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Capítulo 3

مؤلف: Yadira Uribe
—Daniel, ¿qué vas a hacer?

—¿No es evidente?

—Quiero la verdad. Si no hablas, dejaré que estos vagabundos se encarguen de ti…

Daniel me acarició la mejilla con suavidad, pero ese gesto me heló el cuerpo entero.

—Si oculté la verdad fue por ti. ¡Tienes que creerme!

—¿Por mí?

Daniel soltó una risa incrédula.

—De verdad no tienes vergüenza. A estas alturas sigues sin arrepentirte. Estás podrida hasta los huesos.

—No creo que sea tan difícil hacerte hablar.

Dicho eso, hizo un gesto con la mano. Los vagabundos se abalanzaron sobre mí, con miradas tan hambrientas que parecían querer devorarme viva.

—No… Es nuestro hijo…

Grité entre sollozos.

Al oírlo, Daniel miró mi vientre, apenas abultado.

Sus ojos estaban llenos de asco.

—¿Mereces llevar un hijo mío? Entonces prueba tú también lo que se siente perder a un bebé.

Mientras Daniel soltaba carcajadas, aquellos hombres se abalanzaron sobre mí sin ninguna compasión.

Como bestias, me mordían y me destrozaban sin piedad.

Yo lloraba, gritaba, les suplicaba que me dejaran en paz, que perdonaran al hijo que llevaba dentro.

Pero mis ruegos solo los volvieron más crueles. Empezaron a torturarme de formas cada vez más despiadadas.

Vi con mis propios ojos cómo la cama de hierro se teñía de sangre. Entre el dolor, grité el nombre de Daniel.

Pero él permaneció indiferente de principio a fin.

En ese instante, por fin entendí que toda la paciencia de Daniel había sido solo para preparar esta venganza.

Para vengarse, no dudó en sacrificar a nuestro hijo y completar así su castigo.

Perdí toda esperanza y dejé de resistirme por completo.

Pasaron varias horas. Quedé tirada como un cuerpo destrozado y abandonado. Pero Daniel no me dejó ir. Lo que me esperaba después era un infierno interminable, sin luz ni salida.

Al ver aquellas imágenes tan impactantes, la plaza cayó en un breve silencio.

Algunas mujeres sintieron que lo que Daniel había hecho era una humillación contra todas las mujeres y empezaron a condenar sus actos.

Pero la mayoría solo se regodeaba.

—¡Daniel sí que es generoso! ¡Hasta nos quiere compartir la diversión! A ver si también nos deja participar un rato.

—Quien mata debe pagar con su vida. ¡Daniel no hizo nada mal!

Junto a la cama, Daniel me miraba con burla.

—¿Qué pasa? ¿Ya extrañas esos días? ¿De verdad creíste que yo tendría un hijo contigo? ¿De verdad una víbora como tú merece llevar mi sangre? Sigue soñando. Solo quería que sintieras la misma desesperación que sintió Aurora. Esto es lo que pasa cuando ocultas la verdad.

Las palabras de Daniel fueron como el susurro de un demonio: volvieron a desgarrarme por dentro.

En mis ojos se mezclaban el dolor, el odio y una profunda impotencia.

—No hablé… por ti.

—¡Hasta el final sigues necia!—rugió Daniel—. Pero ahora ya no depende de ti.

La máquina siguió invadiendo mi cerebro, cada vez más hondo. Yo perdí por completo el control de mi cuerpo. Empecé a sufrir toda clase de reacciones involuntarias, mientras la sangre seguía saliéndome por la boca.

En la proyección empezó a parpadear la figura de Aurora. Daniel se emocionó y presionó al técnico:

—Más profundo. Sigue. No te detengas.

El técnico dudó.

—Nunca hemos llevado la máquina tan hondo en el cerebro de un ser humano. Podría morir.

—¿Y tú qué temes? Si muere, yo me hago responsable. Si no quieres hacerlo, lárgate ahora mismo.

En ese momento, Daniel ya había perdido por completo la razón.

Empujó al técnico hacia la máquina y lo obligó a seguir.

Cuando el técnico presionó el botón, la imagen se sacudió en medio del caos. Después, quedó congelada justo en el instante en que yo abría la puerta del balcón de aquel departamento.
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