ログインEl chasquido de la pluma al golpear el escritorio de caoba fue el inicio de un tormento anunciado. Por varios segundos, solo se oía la respiración agitada de William y el sollozo ahogado de Beatriz, que se dejó caer en el sofá como si hubiera presenciado una ejecución.
—Perfecto —dijo el abogado Harrison, retirando las hojas con cuidado y guardándolas en su maletín de cuero—. Las firmas están puestas. Mañana temprano enviaré los documentos al juzgado de familia para formalizar el enlace civil exprés. Señorita Elena, la residencia oficial durante el proceso será la finca principal.
—Ni lo sueñes —dijo Margarita con voz dura, levantándose del sofá con los puños apretados—. Esta mujer no va a ocupar la suite principal de mi madre. Si el testamento la obliga a quedarse aquí, se quedará en las habitaciones del ala oeste, lejos de todos.
—Elena dormirá en la suite del ala este —dijo William. Su voz era baja y fría, y detuvo la protesta de su hermana de inmediato—. Conmigo.
Elena levantó la cabeza de golpe, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Qué dijiste? —preguntó ella, apretando la mano de Sofía.
—Oíste perfectamente —respondió William, acercándose hasta quedar muy cerca de ella. Su aroma a madera y humo la envolvió, desordenándole los pensamientos y despertando recuerdos que Elena llevaba cinco años intentando olvidar—. Si mi familia o la junta directiva sospecha que este matrimonio es falso antes de la concepción, perderé el control de las acciones. No voy a arriesgar el imperio Campbell porque no quieras compartir techo conmigo. Vivirás en mi ala, comerás en mi mesa y fingirás ser mi esposa cuando yo lo diga.
—No voy a fingir nada ante gente que me desprecia —dijo Elena, mirándolo con rabia—. Acepté el contrato para salvar a mi hija, no para ser tu marioneta ni tu trofeo.
—No eres mi trofeo, Elena. Eres mi condena —dijo él muy cerca de su boca, con los ojos grises llenos de furia contenida que a Elena le resultaba tristemente familiar—. Y tú fuiste quien la firmó.
Sin darle tiempo a responder, William se dio la vuelta y salió de la biblioteca a grandes pasos, cerrando la puerta de golpe y haciendo temblar los ventanales.
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La primera noche en la finca Campbell fue difícil para los nervios de Elena. La suite del ala este era enorme, decorada en tonos oscuros y fríos que mostraban la personalidad que William había desarrollado en su ausencia. Elena acostó a Sofía en la cama extra que la servidumbre había puesto en el vestidor, asegurándose de que la niña estuviera dormida antes de ir al dormitorio principal.
Sentada en el borde de la gran cama, Elena miraba la puerta del baño, por donde salían la luz y el sonido del agua. Sintió que el pánico crecía en su pecho, no por miedo a William, sino por miedo a cómo reaccionaría su propio cuerpo. Odiaba a William por no ver la verdad y por creer las mentiras de su familia, pero su presencia seguía alterando todos sus sentidos.
La puerta del baño se abrió. William salió secándose el cabello con una toalla blanca, vestido solo con un pantalón de estar por casa. Su torso desnudo, marcado por una cicatriz en el costado que Elena no recordaba, brillaba bajo la luz suave de las lámparas.
Elena se puso de pie de inmediato, adoptando una postura defensiva.
William la miró de arriba abajo. Sus ojos se detuvieron en su cuello, en sus labios apretados y en la forma en que el vestido marcaba su figura. Por un momento, la frialdad de William pareció romperse; la mirada que le dio no era de odio, sino de un deseo intenso y desesperado que ambos habían sentido hace cinco años.
Él se acercó a ella con dos pasos lentos. Elena no se movió.
—No me mires así —dijo Elena con voz áspera, sintiendo la garganta seca—. Firmé un papel, William. No te vendí mi cuerpo.
William dejó caer la toalla al suelo y se detuvo muy cerca de ella. Respiraba con dificultad.
—¿Crees que quiero esto? —dijo él, levantando una mano lentamente. Por un momento, Elena pensó que la tocaría, pero sus dedos solo pasaron cerca de su mejilla—. ¿Crees que quería volver a tenerte tan cerca, oliendo a la misma lavanda de siempre, recordando cada segundo que me vendiste por el dinero de mi padre?
—¡Yo no me vendí! —susurró Elena furiosa, empujándolo en el pecho aunque apenas lo movió—. ¡Tú fuiste el cobarde que prefirió creer en una trampa antes que escucharme! ¡Me echaste a la calle como a un perro!
—¡Te vi! —gritó William, tomándola de las muñecas con fuerza, sin hacerle daño, pero acercándola a su cuerpo. El contacto fue intenso. El calor de su piel y el ritmo acelerado de su corazón contra el de ella lo decían todo—. ¡Te vi en su oficina, Elena! ¡Te vi dejándote tocar por él!
—¡Estaba teniendo un ataque, imbécil! —le gritó Elena, con lágrimas de rabia en los ojos, forcejeando para soltarse—. ¡Tu padre se estaba ahogando y yo intentaba buscar su medicina! Pero estabas tan ciego de celos y orgullo que preferiste creer en tu mentira antes que admitir que me arruinaste la vida.
William se quedó quieto. Por un instante, la duda apareció en sus ojos grises, pero enseguida apretó la mandíbula y ocultó la vacilación tras una actitud cínica.
—Bonita historia —dijo él, aunque su voz ya no era tan firme—. Lástima que la cuentes cinco años tarde.
Sin soltarle las muñecas, la acercó suavemente. La cercanía era insoportable. Los labios de William estaban a milímetros de los suyos, y Elena sintió un mareo al darse cuenta de que, a pesar de todo, su pulso se aceleraba por el deseo de besarlo y demostrarle que la pasión del pasado seguía viva.
William también lo sintió. Miró los labios de Elena y, por un momento, se inclinó y rozó su boca con la de ella, provocando un jadeo ahogado en ambos.
Era puro deseo. Era despecho. Era el intento desesperado de dos personas heridas que solo sabían lastimarse usando la única arma que no podían controlar.
Elena cerró los ojos y se acercó a él, lista para dejarse llevar por ese deseo, pero la puerta del vestidor se abrió con un pequeño chirrido.
—¿Mamá? —preguntó la voz adormilada de Sofía.
El momento se rompió de golpe. William soltó las muñecas de Elena y retrocedió tres pasos. Respiraba con dificultad y miraba sus manos como si no reconociera lo que había hecho.
Elena se dio la vuelta rápido, dándole la espalda a William mientras se limpiaba una lágrima de la mejilla.
—Ya voy, mi amor —dijo Elena con voz temblorosa, caminando hacia la puerta del vestidor sin mirar atrás—. Vuelve a la cama.
Antes de salir, Elena se detuvo y miró a William por encima del hombro. Él estaba de pie en la oscuridad de la habitación, con el rostro marcado por la culpa y el deseo no resuelto.
—El contrato exige un hijo, William —dijo Elena con una frialdad impuesta que le desgarró la garganta—. Pero no te equivoques. Entre tú y yo no hay más que la necesidad biológica de cobrar la herencia. No vuelvas a tocarme como si me quisieras.
Elena entró al vestidor y cerró la puerta, dejándolo solo en la oscuridad.
Al otro lado, William se pasó las manos por el rostro y dejó escapar una maldición. La duda que Elena había sembrado sobre la noche de la traición empezaba a inquietarlo, mientras el recuerdo de su contacto le ardía en la piel. La guerra en la finca Campbell apenas comenzaba y ambos sabían que la mentira de la "simple lujuria" no duraría mucho.
El otoño de la ciudad avanzaba bajo un cielo gris y pesado que parecía aplastar los rascacielos. En el piso veinte de la cadena de noticias CRG —la red de televisión más importante y temida del país—, el ambiente olía a café quemado, a nervios a flor de piel y al eco de los teclados que no dejaban de sonar.Para Sofía Campbell, ese ruido no era extraño; era el terreno donde había decidido recuperar su propia voz. A sus veinticinco años, tras haber sobrevivido a un infierno de traiciones y haber reconstruido su destino junto a Liam, sabía muy bien que no le bastaba con manejar cuentas bancarias o galerías de arte. Quería la verdad. Quería el poder de la información. Quería el puesto de reportera principal y jefa de investigación, la silla más peleada de todo el periodismo.Pero ese trono ya tenía una dueña dispuesta a usar las uñas y los dientes: Valeria.A pesar del escándalo de la boda arruinada y de que la fortuna de Leonardo empezaba a tambalearse en secreto, Valeria seguía aferrad
Tenía la cara pálida, sudorosa, los ojos desorbitados y una sonrisa maniática que no podía ocultar. Llevaba tres horas compitiendo encarnizadamente en cada ronda de pujas contra la mesa del sector derecho.En la mesa de la derecha, serenos, elegantes y tomados de la mano, Sofía Campbell y Liam Rossi observaban el panel digital de ofertas con una calma absoluta. William Campbell permanecía a su lado, habiendo sido informado del plan estratégico por su hija, y actuaba con la majestuosidad propia de un rey que observa la caída inminente de un usurpador.El subastador golpeó el mazo de madera sobre el estrado.—¡Ronda número siete cerrada! —anunció la voz amplificada del juez de subastas—. La última postura presentada por el consorcio Campbell-Rossi asciende a 95 millones de euros. ¿Hay alguna postura superior en la sala?Un murmullo de asombro recorrió a los espectadores. Noventa y cinco millones era una cifra astronómica, muy por encima de las estimaciones iniciales del mercado.Vicente
Leonardo se echó a reír con una satisfacción desbordante.—No voy a fracasar, abuelo —susurró con una mirada fría, perturbada y llena de un odio insaciable—. Esta vez, voy a destruir a todos mis enemigos.---A varios kilómetros de ahí, en el piso alto de la Finca Campbell, el ambiente era completamente diferente.La luz de la mañana entraba por las grandes ventanas del despacho privado de Sofía. En la mesa de caoba había dos tazas de té caliente, un mapa náutico topográfico del archipiélago de San Bartolo y varios informes confidenciales con sellos de la autoridad ambiental marítima.Sofía llevaba puesta una blusa de seda azul marino y tenía el cabello recogido en un moño elegante. Estaba sentada frente a Liam Rossi.Liam, vestido con un traje gris oscuro y con la calma de quien vigila cada detalle, leía los informes y bebía de su taza.—Así que Leonardo ya presentó la solicitud de postura para ‘Puerto Titán’ —dijo Liam con tono grave y analítico—. Mi padre y mi abuelo le dieron la l
La noche en que la máscara de Leonardo Rossi se rompió sobre la alfombra de la Finca Campbell no terminó con un lamento. Terminó con su huida desesperada. Liam lo acorraló con una mirada fría. William Campbell lo avergonzó delante de todos. Sofía lo miró con asco. Leonardo salió rápido de la casa y tropezó en la gravilla del parqueadero. La lluvia de la madrugada le mojaba la cara. No sentía arrepentimiento. Solo sentía rabia, un veneno amargo que le llenaba la cabeza.Días después, en la sede histórica de la residencia Rossi, una mansión victoriana de piedra oscura a las afueras de la ciudad, lejos de los fotógrafos, el aire olía a tabaco de pipa, cuero viejo y brandy añejo.En el gran despacho con paneles de nogal, solo las llamas de la chimenea rompían la penumbra. En el sillón de orejas estaba el verdadero patriarca de la familia: Bernardo Rossi, el abuelo de noventa años, cuyas manos arrugadas todavía manejaban los fideicomisos más antiguos de la familia. A su derecha, de pie y c
—Ni se te ocurra ponerle una mano encima, Leonardo —dijo Liam con una voz rasposa, grave y letal que congeló la sangre de todos los presentes—. O te juro por Dios que te rompo el brazo aquí mismo, frente a tu padre.—¡Liam! —rugió Vicente Rossi, avanzando con las manos temblando de ira—. ¡¿Qué demonios estás haciendo aquí?! ¡Tú renunciaste a esta familia hace cinco años! ¡No tienes derecho a venir a mi casa ni a interferir en los negocios de tu hermano!—Yo no vine a interferir en sus negocios, padre —respondió Liam con una calma aterradora, acomodándose los puños de la camisa—. Vine a recuperar lo que es mío. Y vine a acompañar a mi prometida.El salón entero quedó en silencio total.—¿Prometida…? —alcanzó a articular William Campbell, mirando a Sofía con la mirada cargada de un desconcierto profundo pero alerta.Sofía avanzó, metió la mano en su bolso y sacó la carpeta roja con los documentos notariales. Con un gesto seguro y elegante, puso la carpeta sobre la mesa principal de caob
El gran salón de la Finca Campbell olía a lirios blancos, cera de abejas y el perfume fuerte de las orquídeas importadas. Cincuenta candelabros de cristal de Murano lanzaban destellos dorados sobre la vajilla de porcelana inglesa y los cubiertos de plata maciza. Todo parecía igual a lo que Sofía recordaba de su vida anterior. Una recepción impecable, sobria y ostentosa, hecha para impresionar a la alta sociedad y unir el destino de dos familias.Pero detrás de las cortinas de terciopelo, el juego ya había cambiado para siempre.Sofía estaba de pie frente al gran espejo de su vestidor y miraba el vestido de seda color marfil que llevaba. Pasaba los dedos por la tela y sentía frío. Elena, a su lado, le ajustaba con cuidado un collar de perlas que llevaba en la familia tres generaciones.—Sofía, mi amor… aún estamos a tiempo de posponer esto si no te sientes completamente segura —murmuró Elena, observando el reflejo de su hija en el cristal. La mirada de Elena conservaba esa aprensión in







