LOGINLeonardo se echó a reír con una satisfacción desbordante.—No voy a fracasar, abuelo —susurró con una mirada fría, perturbada y llena de un odio insaciable—. Esta vez, voy a destruir a todos mis enemigos.---A varios kilómetros de ahí, en el piso alto de la Finca Campbell, el ambiente era completamente diferente.La luz de la mañana entraba por las grandes ventanas del despacho privado de Sofía. En la mesa de caoba había dos tazas de té caliente, un mapa náutico topográfico del archipiélago de San Bartolo y varios informes confidenciales con sellos de la autoridad ambiental marítima.Sofía llevaba puesta una blusa de seda azul marino y tenía el cabello recogido en un moño elegante. Estaba sentada frente a Liam Rossi.Liam, vestido con un traje gris oscuro y con la calma de quien vigila cada detalle, leía los informes y bebía de su taza.—Así que Leonardo ya presentó la solicitud de postura para ‘Puerto Titán’ —dijo Liam con tono grave y analítico—. Mi padre y mi abuelo le dieron la l
La noche en que la máscara de Leonardo Rossi se rompió sobre la alfombra de la Finca Campbell no terminó con un lamento. Terminó con su huida desesperada. Liam lo acorraló con una mirada fría. William Campbell lo avergonzó delante de todos. Sofía lo miró con asco. Leonardo salió rápido de la casa y tropezó en la gravilla del parqueadero. La lluvia de la madrugada le mojaba la cara. No sentía arrepentimiento. Solo sentía rabia, un veneno amargo que le llenaba la cabeza.Días después, en la sede histórica de la residencia Rossi, una mansión victoriana de piedra oscura a las afueras de la ciudad, lejos de los fotógrafos, el aire olía a tabaco de pipa, cuero viejo y brandy añejo.En el gran despacho con paneles de nogal, solo las llamas de la chimenea rompían la penumbra. En el sillón de orejas estaba el verdadero patriarca de la familia: Bernardo Rossi, el abuelo de noventa años, cuyas manos arrugadas todavía manejaban los fideicomisos más antiguos de la familia. A su derecha, de pie y c
—Ni se te ocurra ponerle una mano encima, Leonardo —dijo Liam con una voz rasposa, grave y letal que congeló la sangre de todos los presentes—. O te juro por Dios que te rompo el brazo aquí mismo, frente a tu padre.—¡Liam! —rugió Vicente Rossi, avanzando con las manos temblando de ira—. ¡¿Qué demonios estás haciendo aquí?! ¡Tú renunciaste a esta familia hace cinco años! ¡No tienes derecho a venir a mi casa ni a interferir en los negocios de tu hermano!—Yo no vine a interferir en sus negocios, padre —respondió Liam con una calma aterradora, acomodándose los puños de la camisa—. Vine a recuperar lo que es mío. Y vine a acompañar a mi prometida.El salón entero quedó en silencio total.—¿Prometida…? —alcanzó a articular William Campbell, mirando a Sofía con la mirada cargada de un desconcierto profundo pero alerta.Sofía avanzó, metió la mano en su bolso y sacó la carpeta roja con los documentos notariales. Con un gesto seguro y elegante, puso la carpeta sobre la mesa principal de caob
El gran salón de la Finca Campbell olía a lirios blancos, cera de abejas y el perfume fuerte de las orquídeas importadas. Cincuenta candelabros de cristal de Murano lanzaban destellos dorados sobre la vajilla de porcelana inglesa y los cubiertos de plata maciza. Todo parecía igual a lo que Sofía recordaba de su vida anterior. Una recepción impecable, sobria y ostentosa, hecha para impresionar a la alta sociedad y unir el destino de dos familias.Pero detrás de las cortinas de terciopelo, el juego ya había cambiado para siempre.Sofía estaba de pie frente al gran espejo de su vestidor y miraba el vestido de seda color marfil que llevaba. Pasaba los dedos por la tela y sentía frío. Elena, a su lado, le ajustaba con cuidado un collar de perlas que llevaba en la familia tres generaciones.—Sofía, mi amor… aún estamos a tiempo de posponer esto si no te sientes completamente segura —murmuró Elena, observando el reflejo de su hija en el cristal. La mirada de Elena conservaba esa aprensión in
—Lo que escuchaste —respondió Liam sin inmutarse—. Si vas a unir tu vida y tu patrimonio al mío para librar una guerra contra mi familia, necesito saber hasta dónde estás dispuesta a llegar. Una noche. Sin testigos, sin teléfonos. Si aceptas, mañana a primera hora firmamos el acuerdo prenupcial y el traspaso de las acciones.Sofía cerró los puños bajo la mesa. Observó el rostro de Liam y trató de detectar algún signo del sufrimiento de Leonardo, pero solo vio una seguridad absoluta. La idea de vengarse le quemaba tanto por dentro que entregar su orgullo le pareció un precio bajo si así lograba derrotar a quienes la habían herido.—Acepto —dijo Sofía, con la voz ligeramente temblorosa, pero firme en la decisión.A las ocho de la noche, la camioneta de Liam se detuvo frente a la entrada privada del Hotel Royal Palm, un lugar sencillo y elegante en la parte alta de la ciudad.Subieron en el ascensor privado hasta la suite del piso doce sin decir una palabra. Sofía caminaba con los hombro
El mareo del alcohol de la noche anterior se fue cerca del mediodía. Quedó un dolor de cabeza que latía y una claridad mental cortante. Sofía seguía de pie frente al gran ventanal de su suite en la Finca Campbell. En la mesita de noche, el teléfono móvil vibraba sin parar: diecisiete llamadas perdidas de Leonardo y una docena de mensajes de Valeria que preguntaban, con falsa insistencia, si se sentía mejor después de la “crisis de fatiga” que Elena había inventado para suspender la cena de compromiso.Sofía miraba la pantalla del teléfono con una sonrisa fría. Antes, cuando estaba viva, la rabia la habría hecho enfrentar el problema de frente, gritar en una habitación de hotel y acabar con su cuerpo roto sobre la marquesina del Grand Azure. Pero morir le enseñó algo clave. La rabia sin control solo destruye a quien la siente. La venganza pensada, en cambio, derrumba al enemigo desde la base.Sofía tenía claro cuál era la verdadera debilidad de Leonardo Rossi. No era el interés por Val







