LOGIN—Ni se te ocurra ponerle una mano encima, Leonardo —dijo Liam con una voz rasposa, grave y letal que congeló la sangre de todos los presentes—. O te juro por Dios que te rompo el brazo aquí mismo, frente a tu padre.—¡Liam! —rugió Vicente Rossi, avanzando con las manos temblando de ira—. ¡¿Qué demonios estás haciendo aquí?! ¡Tú renunciaste a esta familia hace cinco años! ¡No tienes derecho a venir a mi casa ni a interferir en los negocios de tu hermano!—Yo no vine a interferir en sus negocios, padre —respondió Liam con una calma aterradora, acomodándose los puños de la camisa—. Vine a recuperar lo que es mío. Y vine a acompañar a mi prometida.El salón entero quedó en silencio total.—¿Prometida…? —alcanzó a articular William Campbell, mirando a Sofía con la mirada cargada de un desconcierto profundo pero alerta.Sofía avanzó, metió la mano en su bolso y sacó la carpeta roja con los documentos notariales. Con un gesto seguro y elegante, puso la carpeta sobre la mesa principal de caob
El gran salón de la Finca Campbell olía a lirios blancos, cera de abejas y el perfume fuerte de las orquídeas importadas. Cincuenta candelabros de cristal de Murano lanzaban destellos dorados sobre la vajilla de porcelana inglesa y los cubiertos de plata maciza. Todo parecía igual a lo que Sofía recordaba de su vida anterior. Una recepción impecable, sobria y ostentosa, hecha para impresionar a la alta sociedad y unir el destino de dos familias.Pero detrás de las cortinas de terciopelo, el juego ya había cambiado para siempre.Sofía estaba de pie frente al gran espejo de su vestidor y miraba el vestido de seda color marfil que llevaba. Pasaba los dedos por la tela y sentía frío. Elena, a su lado, le ajustaba con cuidado un collar de perlas que llevaba en la familia tres generaciones.—Sofía, mi amor… aún estamos a tiempo de posponer esto si no te sientes completamente segura —murmuró Elena, observando el reflejo de su hija en el cristal. La mirada de Elena conservaba esa aprensión in
—Lo que escuchaste —respondió Liam sin inmutarse—. Si vas a unir tu vida y tu patrimonio al mío para librar una guerra contra mi familia, necesito saber hasta dónde estás dispuesta a llegar. Una noche. Sin testigos, sin teléfonos. Si aceptas, mañana a primera hora firmamos el acuerdo prenupcial y el traspaso de las acciones.Sofía cerró los puños bajo la mesa. Observó el rostro de Liam y trató de detectar algún signo del sufrimiento de Leonardo, pero solo vio una seguridad absoluta. La idea de vengarse le quemaba tanto por dentro que entregar su orgullo le pareció un precio bajo si así lograba derrotar a quienes la habían herido.—Acepto —dijo Sofía, con la voz ligeramente temblorosa, pero firme en la decisión.A las ocho de la noche, la camioneta de Liam se detuvo frente a la entrada privada del Hotel Royal Palm, un lugar sencillo y elegante en la parte alta de la ciudad.Subieron en el ascensor privado hasta la suite del piso doce sin decir una palabra. Sofía caminaba con los hombro
El mareo del alcohol de la noche anterior se fue cerca del mediodía. Quedó un dolor de cabeza que latía y una claridad mental cortante. Sofía seguía de pie frente al gran ventanal de su suite en la Finca Campbell. En la mesita de noche, el teléfono móvil vibraba sin parar: diecisiete llamadas perdidas de Leonardo y una docena de mensajes de Valeria que preguntaban, con falsa insistencia, si se sentía mejor después de la “crisis de fatiga” que Elena había inventado para suspender la cena de compromiso.Sofía miraba la pantalla del teléfono con una sonrisa fría. Antes, cuando estaba viva, la rabia la habría hecho enfrentar el problema de frente, gritar en una habitación de hotel y acabar con su cuerpo roto sobre la marquesina del Grand Azure. Pero morir le enseñó algo clave. La rabia sin control solo destruye a quien la siente. La venganza pensada, en cambio, derrumba al enemigo desde la base.Sofía tenía claro cuál era la verdadera debilidad de Leonardo Rossi. No era el interés por Val
Se dejó caer en el sofá grande de terciopelo azul del salón y apretó la botella de whisky contra el pecho.Por fin rompió a llorar. No lloraba por debilidad, sino por una humillación intensa. Recordó cuando firmó los poderes notariales en la otra línea de tiempo. Le dio a Leonardo el fideicomiso de su abuelo Harold como si fuera un regalo de bodas. También recordó que le pidió a su padre que confiara en los Rossi para la fusión naviera.—Fui una estúpida… Una completa e idiota estúpida —se recriminó a sí misma en voz alta, dando otro trágico sorbo a la botella.La puerta del salón privado se abrió despacio.Su madre, Elena, entró en la habitación con un catálogo de telas para la recepción de la noche siguiente. Vio a su hija tirada en el sofá, despeinada, con la mirada perdida y una botella de whisky medio vacía en la mano a las diez de la mañana. Elena se quedó parada en el umbral. Su expresión pasó de tranquila a alarmada al instante.—¿Sofía? —exclamó Elena, dejando caer el catálog
El impacto no la envolvió en oscuridad de golpe; fue un destello fuerte de dolor, luz blanca y el crujido del cristal templado al romperse contra su cuerpo. Sofía sintió por un instante que caía sin control: la falta de peso al salir del balcón del piso veintiocho del Hotel Grand Azure, el viento frío silbando en sus oídos, la cara sorprendida de Valeria reflejada en los vidrios de la fachada y los ojos asustados de Leonardo perdiéndose en lo alto.Luego vino la nada. Un vacío frío y denso le quitó el aire, la sangre y el latido del corazón.De pronto, el aire volvió a sus pulmones como si le clavaran un cuchillo.Sofía se incorporó de golpe en la cama, sofocada, con el pecho agitándose desbocado y un sudor frío empapándole la espalda. Se llevó las manos al cuello de forma instintiva, ahogando un grito en la garganta. Se tocó el rostro, los brazos, los hombros, buscando la carne destrozada, la sangre tibia y la fractura devastadora que la había dejado inmóvil sobre el mármol del vestí







