ANMELDENPensé que estaba sanando… En realidad, estaba aprendiendo a amar mi propia jaula. Una jaula construida con promesas, mentiras… y el placer más adictivo que jamás conocí.
Mehr anzeigenNo recuerdo el momento exacto en el que dejé de tener voluntad. Tal vez fue al subirme a ese auto. O quizás, simplemente, cuando lo miré por primera vez: Leo von Drachen.
En aquella ocasión no creía que fuera real. El reloj marcaba pasada la medianoche. Llovía a cántaros. Las gotas golpeaban con fuerza los ventanales del viejo hostal-restaurante Waldlicht, un sitio apartado en un rincón lluvioso de Styria, Austria. Un lugar húmedo y rancio que sobrevivía gracias a viajeros solitarios, camioneros, a veces parejas discretas buscando anonimato. Nadie preguntaba mucho. Nadie miraba demasiado. Y eso lo hacía perfecto para esconderse... o desaparecer.
Yo limpiaba las baldosas de la entrada cuando él cruzó el umbral.
El sonido de sus zapatos elegantes, empapados sobre el suelo, hizo que detuviera la escoba. Ahí estaba. Alto, refinado, con la camisa negra marcándole el pecho húmedo y el cabello castaño oscuro cayéndole espeso sobre la frente. Poseía facciones perfectas; parecía una pintura renacentista caminando entre los vivos. Se quitó el abrigo, lo sacudió sin apuro y se acercó a la recepción.
—Necesito una habitación —anunció.
Mi tía Annegret, una mujer de expresión pétrea, labios delgados y cabello decolorado mal recogido, mascaba chicle mientras hojeaba una revista cualquiera detrás del mostrador. Lo miró de reojo, evaluándolo descaradamente antes de sonreír.
—¿Por cuántas noches? —le preguntó, jugueteando con un bolígrafo.
—Tres.
Ella le extendió la llave y le dio indicaciones hacia la número 3. Mientras él se dirigía hacia las escaleras, rumbo al pasillo, sus ojos claros como el hielo se encontraron con los míos por un breve instante. Se reflejó una mirada sin emoción, sin interés; la clase de atención que le dedicas a un objeto o a una sombra en movimiento. A pesar de eso, se me revolvió el estómago. ¿Mariposas? Supongo que se trataba de eso.
Quedé hipnotizada observando el lugar por donde había desaparecido.
—¿Qué haces ahí parada como una estúpida? —bramó Henrik a mis espaldas, haciéndome pegar un respingo—. Las baldosas no se limpian solas aún te falta fregar las parrillas de la cocina.
Giré hacia él torpemente. Henrik destacaba como un hombre barrigón, de rostro grasiento y voz áspera. Siempre estaba de mal humor, oliendo a cigarro y a sudor.
—Sí, tío... ya voy —musité.
—Y no quiero verte otra vez embobada mirando a los clientes. Esto no es un cabaret, ¿entendiste?
Asentí con la vista fija en la escoba. Seguí limpiando, intentando retener en mi mente la imagen del huésped. Esa noche no pude dormir. En mi pequeño ático, donde apenas cabía un colchón y una mesita con mis lápices, lo dibujé. Tenía esa costumbre: cuando algo me obsesionaba, lo retrataba. Él se convirtió en una silueta constante en mi libreta.
El hombre permaneció tres noches. Las tres más inquietantes de mi vida.
Desde que llegó, mis ojos lo buscaban; lo espiaba, fingiendo limpiar. Él bajaba temprano y pedía solo café; nunca tocaba el desayuno. Se sentaba en la misma mesa, cerca de la ventana, con un libro. Me dejaba boquiabierta la firmeza de sus dedos largos y sofisticados cada vez que pasaba una página. Las venas, que sobresalían ligeramente sobre su piel blanca, se contraían al sostener la taza, y yo no podía apartar la vista de su ceño fruncido, sumergido en una concentración absoluta.
Esa última mañana, me armé de valor para llevarle el café.
Al posar la taza sobre la mesa, su voz grave me sorprendió:
—Gracias. —Sus ojos seguían en el libro.
Nadie decía gracias en ese lugar. Esa sola palabra me descolocó tanto que, en un acto estúpido, mi mano tembló y volqué parte del líquido sobre su camisa blanca... y su pantalón. El café salpicó directo entre sus piernas.
Lo había arruinado. Se perfectamente lo que pasa cuando los clientes se enojan. Retrocedí un paso, lista para el golpe. Sin embargo, él simplemente levantó la vista, atónito.
—Lo siento, lo siento mucho... —tartamudeé, buscando desesperadamente algo para limpiar.
Tomé unas servilletas, agachándome para secar la mancha, incluso sobre su entrepierna.
—Está bien —me habló tranquilo—. Fue un accidente.
—De verdad, lo siento —repetí, bajando la mirada.
Él negó con la cabeza, tomó la taza que aún quedaba medio vacía y le dio un sorbo, restándole relevancia.
—No ha sido nada. ¿Tú estás bien? —cuestionó, sin rastro de enojo.
Instintivamente intenté esconder la mano con la que había sostenido la taza. El ardor me golpeó en ese instante, directo sobre la piel; él ya lo había notado. Tomó mi muñeca y la levantó con cuidado, examinándola bajo la tenue luz que entraba por la ventana.
—Te quemaste —afirmó, frunciendo el entrecejo.
—Estoy bien... —balbuceé, aunque no fuera verdad. El calor punzante se sentía real, pero resultaba insignificante frente a lo que se agitaba más abajo. Me sobresaltó la tibieza húmeda que empapaba la tela de mis bragas... constituía algo diferente. Un cosquilleo desconocido me hizo apretar los muslos, reaccionando a la forma en la que sus preciosos dedos envolvían los míos.
—A ti te cayó directo en la piel. A mí solo en la ropa —murmuró, más para sí mismo. Luego tomó una servilleta limpia del dispensador y comenzó a secar el dorso de mi mano delicadamente.
—Yo puedo encargarme de su ropa y lavarla —me apresuré a decir—. La arruiné.
Él ni siquiera miró la mancha.
—Eso no importa. ¿Tienen un botiquín aquí?
Hice un leve gesto de negación. —No se preocupe, me pondré algo después.
—Deberías hacerlo ya —insistió—. No dejes que se irrite. El café caliente es traicionero.
No supe qué contestar. Me desarmaba el calor de su mano sobre la mía y la forma en que hablaba, no levantaba la voz, no me miraba con desprecio.
Finalmente, dejó mi muñeca. El vacío se sintió inmediato. Murmuré una última disculpa para luego dar la vuelta.
...
Esa tarde estuve tan distraída pensando en él que confundí el azúcar con la sal y arruiné la sopa del día. Mi tío Henrik no tardó en notarlo. Siseó una maldición, soltó el cuchillo sobre la tabla y cruzó la cocina de tres zancadas. Me tomó bruscamente del brazo, clavando los dedos en mi carne, me arrastró hasta la parte trasera del restaurante, donde no nos vería ningún cliente.
—¡¿Qué hiciste, inútil de m****a?! —vociferó, empujándome contra una estantería oxidada.
El golpe sacó el aire de mis pulmones. Me tambalee. Abrió el viejo armario de metal y sacó la vara. Un bambú delgado, flexible. Cruel. Mis piernas flaquearon.
—Mírate. No sirves ni para revolver una puta sopa. Eres una maldita carga.
El primer latigazo me azotó la parte trasera del muslo. Ardió como fuego. Apreté los dientes fuertemente para no gritar. El segundo me alcanzó la espalda. El tercero, otra vez en las piernas. El dolor se acumulaba, superponiéndose, desgarrándome la piel. Cerré los ojos, tratando de no sollozar.
—Más te vale no volver a hacerme perder el tiempo con tus cagadas —bufó, y me agarró el cabello, jalándome hacia él.
Intenté no emitir ningún sonido, no obstante el tirón fue tan brutal que un pequeño lamento se me escapó.
—¿Acaso te quejaste, perra? —rugió—. Vuelve a hacer ruido y mañana te lo grabo en la jodida lengua.
Alzó la vara una vez más. Esta vez buscaba golpearme en la cara; lo vi en sus ojos. De pronto, un estruendo retumbó en la parte trasera. Algo metálico; azotado fuertemente. Henrik se quedó quieto, como una bestia salvaje alertada. Giró la cabeza hacia el pasillo.
—¿Qué fue eso...? —masculló.
La vara quedó suspendida en el aire.
Yo me había encogido, cubriéndome el rostro. Él bajó el brazo, soltó un gruñido, arrojó el arma al suelo y se dirigió rápido a la fuente del ruido.
Mi espalda estaba ardiendo.
Caminé directo al baño. Lavé mi cara, respiré hondo, me forcé a volver a la normalidad. Tenía mucho trabajo por hacer, y si provocaba a Henrik más de la cuenta, las consecuencias resultarían infinitamente peores. Sequé mis mejillas. No podía darme el lujo de quebrarme.
Apenas regresé al comedor, me dediqué a recoger las mesas. Una a una. Los vasos, los platos, los cubiertos. Hasta que, al llegar a la esquina más alejada, justo debajo del azucarero, noté algo fuera de lugar: una hoja doblada en dos. La caligrafía lucía perfecta.
«Habitación 3. Ven esta noche. 10 p.m.»
Es él.
Doblé el papel y lo metí en el bolsillo; me temblaban los dedos. El mensaje era para mí, sin duda. Yo soy la única que limpia el comedor, no existía motivo para que fuera dirigido a mis tíos.
¿Por qué querría verme?
A las diez en punto, subí.
Los escalones de madera rechinaron bajo mis pies en la penumbra. Me detuve ante la habitación 3, contemplando el pomo de metal. El pánico golpeó mi estómago. Si Henrik o Annegret me descubrían en este pasillo a deshoras, la paliza de la tarde parecería un juego de niños.
Pese a ser una estupidez estar ahí. Toqué la puerta.
Él abrió unos segundos después. Llevaba una camisa gris oscuro remangada en los antebrazos y pantalones de vestir oscuros. Se hizo a un lado, permitiéndome entrar. Se percibía el aroma a perfume masculino en la estancia. Caminé despacio, sintiéndome pequeña en ese espacio. Permanecí de pie cerca del escritorio viejo, en una esquina.
La puerta se cerró. Él se recostó contra ella.
—Recibí su nota... —murmuré.
—La dejé donde supuse que la encontrarías —respondió sereno.
—¿Para qué deseaba verme?
Avanzó hacia el escritorio, tomó una pequeña bolsita de papel y se acercó a mí. Su sola presencia bastaba para acelerarme el pulso.
—Para entregarte esto —comentó, ofreciéndomela.
La tomé cautelosa. Dentro había un frasquito pequeño.
—¿Qué es?
—Ungüento para quemaduras.
La mención me tomó desprevenida. Claro, la quemadura. La había pasado por alto. Mi mente seguía atrapada en la cocina, y el ardor de la taza fue insignificante comparado con el resto de acontecimientos ocurridos en la tarde.
—Gracias. No tenía por qué molestarse.
—Dijiste que te aplicarías algo —replicó—. Viendo el estado de tu herida, parece que no lo hiciste.
—Se me pasó... he estado... ocupada.
Fue una mentira a medias; no tenía dinero para medicinas tampoco permiso para salir por mi cuenta. Me quedé allí, lidiando con el sello del empaque.
—¿Me permites? —Señaló el frasco.
Se lo entregué. Se dirigió al baño; escuché el correr del agua. Regresó tomando asiento frente a mí y tomó mi mano. El primer contacto erizó mi piel. Sus dedos extendieron el ungüento en círculos, aliviando el escozor de la ampolla.
—Muchas gracias, señor... —murmuré.
—Von Drachen. Soy Leo von Drachen. ¿Y tú?
—Soy... Vera Lichtenberg.
—Encantado, Vera.
Mis ojos se perdieron un instante en la simetría hermosa de sus rasgos, abrumada por tenerlo tan cerca. Inevitablemente una sonrisa tímida surcó mis labios.
—Puedes considerar esto un accidente laboral —aseguró, cerrando el frasco, ajeno a mis cavilaciones internas—. No deberías trabajar. Intenta no mojar la herida. Si se infecta, dolerá mucho más.
Fruncí el ceño.
—¿Cómo puede esto ser un accidente laboral? Fue torpeza mía... derramé el café, y peor aún, sobre usted.
—Estabas trabajando, cuenta como accidente.
—No creo que una quemadura tan pequeña sea un gran problema.
—Si no se trata bien, puede empeorar. Infórmalo.
—Gracias. Lo tendré en cuenta... Aunque no sé si pueda convencer a mis tíos sobre ello —balbuceé.
Él se inclinó un poco, con un gesto de genuina curiosidad.
—¿Los dueños del lugar son tus tíos?
Me puse rígida de inmediato, consciente de haber hablado de más.
—Así es.
—Entonces deberían ser más flexibles contigo. Son familia —asumió.
—Sí... claro.
—No te noto muy convencida —declaró, estudiando mi postura.
—Ya es muy tarde —retrocedí—. No debería seguir aquí. Gracias de nuevo.
Giré hacia la puerta.
—Vera... ¿Ese tipo te hizo eso?
Me paralice abruptamente. No entendía a qué se refería, seguí su mirada, fija en mi hombro. Al bajar la vista, noté que la tela del suéter se había deslizado lo suficiente para dejar al descubierto parte del azote de la tarde. Intenté subirme la manga para taparlo, mis dedos no me obedecieron. Leo dio un paso más, manteniendo una distancia respetuosa. Su postura se volvió rígida, seria.
—No es nada... —musité, luchando para que mi voz no flaqueara.
—A decir verdad, escuché lo que ocurrió detrás del restaurante. Ese hombre te gritaba y alcancé a ver que estaba a punto de golpearte —explicó él—. No intervine porque temía empeorar las cosas para ti, así que... golpeé la puerta para distraerlo.
—¿Fue usted? —susurré anonadada.
Asintió.
—Sí. Igual, veo que no sirvió de mucho. Al final, te lastimó.
Detecté un pesar real en sus ojos. Mordí mi labio, luchando contra el nudo en mi garganta. Él acortó el espacio que nos separaba.
—Oye, en este lugar no te tratan bien. Nadie debería pasar por algo así. Tengo un amigo que maneja un hotel en otro pueblo. Evidentemente, no será como aquí; resultará mucho mejor. Si quieres... puedo llevarte esta misma noche.
Apoyé mi peso en la pared detrás de mí. Es una idea absurda. ¿Dejarlo todo? ¿Irme con un desconocido?
—¿Me ayudaría... sin pedir nada a cambio?
Él sostuvo mi mirada.
—No quiero nada a cambio. Me siento responsable porque vi cómo te trataba y no hice nada para evitarlo.
Negué fervientemente; él no tenía la culpa de mi maldición.
—No diga eso... Si no hubiese sido por ese ruido, la paliza habría sido peor. Gracias a usted, él se detuvo.
Su expresión cambió. Una ligera sorpresa marcó sus ojos, volviéndose reservado.
¿Por qué demonios dije eso? Me retracté internamente al percatarme de la gravedad de lo que acababa de confesar. Desvié la vista a un punto fijo con tal de no verlo. Su cercanía física y su inesperada bondad me confundían el doble.
Su mano se elevó despacio, rozó mi rostro, guiándome para que volviera a mirarlo.
—Vera... ven conmigo.
***********************************************A las afueras de la mansión von Drachen, en la espesa nevada, una silueta femenina aguardaba inmóvil, a unos metros de la verja que delimitaba la propiedad. El viento arrastraba copos de nieve, adhiriéndolos a su chaqueta oscura.El brillo metálico de un encendedor rompió la tiniebla; una chispa iluminó su rostro apenas un instante. Bastó para que los ojos grises, enrojecidos por la rabia y el insomnio, delataran una presencia alimentada de odio.Entre sus dedos, el cigarrillo ardía lento. El humo subía en espirales, difuminándose contra la neblina blanca de la helada.Introdujo la mano en el bolsillo, extrayendo una fotografía arrugada. El papel estaba gastado, los bordes estaban deshechos, apenas sostenidos por la obstinación de quien no quiere soltar el pasado. El centro de la imagen seguía visible: una mano esquelética, despojada de carne, huesos desgastados, y enredados en los nudillos, mechones rojizos.Levantó la foto a la altura d
Leo, ven aquí —le pedí.Él negó de inmediato, tensando la mandíbula. —Creo que saldré un momento a tomar aire.Eso no lo permitiría, pensé en alguna excusa factible — Acabo de despertar, estuve al borde de la muerte… no quiero quedarme sola.Exageraba, solo que a veces usaba un poquito de drama con él. Y funcionó. Al escucharme, se devolvió, enseguida. Posicionándose a mi lado, los ojos en mi herida.—Estás débil —murmuró—. No quiero ponerte peor, tengo un caos ahora mismo que es mejor calmar afuera.—No —le atajé—. Quédate y hablemos.Coloqué la palma en su mejilla; preparando lo que necesitaba decir, Leo debía entender un par de cosas.—Escúchame bien, Leo —empecé despacio—. No hay ningún hombre en la faz de la Tierra que tenga mi atención como la tienes tú. Ni antes ni ahora. No hay duda: tú eres mi todo. No deberías sentirte inseguro ni por un instante.Noté que su
Mis manos manchadas de carmesí, Vera tendida en los brazos de Adrik, la cabeza ladeada, los labios apenas entreabiertos. Lucía pálida.¿Qué fue lo que hice? ¿Cómo pude ser tan descuidado y lastimarla a ella? ¿Cómo carajos las cosas terminaron así de torcidas? Ella no debía haber estado aquí, se suponía que ya se había ido. Debí confirmar antes de actuar.Fui dominado por mis impulsos más primitivos; al verla tan cerca de Adrik, esa intimidad entre ellos nubló mi razón. Pensé en acabar con él de una vez por todas. No contaba con que, en el último instante, ella se interpusiera. La impresión de verla frente a mí me dejó completamente roto.—La maté… —susurré.Adrik seguía moviéndose, presionando la herid
El camino se extendía frente a mí, blanco y mudo bajo la nevada. La caravana avanzaba: dos coches a la delantera, dos detrás. Cada uno con hombres armados que conocían de memoria las órdenes del plan.Mantenía la vista fija en la ventana, las luces del bosque apareciendo y desapareciendo. Apretaba el móvil en la mano, con el punto rojo que marcaba la ubicación de mi hijo aún activo. El brazalete no había fallado. Alaric seguía allí, en esa mansión.La policía estaba al tanto, pero no intervendría. Moví los hilos con el comisario y le dejé claro que este asunto quedaba bajo mis manos. No confiaría en nadie más.Adrik tenía un informante en mi propio círculo. No podía moverme de manera obvia. Por eso acepté el plan. Vera entraría primero. Sería el anzuelo. Yo llegaría después.El riesgo es altísimo. Vera estaba allá adentro, atrapada en medio de un fuego cruzado que podía estallar en cualquier instant






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