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cap 5

Author: L. Alejandra
last update publish date: 2026-09-04 11:34:39

La luz del sol se filtraba de manera insolente por la rendija de las cortinas, golpeando mis párpados como si fueran una advertencia. El dolor de cabeza era una punzada rítmica, un recordatorio vívido de que el tequila y el whisky no son buenos compañeros de trabajo. Moví un brazo, sintiéndolo pesado, y mi rostro se enterró en algo cálido y sólido. ¿Qué demonios...?

Mi cerebro comenzó a procesar la información por partes. Primero, el olor: madera, sándalo y algo más que me resultaba inquietantemente familiar. Segundo, la temperatura: estaba atrapada en un abrazo que me impedía moverme. Abrí los ojos con dificultad y lo primero que vi fue un pecho firme, surcado por marcas de uñas que me hicieron fruncir el ceño.

El pánico se instaló en mi sistema como un rayo. Levanté la cabeza con una rapidez que casi me provoca un desmayo por la resaca, y la visión fue el colmo de mi desgracia. Estaba encima de Liam Anderson. Y, para mi horror absoluto, él seguía dentro de mí.

—¡AAAAAAHHHH! —mi grito rasgó el silencio de la habitación con una potencia que habría despertado a los muertos.

Liam se despertó con un salto, sus ojos azules abriéndose desorbitados, su cuerpo tensándose bajo el mío. En un movimiento frenético y poco elegante, me separé de él, cayendo de lado en la cama mientras las sábanas se enredaban en mis piernas. Él se sentó, sujetándose la cabeza con ambas manos, con el rostro desencajado.

—¿Qué...? ¿Qué ha pasado? —su voz sonaba como si hubiera estado tragando arena—. ¿Rossi? ¿Qué haces en mi cama?

—¡Eso debería preguntártelo yo, pedazo de idiota! —respondí, poniéndome en pie de un salto, aunque mis rodillas temblaron peligrosamente—. ¡No recuerdo absolutamente nada! ¡Estábamos en el club, luego... nada! ¡Laguna mental total!

Liam se quedó mirándome, parpadeando estúpidamente mientras intentaba encajar las piezas de un rompecabezas que no existía. Se pasó la mano por el cabello, luciendo más vulnerable de lo que jamás imaginé que un hombre tan arrogante pudiera estar.

—Yo tampoco recuerdo nada, Mía —confesó, y ese uso de mi nombre sin el apellido me golpeó más fuerte que el alcohol—. Solo sé que me duele la cabeza como si un avión hubiera aterrizado encima.

Corrí hacia el baño, necesitando el espejo para verificar que no estaba soñando. La imagen que me devolvió el cristal me dejó helada. Mi maquillaje estaba corrido, mi cabello parecía el nido de una cigüeña en medio de un huracán, pero lo peor fue ver los rastros en mi piel. Tenía chupones y marcas por todo el cuello y los hombros. Me giré para ver mi espalda y solté un jadeo de horror.

—¡Liam, ven aquí ahora mismo! —grité.

Él apareció en el marco de la puerta, desnudo y sin el menor atisbo de vergüenza, lo cual me enfureció aún más. Me señaló con un dedo acusador.

—¿Es que acaso eres un pulpo? —le dije, señalando las marcas de dedos en mi cintura—. ¡Mírame! ¡Parece que me ha atacado un calamar gigante con problemas de ira! ¡Eres un abusador de la piel!

Le lancé una almohada con toda la fuerza que pude reunir, que a decir verdad no fue mucha. Él la esquivó con un movimiento rápido, pero no dejó de mirarme con esa intensidad que me ponía de los nervios.

—¿Yo un pulpo? —respondió él, acercándose a mí sin una pizca de arrepentimiento—. Mía, mírame la espalda. ¡Tú no eres una mujer, eres una leona! ¡Tengo tu firma tallada desde el omóplato hasta la cadera! ¡Parece que intentaste arrancarme el músculo a mordiscos!

Me acerqué a él, indignada, y le obligué a girarse. Tenía razón. su espalda, , era un mapa de guerra. Mis uñas habían dejado surcos profundos que aún estaban ligeramente enrojecidos. Me llevé las manos a la cara, mortificada.

—Esto no puede estar pasando —murmuré—. Somos colegas. Tú me odias. Yo te desprecio. Esto es una pesadilla, un error técnico de proporciones catastróficas.

Él se dio la vuelta, quedando frente a mí, demasiado cerca. Sus ojos recorrieron mi cuerpo desnudo, y por un segundo, la arrogancia volvió a su mirada, pero mezclada con algo más primitivo. Se acercó un paso más, lo suficiente para que nuestras respiraciones volvieran a mezclarse.

—Bueno —dijo, con una voz que había perdido gran parte de su tono hostil—, si ya estamos aquí, y si el daño ya está hecho... aunque no recordemos el "cómo", ¿quién dice que no podamos experimentar para ver si somos capaces de recordar el "por qué"?

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