LOGINBiancaÉl me suelta, agarra mi maleta y avanza por el pasillo del apartamento. —Ven conmigo. —Fabrizio, hablo en serio —le advierto mientras lo sigo—. Sé que sueno como una loca, diciendo una cosa y luego otra, y tal vez te esté confundiendo con mis actos, pero no soy estúpida. Sé perfectamente que lo que sea que esté pasando entre nosotros no tiene futuro. Se detiene frente a una puerta y se gira para mirarme. —Ya te dije que hablaremos de eso más tarde. Abre la puerta y me muestra una habitación sencilla, igual al resto de la casa, con una cama matrimonial y sábanas azul cielo. —Ponte cómoda; la habitación tiene baño privado. Intentaré estar de vuelta para el almuerzo, pero si no puedo, haré que te traigan algo. Hay dos de mis hombres en la puerta para cuidarte. Si necesitas algo, no dudes en pedirlo o llamarme directamente. —De acuerdo —acepto y entro en la habitación. Él me sigue, me rodea la cintura con los brazos para pegarme a su cuerpo y vuelve a besarme. —Vuelvo enseg
Bianca**Bianca** Manhattan nos recibe con sus congestionadas avenidas y sus enormes rascacielos. Miro por la ventanilla el paisaje de la ciudad y, por un segundo, puedo admirarlo, imaginando que soy una chica normal que puede pasear por las calles. —¿Nunca habías venido? —pregunta Fabrizio después de colgar la llamada que lo mantuvo ocupado la mayor parte del viaje desde el aeropuerto. Parecen estar realmente ocupados con lo que sea que estén planeando, porque no ha dejado de trabajar desde que salimos de Chicago. Lo que me sorprende es que no me siento incómoda porque, aunque no esté conversando conmigo, logra hacer que me sienta tomada en cuenta; ya sea acariciando mi mano o mi muslo, o recostándome en su pecho o en su regazo mientras él teclea o atiende llamadas. No me ignora como lo hace Edoardo, que solo me busca cuando quiere... Aparto mis pensamientos de ese camino porque no quiero amargarme; esta oportunidad no se me va a presentar dos veces y prefiero aprovecharla, descon
Bianca La puerta de la habitación suena, interrumpiendo nuestra conversación, y la voz de una sobrecargo resuena al otro lado.«Señor, disculpe la interrupción, pero ya vamos a despegar. Deben regresar a sus asientos y abrocharse los cinturones».Fabrizio bufa con molestia, pero responde:«Ya vamos».Me mira, y le acaricio suavemente el cabello. Hoy capta los destellos dorados más de lo habitual, mezclándose con sus mechones castaños.«Estaré bien», le aseguro, sin saber si intento convencerlo a él o a mí misma. «Por favor, no arruines esto».Se pone de pie sin soltar mis caderas, y siento todo su cuerpo rozar contra el mío.«De acuerdo. Despegaremos, y lo dejaré vivir... por ahora», aclara, «pero solo si me prometes que, mientras estés conmigo, te olvidarás de todo lo demás».«¿Qué significa eso?», pregunto, con la garganta seca de repente.Me atrae más hacia su cuerpo, y puedo sentir la dureza contenida en sus pantalones, lo que me atemoriza y me emociona a partes iguales.«Signifi
Bianca«Si ese maldito te pone una mano encima, voy a matarlos, Bianca. Te juro por Dios que los mato a los dos».La amenaza de Edoardo resuena en mi cabeza mientras Fabrizio me besa. Soy consciente de que no debería hacer esto, de que no debería estar aquí —mucho menos así—, pero el peso de las últimas semanas ha mermado mi autocontrol y, pese al miedo, no puedo contenerme.Ver a Fabrizio fue ese bálsamo para mis heridas que ni siquiera sabía que necesitaba.Cuando Edoardo anunció este viaje, pensé que era alguna broma cruel de su parte. No me lo creí hasta que vi a Fabrizio. Incluso ahora, siento que estoy soñando y me aterra despertar.«Si se entera de esto, va a matarnos», susurro entre jadeos cuando él se separa de mi boca para besar mi cuello.Siento que al menos debo advertirle, aunque sea dolorosamente obvio. La idea de que algo pueda sucederle, de que el alcance de Edoardo pueda llegar hasta él, me aterroriza. Pero cuando lo tengo tan cerca, besándome, acariciándome, mi senti
FabrizioCamino de un lado a otro del aeropuerto, mirando mi reloj cada treinta segundos. Llegan con quince minutos de retraso, y eso no me gusta.*Quizás el viejo cambió de opinión.*Si ese es el caso, la paz se acabó. Me importa una mierda si todo se va directito al infierno; entraré a esa casa y la sacaré yo mismo arrastras. Jamás volveré a dejarla atrás en este lugar.Justo cuando estoy a punto de ir tras ella, la veo llegar acompañada de la momia que tiene por marido y de su equipo de seguridad. Lleva ropa deportiva, una sudadera ancha con capucha que le cubre su hermoso cabello y el rostro, el cual mantiene apuntando directo al suelo.Mi corazón se salta unos cuantos latidos, obligándome a admitir que Bianca está calando mucho más hondo bajo mi piel de lo que jamás he estado dispuesto a permitir.Verla vestida así es poco común, y me queda cristalino que es una declaración silenciosa del viejo: quiere que esté completamente cubierta en el preciso segundo en que se quede a solas
Fabrizio**Fabrizio**Llevo tres putos días en Chicago, y por más que he intentado cruzarme con Bianca sin levantar sospechas, no lo he logrado. He estado en casa de su tío, de su padre, en su propia casa, y nada. Me he inventado mil excusas para reunirme con los hombres que la rodean, y ninguno parece tener idea de nada.El maldito psicópata que tiene por esposo anda de lo más tranquilo, como si nada pasara, pero eso no quiere decir que sea así. El muy hijo de puta es capaz de matarla y luego ir a un partido de tenis; le importa muy poco la vida de la que se supone es su mujer.Siento un vacío en el estómago al pensar en lo que le puede haber pasado, pero por muy desgraciado que sea Rinaldi, realmente no creo que la haya matado; ya se sabría algo. Aunque a nadie le importe en realidad su vida, tampoco puede esconderla tanto tiempo sin levantar sospechas; es su esposa, no una puta cualquiera.Me siento como un completo inútil en este momento y, aunque no quiero hacer una estupidez, es







