Mag-log inLas letras del cuaderno se corrieron hasta convertirse en una mancha de tinta. Adrián lo cerró de prisa y se lo devolvió a la madre de Leonardo, temiendo arruinar más la escritura.—Perdón.Ella guardó el cuaderno en la caja de madera y sonrió con pesar.—No te preocupes. En estos años casi lo deshojé de tanto leerlo; ni yo sé cuántas lágrimas dejé caer sobre sus páginas.Adrián todavía sostenía la piedra. La examinó con detenimiento: recordaba que originalmente era áspera y tosca, pero ahora estaba lisa y pulida. Después de tanto tiempo, era imposible saber cuántas veces unos dedos la habían acariciado.—¿Reconoces esta piedrita? —le preguntó ella.Adrián asintió.—Sí... La talló un compañero de la preparatoria. Fuimos de excursión en otoño, la recogimos a la orilla del río, y uno de los chicos le grabó un diseño, le hizo un agujero y la convirtió en collar... Después perdí el rastro de quién se la quedó. Resulta que la tenía Leo.La madre de Leonardo asintió.—La cuidaba mucho. —Hizo
El señor Montiel por fin encontró en la cara de Adrián la sombra de aquel adolescente. Abrió la puerta y, por un momento, ninguno de los dos supo qué decir; ninguno era capaz de pronunciar el nombre de Leonardo.—Pa... pasa a sentarte un rato. —Se hizo a un lado y lo invitó a entrar.De camino a la sala, Adrián se enteró de que los padres de Leonardo habían vuelto del extranjero apenas el día anterior y pensaban quedarse en el país para pasar ahí sus últimos años.Al entrar, vio a la madre de Leonardo acomodando algunas cosas. Ella también se quedó paralizada un buen rato antes de reconocerlo; después lo invitó a sentarse, charlaron de cosas cotidianas, la tensión se fue disipando hasta que todos se sintieron cómodos.Ella suspiró con los ojos llorosos.—Ya pasaron varios años y sigue sintiéndose como si hubiera sido ayer. Cada vez que me acuerdo, este dolor...Adrián también tenía un nudo en la garganta; ni siquiera sabía qué palabras usar para consolarla.Fue ella quien se secó las l
—¿Nuestros? ¡Ni en tus sueños! Hay niveles y Adri está a años luz de alguien como tú. —Paulina le dedicó una mirada despectiva.Beto no se quedó callado y rio, burlón.—Tu Adri, aparte de ser más guapo que yo, ¿en qué me supera?—En todo —replicó Paulina con un resoplido.—¿En serio? —Beto se burló—. Estudiamos en la misma universidad, la misma carrera, fundamos la empresa juntos, y yo no trabajo ni un poco menos que él. ¿En qué se supone que me queda grande?—Él es el presidente y tú el vicepresidente. Ahí está la diferencia —dijo Paulina con desdén.La mueca burlona de Beto se acentuó.—¿Y aun así te acuestas conmigo? ¿Por qué no vas y le pides lo mismo que a mí a tu Adri?—Vulgar... —Paulina lo miró con desprecio.—Deja de hacerte ideas y dedícate a cuidar el embarazo. Trae a mi hijo al mundo sano y salvo. —Beto rio con cinismo—. Esfuérzate, ve y conviértete en la señora Vargas.—Se dice fácil, pero ¿y si Adri pide una prueba de paternidad?—No lo hará —afirmó Beto con seguridad—. S
En el hospital.Adrián fue a pagar la cuenta. Beto y Paulina permanecían en la sala de espera.Ella estaba muy molesta.—Adri es un caso perdido, ¿cómo puede ser tan terco? ¿En serio va a darle todos sus bienes a Olivia? Si ni siquiera el convenio de divorcio que ella le dejó incluye esa cláusula. Olivia ni lo pidió, ¡y él insiste en dárselo!—Baja la voz —le dijo Beto—. Lo que le da son bienes personales. Mientras la empresa siga en pie, puede seguir ganando dinero. No te limites a mirar el árbol y pierdas de vista el bosque. Lo importante es que Adri logre divorciarse sin problemas. Si se sigue retrasando, el bebé va a nacer sin un padre que lo reconozca legalmente.Paulina no pudo disimular la preocupación.—Beto, ¿de verdad no hay otra solución? ¿Tú crees que Adri va a...?—Listo, vamos al estudio —dijo Adrián al volver.Los dos se callaron.Terminaron los estudios y todo salió normal. Los tres dejaron el hospital. Ya en el auto, Paulina le preguntó a Adrián:—¿Adónde vamos a comer
—¿Compañera? ¿Cuál compañera? ¿Cómo es que no sabía que tenías una compañera así? —Paulina no dejaba de presionar.—De la preparatoria. No la conocen.—¿Qué compañera de preparatoria se atreve a hablarte así? ¡Y encima una mujer! —Paulina no podía creerlo. Adrián era uno de los empresarios más reconocidos de Altabrisa; ¿había una mujer capaz de hablarle de esa manera? ¡Ni ella se atrevía!Paulina intentó arrebatarle el celular y lo logró. Adrián la observó teclear su contraseña con total soltura y pensó: “Uno cosecha lo que siembra”. Fue entonces cuando comprendió cómo había aparecido aquella publicación absurda en sus redes sociales… se lo tenía bien merecido.Paulina vio que el primer registro de llamadas mostraba el nombre: Daniela Rivas. Se lo devolvió.—¿De verdad es tu compañera? Qué falta de educación, ¿quién va por ahí insultando a la gente así?Adrián recuperó su celular.—¿Quién creías que era?—Creía que… —Paulina no terminó la frase.Por supuesto que creyó que era Olivia. S
¿En serio había muerto?En la mente de Adrián volvió a resonar aquella voz de sus pesadillas: “Oye, Adrián, la tal Olivia de tu salón… ¡Lárgate!”Daniela dijo algo más:—Es verdad, ya no puedes confiar en Olivia. Por eso me invitaste a comer, ¿no? Para poder desahogarte conmigo.Adrián no dijo nada. Últimamente soñaba todo el tiempo con cosas de cuando tenían dieciséis, diecisiete años, y por eso de vez en cuando le escribía a Daniela; en esos mensajes casi podía sentir el aroma del azahar de aquellos años.La voz de Daniela siguió llegando desde el otro lado.—Solo la gente que la está pasando mal se refugia en el pasado; los que van viento en popa solo miran hacia adelante. Adrián, deja ir a Olivia. Ella merece un futuro mejor.Él sintió un tirón agudo y la vista se le fue nublando. Ahora, aunque intentara retenerla, ya no podía… Ya no tenía derecho a aferrarse.—Daniela —dijo con la voz entrecortada—. Me arrepiento tanto.Todo lo arrogante, lo desafiante y lo desquiciado que fue dur







