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Capítulo 2

Author: V. De Noir
last update publish date: 2025-06-14 16:16:03

¿Qué podría salir peor? Vivía en un infierno. A ese punto, irme con un desconocido sonaba menos aterrador que quedarme.

Tentador, incluso.

Leo me ofreció una salida. Una puerta abierta en mitad de un pasillo sin luz. Decidí cruzarla.

—De acuerdo —le confirmé—. Iré con usted.

—Esta noche nos vamos —indicó él.

No hubo marcha atrás.

Empaqué mis pocas pertenencias en una mochila desgastada. Leo pagó una noche adicional  para ganar tiempo y salir de madrugada sin levantar sospechas.

Viajamos bajo la oscuridad. En la radio sonaba una melodía de pop mientras él se concentraba en la carretera. Apoyé la cabeza contra el vidrio, viendo los árboles perderse atrás como páginas arrancadas de mi pasado. Aquello dejaba de sentirse como una huida desesperada para convertirse en el verdadero inicio.

El trayecto a Carintia nos tomó casi medio día cruzando montañas y carreteras secundarias. Cuando el motor por fin se apagó, me froté los ojos, desorientada. Frente a nosotros se alzaba un edificio de fachada clara y moderna; no contaba con que se trataba de un hotel de lujo.

—Dame un momento. —Leo cortó el contacto y bajó del coche.

Estiré las piernas en el asiento; seguía algo adormilada. Había descansado mejor durante esas horas de viaje que en cualquiera de mis noches en el frío ático. A través del vidrio, contemplé que este sitio en definitiva tenía un aire profesional.

Leo regresó al cabo de unos minutos. Al abrir la puerta de mi lado, cargó mi mochila y me ofreció la mano. Su agarre firme trajo de vuelta ese vuelco en mi pecho. Salí del auto y me limité a seguir sus pasos; se movía con la soltura de quien está acostumbrado a mandar.

Incluso sobre mí.

—Hoy debo marcharme. —Se detuvo en el umbral, ofreciéndome una pequeña tarjeta blanca con su nombre y un número —. Pronto volveré a Carintia. Si tú quieres, vendré a verte.

Deslicé la yema de los dedos por el papel texturizado.

—Claro que sí.

—La recepcionista te ayudará a instalarte.

—De acuerdo... No sé cómo pagarle todo lo que está haciendo por mí.

—Cuidándote la herida. Y dando lo mejor de ti. —contestó, plano, sin revelar ninguna emoción.

Hice un gesto afirmativo, no pude evitar sonreír.

—Tenga un buen viaje, Leo.

Me costó quitarle los ojos de encima mientras su silueta, alta y sofisticada se alejaba, el auto se perdió de vista en la carretera.

La recepcionista me esperaba. Tenía gafas redondas, cabello rubio recogido en una coleta. Se presentó como Lina, de veintisiete años; una chica jovial, confiable y amable apenas nos conocimos.

Me llevó hasta la habitación que sería mía. Dejé la mochila junto a la cama en tanto que Lina explicaba cómo funcionaba el lugar, cuáles serían mis tareas y quién se encargaba de cada turno. Todo estaba sorprendentemente organizado.

Los dueños habían venido ese día únicamente para recibir a Leo y conversar un momento con él. Según lo que contó Lina más tarde, era raro verlos por allí; casi nunca aparecían.

—¿Conoces mucho al señor Von Drachen? —cuestioné tomando café junto a ella en la salita de descanso.

Lina se apoyó en la encimera haciendo un mohín pensativo.

—Es cliente VIP habitual. Los dueños le tienen mucho respeto. 

Quería saber todo sobre él, interrogar a Lina. ¿Quién es en realidad Leo von Drachen? ¿Qué hacía? ¿Por qué lo respetaban tanto? Tuve que contenerme. No pretendía parecer una chismosa. Ya tendría oportunidad de descubrirlo por mi cuenta.

***

Los primeros días transcurrieron con una facilidad que todavía me costaba creer. Fui encontrando mi lugar casi sin darme cuenta. Aprendí la rutina del hotel, memoricé los horarios y conocí a todos los que trabajaban allí. La mayoría me recibió amablemente; Lina, sobre todo, se tomó el tiempo de enseñarme el oficio y hacerme sentir parte del equipo.

A mis veinticuatro años, por fin sentía que dejaba de sobrevivir para empezar a construir algo propio.

Claro que no todo salió bien.

Una de las trabajadoras —Ingrid—, no me recibió de buena forma, no ocultó el fastidio que le provocaba mi presencia. El primer roce surgió cuando Lina, por indicación de los dueños, le pidió hacerse cargo de la limpieza de los baños hasta que mi mano terminara de sanar. Cumplió con la orden, pero se aseguró de dejar claro lo poco que le agradaba la idea.

Unas semanas más tarde, al cambiar las sábanas de una habitación doble, esa paciencia que apenas fingía tener conmigo terminó por agotarse.

—¡¿Así es como piensas doblarlas?! —espetó, fastidiada.

—Lo siento ¿Hay una forma específica? —pregunté.

—Obvio, aquí existen estándares. —Arrebató la sábana de mis manos y empezó a doblarla ella misma—. Hay que estar encima de ti para todo.

Lina llevaba varios días diciéndome que Ingrid me enseñaría a tender las camas. Hasta entonces, lo único que había logrado era observar e intentar imitarla.

—Si me explicas cómo hacerlo, puedo...

—¿Y yo por qué? —cortó—. Bastante tuve con hacer tu trabajo cuando llegaste. ¿Ahora también tengo que perder mi tiempo entrenándote?

Lanzó bruscamente la sábana al piso.

—Hazlo otra vez.

La recogí y repetí el movimiento lo mejor que pude.

Ingrid soltó un bufido.

—No. Así tampoco. Las habitaciones de arriba se doblan distinto. ¿No lo has visto o qué?

—Lo estoy intentando...

—Pues inténtalo mejor ¿Qué clase de novata llega aquí con habitación privada, tareas suaves y tantos beneficios? —esbozó una sonrisa torcida—. ¿A quién te estás tirando?

Sentí que las mejillas me ardían.

—A nadie— me defendí enseguida.

—¿En ese caso cómo conseguiste este trabajo? —Se plantó frente a mí entrecerrando los ojos—. Porque no tienes la menor idea de cómo hacer lo básico y todos parecen empeñados en sacarte las castañas del fuego.

Comprendí que cualquier cosa que dijera  podría empeorar las cosas. Bajé la vista y seguí doblando la sábana.

Por suerte, Lina apareció en ese momento empujando un carrito lleno de toallas. Apenas cruzó la puerta, su mirada pasó de Ingrid a mí.

—¿Hay algún problema?

Ingrid masculló algo entre dientes y salió furiosa del cuarto.

—¿Y a esta qué mosca le picó? —reprochó Lina, dejando el carrito a un lado.

—Nada —le resté importancia—. Hoy estoy aprendiendo a arreglar las sábanas.

Ella observó las telas arrugadas.

—Mira, es más fácil si doblas primero las esquinas de este modo, ¿ves? Después tiras la tela hacia abajo y alisas con la palma.

—Gracias... —suspiré, aliviada.

—Ingrid es una amargada. No le hagas mucho caso, ¿vale?

—Vale.

******

Sinceramente, ni Ingrid ni nadie iba a arruinar la tranquilidad que había encontrado allí. Me gustaba mi trabajo. No causaría problemas y decepcionar a quienes me habían dado una oportunidad.

Mi mano sanó. Aun así, nunca me deshice del pequeño frasco de pomada. Lo colocaba sobre la mesita de noche y, de vez en cuando, acababa entre mis manos sin darme cuenta.

Inevitablemente pensaba en Leo.

Durante todo este tiempo empecé a conocerlo un poco mejor. Descubrí que tenía veintiocho años y que se dedicaba a restaurar obras de arte antiguas. En sus visitas a Carintia, encontraba un momento para pasar tiempo conmigo. A veces tomábamos un café. Otras, simplemente caminábamos un rato antes de que volviera a marcharse.

No fueron muchas veces.

Cuatro, para ser exactos.

Pero bastaron para que esperara con ilusión su regreso.

Justo al final de uno de mis turnos, Lina me llamó desde recepción.

—Vera, dejaron esto para ti —informó ella.

Caminé al mostrador, desconcertada. Me entregó una notita doblada. La abrí.

Vendré el jueves. L.

Sentí un cosquilleo en el pecho. Lo iba a volver a ver.

...

El jueves era mi día libre. Elegí un horario que me permitía descansar un día entre semana y otro durante el fin de semana. Aquella mañana desperté de excelente humor.

Después de la ducha el vapor empañaba el espejo del baño. Deslicé la palma sobre el cristal, impresionada al notar mi reflejo. Pensar en mi apariencia jamás fue una prioridad. No tenía interés. Evitaba los espejos. Durante años tuve el aspecto de una niña malnutrida. Mi delgadez hablaba por sí sola. Hubo épocas en las que apenas probaba bocado.

En la infancia se burlaban de mí. Me llamaban «zanahoria», «diablita», «bicho raro».

Llevaba apenas un par de meses viviendo aquí y me costaba reconocerme. La piel lucía más clara y las mejillas, ligeramente más llenas, recuperaban un tono rosado. Las ojeras empezaban a suavizarse. Incluso mi cabello rojo caía suelto, más manejable, con brillo.

Estaba aprendiendo a cuidarme. A quererme un poco.

Elegí un vestido comprado con mi primer sueldo. Verde esmeralda, estampado de pequeñas flores y con el largo justo por encima de las rodillas.

Buscaba verme bien para él.

Escuché el timbre del teléfono de la habitación. Lina suele llamarme para darme uno que otro aviso relacionado con el siguiente turno.

—¿Dime?—Contesté.

—¿Dormías?

Parpadeé, sorprendida. Aparté el auricular un instante para mirarlo y volví a llevármelo al oído. —No... Ya estaba despierta. ¿Cómo está, Leo?

—Bien. Acabo de llegar al hotel. Tengo un par de compromisos esta mañana. Si te apetece, podríamos almorzar juntos más tarde.

Tuve que contener una sonrisa tonta provocada por el vuelco de mis nervios. Un almuerzo a solas. ¿Eso contaba como una cita?

—Por supuesto, me encantaría.

—Te espero en el estacionamiento a las doce y media. Estaré en el auto.

—De acuerdo, allí estaré.

La llamada continuó abierta. Ninguno dijo nada más, llegué a pensar que ya había colgado.

—¿Ahora estás ocupada?— Su voz volvió a llegarme.

Mis latidos se aceleraron, rebotando en mis oídos. —Un poco...

—Vale, nos veremos al mediodía.

—Sí... Al mediodía está bien.

Colgué despacio. ¿Por qué me había preguntado si estaba libre en este instante? ¿Quería verme antes del almuerzo? ¿Para hablar, o para estar a solas? La idea de que tuviera tantas ganas de estar conmigo como yo con él me encendió las mejillas. Estuve a punto de descolgar de nuevo y decirle que no estaba ocupada, que podía vernos ya.

Retiré la mano a tiempo. No debía ser tan obvia.

Además, él me había llamado desde el teléfono interno. Eso significaba que se hospedaba allí, bajo el mismo techo que yo.

La idea de tenerlo a unas habitaciones de distancia me ponía a temblar. Moría por verlo, sin embargo la prudencia tenía que ir primero. El hotel es un nido de cotilleos; bastaba que Ingrid nos viera salir juntos para que empezaran los rumores sobre el trato de favor que recibía de un cliente VIP. No soportaría que el nombre de Leo se viera envuelto en chismes por mi culpa.

La mañana se hizo eterna. Intenté leer, dibujar, ordenar la habitación. Se me imposibilitaba concentrarme en nada que no fuera en el reloj avanzando tortuosamente.

Al mediodía, salí del hotel, emocionada.

El auto oscuro de Leo destacaba en el estacionamiento. Él bajó en cuanto me vio, se acercó, moviéndose con parsimonia.

—¿No hace demasiado calor hoy? —comentó al llegar a mi lado.

—Un poco, sí —respondí, concentrada en mantener la voz natural.

—¿Qué tal tu mañana?

—Bastante tranquila. ¿Y sus compromisos?

—Algo monótonos.

Abrió la puerta del copiloto. Apenas fueron unos minutos de trayecto hasta un restaurante de diseño moderno, con mesas de cristal y una decoración que me hizo sentir fuera de lugar en el primer segundo. Nos acomodaron junto a una de las ventanas.

Una vez sentados, el camarero sirvió agua y entregó las cartas. Leo, en lugar de abrir la suya, sacó su móvil y comenzó a teclear rápidamente. Aquello captó mi atención; jamás lo había visto pendiente de una pantalla estando conmigo.

Frente a su repentina distracción, los nervios volvieron a atacarme. ¿Y si me había equivocado? Puede ser que para él esto no significa una cita en absoluto. Quizá buscaba compañía para no almorzar en solitario, o peor, se estaba aburriendo en mi presencia.

Para disimular la inquietud, di un sorbo al vaso de agua y abrí la carta. Los precios bastaron para devolverme los pies a la tierra.

El teléfono de Leo vibró sobre la mesa. Él bajó la vista, vi cómo su mandíbula se apretaba de forma casi imperceptible.

—Discúlpame un momento —anunció, poniéndose de pie—. Ve pidiendo lo que gustes mientras vuelvo.

Se alejó con el aparato pegado al oído.

Tomé una de las cucharas y jugueteé con ella unos segundos. Mi reflejo apareció deformado sobre el metal. 

Leo se demoraba en su llamada por lo que tomé el menú de nuevo, decidida a no causar un gasto ridículo, busqué la opción más económica de la lista: una sopa de tomate. Con eso bastaría.

Al cabo de unos minutos él regresó, guardando el dispositivo en el bolsillo de su saco.

—Cuestiones del trabajo. Lo siento —se excusó, ocupando su sitio.

Sentí un pequeño alivio al entender que se trataba de eso.

—No se preocupe. Imagino que debe estar muy ocupado. —Respondí humedeciendo los labios. Podría jurar que su mirada bajó a mi boca durante un milisegundo antes de volver a anclarse en mis ojos.

—¿Has elegido ya?

—Sí, pediré la sopa de tomate —le señalé el renglón en el papel.

Él asintió. —Como entrada ¿Y qué pedirás de principal?

—Únicamente la sopa. Está bien así.

—¿Solo sopa? —repitió.

Le ofrecí un gesto afirmativo.

—Esta sopa no cuenta como plato fuerte —explicó él.

—Bueno, es que... desayuné tarde y bastante.

En realidad, lo único que había entrado en mi estómago esa mañana fue media taza de café y un trozo de pan que ni siquiera terminé, por hallarme demasiado ansiosa debido a su llegada.

Un destello de escepticismo marcó sus ojos. En cuanto el camarero se acercó, él tomó la iniciativa y ordenó por los dos. Habló señalando platos y sugiriendo especialidades hasta que la mesa quedó cubierta con una cantidad de comida digna de un banquete para cinco personas.

—Vas a tener que ayudarme con todo esto —me dijo, agradeciéndole al camarero con una leve inclinación de cabeza.

Me resultó imposible protestar ante una caballerosidad tan sutil. Y, para ser franca, no iba a hacerlo. El aroma de la carne despertó un apetito voraz que la timidez había mantenido oculto.

Para el momento del postre, la rigidez en mis hombros desapareció. El vino y la atención constante de Leo obraron el milagro de relajarme. Su forma de escuchar, sin interrumpir y propiciando que continuara hablando, me dio la confianza para empezar a contarle del trabajo cotidiano. Le hablé de las exigencias absurdas de algunos huéspedes y de una divertida catástrofe que tuvimos con la cafetera de la recepción.

—Debo de estar hablando como una lora —musité, desviando la mirada hacia mi copa.

—Me agrada escucharte —respondió él—. Eso significa que estás cómoda aquí.

Asentí, sintiendo el calor del vino en mis mejillas. Leo se recostó en su silla dándole un sorbo pausado a su copa.

—El próximo mes inauguran una galería. Es de un amigo. Será un evento privado. —Hizo una breve pausa colocando la copa sobre la mesa. —Como me contaste que te gusta el arte. Pensé que quizá te gustaría acompañarme.

Justo en ese instante daba un trago a mi bebida. La invitación me tomó tan desprevenida, el líquido se fue por el camino equivocado. Me atraganté.

—¿Ir... con usted? —alcancé a decir entre una tos y otra.

Leo se levantó sin prisas. Rodeó la mesa para tenderme un pañuelo de lino blanco.

—Tranquila —murmuró—. Respira despacio.

Tomé el tejido y me limpié los labios, avergonzada por mi torpeza. Qué manera tan patética de arruinar el momento.

—¿Habla... en serio? ¿Una galería de arte?

—Es una exposición pequeña, nada que deba abrumarte.

Bajé la vista. Los nervios volvieron a jugarme una mala pasada.

Leo, que seguía de pie junto a mi silla, se inclinó ligeramente. Sentí su mano subir a mi rostro. Con una lentitud deliberada, deslizó la yema de su pulgar por la línea de mi mandíbula hasta presionar suavemente mi mentón, obligándome a liberar mi labio inferior.

—Vas a lastimarte—advirtió. Su voz había bajado un octavo.

Lo miré sin entender, suspendida en sus ojos azules, incapaz de mover un solo músculo.

—¿Qué...? —susurré, con el pulso desbocado.

—Tienes la costumbre de morderte los labios —añadió, rozando apenas la comisura de mi boca —. Te harás daño.

Dio un paso atrás, rompiendo el hechizo, regresó a su asiento tomando su copa.

—Considera la invitación—concluyó, como si no acabara de desarmarme por completo.

...

De regreso al hotel, reduje el paso, disponiéndome a tomar el pasillo lateral que conducía a la entrada de servicio.

—Te acompaño a tu planta— habló él.

Me giré, vacilante. El personal no usaba el ascensor principal; es una regla no escrita. Sin embargo, él ya había presionado el botón. Las puertas metálicas se deslizaron y Leo extendió una mano para indicarme que entrara primero.

Al ingresar, una familia apareció prácticamente corriendo por el vestíbulo.

—¡Esperen!

Una mujer empujaba una maleta enorme. Dos niños entraron primero chocándose entre ellos. Detrás venían tres hombres cargando más equipaje mientras hablaban en un inglés demasiado alto.

Nos vimos obligados a retroceder hacia el fondo.

Me arrinconé contra el espejo de la cabina, la mujer tropezó con su propia maleta al intentar acomodarse. En un movimiento reflejo al esquivar el golpe, di un paso en falso hacia atrás. Mi cuerpo impactó directamente contra el pecho de Leo.

Intenté recuperar el equilibrio, en el espacio mínimo. Leo; en su lugar, sujetó brevemente mi hombro ayudando a estabilizarme.

Un zumbido anunció la parada en el tercer piso. Al abrirse las puertas para que descendiera parte de la familia y entraran otras personas, la silueta de Ingrid apareció en el pasillo, empujando con desgana el carro de la limpieza. El pánico me espoleó; giré sobre mis talones, hundiendo el rostro en el pecho de Leo. Mis dedos se cerraron, apretando la tela fina de su camisa.

—¿Vera? —Su voz baja, vibró directamente sobre mi cabello.

—Intento... —susurré, sin atreverme a levantar la cabeza— hacer espacio para que salgan.

—Entiendo.

Su mano en mi espalda, ejerció una presión sutil, atrayéndome a él, eliminando la última distancia que nos separaba. Mi cuerpo quedó completamente sellado a su pecho. Sentí la dureza de su abdomen, el calor denso que emanaba y un poco más abajo, la presión sutil pero ineludible de la pretina de su pantalón. Su perfume amaderado, masculino, ahora tan cerca, nubló mi juicio en su totalidad.

Las puertas se deslizaron finalmente en la sexta planta. Mi piso.

Me obligué a soltar la tela de su camisa, un desprendimiento doloroso. Di un paso atrás, recuperando el aire frío del pasillo, mis dedos hormigueaban por el contacto.

—Gracias por el almuerzo—atiné a musitar—. Cuídese, Leo.

—Tú también, Vera. —le oí decir.

...

Pasé el resto de la jornada dándole vueltas. La impronta de Leo quedó grabada en mí, manteniendo mi pulso acelerado mucho después de habernos despedido en el pasillo.

Di incontables vueltas entre las sábanas, incapaz de acallar el eco de su voz o de olvidar el rastro ardiente de su pulgar en mi mentón y la presión de su cuerpo contra el mío en el ascensor. Debía descansar para el turno de la mañana, pero mi propia piel se negaba a cooperar, encendida por una agitación que no lograba apaciguar.

Desperté abruptamente en mitad de la madrugada.

Un sonido leve me sacó del letargo; un sutil crujido, como el de la madera al ceder bajo un peso imperceptible.

Me incorporé sobre los codos, entornando los ojos en la penumbra buscando el origen del ruido. Pensé en el viento golpeando el cristal. 

Pero no. 

Había alguien en mi habitación.

Una silueta masculina aguardaba en el sillón individual, justo frente a mi cama. Sentado con las piernas cruzadas, los codos apoyados en los brazos del mueble y la cabeza ligeramente inclinada, sentía su vista en mi. La tenue luz de la luna que se filtraba por la ventana perfilaba la camisa negra, desabrochada en el cuello, y la palidez de su pecho expuesto.

El corazón me dio un vuelco violento contra las costillas.

No podía distinguir su rostro. 

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