás diciendo —comencé en un tono controlado— es que, para obtener el sello de la Familia Ricci y controlar la Familia por completo, tengo que casarme con alguien durante un mínimo de seis meses.El actual abogado de mi difunto padre, Jonathan Bianchi, apretó el maletín como si fuera un salvavidas.—Yo… sí —tragó saliva, entrelazando las manos sobre sí mismas—. E-eso… eso es lo que dice el contrato, señor Ricci… señor.Entrecerré los ojos.—¿Y también estás diciendo que no existe ninguna alternativa a estas condiciones? —pregunté, arqueando una ceja—. ¿Ningún vacío legal ni tecnicismo que podamos utilizar para eludirlas? ¿Ni siquiera falsificaciones?Me incliné hacia delante mientras hablaba y el hombre se echó hacia atrás, con los ojos muy abiertos.—N-No, señor. Ninguna —dijo—. Su padre fue muy claro con las condiciones. Incluso incluyó una transcripción grabada de su conversación con mi padre para dejarlo claro. Debe ser un matrimonio legal, siguiendo el







