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Capítulo 4

ผู้เขียน: Virginia Peraza
last update วันที่เผยแพร่: 2026-09-01 04:49:42

La noche se hizo interminable en la celda fría del ala de servidumbre. Elena no pudo dormir. Se quedó sentada en el borde de la cama de hierro, vigilando el sueño inquieto de Sofía y contando las horas al eco del reloj de péndulo que sonaba en el pasillo.

Cuando el primer rayo de luz entró por la pequeña ventana enrejada, la cerradura hizo un clic. Amaia entró sin avisar y dejó sobre la mesa un vestido azul oscuro, sencillo pero limpio, junto a un par de zapatos limpios.

—Báñese y cambie a la niña —ordenó el ama de llaves con la misma frialdad robótica—. El señor William acaba de llegar. La lectura del testamento será en la biblioteca dentro de treinta minutos. No lo haga esperar.

Escuchar que él ya estaba en la casa hizo que a Elena se le oprimiera el estómago. Vistió a Sofía con cuidado, peinó sus rizos dorados e intentó calmar los temblores de sus propias manos mientras se ponía el vestido.

Cuando recorrió de nuevo el pasillo que conectaba el área de servicio con la casa principal, la mansión parecía envuelta en una calma tensa. Al llegar a la puerta doble de la biblioteca, el abogado Harrison ya la esperaba afuera con el portafolios de cuero bajo el brazo.

—Entre, señorita Elena —dijo Harrison en voz baja, abriéndole paso.

Al cruzar el umbral, el impacto fue inmediato. William estaba sentado tras el gran escritorio de caoba que había pertenecido a Harold.

Cinco años no habían suavizado su rostro; al contrario, lo habían endurecido aún más. Llevaba un traje negro impecable, la camisa desabrochada en el cuello y la mirada fija en unos papeles. Cuando se cerró la puerta, levantó la vista.

Sus ojos grises se encontraron con los de Elena como una descarga eléctrica. Por un instante, algo difícil de entender —quizás dolor, quizás una vieja rabia— cruzó el rostro de William, pero enseguida se convirtió en una expresión de desprecio.

A un lado, sentados cómodamente en los sofás de cuero, estaban Beatriz, Margarita, Cristóbal y Ricardo. Todos la miraron como si su presencia hubiera contaminado el aire de la habitación.

—Vaya —rompió el silencio William, con voz grave y rasposa que resonó en la sala—. La rata regresa al barco en cuanto huele la comida.

Elena sintió la sangre hervirle en las sienes, pero apretó la mano de Sofía y mantuvo la mirada fija en William sin pestañear.

—No vine por ti, William —respondió ella con voz firme, aunque por dentro le temblaba todo el cuerpo—. Vine porque tu abogado me sacó de un refugio después de haber perdido todo. No me interesa tu dinero ni tu cara de indignado. Escucho lo que dejó tu padre y me voy.

—¡Qué descaro! —saltó Beatriz desde el sofá, abanicándose con furia—. ¡Le hablas al dueño de esta casa como si tuvieras derecho a pisar este suelo!

—Suficiente —intervino el abogado Harrison, colocándose en la cabecera del escritorio y desplegando solemnemente los documentos—. Estamos aquí para cumplir la última voluntad de Harold Campbell. Procederé a la lectura de la cláusula principal.

El abogado se ajustó los anteojos y empezó a leer con un tono monótono que pronto se volvió sofocante:

*Yo, Harold Campbell, en pleno uso de mis facultades mentales, declaro que la totalidad de mis acciones en la corporación Campbell, así como el fideicomiso principal de la familia, quedarán bloqueadas de inmediato. Para desbloquear la masa hereditaria y evitar que el ochenta por ciento de los activos pase a fondos de beneficencia pública, se deberán cumplir las siguientes condiciones innegociables:»*

El abogado hizo una pausa y miró a los dos jóvenes.

«Primero: Elena y mi hijo William deberán contraer matrimonio legal en un plazo no mayor de treinta días a partir de la lectura de este documento. Segundo: Para que el traspaso definitivo de las acciones y bienes se consolide, la pareja deberá concebir un hijo en común en un plazo de un año. De cumplirse ambas condiciones, se otorgará una pensión vitalicia e independiente a Elena y a su descendencia, y William asumirá el control total de la presidencia.»

Un silencio absoluto llenó la biblioteca.

Beatriz se levantó de un salto, con el rostro pálido y desencajado.

—¡Esto es una locura! —gritó la mujer—. ¡Ese viejo estaba demente! ¡Está obligando a mi hijo a casarse con la mujer que arruinó su vida y con quien estuvo su propio padre! ¡No lo voy a permitir!

—¡Harrison, esto se puede impugnar! —exclamó Ricardo, sudando frío mientras miraba a Margarita y a Cristóbal, asustado por las consecuencias financieras si el dinero terminaba en manos de Elena o de una fundación pública.

William no gritó. Se puso de pie lentamente, apoyando las manos sobre el escritorio. Su respiración era pesada y acelerada, y sus ojos, clavados en Elena, ardían de una furia destructiva.

—¿Esto era lo que buscabas? —siseó William, acercándose a ella con pasos lentos, sin hacer caso a los gritos de su familia—. ¿Le sacaste esto a mi padre antes de que muriera? ¿Un contrato para obligarme a tenerte en mi cama?

Elena dio un paso adelante, enfrentándolo sin dejarse intimidar por su altura, sintiendo cómo el rencor y la humillación de cinco años explotaban en su pecho.

—¡Yo no le pedí nada a tu padre! —soltó Elena con los ojos llenos de rabia—. ¡A diferencia de ti y de toda tu familia de buitres, yo no vivo arrastrándome por su dinero! ¡Prefiero volver a la calle antes que casarme contigo o que me toques!

—¿Ah, sí? —intervino el abogado Harrison con frialdad, cortando la discusión—. Permítame recordarle su situación, señorita Elena. Si rechaza el testamento y sale por esa puerta sin dinero ni casa, los servicios de protección infantil ya tienen la orden para quitarle a su hija Sofía hoy mismo. No tiene trabajo, no tiene casa y no puede apelar.

Elena se quedó paralizada. El golpe fue tan fuerte que sintió que las piernas le fallaban. Miró a Sofía, que se aferraba a su falda, asustada por los gritos. La realidad era cruel: su orgullo podía costarle a su hija.

William soltó una carcajada amarga, sin rastro de alegría, y sacó una pluma del bolsillo de su saco.

—Qué conmovedor —dijo William con voz cargada de sarcasmo—. La gran Elena sacrificándose por el bien común. Firmemos esto de una vez. Pero que te quede claro, Elena: te vas a casar conmigo, vivirás bajo mi techo y cumplirás el contrato. No esperes nada más. Entre tú y yo solo queda asco. La boda es solo un trámite legal para no perder la empresa, y en cuanto cumplas con el testamento, te echaré a la calle otra vez, pero esta vez sin un centavo.

Las palabras de William resonaron en la biblioteca como una amenaza. Elena apretó los dientes hasta sentir el sabor metálico de la sangre en la boca.

El desprecio de William, las miradas triunfantes de su familia y la amenaza de perder a Sofía llenaron a Elena de rabia y resentimiento.

«¿Quieres un monstruo, William? Te voy a dar el monstruo que tanto deseas», pensó Elena.

Avanzó dos pasos, le quitó la pluma de la mano a William de un tirón y firmó el documento con un trazo fuerte y decidido.

—Hecho —dijo Elena, mirando a William a pocos centímetros de su rostro, sintiendo el calor de su respiración y esa atracción peligrosa que, a pesar del odio, amenazaba con consumirlos—. Firmado. Pero prepárate, William, porque si crees que me vas a destruir otra vez, te equivocas. Voy a cobrar cada centavo de este testamento.

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