LOGINAquella presencia, ese aura magnético y dominante que absorbía todo el oxígeno de la habitación, únicamente podía pertenecerle a un hombre.
Lo comprendí: Se trataba de un sueño. Otra de mis recurrentes fantasías nocturnas.
Lejos de asustarme, una oleada de alivio y audacia recorrió mi cuerpo. Adoraba cuando mi mente se ponía creativa, y esta vez no iba a poner resistencia. Me recosté de nuevo sobre las sábanas, rindiéndome al colchón, deslicé una mano por debajo del dobladillo de mi camisón de dormir. Mis dedos no tardaron en encontrar esa familiar humedad entre mis bragas.
Cerré los ojos, entregándome al engaño de mis sentidos.
Gemí muy bajo, cubriéndome la boca instintivamente con la otra mano. Mis dedos empezaron a moverse más rápido, buscando desesperadamente el alivio que mi cuerpo reclamaba, mientras en mi mente se reproducía, en un bucle ardiente, el roce de Leo. Evoqué la firmeza de su mano en mi espalda baja obligándome a pegarme a su torso, la caricia lenta de su pulgar; la intensidad de sus labios a escasos centímetros de los míos.
La combinación de esos recuerdos reales y ficticios fue devastadora. Un orgasmo estupendo me sacudió entera, dejándome con los ojos empañados de placer y la frente perlada de sudor. La liberación relajó cada uno de mis músculos tensos, caí de inmediato en un sueño profundo; desprovisto de fantasmas.
El pitido estridente de la alarma sobre la mesita de noche me arrancó del letargo.
Desperté lentamente, con los párpados pesados y los ojos escociéndome un poco por la brillante luz matutina. Estuve tendida unos segundos, perezosa, giré el rostro hacia el sillón individual.
Vacío.
Por supuesto que estaba vacío. Lo ha estado siempre.
Esbocé una pequeña sonrisa de resignación. Definitivamente, me urgía una ducha fría
...
Minutos después, vestida con el uniforme de trabajo, caminé por los pasillos rumbo a las habitaciones del fondo, dispuesta a limpiarlas. Apenas si había dormido, hoy sería un día largo
Me incliné para recoger un fardo de toallas limpias cuando, de repente, un torrente de líquido frío me cayó encima empapándome.
Ahogué un grito. Volteé, tiritando para ver a Ingrid de pie frente a mí. Sostenía el balde de la fregona con la que estuvo limpiando el pasillo; un agua grisácea con olor a desinfectante y mugre que ahora chorreaba por mi cabello, pegando la camisa y los pantalones a mi piel.
—Ups —musitó Ingrid, dedicándome una sonrisita burlona. No se molestó lo más mínimo en fingir.
Me incorporé despacio, contando mentalmente en un vano intento por aguantar la rabia, aparté los mechones húmedos de mi frente.
—¿No te vas a disculpar? —le cuestioné.
—¿Disculparme? Por favor. Fue un pequeño accidente. No seas tan dramática, que pareces de cristal.
Bufé, apretando los puños a los costados. La impotencia me carcomía.
—Lo hiciste a propósito. —la acusé—. Ya deja de meterte conmigo, Ingrid.
Ella soltó una risita, acortando la distancia. —¿Y qué vas a hacer, muerta de hambre? ¿Vas a ir a llorarle a Lina? ¿O vas a correr a abrirle las piernas a tu patrocinador para que me regañen?
Fruncí el ceño.—¿Patrocinador? ¿De qué hablas?
—No te hagas la santa, que no te queda —escupió, destilando el veneno—. Te vi ayer metida en el elevador junto a Leo von Drachen. ¿Cómo lo hiciste, eh? ¿Cómo lograste que un hombre de su clase se fijara en una insignificante como tú? ¿Qué le diste? ¿Lástima?
Al parecer mi intento por ser precavida, no sirvió... ella sí nos vio. No tenía de otra; lo enfrentaría, total no es que estuviera haciendo nada malo.
—Pues sí, conozco al señor von Drachen —respondí—. Me ha ayudado y le tengo mucho respeto.
—Mmm, claro si te paga la habitación y todo.
—Mi habitación me la pago yo con mi sueldo.
Ingrid soltó una carcajada estridente.
—¡Ay, por favor! ¿A quién quieres engañar? Con la miseria que ganas aquí no te alcanza ni para pagar el jabón que usas. ¿Qué tuviste que hacer para que Leo se rebajara a tocarte? ¿Se la mamaste en el auto o en tu cuarto?
La mención explícita de Leo rompió la última barrera de mi autocontrol. Un impulso salvaje me atravesó el pecho.
—No vuelvas a mencionar su nombre con tu boca putrefacta —le solté entre dientes.
—¿Y si lo hago qué, zorra? ¿Qué me vas a—?
Me abalancé sobre ella empujándola con todas mis fuerzas contra el carro de limpieza. El golpe metálico retumbó en todo el pasillo. Ingrid se tambaleó, aturdida, los ojos desorbitados por la sorpresa. Soltó un chillido de furia y se lanzó contra mí como una fiera.
Nos enzarzamos en un forcejeo violento y caótico. Ingrid me agarró del cabello tirando de mí; la adrenalina me cegó. Respondí de la misma manera, sujetándole la cabeza y tirándole del pelo mientras chocábamos contra las paredes, estiré la mano y le clavé las uñas en la mejilla, arañándola.
Un alarido agudo y desgarrador escapó de su garganta al sentir el corte.
—¡Hija de puta! —gritó, intentando golpearme a ciegas.
Gritos, insultos cruzados. Dos compañeros de mantenimiento llegaron corriendo y nos agarraron por la cintura, separándonos a tirones. Ingrid pataleaba en el aire, fuera de sí, despeinada, con un hilo de sangre corriéndole por la mejilla.
—¡Suéltenme! ¡Te voy a matar, perra de m****a! —bramaba, tratando de zafarse de los brazos del compañero que la sujetaba.
Yo jadeaba en el lado opuesto. El corazón me latía tan rápido que lo sentía en la garganta. No lograba entender cómo terminé respondiendo a los golpes.
Lina apareció corriendo al final del pasillo. Se detuvo, mirándonos con absoluta incredulidad.
—¡¿Se volvieron locas las dos o qué les pasa?!
Ingrid, al verla, redobló sus gritos dramáticos, señalándome.
—¡Es de las peores! Va por la vida fingiendo ser dulce y callada, pero es una farsa. ¡Una hipócrita! ¡Una basura disfrazada de mosquita muerta!
La miré fijamente.
—¡Suficiente, Ingrid! ¡Cállate ya! —le ordenó Lina.
A un gesto de Lina, los compañeros se llevaron a Ingrid a rastras fuera de allí. Sus gritos e insultos se fueron apagando a lo largo del corredor, su última advertencia llegó antes de que cerraran la puerta:
—¡Esto no se quedará así, tarde o temprano te vas a caer de esa nube, estúpida!
Me deslicé un poco por la pared, exhausta. El agua sucia seguía goteando de mi uniforme, formando un charco a mis pies.
Lina exhaló un largo suspiro, frotándose las sienes.
—Ve a cambiarte de ropa inmediatamente —me indicó—. Después ve a la sala de descanso. Vamos a hablar sobre esto, Vera.
Fui directo a mi cuarto. Metí las prendas húmedas en la cesta con rabia y me coloqué el uniforme de repuesto.
Al salir, regresé al pasillo. A pesar de todo, tenía que limpiar el reguero; es mi responsabilidad.
...
Una vez culminado, fui a la sala de descanso. Lina estaba sentada, esperándome.
—¿Te sientes mejor? —indagó serena.
Tomé asiento frente a ella. —No lo sé... Lamento mucho haberme comportado así.
Ella se acomodó sus lentes.
—Mira. Sé de sobra que Ingrid ha tenido actitudes complicadas con casi todos, pero esto que pasó hoy, tienes que explicármelo.
Tragué saliva, bajando la vista hacia mis manos entrelazadas sobre el regazo.
—Ingrid no paró de provocar. Comentarios, gestos, empujones, acciones de sabotaje, burlas... Todo este tiempo. Quise dejarlo pasar. Supuse que se cansaría si no le prestaba atención.
—¿Y hoy simplemente explotaste?
—Hoy fue diferente. Me tiró encima un balde de agua sucia a propósito. Y cuando le reclamé, empezó a decir cosas...
—¿Qué dijo?
No buscaba parecer una niña llorona ni una víctima. A esas alturas ya no tenía sentido seguir ocultándolo.
—Supongo que me daba igual lo que dijera de mí, eso no quiere decir que iba a permitir que arrastrara el nombre de alguien que no tiene nada que ver en esto. Del señor Leo von Drachen.
Lina frunció el ceño, sorprendida.
—¿Se metió con el señor von Drachen?
Asentí lentamente.
—Sí. Hizo comentarios de muy mal gusto y vulgares. Yo... reaccioné. No es justo que lo involucre en escándalos por haberme ayudado.
Lina suspiró, recostándose en su silla.
—Ya... comprendo. Ingrid no soporta que otra persona reciba atención, especialmente si viene de él.
—¿Por qué? —La curiosidad me picó.
—Porque Ingrid tiene un crush mal disimulado con el señor von Drachen. Nunca se ofrece a atender a los VIPs, pero cuando se trata de él, cambia completamente. Se pone melosa, servicial, da hasta vergüenza ajena. Así que, tiene sentido. Te vio con él y se volvió loca de celos.
Respiré hondo.— Eso explica muchas cosas...
—Vera, debiste contarmelo antes. Yo misma le hubiese puesto un límite de forma oficial.
—No creí que se complicaría así.
Lina suspiró.
—¿Crees que me van a despedir? —Le solté la pregunta temiendo lo peor. No puedo perder este empleo.
—No creo. Te defendiste de un acoso constante; hostigamiento. Yo me voy a encargar de que el supervisor lo entienda así. Hablaré con él personalmente. No voy a permitir que te afecte.
—Gracias, Lina —susurré, apretando su mano.
—Eso sí, debes jurarme que si algo así vuelve a pasar, me lo vas a decir antes de que termine en puñetazos... —ella miró de reojo hacia la puerta de la sala de descanso, adoptando un tono de absoluta confidente—. Así, para la próxima, te ayudo a arañarle la otra mejilla.
Ambas nos echamos a reír.
''
En las semanas siguientes, las cosas cambiaron para bien. Ingrid fue oficialmente despedida.
No lo dije en voz alta, pero ella me generaba ansiedad y no fui la única que respiró aliviada con su salida. La echaron porque ya acumulaba varias advertencias por conflictos con otros compañeros; las situaciones incómodas se venían arrastrando desde hacía tiempo y su problema conmigo cruzó el límite. Aunque intentó negarlo todo, las cámaras de los pasillos grabaron la escena sin dejar margen a la duda. La dirección lo calificó de inmediato como acoso laboral y procedió a su despido.
Con el ambiente limpio, mi enfoque se volcó por completo en el evento de la galería, que sería el próximo mes.
Lina y yo nos hemos vuelto inseparables. Compartíamos turnos, bromas y confidencias. Se ha convertido en mi amiga. Me acompañó a hacerme mi primera perforación en las orejas para estrenar unos aretes que me compré, además de enseñarme algunos trucos de maquillaje.
Por fin me sentía de maravilla.
Esa mañana, mientras caminaba rumbo al almacén de telas, pasé por el vestíbulo. El área estaba sorprendentemente tranquila; a esa hora no había check-ins, el mostrador permanecía completamente vacío.
Vi a dos personas a través del gran cristal de la entrada. Afuera.
Mi tío y mi tía.
Él, vistiendo su abrigo marrón gastado y con esa eterna expresión de bestia en furia; ella, envuelta en su bufanda deshilachada, sus ojos enmarcados en un delineado exagerado, escudriñando desconfiada la puerta del hotel.
Un sudor frío me recorrió.
No tenía escapatoria. Me habían encontrado. Venían por mí.
***********************************************A las afueras de la mansión von Drachen, en la espesa nevada, una silueta femenina aguardaba inmóvil, a unos metros de la verja que delimitaba la propiedad. El viento arrastraba copos de nieve, adhiriéndolos a su chaqueta oscura.El brillo metálico de un encendedor rompió la tiniebla; una chispa iluminó su rostro apenas un instante. Bastó para que los ojos grises, enrojecidos por la rabia y el insomnio, delataran una presencia alimentada de odio.Entre sus dedos, el cigarrillo ardía lento. El humo subía en espirales, difuminándose contra la neblina blanca de la helada.Introdujo la mano en el bolsillo, extrayendo una fotografía arrugada. El papel estaba gastado, los bordes estaban deshechos, apenas sostenidos por la obstinación de quien no quiere soltar el pasado. El centro de la imagen seguía visible: una mano esquelética, despojada de carne, huesos desgastados, y enredados en los nudillos, mechones rojizos.Levantó la foto a la altura d
Leo, ven aquí —le pedí.Él negó de inmediato, tensando la mandíbula. —Creo que saldré un momento a tomar aire.Eso no lo permitiría, pensé en alguna excusa factible — Acabo de despertar, estuve al borde de la muerte… no quiero quedarme sola.Exageraba, solo que a veces usaba un poquito de drama con él. Y funcionó. Al escucharme, se devolvió, enseguida. Posicionándose a mi lado, los ojos en mi herida.—Estás débil —murmuró—. No quiero ponerte peor, tengo un caos ahora mismo que es mejor calmar afuera.—No —le atajé—. Quédate y hablemos.Coloqué la palma en su mejilla; preparando lo que necesitaba decir, Leo debía entender un par de cosas.—Escúchame bien, Leo —empecé despacio—. No hay ningún hombre en la faz de la Tierra que tenga mi atención como la tienes tú. Ni antes ni ahora. No hay duda: tú eres mi todo. No deberías sentirte inseguro ni por un instante.Noté que su
Mis manos manchadas de carmesí, Vera tendida en los brazos de Adrik, la cabeza ladeada, los labios apenas entreabiertos. Lucía pálida.¿Qué fue lo que hice? ¿Cómo pude ser tan descuidado y lastimarla a ella? ¿Cómo carajos las cosas terminaron así de torcidas? Ella no debía haber estado aquí, se suponía que ya se había ido. Debí confirmar antes de actuar.Fui dominado por mis impulsos más primitivos; al verla tan cerca de Adrik, esa intimidad entre ellos nubló mi razón. Pensé en acabar con él de una vez por todas. No contaba con que, en el último instante, ella se interpusiera. La impresión de verla frente a mí me dejó completamente roto.—La maté… —susurré.Adrik seguía moviéndose, presionando la herid
El camino se extendía frente a mí, blanco y mudo bajo la nevada. La caravana avanzaba: dos coches a la delantera, dos detrás. Cada uno con hombres armados que conocían de memoria las órdenes del plan.Mantenía la vista fija en la ventana, las luces del bosque apareciendo y desapareciendo. Apretaba el móvil en la mano, con el punto rojo que marcaba la ubicación de mi hijo aún activo. El brazalete no había fallado. Alaric seguía allí, en esa mansión.La policía estaba al tanto, pero no intervendría. Moví los hilos con el comisario y le dejé claro que este asunto quedaba bajo mis manos. No confiaría en nadie más.Adrik tenía un informante en mi propio círculo. No podía moverme de manera obvia. Por eso acepté el plan. Vera entraría primero. Sería el anzuelo. Yo llegaría después.El riesgo es altísimo. Vera estaba allá adentro, atrapada en medio de un fuego cruzado que podía estallar en cualquier instant
Todo el trayecto, traté de prepararme mentalmente para lo que venía. El coche avanzó por el sendero cubierto de nieve, deteniéndose frente a la gran puerta de la mansión.El seguro de la puerta trasera se abrió. Respiré hondo, abrí la puerta y descendí. Apenas la cerré, el vehículo arrancó y se perdió colina abajo.Quedé sola frente a la mansión de Adrik.El silencio era absoluto. Ni una sombra humana. El blanco de la nieve recortaba los árboles desnudos y cubría cada rincón del jardín.Avancé hasta la entrada. La puerta principal se abrió antes de que alzara la mano. En el umbral apareció una figura conocida: el asistente personal de Adrik. Traje impecable, rostro impenetrable. No pronunció palabra; un simple ademán con la mano bastó para ordenarme que lo siguiera.Atravesamos los mismos pasillos, los cuadros carísimos, las esculturas minimalistas, las paredes limpias y sin historia. Todo en esta casa parecía estar diseñado para ser admirado, no vivido. La calefacción funcionaba, sí..
Vera estaba fuera de sí. Gritaba, se aferraba a mi ropa.—Estoy aquí —la abracé, tratando de serenarla—. Respira.Tardé unos minutos así.Luego la cargué y llevé a nuestra habitación.Sus ojos seguían abiertos, aunque ausentes; mirada perdida, los labios resecos.Le toqué el rostro. Frío.—Marta —llamé.La mujer asomó desde la puerta, nerviosa.—Quédate junto a ella. Ni un segundo sola. ¿Entendido?—Sí, señor.—Dale algo tibio, háblale. Manténla aterrizada.Otra mucama entró con Helena en brazos. Vera, en su crisis, pidió tener a nuestra hija cerca para protegerla. Me arrodillé junto a la cama, le tomé la mano.—Te juro por todo lo que soy —murmuré— que traeré a nuestro hijo de vuelta.Le di un último vistazo a Vera. Tragué el nudo. No había espacio para flaquezas.Crucé hacia el ala norte de la casa. Thomas aguardaba por mí en la entrada del almacén; la puerta, entreabierta.—¿Está ahí? —pregunté.Asintió.—Revisé su móvil —confirmó relatando—. Fotos de la hermana hospitalizada, mensa







